RevistaArcadia.com

Narrar es un acto clandestino

Rivas escribe sus libros en gallego y la mayoría son tremendos relatos de iniciación. Sus personajes viven bajo una niebla espesa, quizás aquella en la que él mismo creció, en medio del silencio de la dictadura de Franco.

2010/03/15

Por Ricardo Silva Romero

Si uno tuviera que viajar a la región de Galicia en busca del escritor Manuel Rivas, podría encontrarlo, sin haberlo visto nunca, si le preguntara a cualquiera en dónde está el hombre que cuenta allí los cuentos. Una vez frente a él, dicen, uno se sentiría interrogado por su mirada de hombre austero, se sentiría fascinado por su terco compromiso de labrador con el oficio de poner las palabras en su sitio. Y entendería que sus historias compasivas, que lo acercan más a los juglares medievales que a los escritores que saben qué decir en las ferias del libro, resucitan, conjuran y reparan la vida de esa Galicia festiva truncada por aquella “cacería humana” que sucedió allí durante la guerra civil española.?¿Por qué ha escrito Rivas todos sus libros en gallego?, ¿qué ocurre en su escritura cuando escribe en castellano?, ¿qué aparece?, ¿qué se pierde? Aparece un hombre que no existe. Se va el olor a mar de su infancia, se va la voz del tío peluquero que cautivaba a sus clientes con anécdotas, se va el amor por aquella lengua prohibida que el pueblo hablaba a espaldas del régimen, se van su madre, la fidelidad a toda prueba que tantas veces lo ha salvado y la historia que está contando, nada más, nada menos, con los pequeños detalles, con las palabras precisas que persigue su cerebro de poeta.

Rivas recuerda de su juventud en Montealto, en La Coruña, el terrible miedo a hablar que sentían todas las personas, los trabajadores, los emigrantes, las viudas. Su primer poema, “El pan negro”, trataba de vencer el temor de quienes se dirigían a los paredones improvisados de la época. Supo pronto, escondido en las escaleras de la casa de su abuelo, que el acto de narrar era un acto clandestino: si tuviera que hablar de alguna influencia en sus libros, de un autor que lo marcó desde niño, tendría que hablar de las aventuras violentas, lujuriosas, que se contaban los adultos de su familia cuando creían que todos los niños estaban dormidos. ¿Fue el ejercicio de la libertad durante el franquismo tan importante como la tradición oral de los gallegos a la hora de convertirse en escritor? Creo que, si pudiera hacerle esa pregunta, me respondería que sí. Diría que, en tiempos de miseria, en tiempos de holocaustos, la literatura se convierte en otro refugio de la dignidad humana. Insistiría más tarde, porque tarda, según parece, en encontrar la frase exacta, en que la escritura lo salvaría, como un paraguas, de aquella larguísima temporada en la desconfianza.

Se hizo periodista, a los quince años, en un periódico llamado El Ideal Gallego. Quería hablar. Quería salvarse de ese silencio en el que se habían perdido los viejos que lo rodeaban. Aspiraba a quejarse del maltrato al que era sometida la naturaleza. Y así lo hizo. Y más tarde estudió Ciencias de la Información. Y, entretanto, y hasta hoy, trabajó en diarios como El País, Diario de Galicia y La voz de Galicia, sin sospechar que se convertiría en una autoridad en las facultades de Comunicación de su país.

El final de su cuento más conocido, “La lengua de las mariposas”, esa última escena con los insultos “¡sapo!, ¡tilonorrinco!, ¡iris!”,es un estremecedor resumen de lo que sucede en todas las guerras: ¿podría decirse que su obra, la suma de sus relatos desde Un millón de vacas (1989) hasta Los libros arden mal (2006),?desde ¿Qué me quieres, amor? (1996) hasta Las llamadas perdidas (2002), es la búsqueda de los héroes de un mundo arruinado, y el intento de que no vuelvan a repetirse los espantos que sabemos? Sí, claro que sí. Seguro que respondería que sí. A Rivas le interesan los paréntesis de humanidad en medio de la inhumanidad, le gusta descubrir, de libro en libro, en sus poemas, sus ensayos, sus narraciones, que no podemos escapar del amor que estamos siempre a punto de sentir.

Las historias de guerra protagonizadas por niños parecen excusar a la sociedad del horror vivido como si dijeran “éramos inocentes y entonces llegó este monstruo”, como si no reconocieran que el monstruo fue alimentado a plena luz: ¿cabe, en su literatura, la opción de esa denuncia? Por supuesto que sí. Es eso, exactamente, lo que ocurre en sus libros. Que sin perder el pulso, sin perder el ritmo, se atreven a recordarnos que todo, lo bueno y lo malo, es nuestro invento. Y que la prueba es que la tierra ha estado siempre en nuestras manos.

Manuel Rivas nació el 26 de octubre de 1957. Que quien lo vea en Cartagena, en Colombia, ahora que viene, en esta era en la que los escritores vienen al público como montañas que se cansan de esperar algún mahoma, me haga el favor de preguntarle cómo trasforma el ejercicio literario la llegada de un hijo, qué alcanza a decirnos la ficción sobre Galicia que no alcance a decirnos el periodismo, si el humor, como ocurre en sus relatos, salvó a su región de la debacle de la dictadura, o si no siente que sus novelas, En salvaje compañía (1994) o El lápiz del carpintero (1998), por poner dos ejemplos, no son novelas sino poemas narrativos en la línea del Pedro Páramo de Juan Rulfo. Que alguien le diga, por mí, que sus personajes obstinados, silenciosos, en especial los héroes de sus relatos cortos (pienso en “Un saxo en la niebla”, en “La lechera de Vermeer” o en “Carmiña”), parecen ser extranjeros que no conocen, del todo, las reglas del mundo. Que tengo la sospecha de que sus historias, desde sus crónicas de prensa hasta sus novelas, tienden a ser historias de iniciación.

Y van de mano en mano, como un chisme, hasta devolverle su lugar en el mapa a una región en la que ya nunca podremos extraviarnos.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.