Niña guerrillera de las FARC. Crédito: Alfonso Reina

"A mí me gustaría que la guerra fuera sin armas”

15 años después de haber publicado el libro de crónicas 'Los niños de la guerra', Guillermo González Uribe se reunió con cinco de sus protagonistas, hoy adultos. Y ahora, cuando el país se prepara para firmar la paz, reeditó el libro con los testimonios nuevos y los originales, así como algunos textos adicionales. Compartimos un capítulo del libro editado por el sello Aguilar, de Penguin Random House.

2016/09/05

Por Guillermo González Uribe

Julia es de baja estatura, inteligente y despierta. Entre los jóvenes entrevistados, ella es la que tiene más claro lo que hacía en la guerrilla; la más radical y la que habla con más vehemencia sobre la situación que vive Colombia. Aunque justifica las acciones de la guerrilla, dice que quien carga un arma es un cobarde y que preferiría una guerra de palabras, en donde no hubiera muertos.

Mi mamá tenía quince años cuando estaba enamorada de un cuñado, de un hermano de mi papá. Mi papá se afeitaba y quedaba lo mismo que el hermano, y una noche mi tío quedó de irla a visitar, de pasársele a ella. Mi papá alcanzó a escuchar, le pidió prestado el reloj a mi tío, se afeitó y se fue a buscar a mi mamá. Ella lo único que hizo fue tocar a ver si tenía el reloj. Esa noche pasó lo que pasó y mi mamá quedó embarazada de mí. Ella me tuvo cuando fue a cumplir los 16 años, pero me cuidó nada más cuatro meses y me dejó botada donde mi abuelita, con mi papá. Mi papá me dejó un mes después y quedé con mi abuelita trabajando y estudiando; casi toda mi niñez fue trabajando. Vendía en la calle empanadas, buñuelos, papel higiénico, cigarrillos, de todo. Vivíamos en La Esperanza, un barrio al sur de Bogotá, de Betania para arriba, de Comuneros para arriba.

Yo tenía siete años de edad cuando mi abuelita se me enfermó; le empezó a salir sangre por la boca y por la nariz. Vivíamos también con mi abuelito, pero en esos días él se la pasaba con los hijos y no le ponía cuidado a ella. Me tocó dejar de estudiar, para poder cuidarla. Yo estaba haciendo ya quinto, era muy pilosa, y entonces tuve que trabajar en una panadería barriendo, haciendo lo que fuera, para ayudar a mi abuelita, que estaba en el hospital San Juan de Dios. Después me tocó pedir limosna, porque la plata ya no alcanzaba.

Una semana después de que cumplí ocho años, mi abuelita se me murió. Vinieron los hijos y ahí sí llegaron todos los que la conocían. Vendieron la casa y todo lo que ella tenía; se fueron y me dejaron botada. Después hice dos cursos más, sexto y séptimo, en un colegio del barrio donde yo había nacido, el 20 de Julio. Vivía por ahí en cualquier parte, trabajaba y me iba al colegio. Cuando cumplí once años decidí que o seguía viviendo en la calle, metiendo bóxer y de todo, o me iba para la guerrilla, porque a mí ya me habían invitado. Conocía gente de la guerrilla, y la mejor decisión fue irme para allá. Me dijeron que ingresara al frente 40, del Meta, porque era lo más fácil. Me fui para el área del 40, donde me dieron quince días de curso básico.

Me enseñaron a manejar un fusil, nada más, y me dotaron de fusil. Lo que sí me dijeron es que allá le tocaba a uno sufrir mucho, que no le pagaban, que le tocaba ranchar, hacer trincheras, de todo; que allá la vida no iba a ser fácil. Pero yo me decía: "Julia: la vida es más fácil aquí que en la calle; yo me quedo". Después del curso básico, a los quince días cayeron los chulos, el Ejército, ahí al campamento; fue mi primer orden público. Cuando eso yo cargaba un perrito pequeño, y me lo mataron. El tiro venía para mí, pero el perrito se atravesó. Luego de eso seguí luchando a lo macho, en orden público. Llegué a ser comandante de columna.

A mí me dieron mando por mi comportamiento, por lo que aprendí, no por mi edad, porque yo era muy chiquita. Después, cuando empezó la zona de distensión, me mandaron con la columna a hacer un curso más en serio, que duró tres meses; luego me sacaron de la columna y me mandaron para el frente 16 como reemplazante, es decir, me bajaron de mando. Uno siempre llega de base cuando ingresa a una columna, pero yo llegué de reemplazante porque estaba referenciada por el otro mando. Le dijeron al cadete que me colocara de mando, porque yo era buena para eso. La pasé bien, pero me licenciaron de ese frente porque tuve un accidente: me pasó un planchón por la pierna izquierda. Luego ingresé en el 32, donde duré casi dos años; allá me tocó muy duro porque es un área de subidas y bajadas, pura loma, por los lados de Villavo, a solo tres horas del páramo. Ahí también recibí mando rapidito: al año ya era comandante de compañía. Después fue cuando deserté.

Íbamos a hacer un atentado, a tomarnos un puesto de Policía, y a la de para acá nos íbamos a llevar a un viejito. Un viejito que no podía andar y casi no podía hablar; tartamudeaba, pero escribía todo lo que miraba y lo que sabía de la guerrilla, y les pasaba la información a los chulos. Nos tocaba matarlo, por sapo, pero a mí me dio pesar. Yo le dije al cuchito que se fuera, pero más se demoró él en decirles a los soldados y yo en llegar al campamento, que en saber los comandantes. En una marcha que hicimos me dejaron a tres horas de todas las unidades, para matarme ese día, pero yo me di cuenta y me les volé. Llegué a Manzanares, un pueblito que hay de Villavo para arriba, que ahora está casi deshabitado.

Traía el armamento, el equipo y todo, pero lo dejé en Manzanares con un miliciano que conocía; me dio ropa de civil y yo le di el fusil. Le dije que lo entregara, que dijera que lo había encontrado botado y que no contara que me había visto. Él dijo que sí, y me sacó en una moto hasta Villavo; en Villavo me tocó subirme en un camión y luego me pasé a un carro de esos que cargan gas, que me llevó a Bogotá.

Anduve por ahí hasta un día que en el Cartucho vi a unos guerrilleros... y cuando uno deserta avisan y todos los frentes lo saben. Los miré y supe que me estaban buscando. A los poquitos días me entregué al Bienestar Familiar. Bueno, yo no me iba entregar; una muchacha fue la que me entregó. Yo estaba toda azorada, sentía que me perseguían y le conté a ella. Me dijo que me entregara en el CAI de Las Cruces, pero le contesté que no, porque me echaban para la cárcel. Ella me dijo que no, porque yo era menor; y sin que me diera cuenta fue, trajo la Policía y me entregó. Pensé: "Hasta aquí llegué", pero me dijeron que me iban a mandar para un centro, para ayudarme, para una casa en donde había muchos pelados como yo; desde eso estoy aquí, sufriendo.

Bueno, también estoy contenta, pero es como si me hiciera falta una parte de mí, porque yo me acostumbré... Yo ingresé de once años y me acostumbré al monte. Entro a una ciudad y me hace mucha falta el monte. Allá yo consigo lo que sea, en cambio en la ciudad no. En la ciudad para todo hay que tener plata; en el monte la plata sobra.

A la guerrilla yo la quiero mucho, porque ellos fueron los que me acabaron de criar. Los quiero como si fueran una familia; pero una familia que, porque la embarré, me hubiera matado; una familia que no perdona. Pero ellos me ayudaron en lo que pudieron. Y a uno cuando ingresa le dicen qué puede hacer y qué no, pero por la terquedad uno hace otra cosa. Si no hubiera perdonado al viejito, yo estaría allá todavía.

Mucha gente dice que la guerrilla no hace sino robar, pero ellos no se guardan la plata de los secuestros. El cucho Marulanda no guarda millones para él. Si usted se pone a pensar bien, todo lo que nosotros tenemos, todo lo que obtuvimos como guerrilleros y todo lo que nos daban era  con la plata que ellos sacaban. Ellos lo único que quieren es que se acaben los ricos; ellos protegen a los pobres. Por ejemplo, cuando recién llegué a Mesetas, sólo había trochitas; en cambio, hoy en día usted puede ir en carro hasta por allá bien adentro de las veredas. La guerrilla les quiere ayudar a los pobres, sacarlos adelante, acabar con los ricos, con la oligarquía, cosa que al Gobierno no le sirve. La guerrilla no está de acuerdo con los paracos, porque los paracos son el mismo gobierno. El ELN es una organización que no sabe por qué pelea; los elenos a ratos están con unos y a ratos con otros. Yo creo mucho en la guerrilla; donde se llegara a tomar el poder, se acabarían los ricos, porque las FARC no se van a dedicar a cuidarlos, como hace el Gobierno, que pelea por ellos, pero nunca por un pobre. ¿Cuándo le han ayudado a un gamincito a dejar la calle, o a un campesino para cultivar la tierra? Nunca. El Ejército tampoco ayuda; lo único que saben hacer es matar los animales de las fincas, acabar con todo, para que digan que fue la guerrilla, pero son los soldados disfrazados. La guerrilla mata a los sapos, a los que le comentan al Ejército dónde está la guerrilla y qué hace.

Estoy de acuerdo con que secuestren gente rica, porque con esa misma plata que les quitan a los ricos ellos están ayudando a mucha gente pobre; a esa gente que los ricos ven pasar y dicen: "Uy, qué asco, qué cochinada". La mayoría de los guerrilleros somos pobres, somos gente que de verdad sabe qué es sentir hambre; por eso luchamos para que cambie este país. Mucha gente no lo entiende, pero las cosas son así. Si supiera que no me van a matar, yo volvería, porque estoy de acuerdo con ellos y aprendí mucho allá. Yo antes pensaba que eran malos, pero hay que entenderlos. En mi caso, por salvar al viejito sapo, arriesgué la vida de más de 300 guerrilleros y la mía, así como la de todos los que estaban a mi alrededor. Fue un error: era la vida de él o la de todos los demás. Yo preferí salvar la de él, cosa que el viejito no pensó y me sapió. Pero, bueno, las cosas ya están hechas, ya qué se le puede hacer. Solo queda seguir para adelante.

Siquiera que no me tocó encontrarme con los paracos, porque cuando lo cogen a uno lo descuartizan; ahí no importa si es mujer o es hombre, si es bueno o es malo. Simplemente, por ser guerrillero, lo descuartizan, lo rajan y ahí lo dejan. Ellos en este momento están por volverse así como son los soldados, que pueden andar por la civilización, van a legalizarse. Los paracos y los soldados van por plata; ellos van y venden la vida, mientras que un guerrillero pelea por el pueblo, sabe que allá no va a esperar sueldo, sabe que va a sufrir como un berraco, que a veces va a tener sus fiestas y va a tener sus cosas, pero uno nunca espera un sueldo.

En la guerrilla se pueden tener relaciones de pareja, pero no es conveniente enamorarse porque a cualquier momentico los separan. Por ejemplo, le dicen a uno: "Julia, váyase para tal lado. Y usted, váyase para ese otro". Ahí quedaron separados, no se volvieron a ver. Y de pronto después uno se entera de que mataron al otro. Por eso no es bueno enamorarse allá. Yo tuve un novio al que quise mucho, que tenía un hermano gemelo, y lo mataron. Cuando el hermano me contó, me dio muy duro.

En la guerrilla no hay drogadictos. Lo que pasa es que muchas veces dejan que los campesinos siembren coca, porque hay muchas partes donde lo único que se da es la coca; al plátano o a la yuca los acaba el gusano, o no hay cómo sacar el producto. Por eso los dejan que siembren coca, la produzcan y la vendan; es más fácil vender coca que sacar unos bultos de plátano, de yuca o de papa al mercado. Pero la guerrilla no lo hace por maldad. Yo estaría de acuerdo con que legalizaran la marihuana y la cocaína, porque son más puros que los cigarrillos y que todo ese alcohol que uno se toma.

Cuando me tocaba matar a alguien me tapaba la cara, porque era muy miedosa; me acostaba a dormir y me soñaba con las personas que había quebrado. Pero una vez tuve que matar mirando a un muchacho que decían que era primo mío. Yo salí a la población civil y nos pusimos a hablar —él no sabía que yo era guerrillera— y resultamos siendo primos; conocía a mis tíos, a mi mamá, a todos. Después, en orden público, lo cogimos. Él era soldado. Dijo que no lo mataran, que quería ser guerrillero, que él estaba allá por plata y que no sé qué. El cucho que era mando le creyó, y la mayoría le creímos; él casi llora contándonos. Pero un día el cucho estaba hablando en el aula y él se paró de pronto con un fusil a dispararle. Yo estaba parada detrás y le solté un rafagazo; tres tiros de una, pam, pam, pam. Y ahí quedó el muchacho. Yo era comandante de compañía y me subieron a remplazante de columna, porque le había salvado la vida al cucho. Me dio duro, porque era una persona que conocía, que sabía de dónde venía, pero era una de dos: él o nosotros.

A uno en los pueblos lo miran vestido de camuflado y piensan que es un duro, porque nunca llora; en un campamento uno siempre está con una sonrisa de oreja a oreja, pero nadie sabe qué es lo que se siente por dentro; no saben que uno también tiene la parte humana. Algunos creen que porque uno mata a otra persona es valiente, o que porque carga un fusil es valiente. Eso no es valentía: es cobardía. Uno se esconde detrás de un fusil, pero es una máscara que no es la de uno. Nunca estuve de acuerdo con que me mandaran a matar a otra persona, pero me tocaba; como todo buen guerrillero, iba y lo hacía.

Yo estaría de acuerdo con que siguieran los diálogos de paz; pero que legalizaran la paz. Que dijeran: "Hay paz y no más, se acabó la guerra, no más". Lo único que tienen que hacer para que se acabe esta guerra es darse la mano y soltar las armas, botarlas, enterrarlas o venderlas a otros países; no más eso se necesita para alcanzar la paz. En estos 40 años la guerrilla ha peleado mucho por eso. Pero después que haya paz, entonces ya pueden empezar a hablar de lo que quiere hacer la guerrilla, ya legalmente, sabiendo que no va a haber más guerrilla, que no va a haber más nada, que son solo un grupo que está hablando para ayudar a la gente. Y que la guerrilla haga los mismos paseos que hace el Presidente, para que dé a conocer lo que propone para ayudarle a la gente; porque el Presidente anda por todo el país pero no ayuda a las personas pobres, no pasa por una escuela y deja de pronto al menos tres o cuatro millones para que la arreglen. Si se logra la paz, tienen que dejar que la guerrilla haga política.

Pero así como va el país, tiene que haber una guerra donde se acabe uno de los dos grupos para que haya paz. Así como están las cosas, no hay posibilidades de acuerdo; tiene que haber una guerra y que se acabe la guerrilla o el Ejército, pero es más fácil que acaben el Ejército que la guerrilla. Así como decía el mismo Manuel (Marulanda): si no los acabaron cuando eran 48, que era la sola familia del cucho contra muchísimos soldados, ahora menos que son ya miles. Cuando eso ellos peleaban con palos y con peinillas, con nada más, y no pudieron acabar con los marquetalianos; así es como les decimos nosotros a los de Marquetalia, a los antiguos.

Yo quisiera seguir estudiando. A mí me gusta este programa porque aquí lo ayudan a uno mucho, aunque de pronto ellos no reciben lo que esperan de nosotros, como por ejemplo más cariño, más atención; que nosotros nos comportemos mejor, que respondamos como ellos quieren. Será porque nos aburrimos de estar tanto tiempo bajo órdenes, bajo mandos. Por ejemplo yo, que duré casi seis años allá, ya estaba aburrida de vivir bajo órdenes; a mí me aburre eso, porque toda mi niñez fue con mandos, y ahorita otra vez con mandos.

De los paracos a la guerrilla hay mucha diferencia. Los paracos matan por matar, ellos hacen las cosas por hacerlas; en cambio los guerrilleros matan a una persona porque es sapa, y ya cuando se le han hecho tres advertencias; si después de eso no quiso hacer caso, pues lleva. La guerrilla ha tratado de dialogar, ha tratado de dejar las armas, pero no ha podido porque cada vez que las intentan dejar, por ejemplo, es una suposición, los chulos los están rodeando para matarlos, y así no se puede. La guerrilla pelea por una igualdad social, para que todos tengamos lo mismo; los paracos no. Ellos pelean por lo mismo que los soldados: por los ricos.

Yo no me siento orgullosa de tener un fusil, como le decía, porque para mí un fusil siempre ha sido cobardía, engañarse uno mismo, sentirse más poquito que los demás: eso es un fusil para mí. De pronto yo sí tomé conciencia y salí adelante allá, en lo que pude, pero nunca me sentí orgullosa diciendo: "Yo soy guerrillera".

La guerra es un mal que le hace uno a la gente, porque los que no quieren ser guerrilleros ni soldados, los que están en la mitad, acaban muriendo a manos de la guerrilla o de los soldados; más que todo de los soldados, porque ellos dicen: "Ustedes son guerrilleros, ustedes son sapos, ustedes no sé qué", así la gente no sea nada. La guerrilla no tanto, porque la guerrilla dice: "Si llegan los soldados con plata, véndanles; si llegan los paracos con plata, véndanles", para eso son civiles, para eso tienen sus cultivos, para eso tienen sus tierras. Pero ya que entre venta y venta se pongan a decir: "Aquí estuvieron tales y dijeron esto, dijeron lo otro", ahí sí toca quebrarlos.

Yo no juzgo a los que fueron paracos. Muchos de ellos lo hicieron por un capricho, otros por plata y algunos porque les nacía; pero más que todo lo harían por la plata. Yo soy amiga de varios muchachos que fueron paracos. Con José, que dizque fue paraco, con él tengo una amistad muy bonita. En cambio no me la llevo bien con algunos exguerrilleros que no tomaron conciencia de qué hacían allá, simplemente el orgullo de ellos es decir: "Yo fui guerrillero, yo cargué un fusil, yo maté". Matar no es un orgullo para nadie, cargar un fusil no es un orgullo para nadie.

Yo quisiera que fuera una lucha legal por el pueblo, pero que fuera sin armas, sin fusiles; sin embargo, los guerrillos no pueden dejar las armas así tan fácil, porque han asesinado a muchos líderes populares. El epl se entregó con fusiles y todo, y mataron a muchos. Pero a mí me gustaría que la guerra fuera sin armas; me gustaría volver a la guerrilla pero que la guerra fuera sin armas, que no tuvieran armas, que no mataran gente. O sea, una guerra pero no una guerra-guerra, sino como diálogo; simplemente con palabras, planteamientos, propuestas y decisiones. Una guerra, pero civilizada.

Mi sueño siempre ha sido ser enfermera, tener un hospital grande; poder ayudar a la gente sin necesidad de que tengan plata, de que tengan dos, tres millones: así tengan mil pesos, poderlos ayudar. Tener un lugar a donde lleguen los campesinos y decirles: "Esta es su casa, este es su hogar, aquí es donde van a poder vivir".

Sé que es difícil conseguirlo en esta sociedad hecha para los ricos, donde lo único que vale es la plata. Pero sí se puede lograr, porque yo no pensaría lo que piensan los ricos, sino lo que van a pensar los pobres; lo que va a pensar alguien que no tenga recursos. Eso es lo que me vale a mí: lo que piense la gente humilde. Porque los que tienen plata, los que tienen todo, no piensan sino en seguir haciendo plata.

Yo lograría eso trabajando mucho. Al son del trabajo todo se logra. Desde que me esfuerce, sé que lo voy a alcanzar; si no me esfuerzo, nunca voy a llegar a hacerlo. Ese siempre ha sido mi sueño, ayudar a la gente; espero que se me cumpla.

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