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No hay fuego en el 23

Andrés Felipe Solano recorre Cali, que cada vez está más lejos del Cali de ¡Que viva la música! de Andrés Caicedo

2010/03/15

Por Andrés Felipe Solano

Hace siete meses un estudiante se tiró de un edificio ubicado en el norte de Cali. Quedó estampillado a los pies de Polvorín, un hombre que cuida carros en la misma cuadra desde hace décadas, tantas que cuando comenzó a espantar rateros no había ningún edificio del cual tirarse y en la esquina se estacionaba un par de taxis Dodge Dart negros y largos como él. Antes de subir, el muchacho dijo que estaba aburrido. Soltó la frase ahí, en mitad de la calle. A los cinco minutos voló por los aires y fue a dar al pie de un puesto de chontaduro.

Vengo buscando el corazón geográfico sobre el cual levantó su obra un muchacho gago, nervioso, lector enfermizo de Edgar Allan Poe, un escritor suicida que el 29 del mes pasado habría cumplido 55 años, y ésta es la primera historia que me encuentro. Vine hasta aquí para tratar de imaginar el inmenso parqueadero de Sears, el almacén por departamentos hecho a la medida de los gringos que trajeron las multinacionales a mediados del siglo XX y de las familias más adineradas del Valle. Andrés Caicedo lo nombra en varios de sus cuentos y en la única novela a la que le puso punto final, ¡Que viva la música! Es imposible hacerlo, digo, imaginar por ejemplo el Centro a Go-Go de los años sesenta que funcionó en el parqueadero y la muerte de un muchacho peludo y de camisa rosada, una afrenta para la época, que bailó febril con una niña en una caseta. En la noche la pandilla de El Águila le pegó un tiro que le dejó la cabeza como una burbuja roja. He sido demasiado ingenuo. Ha pasado mucho tiempo y lo único que queda por estos lados es Polvorín y las historias de adolescentes suicidas. Es inquietante. Al parecer todavía se dan como fresas salvajes la variedad de adolescentes sobre la cual Caicedo armó su prolífica obra (murió a los veinticinco años, después de escribir una considerable cantidad de prosa, teatro y crítica). Sus personajes son muchachos convulsos, pudientes, melómanos, delincuentes, adictos, desclasados a la brava, parricidas y por encima de todo suicidas o en trance mortal. Muchachos vencidos por el sopor caleño, por la canícula –palabras que tienen sentido en esta ciudad y a esta hora, las 12:37 p.m.–, sepultados por la culpa que trae el excesivo tiempo perdido. Jóvenes desesperados por sacarse del cuerpo los estragos de una seguidilla de noches de fiestas colegiales sin fortuna o el dolor en los huesos de tanto baile frenético. Niños con los bolsillos llenos, reacios a sobrellevar el ancla paterna, o como Robertico Ross, deseosos de una catarata de drogas que cure el aburrimiento. Otras veces seres que se levantan con una frase afilada dándoles vueltas en la cabeza: hoy es un buen día para dar un paseo y morir, como Mariángela, amiga de María del Carmen Huerta, protagonista de ¡Que viva la música!, que se mata tirándose del edificio de Telecom, “con las manos tapándose los oídos, desde el treceavo piso”.

Es como si esas pocas calles sobre las cuales Caicedo levantó su obra estuvieran ganadas para la muerte o por lo menos para el despeño, previo frenesí. Así lo presenta María del Carmen: “Vivía pues yo, en el sector más representativo y bullanguero del Nortecito, aquél que comprende el triángulo Squibb -Parque Versalles-Dari Frost, el primer norte, el de los suicidas. Lo demás, Vipepas, La Flora, etc, es suburbio vulgar, poluto. Mi Norte era trágico, cruel, disipado”.

¡Que viva la música! es la historia de una joven de padres ricos y casa grande, con una llamarada por pelo y una enredadera por corazón. Una mujercita gritona, saltarina, algo insoportable y al parecer muy bonita, que está recién salida del bachillerato y ha sido admitida en una universidad para adelantar estudios de Arquitectura. Semanas antes de entrar a estudiar, la muchachita es poseída por un extraño spleen tropical, combinado con una incipiente adicción a la noche. Decide sacudirse el tedio, primero presentándole a su nariz los buenos oficios de la coca de Ricardito, un solitario que traduce al vuelo canciones de los Rolling Stones, y luego caminando por la avenida sexta, saludando a todo el mundo con la intención de encontrar una fiesta para calmar la ansiedad. De cuatro que le nombran se decide por la del Flaco Flores, que ese día ha asesinado a sus padres y a la niñera, y los tiene en una habitación del segundo piso. Allí conoce a Leopoldo Brook, guitarrista pelirrojo con el que se va esa misma madrugada a vivir por una temporada. Después de tener las narices ahítas de polvo blanco, María del Carmen deja a Brook y se despoja poco a poco de su clase social, su cárcel, y se asoma a la noche del Sur, la de la plebe salsera, en un principio como una ingenua excursionista y luego como una chapola: errática, borracha, por momentos eufórica, otras veces estática y sombría, y la mayoría del tiempo cegada por la luz de las parrandas, hasta que se queda a vivir en una soñada libertad en la que acepta el asesinato y la prostitución como parte del pago por decirles adiós a sus padres y a su bendito Nortecito. Caicedo creó una heroína maldita de tierra caliente, ex burguesa y devoradora de hombres, que se proclama sin descanso ni pudor como reina de la oscuridad. Una víctima del aburrimiento y de la clase social en la que nació, que encuentra en la salsa el ritmo adecuado para vivir en una ciudad de la que Caicedo dijo: “Maldita sea, Cali es una ciudad que espera, pero no le abre las puertas a los desesperados”. Aunque para la dificultad que exuda Cali a veces ni siquiera la salsa basta. En muchos sitios aún oyen los discos de Richie Ray y Bobby Cruz de 33 a 45 revoluciones. Ése es el arrebato caleño, que termina por fundir el motor o por mandar a la gente al exilio o a San Isidro, el hospital psiquiátrico donde fueron a parar el Flaco Flores y Ricardito Sevilla, alias el Miserable.

Calicalabozo es el título de una antología de cuentos de Caicedo. El nombre no puede ser más elocuente para hablar de su relación con la ciudad. Entonces la escogió para morir. Pudo haber sido tan fuerte el cordón que los unía que prefirió tomar sesenta pastillas de seconal un 4 de marzo antes de verla ahogada en el río del tiempo, porque, la verdad, hoy queda poco o nada de la Cali sobre la que escribió. Ya no se hacen fiestas en las casas del Parque Versalles. Las salas las ocupan pasmosas filas de banco, las habitaciones sirven de consultorios ortopédicos, los patios interiores fueron techados y hoy son bodegas donde se guardan formas continuas y cascarones de impresoras. En el barrio Miraflores, en la calle de los alemanes, algunos jardines tan grandes como canchas de polo se conservan, pero el pasto ya no recibe cenizas ni vasos volcados. Laboratorios Squibb está atrapado por una reja y apenas si se ve la antigua fachada, la blanca de los años cincuenta. Dari Frost, la heladería de la sexta con veintitrés, fuente de soda en ese tiempo, despacha conos y conserva sus bancas y mesas redondas, pero están mugrosas y el hueco por donde se metían los parasoles fue soldado. De la Platería Ramírez, al frente, donde se paraban los muchachos a mirarse, a reconocerse, a buscarse pelea, apenas queda un muro. Los seis mangos del separador de la esquina opuesta siguen en pie pero no parecen dar muchos frutos. La mítica ruta de buses Azul Plateada sigue haciendo su recorrido, pero es posible que el MIO arrincone una vida de 56 años. La sexta, tantas veces nombrada, la que fue ejemplo de bulevar y la responsable, con sus faroles y calzadas amplias, de que María del Carmen y otros muchachitos salieran de sus casas para practicar el callejeo, como un río al que le cambian el cauce, ahora tiene barreras rojas de metal a lado y lado y columnas de mármol negro cada diez metros, tan enigmáticas como el monolito que descubren los astronautas de 2001, Odisea en el espacio, tan dicientes de la ola traqueta que llegaría en los noventa. Existe aún una casa en la esquina de la sexta con 15c en la que alcanzo a imaginar las escenas del gótico tórrido que Caicedo describió en algunos de sus cuentos. Es un enorme caserón clausurado, con una torre y ventanas a las montañas, donde podrían estar enterradas partes del cuerpo que ve devorar el narrador de “Calibalismo”.

¿Y El Oasis? Es un desierto. Apenas si alguien se acerca al antiguo merendero donde los muchachos se jugaban los restos del día. El teatro Bolívar cerró. El San Fernando, donde Caicedo tuvo su cineclub, ya ni siquiera es morada de ratas y parejas que se manosean y ahora pertenece a la Iglesia Cristiana Plenitud, que desarmó los proyectores y los tiene arrumados detrás de la pantalla. Ahora predica un pastor donde hace mucho tiempo se paró un adorador de las violentas películas de Sam Peckinpah. Los cultos cristianos se han tomado los antiguos cines donde las pandillas se enfrentaban en el hall, donde los de la Tropa Brava se molían con los Black Stars o los Intrépidos, recién salidos de Rebelde sin causa. Hasta el odiado colegio de jesuitas San Juan Berchmans vendió y se fue a una sede campestre. Sobrevive maltrecho Los Turcos, el café donde Caicedo se sentaba a hablar después de ir a cine con Clarisol Lemos, a quien está dedicada ¡Que viva la música!, lugar donde comía tostadas de plátano y esperaba a que le consiguieran algo de marihuana. También está en pie el Edificio Corkidi, donde se suicidó.

Don Luis tiene los ojos nublados por las cataratas y las uñas de los pies retorcidas como las garras de un ave rapaz. Anda por los corredores del edificio en chanclas de caucho con un diminuto timón de barco en metal clavado en cada empeine. Ha sido portero del Corkidi desde el año 64. En el 76 se pasó a vivir al apartamento 101 un joven largo, callado pero amable. Se acuerda que era noctámbulo, tenía una máquina de escribir que apaleaba más que un tinterillo y le gustaba el vicio. “Sí, era un hippie, pero hippies ha habido toda la vida”, dice con un hilo de voz. Fue don Luis el que ayudó a sacarlo por el largo corredor en L del primer piso. Una mañana Patricia, Patricialinda, lo descubrió desplomado sobre su escritorio. El portero fue a ver qué pasaba. Mientras su amiga llamaba a una ambulancia, el viejo le levantó la cabeza, le echó el pelo para atrás y lo vio seco, con los ojos puestos en el más allá. Se los cerró, lo alzó en brazos y lo dejó sobre su cama, en la eterna compañía de sus niños suicidas, que aún siguen saltando desde los edificios del Norte. Ya no hay fuego en el 23.

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