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"Ojalá Colombia deje de ser una anomalía"

Ocho años después del best seller "El olvido que seremos", el escritor colombiano Héctor Abad reaparece en el mundo literario con la novela "La oculta".

2014/11/28

Por DW

 

Librero, editor, corrector de pruebas, traductor. “Alrededor del libro, he hecho casi todos los oficios”, comenta el ahora bibliotecario Héctor Abad Faciolince. Por supuesto, de poco servirían todas estas ocupaciones sin escritores.

El colombiano reaparece con La oculta, una novela que rompe un silencio literario de ocho años. En 2006, Héctor Abad conmovió a millares de lectores en el mundo con El olvido que seremos, una obra en la que el autor describe la amorosa y profunda relación que tenía con su padre, asesinado por la extrema derecha en la convulsa Medellín de los años ochenta.

El día del infame asesinato, Héctor Abad hijo encontró en los bolsillos de su padre unos versos: “Ya somos el olvido que seremos / el polvo elemental que nos ignora / y que fue el rojo Adán y que es ahora / todos los hombres, y que no veremos”. El autor de los versos, supo Abad Faciolince muchos años después, resultó ser otro bibliotecario, éste de apellido Borges.

¿Le molesta que lo comparen con Jorge Luis Borges, ahora que es bibliotecario?

Claro que me molesta porque ese señor era incomparable y único. Algo muy curioso que me pasó es que cuando entré a trabajar en esta biblioteca (Universidad Eafit), el único examen que me pidieron fue un examen de la vista. Me dio hasta risa pensar que Borges no hubiera podido ser admitido.

¿Cómo es que Berlín destrabó el proceso creativo de "La oculta"?

Berlín ha sido muy importante para mí. En Berlín se sigue practicando una vieja institución europea muy importante, tanto italiana como alemana, que es el mecenazgo. En 2006 recibí la beca de la ciudad de Berlín para escritores en residencia. Fue un año muy feliz de mi vida. Allá terminé de corregir las pruebas de El olvido que seremos. Y más recientemente fui profesor invitado en la Universidad Libre. La historia fue que yo estaba escribiendo otro libro, en una libreta. Esa libreta se me cayó, una vez que salí a montar en bicicleta. Quedó trunco ese proyecto que se llamaba Memorias de un amante impotente. Me desesperé mucho con la pérdida de esa libreta y entonces rescaté un libro que yo había más o menos terminado en un refugio en Italia, pero no estaba muy seguro de ese libro: La Oculta. Me puse a trabajar duramente en La oculta, ya que se me había perdido el cuaderno con el otro proyecto. Me logré entusiasmar y pude sumergirme otra vez en esa historia. Cuando una señora alemana llamó para avisarme diez días después que su hijo había encontrado mi libreta, ya no importaba tanto, ya ese libro había quedado como un proyecto que a lo mejor desarrolle en el futuro. Berlín me dio el tiempo, un clima y una tranquilidad para poder terminar La oculta.

¿Habrá entonces algo de Berlín en la descripción de Jericó, el escenario de la nueva novela?

No puede haber dos cosas más distintas. Desgraciadamente ya en la novela uno de los personajes estaba viviendo en Nueva York. Yo muchas veces pensé en ponerlo a vivir en Berlín, pero era muy difícil acomodar las cosas. Es seguro que Berlín aparecerá en mis próximas creaciones porque Berlín está metida ya muy, muy adentro de mí. Yo tengo un afecto muy grande por una región del suroeste de Antioquia, una región montañosa, muy distinta al campo que rodea a Berlín, muy distinta a Prusia. Pero así fuera distinta, cuando salía a caminar por la Berlín verde de alguna manera el espíritu bucólico de Alemania, de los románticos alemanes, se transmitió también a mi novela. Por eso tal vez recuperé con tanta fuerza en la memoria mi experiencia de estas montañas antioqueñas.

A propósito de Berlín y los 25 años desde la caída del Muro, ¿qué tanto había de la capital alemana en "Angosta" (2004), esa novela suya en la que describe una ciudad dividida?

La relación entre Héctor Abad y la ciudad de Berlín se ha hecho más estrecha desde que el autor corrigiera allí las pruebas de "El olvido que seremos".

Angosta era una especie de ciudad global futurista pero está basada en mi experiencia en muchas ciudades. No había conocido la Berlín anterior a la caída del Muro, pero sí la conocía a través de fotos y visitas que había hecho a la ciudad. Todo eso influyó mucho en la construcción de Angosta.

¿Qué quería comunicar al describir esa división?

Yo quería hacer, a través del microcosmos de una ciudad, como un reflejo del mundo contemporáneo. Es muy difícil superar las fronteras. Las pateras que se acercan a España, los inmigrantes que expulsan de Estados Unidos… era toda una temperatura la que yo quería reflejar en esa novela, digamos que de un modo alegórico. Naturalmente la caída del muro de Berlín fue un hecho significativo en el sentido contrario. No de levantar fronteras y crear divisiones, sino de todo lo contrario. También la llegada al poder de Mandela fue de alguna manera una eliminación del apartheid, y lo que se practica en Angosta es una política de apartamiento. Yo diría que en el mundo hay muchos signos positivos, como estos dos de Sudáfrica o Berlín, y también hay signos negativos. En resumidas cuentas, yo creo que el mundo progresa. Si yo escribí una especie de distopía, un mundo del futuro horrible, no fue tanto porque yo previera que eso fuera a pasar, sino como un exorcismo para intentar que eso no pasara, por lo menos que eso no pasara en mi ciudad. Yo creo que desde que escribí Angosta hasta ahora, la ciudad donde yo vivo, Medellín, está menos separada que antes.

¿Cuáles son esos fantasmas que usted quiere exorcizar con "La oculta"?

La oculta es el título de la novela pero también el nombre de una finca. En La oculta hay un lago, y en ese lago se ha ahogado mucha gente. En ese lago nado yo, como con cierta aprehensión. Me gusta mucho nadar en los lagos, en las piscinas públicas en Berlín. Digamos que las partes de natación de la novela fueron muy influidas también por mis nadadas en Berlín. En el lago de La oculta los fantasmas son esos ahogados.

Por algunas entrevistas queda la sensación de que usted se siente tan complacido con los muchos lectores a quienes llegó con "El olvido que seremos" como fatigado por la carga que eso conlleva ¿Es así?

"El olvido que seremos" cuenta con versiones en alemán, inglés, árabe y rumano.

Los libros que se leen mucho tienen esa doble carga. Es algo muy positivo, muy alegre, pero por otro lado uno puede sentir consciente o inconscientemente el temor de que no pueda volver a tocar ciertas fibras, volver a producir un efecto tan profundo en los lectores. El olvido que seremos era un libro muy particular, fruto de un gran sufrimiento, una tragedia. Naturalmente yo no quisiera vivir una desgracia para poder repetir una obra literaria. Yo prefiero vivir sin tragedias y escribir libros un poco más normales, así esos libros no toquen fibras tan hondas ni logren conmover tanto a los lectores. Ni puedo ni quiero hacer otro libro parecido a ese. Ahora fui capaz, finalmente, después de varios intentos fallidos, de hacer una nueva novela, una novela con la cual me siento tranquilo. Vamos a ver qué piensan los lectores. Si esperan una reedición de El olvido que seremos tal vez se decepcionen, pero si saben que un escritor puede tener muchos registros y muchas historias distintas para contar, pues a lo mejor lo disfrutan.

Después de tantos años, ¿cree que los asesinos de su padre se salieron con la suya?

Hay un grupo de los asesinos que siguen luchando por mantenerse en el poder, o arrebatar el que les han quitado, pero yo no creo que hayan ganado. Creo que la lucha entre las tinieblas y la luz continúa aquí como en cualquier novela juvenil de aventuras. Hay más luz que tinieblas en este momento. Ellos han ganado muchas batallas, y siguen peleando a favor de la muerte y la intolerancia, de la eliminación de todo lo que sea diferente y de la oposición a todo cambio con justicia, pero no creo que vayan ganando esta partida. Es más, si fuera una partida de ajedrez, yo los veo a ellos con un alfil menos.

Alguna vez usted escribió que un columnista que no molestara a nadie no estaba haciendo bien su trabajo. ¿Piensa igual después de varias y sonadas fricciones con algunos de los protagonistas del mundo intelectual colombiano?

A mí me parece sano el debate intelectual con palabras. Uno puede tener contrincantes intelectuales, pero aun así, siempre la discusión con palabras será más civilizada que cualquier otra. Eso forma parte de la construcción de una democracia y de un sitio donde haya libertad para expresarse.

¿Pero no le pesa haber perdido amigos a raíz de esto?

Claro, es triste perder amigos. Perdí la amistad con Fernando Vallejo simplemente porque escribí una crítica negativa a uno de sus libros. A mí me parece que eso es un exceso de susceptibilidad. Probablemente yo debí haberle advertido antes de publicar el artículo, pero sigo pensando que las obras científicas –entre comillas– de Fernando Vallejo, son delirantes y carentes de la preparación profesional para poderlas escribir. Fuera de eso, lo sigo considerando en lo literario un gran prosista, un gran estilista. Yo le ofrecí muchas veces que volviéramos a ser amigos pero a él le pareció que la crítica había sido una traición imperdonable a la amistad. De ahí yo pasé a ser un canalla para él. Bueno, puedo soportarlo.

¿Es usted una de las víctimas acreditadas oficialmente como tal en Colombia? ¿Con qué ojos ve la participación de las víctimas en el proceso de paz de La Habana?

A mí me invitaron como víctima a La Habana pero yo no quise ir. A mí no me gusta el papel de víctima. Mi familia y yo lo superamos: logramos recuperar nuestras vidas, nuestra felicidad. Claro que hay una herida que nunca se va a curar del todo, pero nosotros preferimos que fueran otras víctimas más recientes, más adoloridas, más despojadas de todo lo que tuvieron. Yo apoyo el proceso de paz, eso sí. Con paciencia, pero también con rapidez porque no podemos esperar tanto, podemos llegar a unos acuerdos que saquen a Colombia de ese círculo vicioso de violencia que ya es tan largo, y que el país deje de ser una anomalía continental.

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