Montoya nació en 1963. Crédito: Alba Ciudad.

Pablo Montoya: "La poesía no es más que un ensueño breve"

El escritor colombiano habló sobre la naturaleza de la poesía en un texto que escribió sobre 'Días de gratitud', una antología de las obras de Juan Felipe Robledo. Lo leyó la semana pasada en la presentación del libro en el Gimnasio Moderno. Aquí lo reproducimos.

2017/03/07

Por Pablo Montoya

Me apoyo en Octavio Paz para iniciar estas consideraciones sobre la antología poética de Juan Felipe Robledo. Y lo hago estimulado por la palabra Gratitud. Paz nos dice que quien agradece perdona, indulta, ofrece un favor, da un beneficio, nombra, inspira, nos permite entender uno de los altos sentidos de la palabra felicidad. Leyendo estos poemas que conforman Días de gratitud yo he sentido que la gratitud es simplemente un don. Y los dones de esta índole muestran, de un modo conmovedor, una faz de la bondad humana.

Parecería extraño, sin duda, y teniendo en cuenta estos días aciagos que atravesamos como seres humanos y como especie, hablar sobre una poesía y definirla con estos términos de Octavio Paz. Y resulta más raro todavía que esta serie, digamos esplendente de atributos, tenga que ver con una poesía colombiana, escrita en las últimas décadas. Yo, lo confieso, desde que leí por primera vez los poemas de Juan Felipe Robledo, recibí esta apuesta con una mezcla de sentimientos que solo una poesía genuina me ofrece. Por un lado, gocé esa expansión de la dicha que solo él sabe transmitir en sus versos y, por el otro, una suerte de desolación melancólica me invadió porque creo saber que estas epifanías, que Juan Felipe Robledo persigue con tanto ahínco, solo pertenecen al dominio de la fugacidad.

La poesía, quiero decir la verdadera poesía, que persiste, temblorosa y ansiosa, en nuestra frágil memoria, es aquella que nos nombra en el tiempo, nos hunde en la ilusión de la plenitud, para luego dejarnos caer en esa morosidad lenta de nuestras horas más difíciles. La poesía no es más que un ensueño breve. El retoño en medio de la aridez. El rayo que sacude por un instante esos dominios donde prevalece la oscuridad. Pero de qué manera persistimos en ese ensueño, de qué modo buscamos ese retoño y cómo anhelamos ese rayo. En realidad, como dice un verso de Juan Felipe Robledo, “nuestro corazón no cede” en esa búsqueda permanente de la revelación. La imagen, entonces, de un hombre en medio de un mundo adocenado, que es capaz de regalarse con los momentos luminosos, como si él fuese a la vez uno de los guardianes de ese brillo, es lo que obsequian los poemas de Días de gratitud.

Ahora bien, sé que esta celebración, que caracteriza la poesía de Juan Felipe, tiene varios rasgos. En primer lugar, está la presencia de un vital dualismo. Por un lado, estamos ante la certeza de que la suciedad nos acecha, de que hay una cotidianidad agobiante, que hay adalides de la mierda, manipuladores mediocres del reloj y dueños de la guerra, y que el mundo que nos ha correspondido está distante de la sensatez y la belleza y huye, entre ignorante y descarado, de los ejercicios elementales del asombro. Y por otro lado, está ese resplandor que aparece como una ofrenda. Varios poemas de esta antología se desarrollan en una particular oscilación cuyo péndulo termina deteniéndose, para nuestro regocijo, en una especie de “dicha pequeña y grata…frente a los ojos calmos”.

En segundo lugar, quisiera referirme a la resolución firme de esta dicha. No creo que haya un poeta en nuestro entorno tan seguro de su felicidad terrenal como Juan Felipe Robledo. Pero esa seguridad no es arrogante ni mucho menos, ni es proselitista, es decir ni pretende elevarse como un símbolo moral o como una de esas consignas cívicas a seguir que son como un pan espurio en estos tiempos presentes. Los momentos en que el poeta nos transmite su alegría son tan sencillos y rotundos y tan desprovistos de divinidad alguna que siento, al leerlos, como si el poeta diera en el cuenco de sus manos un agua fresca cuyo destino es refrescar la sequedad de la garganta. Y recordarnos, aunque sea por el instante que dura el verso, que es ciertamente una maravilla estar vivos.

Hay otro aspecto que me parece notable en esta celebración de la existencia. Celebración que, valga la pena recordarlo, no tiene que ver con aquellas ceremonias embriagadores que comienzan con el yo del poeta y van extendiéndose hacia los otros, hasta alcanzar una suerte de apoteosis vinculada a la geografía de una nación o de un imperio. Nada hay de estos matices colectivos y solemnes en la poesía de Juan Felipe Robledo. Al contrario, esta emoción pareciera gozarse en el pequeño espacio de una intimidad. Una intimidad jubilosa que se comparte con la madre, el hermano, el amigo y la amada. Y, a veces, con el poeta o el músicos que, a través del poema, nos resultan entrañables.

Quisiera decir, además, que la poesía de Juan Felipe Robledo me hace recordar intensamente el diálogo que siempre he tratado de mantener con los escritores solares. Esa hermandad que va desde el Lucrecio de la antigüedad hasta el Camus del siglo XX y que abraza a tantos poetas mediterráneos y del Caribe y a esos otros diseminados por la cordillera de los Andes. Esos escritores de la luz que tanto ayudan a enfrentar la dosis de tinieblas que nos rodean. Y quiero creer que la celebración del sol, es la gratitud por la luz y que es tanta su irradiación que, en el caso de Juan Felipe Robledo, este “cachorro que ama la vida cuando es acariciado por el sol”, las luciérnagas de sus noches ya no son mojones de un sombrío erotismo, sino una forma más de la dicha en la alta oscuridad.

Pero esa luz no es solo un fenómeno de índole física. Esa índole que no es para nada desdeñable, por supuesto, y que desde los filósofos presocráticos hasta nuestros días ha sido motivo de loa. Yo entiendo que en algunos poemas de Juan Felipe Robledo, sobre todo en los últimos de esta antología, dedicados a la escritura, la celebración de la luz desemboca, finalmente, en la celebración de la palabra. Esta voz que nos dice en el Poema para no olvidar el árbol de caucho que “toda vida es esplendor para el olvido” y que “el día pasa con fuegos lejanos y la piedra canta par sí”, memorable certeza de un mundo sin dioses pero pleno de sentidos, también sabe que su palabra poética sirve para darnos valor y poder atravesar los desolados descampados que la existencia.

Envigado, 2 de marzo de 2017  

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