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Palabras para los que no las tienen

Premio Nobel en 1986, el poeta y escritor nigeriano no se ha limitado a su oficio literario. Defensor declarado de causas sociales en su continente, es uno de los líderes naturales de África en el mundo. Su gran amigo Phillipe Ollé-Laprune escribe este perfil para Arcadia.

2010/03/15

Por Phillippe Ollé-Laprune

La figura de Wole Soyinka está impregnada de un dulce calor que se parece al timbre de su voz. Cuando toma la palabra da una prueba de seguridad que en nada se parece a la arrogancia o al desprecio. Sus palabras son portadoras de una forma de sabiduría y de autoridad que recuerdan por qué Soyinka es el escritor de todo un continente. Consciente del honor y de la carga que ello representa busca, antes que todo, dominar con lucidez sus palabras, ejercicio que no se puede satisfacer con aproximaciones o banalidades. Todas estas cosas ya me las había dicho Álvaro Mutis, antes de conocer a Soyinka, además de asegurarme, entusiasmado, que el Nobel nigeriano dominaba como nadie la lengua inglesa.

Escritor africano. Escritor y africano. Es así como se presenta Soyinka. Después aclara, casi siempre, que nació en Nigeria, donde estudió Literatura, después vivió en Inglaterra, donde, entre otras cosas, trabajó con el Royal Court Theatre de Londres. Luego, como ya lo sabemos, recibió en 1986 el Premio Nobel de Literatura. Trayectoria impecable, marcada por la publicación de novelas y poemarios, y por un trabajo en el ámbito teatral que lo ha puesto en el papel de dramaturgo pero también como actor, músico o director de obras. Y antes que nada, africano. Un africano que ha rechazado confinarse en un sólo papel y ha sabido utilizar sus múltiples talentos para hacer brillar todas las facetas de la creación. Soyinka lo sabe y es la prueba de que el saber y el arte no tienen fronteras.

Como en el caso de los grandes intelectuales, la palabra de Soyinka se escapa de la página en blanco y encuentra una resonancia mucho mayor. Quizá, por eso, escogió también el teatro. Como lo dijo Aimé Cesaire, su gran amigo de la negritud: “El teatro es hablar claramente”. Pero más allá de la palabra teatral es el compromiso del escritor con las luchas de su tiempo lo que habría que subrayar aquí: la capacidad de movilización con sus palabras, su prestigio y su nombre en contra de las ignominias de nuestra época. Son muchos los que hacen referencia a Sartre para compararlo con una figura mayor del siglo XX, y así devolverle el sentido al término “escritor comprometido”.

No hay que sorprenderse entonces de que su destino lo haya llevado a involucrarse en numerosas luchas de tipo político o humanitario; ni que esa lucha no haya opacado sus libros, pues ambos parten del mismo impulso, del mismo deseo de rechazar lo inaceptable. Denunciar con palabras y escribir para alimentar el imaginario son un mismo acto en Soyinka. En su magnífico relato “Isara, A Voyage Round Essay”, reconstruye la vida de su padre, un director de escuela en Nigeria. Más que un simple relato cargado de ternura, escribe con humor sobre eso que le hace latir con fuerza el corazón: la dignidad del ser humano y sus múltiples manifestaciones, que no siempre sabemos cuándo se presentan. Soyinka es entonces todo lo contrario de un ser resignado y lo muestra con respeto, sin vehemencia. Esto, porque el Nobel prefiere buscar y reconocer los momentos más intensos de explosión y de realización del hombre: el deseo de respeto y la capacidad de generarlo.

Soyinka, por tanto, es heredero de una pesada misión: ser la voz de los desheredados, de los olvidados del progreso, de los hambrientos de su tierra natal y de todo su continente. Él no lo reivindica, él no lo buscó. Simplemente fue ocurriendo con el tiempo, con la consolidación de esa palabra generosa y atenta, con la resonancia que han encontrado sus palabras en el mundo. Es un papel que le fue devuelto porque él no lo quería, él es abogado de los que no tienen voz de una manera natural porque nadie puede tener la responsabilidad de conferirle tal misión. Y una vez más se encuentran en Soyinka la creación literaria y el ejercicio de la palabra pública porque, en esos momentos de acción, el escritor les ha dado una fuerza inusitada a sus propias palabras para dar presencia a aquellos que no la tienen, héroes de papel salidos de su imaginario o personajes anónimos que la realidad echa al olvido. Es por esto que Soyinka es un artista fundamental de nuestra época, sus palabras borran con firmeza las fronteras impuestas entre la ficción y la realidad, entre sus quimeras en marcha y las realidades estrechas que pueblan nuestro cotidiano.

 

Traducción de Juan David Correa.

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