La escritora norteamericana Patricia Engel es hija de inmigrantes colombianos. Este es uno de los temas principales de su aclamado debut literario "Vida".

Palabras recobradas

La más importante crítica literaria del New York Times quedó prendada de la voz de la narradora de los cuentos de Vida, el primer libro de Patricia Engel. Su mundo: Colombia.

2010/10/13

Por Catalina Holguín Jaramillo

La entrevista es en español. Existe la opción de que la hagamos en inglés, pero ella prefiere que nos quedemos en el español. Me alegra la elección. Son muchos los hijos de latinos nacidos en el exterior que no hablan una sola palabra del idioma de sus padres. Pero Patricia Engel habla español y lo habla bien. A sus 33 años, esta norteamericana hija de colombianos publicó a principios de septiembre su primer libro, Vida, muy bien recibido por la crítica estadounidense. Aunque su libro de cuentos está escrito en inglés y aún no hay ofertas para traducirlo al español, es importante hablar en un medio colombiano de ella y de su obra, no para regocijarnos por una colombiana que triunfa en el exterior. No. Vale la pena hablar de Patricia Engel porque sus cuentos contados desde la perspectiva de una hija de inmigrantes colombianos transmiten una experiencia del mundo que existe y es real para los casi cuatro millones de colombianos que viven en el exterior.

 

Su nombre completo es Patricia Alba Cristina Engel García. Lleva los nombres de su mamá y sus dos abuelas, y el apellido de su abuelo, un alemán que llegó a Medellín antes de la Segunda Guerra Mundial, que se casó con una paisa y que 20 años después emigró de nuevo con toda su familia a los Estados Unidos. La mayoría de los García, la familia de su mamá, sigue en Colombia. Patricia nació en Nueva Jersey, estudió historia del arte, carrera que nunca ejerció, y aunque escribe desde niña, tardó 27 años en tomar la decisión de hacerlo profesionalmente. Recuerda a un profesor de filosofía que le decía: “Tú eres escritora, tienes que hacerlo, será duro, pero tienes que hacerlo”. Finalmente ingresó a una maestría en escritura creativa en la Universidad Internacional de Florida, donde contó con el privilegio, así lo describe, de poder concentrarse durante tres años en su escritura. Del proceso nació la voz de Sabina, la narradora de los nueve cuentos que componen Vida. A través de la voz de esta norteamericana hija de inmigrantes colombianos nos asomamos a su niñez (cuando visita Colombia por primera vez), a su adolescencia (cuando tiene que enfrentarse a su herencia cultural), a su temprana vida adulta (cuando encuentra personas que le descubren partes brillantes y otras más oscuras de su propia personalidad).

 

Había escuchado una entrevista de ella en inglés y por eso me sorprendió su voz en español. En inglés habla una Patricia muy inteligente, segura y crítica. En español cambia hasta el tono de su voz. Confiesa: yo siempre sentí que hablaba un español de casa. Mi educación fue en inglés y francés. Siento que el español es algo muy familiar. No sé cómo es mi acento, pero siento que hablo con voz de niña. Tiene razón. En español su voz duda, es insegura y está más conectada con sus emociones, a la vez que su acento salta de Puerto Rico, a Miami, a Cuba, a Bogotá.

 

Mi casa era como una mini Colombia dice, y mi relación con el país era muy de familia. En su casa crece con una imagen del país idealizada y congelada en el tiempo. Cuando niña visita el país, pero con el paso del tiempo son sus familiares colombianos los que empiezan a visitarlos. Pero por más español que se hable en su casa y por más contacto que mantenga con sus primas y tías colombianas, ella es de otro lado. Explica que su mamá tuvo mucha dificultad teniendo hijos de una cultura distinta. Ese choque de perspectivas está muy presente a lo largo del libro, pero en particular en el cuento “Green” [Verde]. Sabina, la narradora, se enfoca en su adolescencia, ese periodo de inseguridad en el que tiene que lidiar con los prejuicios raciales de sus compañeros de colegio, con el desgarrador deseo de sus papás de encajar en una sociedad ajena, y con sus propios demonios adolescentes que se traducen en enfermedades primermundistas (depresión, anorexia y bulimia)que sus papás ni comprenden ni conocen. “Escribiendo el libro —me dice Patricia—, traté de entender más a mis papás: empezar de nuevo en un país, dejarlo todo, tener hijos en un país extranjero. Creo que si me tocara a mí no sería capaz de hacer lo mismo. Es algo que no entendí de chiquita”. No en vano, Vida está dedicado a sus padres.

 

La relación de Patricia con Colombia alterna entre la intimidad y la distancia. Es justamente esa extraña relación del inmigrante con su país de origen, un país a la vez imaginario y real, la que le permite a su narradora Sabina explorar con asombrosa claridad, humor y sensibilidad nuestra nebulosa colombianidad. A través de Sabina vemos lo importante que es la familia, la clase social, la opinión de los otros, el amor y la casa para los colombianos. Para bien y para mal estos valores se traducen en pasiones, prejuicios y opiniones que permean todas las relaciones humanas.

 

Colombia habita todos los cuentos de Vida, no como un detalle exótico que Sabina explota para dárselas de latina, sino como un aliento que no la abandona y que permea su voz. Al igual que el escritor dominicano-estadounidense Junot Díaz, Patricia salpica su prosa con palabras en español. Tal y como lo hace Junot, Patricia usa palabras en español para imprimir sonoridad al texto, como un acento. Pero también estas palabras resaltan emociones que Sabina asocia a su herencia colombiana: “novio”, “puta”, “chino”, Papi, Mami, “El Coco”, “la otra”, “La Violencia”, “guerrilleros”; y a su identidad: Vida. La vida es en español.

 

Para Sabina, su origen es un signo de diferencia mas no lo único que la distingue de otras personas. Ella no es la niña típica de faldita, noviecito con ramo de rosas, un vestido blanco, un altar y vivieron felices por siempre. Sabina observa a la gente con compasión pero también con mucha precisión. En “Paloma”, por ejemplo, un cuento que se enfoca en una tía de Sabina que muere sola y sin hijos en un hospicio, vemos la vida de una mujer enigmática y solitaria. Sabina también utiliza esos mismos poderes de observación aguda y crítica para analizarse a sí misma, como en los cuentos “Refuge”, “Vida” y “Green”. El resultado es un retrato brutalmente honesto pero a la vez compasivo. La fortaleza de la voz narrativa de Sabina reside en su complejidad: “Me encanta la voz femenina, explica Patricia, porque pienso que hay un mundo de posibilidades en la voz femenina. Hay tanto por descubrir. Me interesa explorar lo masculino dentro de la voz femenina, mostrar valores que a veces la gente piensa que son masculinos, como la fortaleza. La voz femenina es tan fuerte, pero también tiene mucha compasión. Es una voz que a veces también es vulnerable”. Las dos novelas en las que actualmente trabaja, también son narradas por mujeres de extracción latina que viven en Estados Unidos.

 

Quizá parte de la sensibilidad de Sabina proviene del motor que anima la escritura de Patricia: “Cuando niña, la escritura era para mí una manera de conocer más gente, de invitarlos a la vida. Yo era una niña muy introvertida. Buscaba amistades en los libros. Por eso, cuando escribo trato de darle más amigos a una persona. Escribo pensando en alguien que lee para entrar en contacto con otra gente”. Esta tensión entre la soledad y la compañía es recurrente en muchas de las historias de Vida. Cuando niña Sabina se siente lejos de su hermano Cristian; cuando adolescente se siente lejos de sus papás; y cuando adulta por momentos se siente lejos incluso de sí misma. Desde esta distancia Sabina analiza el mundo y las personas, y a veces tiene la fortuna de conocer gente como Diego, Lucho, Día, Vida, Lou y Carla que la hacen sentir en casa.

 

Los derechos de Vida a español siguen sin negociar, según me comenta Martin Wilson, editor de Groove Atlantic. Su obra actual, y la que está por venir, es una remesa cultural muy importante. El DAS y el DANE registran impresionantes cifras del éxodo colombiano y estiman que cerca de 4 millones viven por fuera; el Banco de la República reporta un ingreso de 900 millones de dólares en remesas durante el primer trimestre de 2010; los periódicos nos cuentan cómo viven y malviven los colombianos ilegales y los legales en Madrid y en Nueva York; y cada vez que hay elecciones presidenciales nos ocupamos de contar votos en los consulados. Dependemos de estos datos para imaginarnos cómo viven los colombianos en el lejano allá y nuestra literatura, con poquísimas excepciones (El síndrome de Ulises, de Santiago Gamboa, por ejemplo) se imagina esa otra vida.?

 

mo uno de los escritores más prometedores de EEUU) o como Junot Díaz (que ganó el Pulitzer con su novela La maravillosa vida breve de Óscar Wao), Patricia consigna un pedazo vital de la experiencia colombiana que aún nos es desconocida: la experiencia de nuestros inmigrantes, de los que viven allá afuera y que nos habitan tal y como nosotros habitamos su Colombia imaginaria y nostálgica. Dos mundos distantes pero irremediablemente conectados. Cualquiera que tenga un pedazo de su corazón en otro país sabe exactamente a qué me refiero. Patricia Engel, con sus historias sinceras y críticas, nos muestra que ese pedazo de corazón no está perdido. Simplemente está de viaje.

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