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Partir: la única vía

El exilio es un tema común entre escritores, pero para algunas mujeres que escogen el oficio, marcharse de las costumbres conservadoras fue la única manera de existir en el mundo.

2010/03/15

Por Vanessa Rosales A

Se dice que partir es morir un poco. Pero hay veces en que irse es salvarse, huir de un ahogo que apaga la vida. La palabra exilio se repite, como un disco rayado, en el vasto mundo de los escritores. Expulsiones forzadas, viajes a tierras remotas por cuenta de divergencias ideológicas, repudio y nostalgia: todos son hilos en ese acto de abandono que es tener que irse de la propia tierra. Pero existe otro tipo de proscripción, mucho menos difundida. La voluntaria. La que han emprendido muchas escritoras. En ellas la escisión nace, primero, en el fuero interno. El acto de marcharse es, después, apenas natural. Es, sin duda, la materialización de un deseo íntimo de liberación.

Marvel Moreno y Helena Araújo, dos mujeres, escritoras, colombianas, encarnan ese desarraigo deliberado. Si el exilio es un tema común en el mundo literario masculino, lo singular en el caso de Moreno y Araújo es que escogieron escribir en un entorno de desazón y contrariedad. Para las dos, marcharse dejó de ser un acto físico y pasó a ser una elección mucho más impetuosa: partir para poder ser. Porque la atmósfera en que vivían estaba hecha de la repetición de ritos idénticos, rutinas soporíferas, tedio familiar, agresividad, culpa, o el miedo y el rigor de una vida cómoda pero sofocante.

En ese mundo de los años cincuenta y sesenta en Colombia, las dos escogieron ser a parecer. Era el tipo de mundillo que preestablecía los roles de la mujer, y admitía, según una cosmovisión bastante arraigada aún hoy, tres prototipos: Eva, la pecadora; María, la virgen, y María Magdalena, la prostituta arrepentida. Si se era una criatura más misteriosa, que rebasara a estos modelos la trasgresión social guardaba parentesco con la herejía: se decía que eran brujas.

Lo que sorprende de obras y vidas como las de Araújo y Moreno es el rasgo de atemporalidad. Las condiciones vitales que debían afrontar y decidieron abandonar son asombrosamente similares a microcosmos sociales que subsisten hoy.

Araújo, de un lado, está inmersa en la Bogotá señorial de los sesenta, Moreno en el patriarcalismo del trópico barranquillero hacia la misma época. Ante ellas desfilaron las mismas y estrechas opciones: someterse a la vida matrimonial con poco margen de elección; ceder a los moralismos de la culpa y el miedo; vivir bajo el paradigma de unos hombres que se definen, sobre todo, en términos de dinero y poder. Un lugar en el que, si no se es réplica, se reprocha la anomalía y la inadaptación incomprensible.

Helena Araújo nació en Bogotá en 1934. En el seno de una familia liberal. Los primeros años de su vida, su padre le permitió ciertas libertades. Por eso desde temprano se instaló en ella el afán por escribir. No obstante, las escasas posibilidades vitales de la época la sometieron a un matrimonio precoz, a los 19 años. Luego se abrirá el ciclo de maternidad consecutiva. Cuatro hijas, la incapacidad de usar anticoncepción, un sello matrimonial opresivo e indeseado. Entonces, frente a ese persecución insistente e insoslayable, vino el señalamiento alterno: su comportamiento no puede ser otra cosa que una suerte de frenesí, asociado de forma intrínseca a la herejía.

Araújo quedó despojada: esposa desmembrada por voluntad, osada pecadora. De 1969 a 1971 transitó ese limbo. Hasta que su marido encontró una nueva compañera y le restituyeron la custodia de sus hijas. Entonces decidió partir e instalarse en Suiza. Y es desde esa distancia desde donde emprendió, hasta el día de hoy, una travesía por la escritura que la ha consagrado en una encumbrada ensayista y narradora.

No obstante, la escisión de Araújo estaba en ella, desde antes de su huida. El malestar, el sin sentido, la lucha furiosa por desfogar sus deseos íntimos, las proporciones de su espíritu se materializan en el exilio, pero ya antes, había una ausencia, una grieta. Todos esos trechos recorridos antes de la partida final están consignados el autoretrato-novela Las Cuitas de Carlota.

En general, en sus otros libros y relatos, los personajes de Helena Araújo suelen ser mujeres marchitas, coartadas, incapaces de ceñirse al modelo ejemplar de esposas sonrientes, mujeres castas afuera del hogar, y prostitutas en el lecho de un marido cualquiera. Por lo general, viven vidas insípidas, con peripecias igualmente desabridas; no conocen el amor, y la capacidad del goce las esquiva. En Las Cuitas de Carlota, precisamente, el personaje principal asiste a un colegio de monjas en el cual se le inculca la celosa vigilancia de la virginidad. Cuando llega el momento del matrimonio, a Carlota le dicen que aquella fruta truculenta y prohibida es “deber conyugal”. Así, de repente, descubre su incapacidad para gozar, carcomida por un hondo miedo. Las descripciones del sexo son tenebrosas: un forcejeo absurdo que revela los rezagos de la culpa.

Carlota le escribe cartas a su prima y arma las piezas de esa travesía contrariada. Cede a los deberes del matrimonio, pero su amor oculto es la pintura. Sus tías y primas juzgan su gusto como una anormalidad que le impide la plenitud de la mujer que asiste al club, cría apetecible y dócil a los hijos y colma los caprichos del marido. El personaje termina en Ginebra en donde, luego de una lucha enervante, se dedica a lo que le proporciona un sentido de posibilidad, algo de control sobre su vida. Las acotaciones de Carlota son destellos vívidos de la vida misma de Araújo. Ella también asistió a un colegio religioso, cedió a la presión temprana del matrimonio y terminó en un desarraigo deseado, voluntario, en cual, al final se convirtió en lo que presentía desde precoces épocas de descontento.

He aquí otro punto en común entre Helena Araújo y a Marvel Moreno: la renuncia a la comodidad del matrimonio burgués tiene como consecuencia encarar cierta dureza. La elección de vivir según los pulsos de sus deseos íntimos, persiguiendo su propio destino, las lleva a confrontarse a ellas mismas en una autonomía que aunque a veces difícil, no es otra cosa más que libertad. Una existencia donde las figuras masculinas vigilantes y opresivas, como las del esposo y el padre, no existen.

Marvel Moreno nació en Barranquilla, en 1939, en una de esas familias caribeñas de artistocracia criolla, con una moral conservadora. Por ello, en 1956 Marvel hace su presentación en sociedad, como objeto matrimonial, y en 1959, consecuente con su belleza, la designan Reina del Carnaval de Barranquilla. Ya para entonces, y gracias a la enorme biblioteca de su casa, había procurado devorar literatura y a sentir el apetito por otro mundo, más vivo. Porque Moreno desde siempre optó por un papel de contertulia, de personaje bohemio y pensante. Por ello contrajo matrimonio con el periodista cachaco Plinio Apuleyo, mantuvo una inequebrantable amistad con Alejandro Obregón y su padrino de matrimonio fue Álvaro Cepeda Samudio. Además, las inquietudes y los pregones que subyacen muchos de sus textos tienen la cadencia de los del famoso grupo de Barranquilla.

En 1971 partió a París, de donde jamás regresó. En esa ciudad se dedicó, obstinada y obsesivamente, a retratar la empolvada sociedad barranquillera: sus vicios y sesgos, sus constrictivas manías, sus jaulas de oro precioso para señoras frívolas y convencionales que ceden a los cuidados del cuerpo, el hogar estancado, los pocos ritos del sopor que es esa vida caribeña de ritos inquebrantables, donde la lógica, de nuevo indica que la libertad femenina es una desviación sin cordura. 

“Ya casada, cuando el tiempo no era más un chispear de instantes sino un lento transcurrir de días iguales, observando jugar a su hija en el jardín de la casa, donde un marido cualquiera la había confinado”, escribía Marvel Moreno en uno de sus cuentos más conocidos: “Oriane, tía Oriane.” El mundo de Moreno es más terrible que el de Araújo. El de la segunda está cimentado en el tedio bogotano, con brotes contestatarios y una rebeldía contenida. El universo de Moreno es onírico, el de las tardes de brisas decembrinas en Barranquilla, las casas con arabescos, las mujeres sentadas en mecedoras, coleccionistas de cofres y objetos, de las pulsaciones del mar, donde vive lo insólito y lo prohibido y lo íntimo.

La escisión que brota, desde temprano y adentro de estas criaturas, las mantiene permanentemente al filo de un extraño anhelo por desmembrarse. Pero es el arrancamiento, la partida, lo único que les concede ese anhelo sin forma que se agolpaba en sus adentros: la posibilidad de ser y vivir y tener almas libres.

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