El escritor Sergio de la Pava

Pasos de animal grande

Ninguna editorial ha publicado sus libros todavía. Optó por autopublicarse en la red y el resultado ha sido un rosario de elogios. Hijo de colombianos emigrantes a Nueva York, escribe en inglés.

2011/09/19

Por Oscar Guisoni

Su nombre agita desde hace meses las aguas subterráneas de cierto mundillo que sigue con gran atención lo que ocurre en el territorio de la literatura norteamericana. Se habla de él en blogs como canopycanopycanopy.com —que incluso le ha publicado un ensayo—, revistas bizarras pero con prestigio como Hermano Cerdo lo han entrevistado y han hecho que el murmullo se extienda entre críticos y un puñado de lectores que se han sorprendido por el vigor de sus textos, la chispa candente de sus diálogos y el fulgor erudito de sus apabullantes historias. Pero por mucho que se diga, todavía es poco lo que se sabe de él.

Todo empezó en el 2008, cuando en Nueva York comenzó a sonar el autor de un libro con título muy americano pero apellido evidentemente latino. El libro se llamaba A Naked Singularity (Una singularidad desnuda) y la historia parecía estar centrada en un boxeador mítico, Wilfredo Benítez, un puertorriqueño nacido en 1958 que tuvo el gran mérito de ganar el título mundial de boxeo tres veces en tres categorías distintas. Y digo parecía, porque Benítez era apenas una excusa para que Sergio de la Pava desplegara sus dotes literarias creando un personaje de nombre extravagante, Casi, al que acompañamos en un periplo intelectual de proporciones bíblicas, donde los temas van de la física cuántica a la cultura pop, pasando por la obsesión por la perfección y la belleza/horror del boxeo, todo con un trasfondo de inmigración latinoamericana.

De la Pava es hijo de inmigrantes colombianos, habló español antes que inglés, de pequeño era una especie de “traductor” de sus padres en un mundo ancho y ajeno y a juzgar por su escritura, pasó gran parte de los cuarenta años que ha vivido, leyendo. Pero no irrumpió publicando con ningún gran tanque editorial, sino que se autopublicó su primera novela, un camino riesgoso y plagado de prejuicios, como él mismo reconoce. Tanto le gustó la experiencia que ahora va por la segunda y ha vuelto a cometer el pecado de lesa editorial, porque en realidad no le interesa vender libros y solo quiere mantener el control sobre una obra descontrolada y desbordante que en algunos momentos recuerda a los textos inextricables del Thomas Pynchon o a los discursos metaliterarios de Robert Musil.

Una de las primeras cosas que llama la atención cuando uno habla con De la Pava (esta entrevista fue telefónica) es la sensación de estar hablando con alguien a quien todavía no se ha entrevistado mucho, por lo cual conserva una especie de virginidad periodística poco usual.

Con un castellano que a veces no encuentra la palabra justa, De la Pava desgrana algunas de sus influencias, algo fundamental para entender a un narrador que escribe diálogos tan potentes y humorísticos como los que se encuentran en un texto de William Gaddis. “Es muy difícil hablar de influencias —dice—, hay muchos escritores que amo, por ejemplo amo a los rusos, a Tolstoi, a Dostoievski, y cuando escribo veo posiblemente la influencia de ellos. Pero no soy consciente de ello mientras lo hago, sino que establezco una separación entre mi vida como escritor y como lector. Por eso cuando escribo me preocupo porque al finalizar me guste lo que he tratado de hacer: no me preocupo por inscribir mi estilo en una escuela determinada. Eso sería limitarme. Entiendo la pregunta y entiendo el deseo de los lectores de poder clasificar a los escritores, pero como escritor creo que adscribirse a una escuela es el principio de una muerte. Y yo trato de pelear contra las limitaciones cuando escribo”.

Clasicista empedernido, la modernidad se la reserva para él, a juzgar por lo atrevido de su estilo. De la Pava dice que solo lee clásicos “[…] prefiero que el autor no esté vivo. Yo creo que si hago cuentas, como mucho habré leído diez libros de gente que aún está viva”. Y como la lectura es algo central, asegura que le gusta “incluir en mi libro cosas que me han pasado en mi vida de lector”. Así fue como en su última novela, Personae, que incluye entre sus personajes a un militar colombiano en busca de una imposible venganza, y mezcla géneros que abarcan desde el policiaco hasta los obituarios del New York Times, hay un enorme fragmento en el que se discurre sobre las dificultades de traducir Cien años de soledad al inglés y que surge de un sueño hasta ahora imposible: escribir en español, algo que intentó hacer al final de Personae, pero “resultó más difícil de lo que yo pensaba”.

Al terminar de escribir Una singularidad desnuda, De la Pava tuvo una crisis moral provocada por el amor irremediable al boxeo que transpiraba el texto. “Uno puede amar deportes como el béisbol o el fútbol sin tener que preocuparse mucho por los jugadores. En cambio en el boxeo al mismo tiempo que te están entreteniendo, posiblemente los jugadores se están lesionando severamente. Amo el boxeo porque creo que nos enseña algo sobre qué es la vida y nos enseña mucho sobre los que boxean. Y también entiendo la gente que cree que es un deporte bárbaro y no debe existir”.

Su tema obsesivo es la perfección y su búsqueda endemoniada, algo que reaparece con fuerza en Personae y que parece distinguirlo como escritor. “Más que la búsqueda de la perfección podríamos decir que se trata de la ambición —corrige—. Hay un dicho, tanto en español como en inglés: nadie es perfecto. Y para uno de los personajes del libro esta frase es todo un tema y tiene mucha relación con la ambición. Parte de la inmigración es ambición de alguna manera. Dejar tu país, ir a un país donde ni siquiera hablan tu idioma… Eso lo hace una persona que es ambiciosa, no importa la razón; puede ser por dinero, porque quiere vivir mejor, por estatus. Y como hijo de inmigrantes me interesaba explorar este aspecto y una de las formas era hablar de este concepto de la perfección”.

Y aunque no ha vivido en Colombia ni su familia se fue del país por razones políticas, la violencia colombiana se asoma en su literatura como si se tratara de una marca de nacimiento. “Colombia es un país que me fascina; he ido varias veces y no pierdo la fascinación. Es difícil hablar de Colombia sin mencionar la violencia, me parece. No porque tenga yo un juicio negativo, sino porque es parte de su historia”.

Mientras esperamos la traducción de De la Pava al español (“es una posibilidad” dice, aunque no quiere anticiparse a los acontecimientos), por ahora solo nos queda leerlo en inglés. “Muchas gracias, señor, por su apoyo”, se despide al final. Como si todavía no se hubiera dado cuenta de que los agradecidos somos nosotros.

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