Pearl Buck (1892-1973). Foto de su página oficial.

Pearl Buck: La nobel rosa

Entre los ganadores del Premio Nobel de Literatura quizá ninguno haya perdido tanto prestigio como Pearl Buck, una escritora que creció atrapada entre dos culturas y que, gracias a su obra, una buena parte del mundo Occidental entró en contacto con el campesinado y la cotidianidad en China. La recordamos en la fecha de su nacimiento, el 26 de junio.

2016/06/24

Por Christopher Tibble

Pearl Buck (1892-1973) habló chino antes que inglés. Creía, de niña, ser del país asiático, en parte influenciada por su niñera, que le escondía su pelo rubio bajo una manta y decía: ‘eso no se ve humano, ese pelo’. Fue solo hasta su octavo cumpleaños cuando Buck, futura Nobel de literatura, entendió que había crecido en un país ajeno al de sus padres; que ellos, dos misioneros presbiterianos de West Virginia, habían zarpado hacia allá para evangelizar a los campesinos; que los huesos de bebés con los que jugaba y luego enterraba de niña no eran de sus compatriotas, sino el resultado de una guerra en la que ellos, los extranjeros, eran los enemigos del pueblo.

Buck creció, primero en Zhengyang y luego en Shanghai, en medio del fulgor del conflicto: el Levantamiento de los boxers de 1899 contra la influencia foránea desembocó una espiral de guerras, hambrunas y pugnas de poder entre caudillos, nacionalistas y comunistas. Así, entre la muerte y la pobreza ajena, entre madurar y ver a cuatro de sus hermanos fallecer por culpa de enfermedades, creció con Buck una conciencia social que luego aparecería en su literatura. “Lo que Dickens hizo por los londinenses pobres del siglo XIX, Pearl Buck hizo por la clase trabajadora china del siglo XX”, escribió Hilary Spurling en su biografía de la autora.

Pues fue Asia, y no América, el trasfondo de los primeros esfuerzos literarios de Buck. Y es justamente esa primera etapa la que hoy perdura, pero fue en ella cuando la estadounidense escribió La buena tierra (1931), la novela que primero le ganaría el Pulitzer y luego, en 1938, el Premio Nobel de Literatura. De ese libro, que duró dos años en las listas de los best-sellers en Estados Unidos, se ha dicho mucho. Unos, elogiosos, dicen que disipó un sinfín de estereotipos sobre el gigante asiático. Otros, cínicos, aseguran que apenas reemplazó una serie de estereotipos por otros: de una enorme masa de campesinos que comía arroz con palillos y fumaba opio, a una enorme masa de campesinos donde se valoraba el trabajo duro y la abnegación femenina.

La buena tierra surgió del viaje que realizó Buck con su primer esposo, un científico agrícola, por las zonas rurales de China. Su encuentro con el campesinado de ese país la marcó profundamente y no tardó en idealizar su estilo de vida: “Ellos eran quienes...hacían menos plata y trabajaban más duro. Eran los más verdaderos, los más cercanos a la tierra, al nacimiento y a la muerte, a la risa y al llanto”, escribió en La buena tierra. El libro cuenta la historia de Wang Lung, un campesino que soporta todo tipo de adversidades, y su esposa, O-lan, una mujer de roble que, en un momento de la novela, mata a su bebé recién nacido para garantizar la supervivencia del resto de sus hijos. Una historia de amor, una historia rosa, magnificada por la pobreza y el hambre.

Para Spurling, el éxito de la novela -y de otras obras tempranas de Buck- se debe a que combinó una serie de factores casi que pensados para el gusto popular: un país exótico, el estilo americano, una reivindicación de la tierra y el sacrificio femenino. Pero la reacción del público difirió al de la mayoría de la crítica. Los círculos literarios chinos la rechazaron por prescindir de las fórmulas convencionales de su literatura y por visibilizar la miseria que atravesaban sectores de su población. Los marxistas de ese país la criticaron por no presentar la relación entre los campesinos y la burguesía como un conflicto y, cuando asumieron el control de China con Mao Zedong a finales de los cuarenta, no sólo prohibieron su bibliografía, sino que le negaron la entrada (para ese entonces Buck vivía en Estados Unidos).

Del otro lado del Pacífico la reacción de los críticos no distó mucho. Faulkner la descartó apodándola “Mrs. Chinahand Buck” mientras que otros empezaron a burlarse de sus nuevos libros, que salían anualmente, por tratarse de obras escritas aprisa y sin el cuidado necesario. Con el paso de los años, y con el incremento de su producción, disminuyó su número de lectores. También decayó la misma Buck, quien a pesar de enlistarse en causas tan diversas como la adopción interracial, el desarmamiento y los derechos de las mujeres, nunca se sintió del todo cómoda en Estados Unidos. No poder volver a China la deprimió, y a eso se le sumó la muerte de su segundo esposo en el sesenta y la enorme culpa que la acompañó tras hospitalizar a su hija en un instituto por culpa de un retraso mental.

Quizás se puede trazar un paralelo entre Pearl Buck y el presidente demócrata Jimmy Carter. Ambos llegaron a las esferas más altas de sus oficios (el Premio Nobel de Literatura y la presidencia de los Estados Unidos) por circunstancias en parte externas (tener el privilegio de retratar a una cultura ajena desde sus adentros, lanzarse como un candidato ético cuando su país sufría una crisis moral a causa del escándalo de Watergate). Los dos, también, fueron duramente criticados después de llegar a sus respectivas cimas y solo fue hasta más adelante, a través de sus esfuerzos humanitarios, de su solidaridad desinteresada, que buena parte de sus críticos volvió a estimarlos, no tanto por sus cualidades, sino por tratarse de personas buenas y entregadas a otros.

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