Foto: Carlos Julio Martínez

“La madurez ha sosegado mi tono”: Piedad Bonnett

La editorial Lumen publicó un tomo con toda la poesía publicada por la autora. Arcadia habló con ella acerca de los cambios en su tono y estilo.

2016/02/01

Poeta y novelista, Piedad Bonnett (Amalfi, 1951) es una de las autoras más leídas en Colombia. Su trabajo literario ha recibido numerosos premios, entre ellos el Casa de América, en 2011. Luego del desgarrador testimonio del suicidio de su hijo Daniel en Lo que no tiene nombre -libro con el que fue finalista del premio Rómulo Gallegos- vuelve al ruedo editorial: Lumen acaba de publicar en un volumen una muestra significativa de su poesía.

En varias entrevistas usted ha dicho que la poesía no es masculina o femenina. Después de leer su obra poética para reunirla en un libro, ¿qué acentos de otras poetas encuentra en su trabajo? ¿Le debe más a los versos escritos por hombres o por mujeres?

Cada época de la vida trae influencias distintas. Hubo un tiempo en que leí mucho y  deliberadamente la poesía de las mujeres, pero desde hace años me dejo atraer por cuestiones diferentes al género. Así que tengo influencias de poetas hombres y mujeres. Estos son muy distintos entre sí, y pueden influir de manera muy distinta en mi poesía, a veces de manera poco visible. Algunos de ellos son Machado, Vallejo, Neruda, Borges, Olga Orozco, Eliseo Diego, Blanca Varela, José Watanabe, entre los hispanoamericanos. Y  Baudelaire, Philip Larkin, Charles Simic, Wislawa Szymborska, entre muchos otros de los escritores en otras lenguas.

De la tradición poética colombiana, ¿qué voces le ayudaron a encontrar la suya? ¿Qué opinión tiene de la lírica nacional?

Muchas voces de la literatura colombiana me han influido, pero hay algunas que lo han hecho más que otras. La primera, la de José Asunción Silva, un autor que leí en mi adolescencia. Otra muy importante, la de Juan Manuel Roca, a quién leí cuando tenía unos 18 años y cuando ya quería ser poeta: sus libros fueron muy seductores para mí y me dieron muchas claves. También me han influido las voces de Álvaro Mutis y de José Manuel Arango

 Luego de releer su obra, ¿qué imagen vital le queda de la poeta de esos años? ¿Qué tiene ella que no tenga usted hoy y viceversa?

Creo que la poesía de mis primeros libros tendía a ser más explícita y más evidentemente emotiva, algo que hoy eludo. Creo que ahora busco una poesía más seca y una voz más ambigua, más susceptible de lecturas distintas. Y es que el ser humano también ha cambiado: la madurez ha sosegado mi tono, ha limado en él los acentos trágicos y la exaltación, tan propios de la juventud. Ahora creo que me acompaña un escepticismo sereno, con apenas unas gotas amargas. Y yo diría que tanto ayer como hoy mi poesía tiende a ser dura, descarnada e irónica.

En alguna parte dijo usted que la poesía le apunta a los grandes problemas humanos ¿Cuáles son los problemas que percibe más presentes en su obra? ¿Qué problemas habitan los poemas que hoy escribe? 

Hay una parte de mis poemas que está muy ligada a lo íntimo, que se ocupa de la niñez, el amor, el dolor,  los desencuentros con los otros. Y una que mira hacia afuera, a este país, a lo urbano, lo social. En este momento trabajo en un libro con temas muy distintos a los mencionados, pero prefiero no revelar nada todavía.

¿En qué medida su vida docente ha marcado su poesía? ¿El permanente contacto con la juventud ha influido en algo en su mirada del mundo?

Lo que me ha dado la vida como docente es una mejor comprensión de la gente joven,  por la que tengo debilidad: me parece que la edad de los universitarios, una edad de definiciones, es muy difícil, y por eso mismo sentí siempre por mis estudiantes una natural simpatía. Algo me han dado a mí, claro, -espero que algo de su propia juventud- pero nada específicamente en el terreno de lo poético.

La inevitable pregunta, ¿cuál es me método para escribir poesía? ¿Es el mismo que utiliza para escribir novelas o ensayos? ¿En cuál género de siente más a gusto?

Tanto la poesía como la novela nacen de la misma manera, como una pequeña iluminación que trae aparejado un impulso de escritura. Pero el proceso de escribir poesía es muy distinto: yo procuro escribir el poema de una sola sentada, y siento que el grado de intensidad de la escritura es mayor que el de la prosa. También el estado mental es distinto: la poesía obliga a aflojar los lazos del subconsciente, a dejar que se liberen el pensamiento analógico y el pensamiento simbólico. La conexión con las entrañas es mayor, aunque una parte de la mente trabaje muy racionalmente, y acuda todo el tiempo a un saber acumulado, a un mundo amplio de referencias. Amo más escribir poesía, porque el resultado es más inmediato. Escribir novela se parece más a hacer trabajos forzados.

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