El poeta Nelson Romero Guzmán / Foto: Guillermo Torres.
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"La poesía también debe hacer memoria"

La más reciente obra del tolimense Nelson Romero Guzmán recibió el 18 de agosto el Premio Nacional de Poesía del Ministerio de Cultura. Se trata de un libro que, mediante la metáfora de la música, resalta el horror de la violencia en Colombia. Entrevista.

2015/08/18

Por RevistaArcadia.com

Juan Gustavo Cobo Borda, Horacio Benavides y Álvaro Rodríguez, los jurados del premio, eligieron la obra de Nelson Romero Guzmán por tratarse de un “libro muy original, que mezcla diversas texturas literarias y plásticas”. Cobo Borda además afirmó que el libro del tolimense, publicado por primera vez en 2014, “posee una proyección muy colombiana con homenajes a poetas como Aurelio Arturo, así como un tratamiento valiente de episodios terribles de la violencia en Colombia, todo desde una perspectiva muy finamente creativa; no se trata de una denuncia elemental sino que hace que la poesía cure y reviva esa tragedia de nuestro país”.

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¿Cómo fue su infancia?

Yo vengo del sur del Tolima, del municipio de Ataco. Mis años de infancia los pasé acompañando a mi padre en los oficios del río. Pescando, en el campo. Fue una infancia más bien pastoril. Mis inicios literarios, cuando ya tomé consciencia de la escritura fue a eso de los 18 años, en la secundaría. Yo estudié hasta quinto de bachillerato en Ataco, Tolima. Luego en Bogotá vine a terminar el bachillerato en el Gimnasio Libertad.

¿Qué tal fueron esos años en el campo?

Mi padre, el padre de mi padre y todos antes eran pescadores. Leñadores también. Y creo que eso tiene mucho que ver con mi poesía. El carácter del paisaje. Esa formación con los elementos primordiales, con un padre muy sencillo a esas cosas. Él se sentía muy cercano a los elementos. Esa infancia fue muy bella. Careció de cosas materiales pero de alguna manera impulsó mi creación. Incluso en mi primer libro de poemas están esos elementos del río y de la naturaleza. Cuando salí de Ataco salí ya con ese libro que vine a publicar en Bogotá y que presentó Juan Manuel Roca en la Casa de Poesía Silva. Se llamaba Días sonámbulos, fue una edición muy reducida y limitada. Yo tenía 23 años.

Mi infancia en ese sentido fue mi primer contacto inconsciente con la poesía no como género sino como eso que está desplegado en el mundo. Eso tiene que ver con la sensibilidad. Todos los hombres podemos ser sensibles, pero de pronto en la escritura poética surge una forma de ser. Y en el mundo esa sensibilidad está permanentemente despierta, como una cámara que lo registra todo.

¿Cómo entró en contacto con la poesía?

Los primeros contactos fueron con los libros, principalmente con los textos de literatura, que se pedían en el colegio. Los textos traían unas páginas de literatura y unas antologías de poesía. Ahí se publicaba la poesía tradicional, el soneto, con esa poesía tradicional, española. Luego tuve que hacer un proceso de lecturas de autores. Mi primera formación como lector fue en la biblioteca pública del pueblo. En realidad no tenía a alguien que me orientara en cuestiones literarias.

¿Cómo era la biblioteca de Ataco?

No era una gran biblioteca, pero tenía excelentes autores. Llegaban muchos libros de Bogotá, de Colcultura, con autores de diferentes países. Digamos que allí hice las primeras búsquedas y me hice amigo de los primeros autores. Porfirio Barba Jacob fue uno de los primeros poetas que aprendí de memoria, luego la poesía de Eduardo Carranza y la que en ese entonces surgía en Colombia como la de María Mercedes Carranza y la de Juan Gustavo Cobo Borda, además de muchas antologías de la generación del 27 y del 98.

¿Su familia y amigos apoyaban su proceso creativo?


En Ataco compartí lecturas de poesía con amigos y en el colegio. Algunos también escribían. Digamos que en tiempos de clase no me dedicaba a las tareas sino a la poesía. Toda mi energía estaba puesta en la literatura. Eso uno no lo puede explicar. Fue un impulso que me cogió desde la niñez al punto que llegaba a aprenderme de memoria los poemas y los cuentos que leía. Y creo que ese impulso permanece. No ha cambiado.

¿Cómo fue llegar a Bogotá por primera vez?


Yo llegué a terminar el colegio. Tuve que realizar algunos trabajos para sobrevivir. Y aquí también encontré amigos y poetas, participaba en muchas lecturas como espectador. Visitaba muchas bibliotecas. Es una ciudad muy difícil. Tanto que en Bogotá permanezco máximo dos o tres días. En la provincia, en Ibagué, esa es la ciudad perfecta para vivir, para escribir. Y creo que ese aislamiento voluntario me ha favorecido en la medida que puedo reencontrarme más con las voces. Puedo encontrarme más con los libros y puedo desplegar más la imaginación. En Bogotá en el tiempo que viví pertenecí a varios grupos y me di cuenta que el valor de uno dependía de la capacidad de relacionarse con cierta gente o cierta revista. Ese trabajo de aislarme me ha permitido reflexionar mucho más, fracasar por mi cuenta, encontrar buenos momentos. Realizar autocrítica.

¿Tiene un proceso específico a la hora de escribir?

Digamos que no tengo un horario específico. Regularmente las noches son más propicias para la creación. Siempre parto del proyecto de un libro, de una imagen generalizadora. A partir de esa imagen construyó cada pieza. Dentro de ese marco y atmosfera, se generan los textos poéticos que se van escribiendo sin saber cómo van a iniciar o como van a terminar.

Su libro más reciente trata la violencia y lo hace, como dice Cobo Borda, “desde una perspectiva muy finamente creativa…que hace que la poesía cure y reviva esa tragedia de nuestro país”. ¿Por qué decidió trabajar el tema de la violencia?

Diría que este libro está arquitectónicamente construido en torno al horror. Esa forma de nombrar el horror es a través de la metáfora de la música. En la obra existe una analogía entre la música convencional y las armas: las bombas, los fusiles. Es un libro que lee al país en ese sentido: el estruendo de las bombas, la música de los fusiles. Decir esto es decir algo muy general. Yo creo que el libro hay que leerlo en cada imagen. Pero el libro tiene otros elementos: es una reflexión sobre la escritura misma, en donde también hay elementos del horror. Y hay otro componente al final sobre lo abismal y la destrucción. Todos estos elementos conforman una partitura musical que tiene que ver con una forma de concebir esta realidad violenta que vivimos en el país. La poesía también debe hacer memoria.

Horacio Benavides publicó un poemario reciente sobre la violencia, titulado Conversación a oscuras. ¿Este es un tema común en la poesía del país?


No es tan común. Pero ahora que menciona a Horacio Benavides, quien es un gran poeta, pienso en un poema de Fernando Charry Lara, y pienso que hay muchos textos en la poesía colombiana, textos muy sueltos, que designan la violencia. Nombrar la violencia en la poesía siempre ha acarreado ciertas dificultades por la exigencia del lenguaje poético y la crudeza de eso que se nombra. Creo que los poetas colombianos ahora están expresando mucho más los conflictos del país.

Uno de los poemas más interesantes de Música Negra es sobre una estación de tren olvidada entre la maleza que poco a poco se va poblando. ¿Es el olvido también un tema importante para usted?

Sí. Esa fue una vivencia real. Estuve con mi esposa hace unos años visitando un pueblo a la salida de Ibagué y nos encontramos con unos muros de una vieja estación de tren. Y ahí surgió la idea de este poema, un poco fantasmagórico, pues el mismo libro también tiene un trasfondo fantasmagórico. Es al tiempo un juego con la literatura fantástica, con Borges. Estamos frente a una realidad que luego desaparece, ¿cierto? Y el tren se convierte en una vivencia de la literatura. Entonces siempre lo que busco en un solo texto es en lo posible poblarlo de muchos elementos sonoros, musicales, significativos. No solo darle un solo sentido.

En los poemas de Música Negra hay tanto verso como prosa…

Sí, hay una recurrencia en la prosa poética. A partir de los últimos tres libros recurro a la prosa y al poema narrativo. Esto lo voy poniendo en el momento de la escritura. Sé, de una forma muy intuitiva, si lo que voy a poner lo tengo que decir en prosa o en verso. A veces les robo los formatos a la carta, a la crónica, a la noticia. Juego mucho con esos momentos para matizar la poesía y no solo ser el poeta del lenguaje contemplativo. Estoy jugando últimamente con la literatura misma.

Usted estudió filosofía. ¿Esa carrera ha influenciado su obra?

Sí. Cuando yo estaba en Ataco estudiando bachillerato y tuve mi primera clase de filosofía, yo dije que quería estudiarla para comprender y escribir poesía. No la estudié para ser profesor. Pero la filosofía me ayuda y me ha ayudado mucho. Nietzsche piensa a través de las imágenes, de las metáforas, y el mismo Borges dijo que la filosofía es una rama de la literatura.

Cuando escribe sus poemas, ¿tiene a algún público en mente?

Yo escribo por un impulso muy interior. Por una necesidad de escribir sin pensar en ningún público. También tengo una medida, pienso que la poesía es para decirle al mundo y al hombre algo sobre la situación de las cosas. Pienso también en la poesía como una forma de memoria y de arte en general. Pienso que el poeta no tiene que estar ausente de su realidad, sino que tiene que pensar poéticamente en esa realidad. Pero tampoco puede convertir la creación en un espejo para mirar su propio rostro y deleitarse con él. Tiene que estar escrita para todos, y en ese sentido se piensa en el lector.

En un país donde los índices de lectura son muy bajos, ¿qué significa ser un poeta?


Esto es algo que me tocó en el sentido espiritual. No es una obligación escribir. Pienso que en cualquier circunstancia la poesía es necesaria para el hombre. Y no hablo de la poesía como la que se encuentra en este libro, sino la poesía como una forma de estar en el mundo. La poesía en términos muchos más abstractos también son muchas visiones de la luz, también son muchos contrastes, solo que la llevamos al cine, al arte, a la fotografía. A través de la palabra escrita también. Pero la poesía, como lo dijo Borges muchas veces, está también en los sueños. Entonces el lenguaje, el texto, no es exclusivo para hacer poesía.

¿Qué sintió cuando ganó el premio?

Fue muy emocionante. Recibo el premio con mucha humildad. Entre los finalistas estaban autores que he leído, los conozco, algunos me han formado en la poesía. Muy buenos poetas y pienso que cualquiera que hubiésemos ganado el premio hubiera sido merecido. Pienso que es un estimulo, no solo para el que lo gane, sino para la poesía.

¿Qué viene ahora para usted?


Yo siempre estoy trabajando en muchos proyectos. Casi siempre trabajo en forma simultánea dos libros. El oficio de escribir es muy exigente. Escribo mucho para quedarme con poco. Realmente a veces acabo libros que no me gustan y tengo que prescindir de ellos. Los boto simplemente. No me duele cuando se que no vale la pena. Soy impulsivo para escribir y puedo desprenderme fácilmente de un libro. Un texto tiene que gustarme mucho.

 *

Arcadia comparte tres poemas del escritor tolimnese.


Música Negra

En el concierto negro, todos los instrumentos reflejan armaduras.
Es un ejército de variadas ejecuciones el que ocupa el fondo de la sala.
Fuerte es la descarga. Con esa música se mata,
no sabes que asistes a un fusilamiento.
No oyes blues, lejos estás de una pavana, ninguna sinfonía fantástica,
el tiempo se detiene y asfixia a los asistentes, como quien angosta
la boca a una tuba.
Estás oyendo música negra, compases duros, la rabia de un violoncello
golpea a un hombre en la cabeza para apagar sus acordes.
Los intérpretes demoran el concierto, nadie puede abandonar el
espectáculo,
esta música dura más, hay amargura, hambre, desnudez
y la música no calla.
Para los extraviados en el reino todo suena a la vez.
Mientras vivas aquí, nadie te salvará de los platillos,
de la sonora carajada del Maestro.
Por la puerta de la felicidad has entrado al infierno.
¿Cuánto demora aquí un concierto de música negra?, preguntas.
Alguien desde el fondo te responde:
La eternidad.


Puerta 2


Detrás de esta puerta
hay unos geranios
nevándose,
hay un hombre
al que le llueven lágrimas de los testículos,
está amarrado a otro hombre de espaldas.
Así empezó todo este desorden,
este nudo imposible de soltar.

Nadie ha podido abrir esta puerta.

Los dos hombres amarrados en el patio
son los juguetes olvidados
de la infancia de Dios.


Historia con aserrín


Esta es la historia:
un niño que come mucho aserrín en las noches
y sueña comiendo más aserrín
y se levanta a comer aserrín,
no termina de hacerlo nunca mientras sea hombre
y viva en el mundo donde todo se desmorona,
se avería, se llene de carcoma
y se reduce a un diario de objetos pulimentados.
El niño crece como un almohadón,
serás grande, tendrás una mujer de asserín,
también hijos de aserrín que irán a la escuela de aserrín
a educarse con aserrín,
según las leyes de un mundo ladeado
que ya se cae, que no se levanta
y cada vez produce más aserrín en cantidades incalculables.

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