Lezama Lima nació el 19 de diciembre de 1910 en La Habana, Cuba.

La poesía completa de José Lezama Lima

Un nuevo libro reúne las obras del gigante cubano de las letras.

2017/06/09

Por Santiago Espinosa*

Lo vemos con su tabaco, rollizo y melancólico en las fotos viejas: el poeta que sin moverse de Cuba hizo que en torno a su escritura naufragara el universo. Esta publicación le presenta a todo el ámbito hispánico, prácticamente por primera vez, el movimiento completo de una escritura sin concesiones, que quiso encontrar en la poesía un enorme sistema cultural, o una “segunda naturaleza”. Y lo hace sin fatigar al lector con las notas y los prólogos de las ediciones críticas.

En Paradiso, novela emblemática de José Lezama Lima, la madre nos exhorta a “intentar siempre lo difícil”. Y esto también aplica para su poesía, en parte porque nos obliga a leer de una manera muy distinta. Ingresamos a ella como absortos, confundidos por sus extraños rumores. Algo crece entre nosotros y las páginas sin que podamos definirlo del todo. De repente, es una recompensa, poemas o fragmentos nos sorprenden, nos alumbran como lámparas desde la oscuridad del conjunto. Y comprendemos a la distancia que estos poemas y estos versos conformaban a lo lejos una enorme catedral.

Hablo de verdaderas iluminaciones como “Una noche insular” o el “Llamado del deseoso”, su intento de buscar en la imagen algo que vaya más allá de nuestras tradiciones. La “Rapsodia para el mulo” o el erotismo desaforado de “Montego Bay”. En los poemas de su último libro, Fragmentos a su imán, encontramos una palabra más despojada, que logra su densidad en el silencio: “...la cal cayendo/ como si fuese un pedazo de la concha/ de la tortuga celeste”.

Lezama entendió la experiencia de lo americano como la posibilidad de una aventura universal. Y así es como mitologías o ámbitos muy distintos se encuentran y bailan en su palabra: “Bailar es encontrar la unidad que forman los vivientes y los muertos”. El resultado es deliberadamente contradictorio. La más universal de las estéticas se encarna en una poesía singular e irrepetible. Y vemos a Lezama en su soledad, glotón e insular como la propia Cuba.

Decía Umberto Eco que el barroco era el acto de alguien que traza bucles frente a la línea del progreso. Lezama, en medio de la velocidad de los sistemas, escribe en los meandros de la vida. Nos recuerda sin descanso la infinita abundancia de lo inútil, como una agobiante pero “fogosa resistencia”.

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