Retrato de Jaballa Matar, de 1957 cuando tenía 18 años. Archivo particular.

Hisham Matar: "¿Qué haces cuando no puedes irte ni tampoco volver?"

El escritor libio ganó un Premio Pulitzer por su libro 'El regreso', una suerte de biografía de su padre, Jaballa Matar, encarcelado por el régimen de Muammar Gadafi, además de narrar la huida de su familia de su patria. Compartimos aquí el primer capítulo de la obra.

2017/05/22

Por Hisham Matar

Trampilla

Primera hora de la mañana, marzo de 2012. Mi madre y mi mujer, Diana, estaban sentadas conmigo en una hilera de sillas atornilladas al suelo embaldosado de un vestíbulo del aeropuerto internacional de El Cairo. Una voz anunció que el vuelo 835 a Bengasi despegaría puntual. De vez en cuando, mi madre me miraba con ansiedad. Diana también parecía preocupada. Me apoyó una mano en el brazo y sonrió. Debería levantarme y dar un paseo, me dije. Sin embargo, mi cuerpo permaneció rígido. Nunca me había sentido tan capaz de permanecer inmóvil.

La terminal estaba casi vacía. Sólo había un hombre de unos cincuenta y cinco años sentado frente a nosotros. Más bien gordo, de aspecto cansado, probablemente mediada la cincuentena. Había algo en su forma de sentarse —las manos entrelazadas en el regazo, el torso ladeado hacia la izquierda— que indicaba resignación. ¿Era egipcio o libio? ¿Iba de visita al país vecino, o volvía a casa después de la revolución? ¿Había estado a favor o en contra de Gadafi? ¿Tal vez era uno de aquellos indecisos que se empeñaban en mantener sus reservas?

Volvió a sonar la voz de la megafonía. Había llegado la hora de embarcar. Me encontré ocupando el primer lugar de la cola, con Diana a mi lado. Ella me había llevado en más de una ocasión a su lugar de nacimiento, en el norte de California. Conozco las plantas y el color de la luz y las distancias del lugar donde se crió. En aquel momento me tocaba a mí, por fin, llevarla a mi país. Diana había metido en la maleta la Hasselblad y la Leica, sus dos cámaras favoritas, y cien rollos de película. Trabaja con gran dedicación. En cuanto encuentra un hilo, lo sigue hasta el final. Saber eso me entusiasmaba y me preocupaba. Darle a Libia algo más de lo que ya me ha quitado me produce mucha reticencia.

Mi madre paseaba junto a las ventanas que daban a la pista, hablando por el móvil. La terminal empezaba a llenarse de gente, hombres en su mayor parte. La cola que encabezábamos Diana y yo se había alargado. Trazaba curvas a nuestras espaldas, como un río. Simulé haber olvidado algo y tiré de mi mujer hacia un lado. De repente, pensé que regresar después de tantos años era una mala idea. Mi familia se había marchado en 1979, treinta y tres años antes. Ése era el abismo que separaba al hombre del niño de ocho años que yo era entonces. El avión iba a cruzar esa brecha. Sin duda, esos viajes suelen ser temerarios. Aquél podría privarme de un talento que me ha costado mucho cultivar: cómo vivir lejos de lugares y gente que amo. Joseph Brodsky tenía razón. También Nabokov y Conrad. Eran artistas que nunca regresaron. A su manera, cada uno intentó curarse de su país. Lo que dejas atrás queda disuelto. Si vuelves, te enfrentarás a la ausencia o a la desfiguración de lo que amabas. Pero Dmitri Shostakóvich, Boris Pasternak y Naguib Mahfuz también tenían razón: nunca abandones la patria. Si te vas, tus conexiones con la fuente se cortarán. Serás como un tronco muerto, duro y hueco.

¿Qué haces cuando no puedes irte ni tampoco volver?

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En octubre de 2011 me había planteado no regresar nunca a Libia. Estaba en Nueva York, paseando por Broadway en un día de viento frío, cuando se me presentó la idea. Parecía inmaculada, un pensamiento que mi mente había fabricado por sí sola. Como en algunos momentos de borracheras juveniles, me sentía valiente e invencible.

Había llegado a Nueva York el mes anterior, invitado por el Barnard College para dar un seminario sobre novelas de exilio y distanciamiento. Pero mi conexión con la ciudad era más antigua. Mis padres se habían trasladado a Manhattan en la primavera de 1970, cuando mi padre fue nombrado primer secretario de la Misión Libia en Naciones Unidas. Yo nací ese otoño. Tres años después, en 1973, regresamos a Trípoli. Desde entonces, había visitado Nueva York cuatro o cinco veces, siempre de manera breve. Así pues, aunque acababa de regresar a mi ciudad natal, era un lugar que apenas conocía.

En los treinta y seis años transcurridos desde que nos fuimos de Libia, mi familia y yo habíamos establecido relaciones con varias ciudades sustitutas: Nairobi, adonde fuimos al huir de Libia, en 1979, y que he continuado visitando desde entonces; El Cairo, donde nos asentamos en un exilio indefinido al año siguiente; Roma, un lugar de vacaciones para nosotros; Londres, adonde fui a estudiar a los quince años y donde he pasado veintinueve tratando con tenacidad de ganarme la vida; París, adonde, cansado y disgustado por Londres, me mudé a los treinta y pocos, jurando no volver nunca a Inglaterra, sólo para encontrarme de regreso al cabo de dos años. En todas estas ciudades me había imaginado que un día viviría tranquilo en esa isla lejana, Manhattan, donde había nacido. Me imaginaba que alguien a quien acababa de conocer, tal vez durante una cena, o en un café, o en un vestuario después de una larga sesión de natación, me hacía la pregunta pesada de siempre: «¿De dónde eres?» Y yo, impertérrito y sin la habitual incomodidad, respondería como si tal cosa: «De Nueva York.» En esas fantasías me veía disfrutando del hecho de que tal declaración sería al mismo tiempo verdadera y falsa, como un truco de magia.

Me mudé a Manhattan a los cuarenta años, mientras Libia se estaba haciendo pedazos, y eso ocurrió el 1 de septiembre, el mismo día en que, en 1969, un joven capitán llamado Muammar Gadafi derrocó al rey Idris, dando así a muchos de los aspectos más significativos de mi vida —el lugar donde vivo, el idioma en el que escribo, el idioma que estoy usando ahora para redactar esto— un punto de arranque: sumando todo eso, resultaba difícil evitar la sensación de que esa coincidencia implicaba alguna clase de voluntad divina.

Muammar Gadafi.

En cualquier historia política de Libia, la década de 1980 representa un capítulo particularmente escabroso. Opositores al régimen fueron ahorcados en plazas públicas y estadios deportivos. Los disidentes que huyeron del país fueron perseguidos; algunos, raptados o asesinados. También fue en los años ochenta cuando Libia tuvo por primera vez una resistencia armada y enérgica a la dictadura. Mi padre era una de las figuras más destacadas de la oposición. La organización a la que pertenecía contaba con un campo de entrenamiento en el Chad, al sur de la frontera libia, y varias células clandestinas en el interior del país. Su carrera en el ejército, su breve período como diplomático y el patrimonio propio que había logrado procurarse durante la década de 1970, cuando se convirtió en un próspero hombre de negocios —importando a Oriente Medio productos tan diversos como vehículos Mitsubishi y zapatillas deportivas Converse—, lo convertían en un enemigo peligroso. La dictadura había intentado comprarlo; había intentado intimidarlo. Recuerdo estar sentado a su lado una tarde en nuestro piso de El Cairo, cuando yo tenía diez u once años, con el peso de su brazo sobre mis hombros. En la silla de enfrente se sentaba uno de los hombres a los que yo llamaba «tío»; yo sabía, de alguna manera, que esos hombres eran sus aliados o partidarios. Se pronunció la palabra «concesiones» y mi padre respondió: «No negociaré con criminales.»

Cuando estábamos en Europa, llevaba pistola. Antes de meterse en un coche, nos pedía que nos alejáramos. Se arrodillaba y miraba debajo del chasis, juntaba las manos y observaba a través de la ventana buscando algún cable. A hombres como él les habían disparado en estaciones de tren y en cafés, o sus coches habían volado por los aires. Durante la década de 1980, cuando yo todavía estaba en El Cairo, leí en el periódico que habían matado a un famoso economista libio. Estaba bajando de un tren en la Stazione Termini de Roma, cuando un desconocido le apoyó una pistola en el pecho y apretó el gatillo. En la fotografía impresa junto al artículo, el fallecido aparecía cubierto hasta los tobillos con hojas de periódico, presumiblemente de ese mismo día, con sus brillantes zapatos de cuero al descubierto. En otra ocasión, la noticia fue que le habían disparado a un estudiante libio en Grecia. Estaba sentado en la terraza de un café en la plaza Monastiraki de Atenas. Un escúter se detuvo y el hombre que iba sentado detrás del conductor apuntó con una pistola al estudiante y le disparó varios tiros. A un presentador libio de la sección de Internacional de la BBC lo asesinaron en Londres. En abril de 1984 hubo una manifestación ante la embajada libia en Saint James Square. Un miembro de la embajada levantó una ventana de guillotina de la primera planta, sacó una metralleta y disparó contra la multitud. Murió una policía, Yvonne Fletcher, y once manifestantes libios resultaron heridos, algunos de ellos de extrema gravedad.

La campaña de Gadafi para dar caza a exiliados políticos —que fue anunciada por Musa Kusa, director de inteligencia exterior, en un mitin celebrado a principios de los ochenta— se hizo extensiva a las familias de los disidentes. Mi único hermano, Ziad, tenía quince años cuando se marchó a un internado en Suiza. Al cabo de unas semanas, a mitad del trimestre, regresó a El Cairo. Todos fuimos a recogerlo al aeropuerto. Cuando apareció entre los pasajeros que inundaban la sala de llegadas, parecía más pálido que nunca. Unos días antes, yo había visto a mi madre hacer varias llamadas telefónicas, con el dedo temblando al marcar el dial.

La escuela suiza se hallaba en un lugar remoto de los Alpes. El transporte público al pueblo más cercano era un teleférico, y sólo funcionaba unas pocas horas al día. Durante dos días seguidos, Ziad había observado un coche aparcado junto a la entrada de la escuela. Dentro había cuatro hombres. Tenían el pelo largo tan característico de los miembros de los comités revolucionarios de Gadafi. Una noche, tarde, llamaron a Ziad al teléfono de la oficina de la escuela. 

—Soy amigo de tu padre —dijo un hombre al otro lado de la línea—. Debes hacer exactamente lo que te diga. Tienes que marcharte de inmediato y tomar el primer tren a Basilea.

—¿Por qué? ¿Qué ha ocurrido? —preguntó Ziad.

—No puedo contártelo ahora. Date prisa. Toma el primer tren a Basilea. Estaré allí y te lo explicaré todo.

—Pero es de noche —dijo Ziad.

El hombre no le dio más explicaciones. Simplemente repetía:

—Toma el primer tren a Basilea.

—No puedo. No sé quién es usted. Por favor, no vuelva a llamar aquí —dijo Ziad, y colgó.

El hombre llamó entonces a mi madre, que a su vez telefoneó a la escuela y le dijo a Ziad que tenía que marcharse de allí enseguida y le explicó lo que tenía que hacer.

Ziad despertó a su profesor favorito, un joven licenciado de Cambridge que probablemente había pensado que sería divertido enseñar Literatura inglesa en los Alpes y dedicarse a esquiar entre clases.

—Señor, están a punto de operar a mi padre y ha pedido verme antes de entrar en el quirófano. Necesito tomar el primer tren a Basilea. ¿Podría llevarme a la estación, por favor?

El profesor telefoneó a mi madre, que le confirmó la versión de Ziad. Tuvieron que despertar al director. Éste telefoneó a mi madre y, una vez él también estuvo convencido, el profesor de Ziad miró el horario de trenes. Salía uno a Basilea en cuarenta minutos. Si se daban prisa, podían llegar.

Tuvieron que pasar por delante de aquel coche; no había ningún otro camino. Al pasar junto a los hombres, Ziad simuló atarse los cordones. El profesor condujo con precaución por la serpenteante carretera de montaña. Al cabo de unos minutos, aparecieron unos faros detrás de ellos. Cuando el profesor dijo «Creo que nos están siguiendo», Ziad fingió no oírlo.

Una vez en la estación, mi hermano corrió hacia el vestíbulo y se escondió en los lavabos públicos. Oyó llegar el tren. Esperó hasta que se detuvo por completo, dejó pasar unos segundos para que bajaran y subieran los pasajeros antes de correr de nuevo y meterse en un vagón. Las puertas se cerraron y el tren arrancó. Ziad estaba seguro de que había despistado a los cuatro hombres, pero entonces aparecieron en el pasillo. Ellos lo vieron. Uno le sonrió. Lo siguieron de un vagón al siguiente, murmurando:

—Chico, ¿te crees todo un hombre? Ven aquí y demuéstralo.

En la parte delantera del tren, Ziad encontró al revisor charlando con el conductor.

—Esos hombres me están siguiendo —le contó Ziad.

Sin duda, el miedo se reflejaba en su voz, porque el revisor le creyó enseguida y le propuso que se sentara a su lado. Al verlo, los cuatro que lo seguían retrocedieron hasta el otro vagón. Cuando el tren llegó a Basilea, Ziad vio a unos hombres de uniforme esperando en el andén. El conocido de mi padre, que había telefoneado esa noche, estaba entre ellos.

Recuerdo a Ziad contándonos estos detalles cuando nos sentamos a la mesa del comedor. Yo estaba absolutamente abrumado por una sensación de seguridad y gratitud, así como por un nuevo y profundo miedo, agudo y punzante. Sin embargo, nadie se habría dado cuenta al mirarme. Mientras Ziad hablaba, yo fingía estar excitado por su aventura. No empecé a notar el peso de todo aquello en mi conciencia hasta más entrada la noche. No paraba de pensar en lo que habían dicho los hombres, la frase que mi hermano nos susurró varias veces, imitando a la perfección el tono de amenaza y el acento de Trípoli: «Chico, ¿te crees todo un hombre? Ven aquí y demuéstralo.»

Poco después de eso, cuando yo tenía doce años, tuve que ir al oftalmólogo. Mi madre me llevó al aeropuerto y viajé solo de El Cairo a Ginebra, donde me esperaba mi padre. Hablé con él por teléfono antes de salir hacia el aeropuerto.

—Si por alguna razón no me ves en la zona de llegadas, ve a información y pídeles que me llamen por megafonía —me dijo, dándome uno de los nombres bajo los que viajaba y que yo conocía bien—. Pase lo que pase, no les digas mi verdadero nombre —insistió.

Al llegar a Ginebra no lo vi. Tal como él me había dicho, fui al mostrador de información, pero cuando la mujer me preguntó el nombre me entró el pánico. No conseguía recordarlo. Al ver lo nervioso que estaba, ella me sonrió y me pasó el micrófono.

—¿Quieres hacer el anuncio tú mismo?

Cogí el micrófono y dije «¡Papá, papá!» varias veces, hasta que vi a mi padre correr hacia mí sonriendo de oreja a oreja. Me sentí avergonzado y recuerdo que al salir del aeropuerto le pregunté:

—¿Por qué no podía decir tu nombre? ¿De qué tienes miedo?

Íbamos caminando entre la multitud y pasamos junto a dos hombres que hablaban árabe con un acento libio inconfundible. Durante esos años, oír nuestro dialecto siempre me desconcertaba y me provocaba, en la misma medida, temor y nostalgia.

—Así, ¿qué aspecto tiene el tal Jaballa Matar? —le preguntó uno al otro.

Yo continué en silencio y después de eso nunca volví a quejarme de los complicados preparativos de viaje de mi padre.

Él no podía ni plantearse viajar con su pasaporte auténtico. Usaba documentos falsos con seudónimos. En Egipto nos sentíamos seguros. Y sin embargo, en marzo de 1990, la policía secreta egipcia lo secuestró en nuestro piso de El Cairo y se lo entregó a Gadafi. Se lo llevaron a la prisión de Abu Salim, en Trípoli, conocida como «La Última Parada», el lugar adonde el régimen enviaba a aquellos que quería olvidar.

A mediados de la década de 1990, varias personas arriesgaron su vida para llevar tres cartas de mi padre a mi familia. En una de ellas, escribe: «La crueldad de este lugar supera con creces todo lo que hemos leído de la prisión-fortaleza de la Bastilla. La crueldad es omnipresente, pero sigo siendo más fuerte que sus tácticas de opresión [...]. Mi frente no sabe inclinarse.»

En otra carta aparece esta frase: «En ocasiones paso todo un año sin ver el sol o sin que me dejen salir de esta celda.»

En una prosa calmada, precisa y en ocasiones irónica, muestra una paciencia asombrosa.

Y ahora una descripción de este noble palacio [...]. La celda es una caja de hormigón. Las paredes están hechas de bloques prefabricados. Hay una puerta de acero a través de la cual no pasa el aire. Una ventana, que queda a tres metros y medio del suelo. En cuanto al mobiliario, es de estilo Luis XVI: un colchón viejo, gastado por muchos presos anteriores, desgarrado en varios puntos. Aquí el mundo está vacío.

Gracias a esas cartas y a testimonios de presos que he podido recoger con la ayuda de Amnistía Internacional, Human Rights Watch y la ONG suiza TRIAL, sabemos que mi padre estuvo en Abu Salim al menos desde marzo de 1990 hasta abril de 1996, cuando lo sacaron de su celda para llevarlo a otra ala secreta de la misma prisión, trasladarlo a otra cárcel o ejecutarlo.

La cárcel de Abu Salim en 2012. 

A finales de agosto de 2011 cayó Trípoli y los revolucionarios tomaron el control de Abu Salim. Echaron abajo las puertas de las celdas y por fin todos los hombres encerrados en esas cajas de hormigón pudieron salir de allí. Yo estaba en casa, en Londres. Pasé ese día al teléfono, hablando con uno de los hombres que derribaban a mazazos las puertas de acero de la prisión:

—¡Espera, espera! —gritaba, y oía su maza golpeando el metal.

No era el sonido de una campana al aire libre, sino de una profundamente enterrada, como un recuerdo evocado, que repicaba: «Quiero estar allí y no quiero estar allí.»

Incontables voces gritaban: «¡Dios es grande!»

El hombre le entregó la maza a un compañero y yo lo oí jadear, con la respiración cargada de resolución y sensación de victoria. «Quiero estar allí y no quiero estar allí.» Llega­ron a una celda en el sótano, la última que quedaba. Había muchos gritos, gente que competía por echar una mano. Oí que un hombre preguntaba:

—¿Qué? ¿Dentro?

Había mucha confusión. Entonces oí gritar al que estaba hablando conmigo:

—¿Estás seguro?

Volvió al teléfono y dijo que pensaban que en la celda había alguien importante de Ajdabiya, el pueblo de mi padre, y que llevaba muchos años en régimen de aislamiento. Yo no podía ni hablar. «Quiero estar allí y quiero estar allí.»

—No cuelgues —dijo el hombre al teléfono.

Cada pocos segundos, repetía:

—No cuelgues.

No sabría decir si tardó diez minutos o una hora. Cuando por fin derribaron la puerta, encontraron a un anciano ciego en un espacio sin ventanas. No había visto el sol en años. Cuando le preguntaron su nombre, dijo que no lo sabía. ¿De qué familia era? No lo sabía. ¿Cuánto tiempo llevaba allí? Aparentemente había perdido la memoria. Tenía una fotografía de mi padre. ¿Por qué? ¿Quién era él para mi padre? El preso no lo sabía. Y, aunque no podía recordar nada, se sentía feliz de ser libre. Ésa fue la palabra que usó el que hablaba conmigo por teléfono: feliz. Yo quería preguntar por la foto. ¿Era reciente o antigua? ¿Estaba clavada en la pared, guardada debajo de la almohada, o la encontraron en el suelo, al lado de la cama? ¿Había una cama? ¿El preso tenía cama? No planteé ninguna de estas preguntas. Y cuando el hombre que me informaba dijo «Lo siento», le di las gracias y colgué.

En octubre, mientras yo estaba intentando concentrarme en las clases que daba en Nueva York, todas las cárceles con presos políticos, todos los compartimentos secretos subte­rráneos, iban cayendo uno a uno en manos de los revolucionarios. Se abrieron las celdas y se identificó y liberó a los hombres que estaban en ellas. Mi padre no estaba en ninguna. Por primera vez, la verdad se hizo innegable. Estaba claro que le habían pegado un tiro o lo habían ahorcado o lo habían matado de hambre o como consecuencia de la tortura. Nadie sabe cuándo, o quienes lo supieron están muertos o han escapado o están demasiado asustados para hablar o no les importa. ¿Fue en el sexto año de su encarcelamiento cuando se interrumpieron sus cartas? ¿Fue en la masacre que se produjo ese año en la misma prisión, cuando ejecutaron a 1.270 hombres? ¿O fue una muerte solitaria, quizá durante el séptimo, el octavo o el noveno año? ¿O fue en el vigésimo primer año, después del estallido de la revolución? ¿Tal vez durante alguna de las muchas entrevistas que di yo para aportar argumentos contra la dictadura?

O quizá mi padre no estuviese muerto, como Ziad seguía creyendo, incluso después de que se hubieran abierto todas las prisiones. Tal vez estuviese libre, confiaba mi hermano, y, debido a algún fallo —pérdida de memoria, pérdida de la capacidad de ver, hablar u oír—, no pudiera encontrar su camino de vuelta, como Gloucester vagando por el páramo en El rey Lear: «Dame la mano. Ya estás a un paso del borde», le dice Edgardo a su padre ciego, que ha decidido suicidarse, una frase que me ha acompañado estos últimos veinticinco años.

Hisham Matar, crédito León Darío Peláez.

Debió de ser la historia del preso que había perdido la memoria lo que hizo creer a Ziad que, de alguna manera, nuestro padre podía estar vivo. Unos días después de que yo llegara a Nueva York, me llamó para pedirme que buscara a alguien capaz de crear una imagen con el aspecto que podría tener nuestro padre en ese momento, para colgarla por todo el país y en internet.

—Alguien podría reconocerlo —dijo.

Hablé con una artista forense de Canadá, que me pidió el mayor número posible de fotografías de mi padre, de sus hermanos y de mi abuelo. Después de recibirlas, llamó con una lista de preguntas sobre las condiciones que había soportado en prisión: la comida que le daban, la posibilidad de tortura o enfermedades. Diez días más tarde, llegó el dibujo. La mujer había hundido despiadadamente las mejillas y los ojos y exagerado una tenue cicatriz que tenía en la frente. Lo peor del retrato era su verosimilitud. Me hizo pensar en otros cambios posibles. ¿Qué habría ocurrido con su dentadura, por ejemplo, aquellos dientes que le mostraba al doctor Mazzoleni en Roma durante nuestra revisión anual? El dentista italiano siempre decía, provocando en nosotros un silencio orgulloso:

—Debería estar agradecido a Libia y sus minerales por una dentadura tan excelente.­

¿Y qué decir de la lengua, que tenía su propia forma de pronunciar mi nombre, de la garganta amplificadora y todas las partes de esa caja de resonancia, de la cabeza —sus fosas nasales y cavidades, el peso de sus huesos, su carne, su cerebro— y cómo ésta alteraba el eco de aquella voz suave? ¿Cómo sonaría esa voz nueva, más vieja? Nunca le envié el retrato a Ziad y él dejó de reclamármelo. Se lo mostré la siguiente vez que nos vimos. Lo miró un momento y dijo:

—No es muy preciso. —Me mostré de acuerdo y él volvió a guardar el dibujo en su sobre—. No se lo enseñes a mamá —añadió.

Aquella fría tarde de octubre en Nueva York empecé a dudar tanto de mi capacidad de regresar a Libia como de mi voluntad de no hacerlo. Entré en nuestro piso en el Upper West Side y no le dije nada a Diana de la «inmaculada» idea que se me había ocurrido mientras caminaba. Cenamos. Recogí los platos y los lavé sin prisa. Después escuchamos música y dimos un paseo por las calles oscuras. Esa noche apenas dormí. Me di cuenta de que no regresar a Libia significaba no volver a permitirme pensar en el país, lo que sólo conduciría a otra forma de resistencia, y yo ya había terminado con la resistencia.

Salí de mi edificio al alba. Estaba contento de la indiferencia de Nueva York. Siempre había considerado Manhattan como un huérfano podría pensar en la madre que lo había dejado a las puertas de una mezquita: no significaba nada para mí, pero también lo era todo. En momentos de desesperación, representaba la posibilidad de finalmente engañarme a mí mismo respecto al exilio. Me pesaban los pies. Me di cuenta de lo viejo que me había hecho, pero también del infantilismo que persistía en mí, como si parte de mi ser hubiera dejado de desarrollarse en el momento en que nos fuimos de Libia. Yo era tal como David Malouf había imaginado a Ovidio en su destierro: infantilizado por el exilio. Me dirigí a mi despacho de la facultad. Quería sumergirme en el trabajo. Traté de pensar en la clase que iba a dar esa tarde, sobre El proceso de Kafka. Pensé en la ternura de K hacia los dos hombres que van a ejecutarlo; en su rendición oscura y heroica; en lo que pensó —«Lo único que puedo hacer ahora es mantener la mente fría y analítica hasta el final»—, y el descubrimiento, correctivo y pesaroso, de que «Siempre busqué ir por el mundo con veinte manos...». Me dije que era una suerte que tuviera que pensar en las clases. Pasé por encima de una rejilla en la acera. Debajo había un espacio, apenas lo bastante alto para contener a un hombre de pie y desde luego no lo bastante amplio para permitirle tumbarse. Una honda caja gris en el suelo. No tenía ni idea de para qué servía. Sin darme cuenta, me encontré de rodillas, mirando. Por más que lo intenté, no pude ver una trampilla, una tubería, cualquier salida. Me superó de repente. Lloré y me oí llorar.

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