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Preston hace historia

Desde que hace tres meses se aprobó en España la Ley de la Memoria Histórica, que honra a las víctimas del franquismo, la vieja derecha no ha hecho más que protestar. Uno de sus adversarios es el gran historiador británico Paul Preston. Retrato de un intelectual valiente.

2010/03/15

Por Alberto Aguirre

La Guerra Civil Española es el suceso de mayor trascendencia en los Tiempos Modernos: marca el tránsito de hechos que marcan la historia, sea para propulsarla, sea para borrarla. Termina el comunismo. Desaparece del horizonte del mundo aquel fantasma que había empezado a recorrer a Europa en 1848, y que amenazaba con trastrocar el ritmo de la humanidad burguesa; el capitalismo recuperó su primacía; la iglesia y las religiones recuperaron en buena parte su prepotencia; el laicismo se repliega; es ya absoluto el imperio de la técnica; la supremacía del hombre blanco es absoluta; llega a su culmen la llamada Civilización Cristiana y Occidental. Por su misma complejidad, ha sido difícil hacer la historia de la Guerra Civil Española.

Ha de decirse un simplismo, que es pocas veces entendido, aun por algunos que se dicen historiadores: la historia no es el simple relato de los hechos. Es bueno traer aquí un dicho de Horacio: “El necio no conoce más que los hechos”. Y se puede complementar con este prescripto de Alfonso X, el Sabio, en Las siete partidas, como norma prima de la hermenéutica jurídica: “Saber las leyes non es tan solamente conocer la letra dellas, sino saber el su verdadero entendimiento”. Aplíquese, tal cual, a la historia. Claro que el historiador tiene que saber los hechos, pero más importa que sepa el su verdadero entendimiento. Paul Preston se ha aplicado a saber los hechos de la Guerra Civil Española, y saberlos por su doble vía: la del conocimiento y la del entendimiento.

Sucede que la Guerra Civil Española, ese acontecimiento fundacional, se estaba quedando sin historia. Por lo general, en las guerras, el vencedor es el que hace la historia, y la hace de inmediato, a su amaño, según sus intereses, para reivindicarse. Los franquistas, al vencer en 1939, se afanaron por destruir documentos y testimonios, o adulterarlos, o sea, trataron de eliminar las huellas con las que se hace la historia, sin duda, con el afán de borrarla. Y en las filas académicas del franquismo no surgieron historiadores, o brotaron gentes de mínimo calado, sin capacidad y sin horizonte. La historia franquista ha sido hecha para adulterar los hechos y para ensalzar, también post mórtem, al dictador. Había un campo vacío. Surgieron intelectuales ingleses a llenar ese vacío. Quizás el primero en el tiempo es Hugh Thomas, con su Historia de la Guerra Civil, publicada en 1961, una obra fundamental, esencial para entender ese suceso. Aparece luego Ian Gibson, también inglés, que al estudiar la vida y obra de Federico García Lorca, primero, y luego, la de Antonio Machado, aclara y precisa hechos fundamentales de aquella guerra. Pues los vencedores arrasaron a los poetas. Y viene finalmente Paul Preston, Franco: Caudillo de España (publicada en castellano en 1994), que hace la biografía del tirano en medio del desarrollo de la guerra; o sea, es biografía de Franco y a la vez historia de la Guerra Civil. No es repetición ni reiteración de los libros citados. Y fuera de este texto, varios otros libros que abordan el mismo tema desde diversas perspectivas. Eso tiene la historia: que su interpretación, y el ordenamiento de los hechos en el tiempo, y su encadenamiento causal, nunca son definitivos. El tema no se agota. Uno de los postulados de la Nueva Historia Francesa es que cada generación está obligada a hacer la historia de los sucesos que le conciernen. En fin, que la historia nunca se agota. Y nunca es definitiva. Por eso se dice que Preston hace la historia, en el mismo sentido en que Machado decía “se hace camino al andar”.

Franco es cifra y clave de la Guerra Civil. Los demás, aun los más nombrados, no fueron sino comparsas. El Caudillo dictaba y ordenaba el curso de los acontecimientos, y también su impulso e interpretación. Pocas veces en la historia un hombre ha tenido tal mando sobre la vida y la historia que se desarrollaba a su alrededor, o mejor diríase: al pie suyo. Preston escribe los hechos sin adulterar, ni su suceder ni su interpretación. Ha hecho la más prolija investigación y ha sido encadenar las fuentes en su lógico suceder. Que es el suceder histórico. Dice Wikipedia, la enciclopedia pasajera de internet, que “a Preston se le acusa de no ser neutral”. (Pero no dice quién dice semejante sandez). Porque neutral tiene que ser, por ejemplo, un garitero. Pero el historiador no dirime ventajas en un enfrentamiento entre boliches. El historiador tiene solo un compromiso, y es con la verdad. Y aquí vale citar este aserto de Machado: “¿Tu verdad? No, la verdad, y ven conmigo a buscarla. La tuya, guárdatela”. Preston ha sabido buscar la verdad de Franco, sin caer ni en las adulaciones del devoto, ni en el vituperio de los enemigos.

Dice: “Franco tuvo suerte. Evitó las consecuencias de su coqueteo con Hitler, a base de una habilidad económica y militar que lo convirtió en un aliado no deseado, pero que le sirvió para propagar el mito de que había salvado a España de la guerra mundial sin ayuda de nadie”. Pero el hecho concreto (el hecho histórico) es que la salvó de zambullirse en esa guerra, tal como se lo exigían sus viejos aliados, Hitler y Mussolini. Sabía maniobrar. También logró, para España, después de la Guerra Mundial, una especie de boom económico. Murió en noviembre de 1975. Fue una especie de derrota, dice Preston, pues él “había albergado la esperanza de que fuera inmortal”. Murió convencido de que todo iría bien para su causa, y “estas fueron sus propias palabras: Todo queda atado y bien atado”.

Se puede observar que España aún sigue atada al franquismo. O tal vez no se pueda afirmar esto con tal rotundidad, pero sí decir que España no ha logrado desatarse del franquismo. La adulación nubló a los españoles para juzgar a Franco. Un libro de lectura para las escuelas rezaba: “Un Caudillo es un don de Dios que lleva a cabo el plan divino de asegurar la salvación de la Patria”. Para lo cual es preciso aniquilar a los enemigos, acudiendo a la crueldad. Levantó el Valle de los Caídos, un monumento labrado en la roca para perpetuar su poder y su memoria. En esa construcción murieron 27.000 soldados republicanos, de hambre y de maltrato físico. Eran esclavos sacrificados a la gloria del Caudillo. Y hay mil anécdotas de su insensibilidad ante el dolor humano.

Había convertido la sangre derramada en manifestación de su divinidad.

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