El escritor Marcelo Birmajer respondió a la pregunta ¿Qué dice la literatura que no puede decir el cine?

¿Qué dice la literatura que no puede decir el cine?

Los escritores pensaron, al principio, que las películas habían venido al mundo a quitarles sus lectores. Los cineastas se sintieron poca cosa, por mucho tiempo, comparados con los poetas. Hoy, a fuerza de verse a la cara, cada cual ha llevado al extremo su lenguaje. Arcadia le preguntó a cinco novelistas y a cuatro directores la ventaja de cada uno de sus artes.

2011/02/23

Philippe Claudel

Cuando escribo una novela yo soy el único al mando. Yo decido todo, sin restricciones, sin la ayuda de nadie. No necesito dinero, ni un productor. Si quiero meter cien mil personas en una calle, nadie me dirá que el presupuesto no alcanza. Pero más allá de estos asuntos técnicos y financieros, creo que no hay nadie más libre en términos artísticos que el novelista. Escribe cuando lo desea, al ritmo que elija, puede, si así lo quiere, volver a comenzar mil veces una frase. El idioma es su única herramienta y la imaginación su única compañera. De igual forma, la literatura permite conocer a un personaje a un nivel que jamás lograría el cine donde el personaje sólo existe en términos de lo que dice o muestra. La literatura permite llegar muy lejos en la profundidad del alma mediante una suerte de perforación infinita.

Alberto Fuguet

Hacerlo solo. Crear personajes que cada lector puede imaginar cómo son visualmente. Ingresar a los pensamientos sin que nunca parezca un abuso o un recurso Divagar. Cambiar de tonos, de estructura. Usar frases para el bronce. Escribir ideas o algo parecido a conceptos. Puedes usar mucho tiempo (páginas). Disponer (supuestamente) de todo lo que hay en el mundo, partiendo por las palabras, para lograr tu meta. Crees que tienes el control pero no es para tanto. Puedes subrayar líneas o párrafos. Puedes imaginarte cómo sería si se llevara al cine.

Ignacio Martínez de Pisón

El triunfo del sustantivo

Una de las grandes virtudes de las palabras es que son gratuitas. Vale lo mismo una palabra noble y lujosa como “Transiberiano” que otra modesta y cercana como “autobús”. Sin embargo, cuando la novela se convierte en guión, las palabras de repente se dotan de un precio y, como ahí “ferrocarril” es una palabra más cara que “autobús”, la historia que uno tenía previsto desarrollar dentro de un suntuoso tren acaba teniendo lugar en un humilde autobús interurbano.

Es, lo reconozco, una forma de autocensura: antes de que el productor imponga sus habituales recortes presupuestarios, prefiere uno hacerlo por sí mismo. Es también la constatación de que, cuando escribes guiones, incluso cuando escribes guiones basados en tus propias novelas, trabajas para un jefe (que en realidad son muchos jefes: el director, el productor, el socio capitalista del productor, la amante ocasional del socio del productor, etcétera, porque delante de un guión casi todo el mundo se cree con derecho a pinchar y cortar). En cambio, cuando escribes novelas, no tienes jefe ninguno y gozas del privilegio de la libertad absoluta. ¡Qué gusto sentirse libre y millonario y poder derrochar las palabras más caras sin que nadie (a tu lado o dentro de ti) suelte bufidos cada vez que escribes “ferrocarril” en lugar de “autobús”!

Tiene esto algo de cuento infantil. El novelista-guionista es como la Cenicienta, que unos ratos es agasajada y admirada y otros ratos explotada y maltratada. Pero no puedo negar que, al menos para los escritores que nos sabemos por encima de todo narradores, escribir guiones sigue siendo una actividad fascinante. ¿Por qué será? ¿Tal vez porque el guión es la narración en estado puro, despojada de todo lo superfluo, el triunfo del sustantivo sobre el adjetivo?


Antonio García

A pesar de que existen películas como Eterno resplandor para una mente sin recuerdos o La escafandra y la mariposa, que intentan meterse dentro de la cabeza de un personaje, la introspección en el cine es limitada. La literatura permite explorar el pensamiento de los personajes a niveles mucho más profundos, desmenuzar un recuerdo o una impresión hasta niveles donde lo audiovisual pierde elocuencia, donde sólo vale lo escrito.

Lo mismo pasa con respecto a las novelas cuya fuerza reside en su aspecto formal, aquellas en donde, para decirlo con una frase hecha y quizá un poco desteñida, “el protagonista es el lenguaje”. Los cuadernos de Malte Laurids Brigge, de Rilke, o Paradiso, de Lezama Lima, serían imposibles de adaptar, o sus adaptaciones sacrificarían el mayor valor de dichas obras. Eso quizá explicaría por qué ha sido tan difícil que una obra de García Márquez funcione en la pantalla grande: lo que está lleno de poesía, como el ascenso de Dolores la Bella a los cielos, por ejemplo, en el cine corre el riesgo de volverse cursi y convertirse en un eco de la novicia voladora.

En los libros tampoco existe un corsé con respecto al tiempo. El espectador no puede quedarse durante una semana en la sala de cine. Incluso Warhol, que ignoraba dichos límites, no llegó a sobrepasar las ocho horas. El Quijote o Guerra y paz sólo pudieron adaptarse a costa de una severa selección de escenas que deja por fuera la mayoría del libro. La literatura, en cambio, no tiene límites temporales. Uno puede durar toda la vida leyendo El hombre sin atributos.

Marcelo Birmajer

Las grandes películas basadas en libros, no necesariamente proceden de libros a la altura de esa excelencia. Por mencionar sólo dos, Sueñan los androides con ovejas eléctricas, de Philip Dick, es una novela mucho más enmarañada y menos atractiva que el film Bladde Runner. Y Érase una vez en América, mi película favorita, deviene de un libro de difícil lectura, The Hoods, de Harry Gray. Mientras que la extraordinaria Cuenta conmigo, de Bob Reiner; está basada en una nouvelle de Stepehen King igualmente buena: The Body. Creo que la comparación entre The Body y Stand by me, entre esta película y esta novela en particular, es especialmente gráfica para explicar algunas cosas que se pueden hacer en un libro pero no en una película. La nouvelle de King se permite largos momentos de reflexión, de recogimiento, de impasse; es evidente que el autor considera que es probable, posible y hasta deseable, que el lector interrumpa la lectura por un rato, la deje para otro día, y luego retome la historia con entusiasmo. Esto es inaceptable en una película: si el espectador abandona la sala por agotamiento o cansancio, será una derrota para el director y los demás participantes del film. Curiosamente, esa libertad que la literatura, menos condicionante, más diletante, más imprecisa, permite al autor, puede jugarle en contra en el resultado final. De hecho, a The Body le sobran algunas palabras, mientras que Stand by me es perfecta. Por el contrario, Madame Bovary es una casa de palabras que, al menos hasta nuestros días, nadie ha logrado contar eficazmente en imágenes. Las grandes heroínas literarias, especialmente las del siglo XIX, suelen conllevar la maldición de la decepción para las actrices que las interpretan. Ver a Anna Karenina interpretada por una humana, es como reencontrarse a la novia de los quince años casada y con hijos. Al final, era una mujer, como cualquier otra. Esa creo es, en última instancia, la infinitud del libro que el cine no puede emular: crear criaturas que no pueden ser contrastadas con la realidad.

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