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Que pasen los árabes

Este año, los escritores árabes tienen una fuerte delegación en el Hay Festival. Pero la distancia entre unos y otros es tan o más grande que la que existe entre los escritores de América Latina. A muchos ni siquiera los une la lengua. ¿Qué tienen, entonces, en común?

2010/03/16

Por Catalina Gómez Ángel

De no ser porque nacieron en países árabes, Ibrahim Nasrallah, Habib Selmi y Najat El Hachmi no tendrían otro punto en común más allá de ser escritores que reflexionan sobre su origen, su existencia y las tribulaciones que hacen parte de la vida de todo ser humano, sea de donde sea y hable el idioma que hable. Nasrallah, por ejemplo, nació y se crió en un campo de refugiados palestino en Jordania; Selmi lo hizo en una pequeña aldea de Túnez en el contexto de una familia conflictiva; y la carismática Najat El Hachmi nació en un pueblo de Marruecos, pero a los ocho años emigró con los suyos a un pueblo cerca de Barcelona, y como muchos otros escritores árabes contemporáneos hijos de la diáspora, escribe sus libros en el idioma del lugar donde creció, o sea, en catalán.

A pesar de tener historias tan distantes, los tres escritores que participan en la quinta versión del Hay Festival de Cartagena hacen parte de un pequeño grupo que, bajo el sello de “literatura árabe”, recibe cada vez mayor reconocimiento y difusión internacional. “La literatura árabe tiene características similares a la literatura latinoamericana”, explica el palestino Ibrahim Nasrallah con la intención de poner en contexto cuán inmensa, diferente y dinámica es esta literatura que poco a poco empieza a tomar el protagonismo que se merece. “Hay muchos escritores árabes usando la misma lengua, pero cada uno de ellos escribe acerca de un país y un tema específicos”, asegura Nasrallah que cree que la diversidad de la literatura árabe está permitiendo hacer un retrato completo de lo que sucede en un mundo complejísimo, que tanto recelo, desconfianza o curiosidad causa en la otra mitad del planeta.

Nasrallah es un fiel convencido de que la literatura escrita por los palestinos ha desempeñado un papel primordial en la formación de la identidad de su pueblo y también en proveerles la fortaleza para continuar su lucha por la liberación y su regreso. “La misión de los escritores palestinos es compleja, en una dimensión es humanitaria y en otra dimensión es artística”, asegura Nasrallah, que como palestino espera estar escribiendo uno de los capítulos del gran libro de la literatura árabe. 

Este hombre de pelo rizado y sonrisa gigante sabe de qué habla cuando se refiere a las última décadas de la historia de Palestina: Nasrallah ha vivido toda su vida la dura realidad del exilio. Nació en 1954 en un campo de refugiados jordano muy cerca de la capital, Aman, donde sus padres habían emigrado en 1948. Y fue allí, a los 15 años, mientras estudiaba en una de las escuelas de las Naciones Unidas, donde empezó a escribir poesía, “el género literario más importante de la cultura árabe en el pasado”. Trabajó como maestro en Arabia Saudita hasta que terminó dedicado a las artes. “Un escritor es como un lago que tiene que tener afluentes o se seca”, dice. Desde esa filosofía su vida transcurre entre las artes plásticas, la fotografía, la crítica de cine, las novelas y la poesía, género en el que es considerado uno de los grandes representantes de las letras árabes y en el que ha ganado premios tan importantes como el Sultan Al Owais Poetry Award en 1997.

“Creo que lo grandioso de la literatura que se escribe en los países árabes es que hace una reflexión honesta del mundo árabe en su unidad y diversidad al mismo tiempo”, concluye Nasrallah, que al igual que Habib Selmi fue finalista de la segunda edición del Arab Booker Prize, uno de los premios creados para impulsar la divulgación de los escritores árabes en Occidente.

Ambos escritores llegaron a la última ronda de las deliberaciones de este premio, dotado con 60.000 dólares, con dos novelas tan diferentes que terminan siendo el ejemplo perfecto de la diversidad de la literatura árabe. Por un lado, The Time of White Horses [El tiempo de los caballos blancos] de Nasrallah, que ha sido considerada por muchos críticos árabes como “la novela que faltaba en la literatura palestina”, narra la historia de los palestinos desde finales del siglo XIX hasta 1948. “Me tomó 22 años hacerla”, dijo Nasrallah, que contó que recolectó cartas, libros y otros objetos de palestinos que vivieron en el lugar hasta antes de 1948 pero “al final escribí un libro desde de mi propia perspectiva de la ficción histórica”.

Selmi fue finalista con The Scents of Marie Claire [Los aromas de Marie Claire], que gira en torno al choque entre dos culturas. “Un tema que me interesa y me concierne”, dice el escritor tunecino que dejó su país en 1983 para trasladarse a París, donde vive desde entonces. La novela, cuyo escenario es París, repasa de manera cruda y minuciosa las distintas etapas de la historia de amor de un hombre árabe y una mujer francesa. “No cuenta mi historia personal, pero mi vida no es muy diferente de la de los protagonistas”, concluye Selmi, que asegura que viajar a París fue una manera de escapar de lo que pasaba en su país en la década de los ochenta, donde casi todas las puertas se le habían cerrado. Pero su vida en París tampoco ha sido fácil. En la capital francesa ha tenido que lidiar con la difícil situación de los árabes en Francia. “Algunas de mis novelas, como La noche del extranjero, describen las condiciones dolorosas en las que viven los inmigrantes árabes en el país que dice ser la patria de los derechos del hombre”.

Selmi, que nació en 1951 en un pueblo de Túnez rural donde los contadores de historias eran parte esencial de la cultura, empezó a escribir historias cortas cuando todavía era un niño. Y como sucede con la mayoría de escritores tunecinos, se dedicó a escribir relatos cortos durante un largo periodo de su carrera. “Eran más fáciles de divulgar”, cuenta. Selmi se dio a conocer en su país a través de un programa literario radial que premiaba los mejores cuentos que enviaban escritores. Selmi lo ganó muchas veces.

Fue solo hasta mucho tiempo después que se atrevió a dar el salto a la novela, donde reside su literatura desde entonces. Actualmente tiene tres traducidas al francés y una de ellas, The Scents of Marie-Claire, al inglés .

“Sin duda, siempre ha existido un gran desconocimiento internacional acerca de la literatura árabe –dice Selmi–. La situación empezó a cambiar lentamente desde hace 20 años, cuando el egipcio Naguib Mahfouz recibió el Nobel”. A esta falta de curiosidad de Occidente por la literatura árabe se suman factores como el hecho de que durante muchas décadas la mayoría de los autores árabes traducidos a otras lenguas eran los escritores oficiales del régimen. La censura, tan común en el mundo árabe, ha hecho mucho más difícil la difusión internacional de las obras de los escritores prohibidos en sus propios países. Para no ir más lejos, The Scents of Marie-Claire está censurada en varios países árabes e Ibrahim Nasrallah ha tenido problemas con el gobierno jordano, que no se siente cómodo con sus libros. “Pero no hay que desesperarse. La escritura es más fuerte que la censura”, asegura Selmi.

“Yo creo que la política internacional también ha incidido directamente en nuestro aislamiento”, explica Nasrallah, que piensa que durante décadas ha existido una determinación premeditada, impulsada por los intereses económicos y políticos de las superpotencias, de aislar a los árabes, encasillándolos en esa percepción estereotipada tan bien definida por Edward Said en Orientalismos.

Un mundo aislado

“Mucha de la ficción árabe contemporánea de gran calidad ha sido escrita por mujeres”, aseguró el presidente del Jurado del Arab Broker Prize 2009, Jonathan Taylor, que cree que uno de los objetivos de este premio es proporcionar a los escritores árabes una mayor audiencia a través de traducciones de calidad.

Lo cierto es que la situación de aislamiento del mundo árabe ha ido cambiando lentamente. En las librerías cada vez es más frecuente encontrar nombres árabes. Y es que este pequeño furor alrededor de la literatura árabe surgió, entre otras razones, a partir de la necesidad de supervivencia que tienen las editoriales para encontrar nuevos lectores. Al fin y al cabo, el mercado de lengua árabe, conformado por 24 países, más de 320 millones de habitantes y más de 400 millones de arabehablantes, es demasiado significativo como para dejarlo a un lado, sobretodo en estos tiempos de crisis. A este cambio de actitud también ha ayudado el surgimiento de publicaciones como la revista Banipal, en Londres, que se han dedicado desde hace años a difundir la literatura árabe en Europa.

Todo este movimiento ha ocasionado que la literatura árabe sea invitada con más frecuencia a ferias de libros y festivales, que escritores contemporáneos como el egipcio Alaa-Al-Aswany (Edificio de Yacobián, editorial Maeva) o el libanés canadiense Rawi Hagi (El juego de Niro, editorial Duomo) tengan todos los días más resonancia internacional.

Los 39

Uno de los grandes eventos del mundo literario árabe será Beirut 39, organizado –como Bogotá 39–, por el mismo Hay Festival. Al igual que sucedió en la capital colombiana, Beirut 39 seleccionó a 39 de los más destacados nuevos escritores menores de 40 años, un proyecto respaldado por la editorial Bloomsbury, que publicará una antología bilingüe de los seleccionados.

La escritora marroquí, criada en Barcelona, Najat El Hachmi, hace parte de la lista final de los escritores seleccionados para reunirse en la capital de Líbano del 15 al 18 de abril de este año. El Hachmi ganó hace dos años el Ramón Llull, principal premio de las letras catalanas otorgado por Editorial Planeta, con su novela L’ Ultim patriarc. Esta novela cuenta el choque generacional que se vive en una familia marroquí emigrada a Cataluña y el duro cuestionamiento de la joven protagonista al autoritarismo paterno.

Najat El Hachmi comparte la lista de Beirut 39 con otros escritores que tampoco escriben en el idioma de su país de origen.

Pero el debate está servido: ¿deben los escritores árabes fortalecer la literatura en su idioma? El Hachmi escribe en catalán. Del otro lado, alguien como Selmi asegura que “el dominio perfecto de una lengua no es suficiente para escribir en ella; esta tiene que correr por la venas. Para mí el francés que amo todos los días sigue siendo una lengua extranjera”.

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