Una bancada de políticos españoles.

¿Qué tienen que ver los políticos con los idiotas?

'Arcadia' comparte un capítulo del libro 'PalabraDicción: El fascinante juego de las palabras' de la editorial Crítica. Por medio de juegos etimológicos, este fragmento responde a la inquietud de por qué los políticos corruptos son verdaderos idiotas.

2016/07/21

Por Virgilio Ortega

OPCIONES

1)  Nada. Los políticos pueden ser muchas cosas... ¡pero idiotas no son!
2)  Mucho. Dado el actual nivel de corrupción, muchos ‘políticos’ son unos auténticos ‘idiotas’.
3)  Muy poco. Las dos palabras son de origen griego, pero etimológicamente no tienen nada que ver.
4)  Muchísimo. Si los políticos idiotas volasen, sería noche perpetua.  

Preguntas y respuestas:

Autor (A): Me sucedió hace unos años, en una ciudad del Levante español. Estaba yo presentando una enciclopedia temática en un museo local vinculado con el tema de la obra y, además de mí, que acudía como editor, ocupaban la mesa presidencial el alcalde de la ciudad, el director del museo y otros prohombres del consistorio. Entre el público había bastante gente interesada en el tema y numerosos periodistas. Era período electoral, y un muchacho de la prensa me espetó:

—¿Usted a qué partido político ha venido a apoyar?

Y yo, que había ido sólo por motivos profesionales, no políticos, y que ni siquiera sabía si en la ciudad mandaban los de izquierdas o los de derechas, no pude por menos de responderle:

—Mire usted: en la antigua Grecia distinguían entre ‘políticos’ e ‘idiotas’. Yo soy ‘político’. ¿Y usted qué es?

Te puedo asegurar, querido lector, que se hizo un silencio sepulcral. No se oía ni una mosca en la sala.

Lector (L): ¡Qué huevos!

A.: No, ¡manda uebos! Vuelve a leer el juego etimológico del ‘opus’ y las ‘labores’ del parto, por favor. Lo hice “por necesidad”, porque en ocasiones “la necesidad obliga”. Y aquel periodista me obligó a responderle así.

L.: Pero a ver, querido autor —‌como tú me dices—, ¿tú eres político?

A.: Por supuesto, soy político. No profesional, pero soy político. Veamos, te lo explico en griego. Nuestra palabra político procede del griego politikós (‘lo relativo a la ciudad’ y, por tanto, al Estado, ‘lo perteneciente al gobierno’). Y, a su vez, ese politikós deriva de polis (‘la ciudad’ o, mejor dicho, la ciudad y su territorio, por lo tanto ‘el Estado’).

L.: Sí, claro, por eso hablamos de las “ciudades-Estado” griegas. Grecia no era un Estado, sino una suma de ciudades-Estado independientes, cada una de las cuales se regía por sus propias leyes. La polis griega era mucho más que una simple ciudad: era la ciudad y su entorno, era sus leyes y su constitución, era su Estado. (Véase Figura 10.1).

A.: Y, centrándonos en las etimologías, esa polis griega entra en varios compuestos, como la acrópolis o ‘ciudad alta’, la metrópolis o ‘ciudad madre’, fundadora de colonias, y una necrópolis o ‘ciudad de los muertos’. E incluso en el propóleos que compramos en las farmacias (es el genitivo de própolis o ‘entrada de la ciudad’, por la cera con que las abejas cierran la ‘entrada’ de sus colmenas u otros huecos de sus ‘ciudades’).


Figura 10.1: La Acrópolis de Atenas, vista desde la colina Pnyx. En esta colina nació la democracia en el siglo -vi: era aquí donde se reunía la ‘asamblea’ del pueblo ateniense (la ekklesía) para decidir sus asuntos democráticamente.

L.: Bueno, veo que no quieres entrar en política (la politeia griega significaba ‘política’, pero también cosas tan importantes como ‘derecho de ciudadanía’, la ‘relación de los ciudadanos con el Estado’ y hasta la ‘forma de gobierno’). No deseas politizar este tema, como si prefirieses seguir en lo “políticamente correcto”. ¿Acaso temes el politiqueo de esos políticos inhábiles, rastreros y mal intencionados que, según el DRAE, son los politicastros?

A.: ¡No, en absoluto! Me encanta la política, e incluso la politología (la ‘ciencia que estudia la política’). Lo que pasa es que a veces “me pierden” las etimologías. Porque ¿cómo no te voy a decir yo que hasta la policía deriva de aquella politeia griega o que un polizonte no es sino una alteración de la ‘policía’? ¡Pero si hasta las películas y las novelas policíacas tienen que ver con el tema!


Figura 10.2: En el reborde de esta pequeña cerámica (óstrakon) se lee el nombre de Temístocles, el estratego (strategós) a quien la asamblea de Atenas condenó al ostracismo. No inventaron sólo la democracia: también sus nombres.

L.: Pues va a parecer que quien es verdadero político es el lector, no el autor. ¡A ver si resulta que el autor es “lo otro” de lo que le decías a aquel periodista!

A.: Bueno, vale, me has convencido: voy a entrar en política. Pues, como dice el DRAE, la política no es sólo la «actividad de quienes rigen o aspiran a regir los asuntos públicos» (acepción 8), sino también —‌y sobre todo— la «actividad del ciudadano cuando interviene en los asuntos públicos con su opinión, con sus votos, o de cualquier otro modo» (acepción 9).


Figura 10.3: Está claro que Sócrates era político (politikós), no idiota (idiotes): prefirió obedecer las leyes de la polis, de su Estado, antes que primar lo idion, lo ‘particular’, lo ‘propio’. Por eso decidió beber la cicuta: para cumplir las leyes.

L.: Veo que muchas de las palabras que usamos en el mundo de la política son de origen latino o de origen griego, ¿no?

A.: Sí, claro. Es que la política la inventaron los griegos, y sus palabras nos llegaron de ellos a nosotros a través del latín. Antes de los griegos no había política: sólo había reyes, o faraones, o emperadores, o déspotas de todo tipo. Pero entonces aparecieron los griegos y, en el siglo —‌vi, inventaron la “democracia”. ¡Hace más de dos mil quinientos años!

L.: Y, si la política la inventaron ellos, ¿entonces qué pasó con las palabras, si no existían antes?

A.: Pues las tuvieron que inventar. Inventaron todas las palabras relacionadas con la política: desde las más civilizadas hasta la palabra déspota (despotes era ‘señor absoluto’, ‘dueño’, ‘amo’), pasando por la palabra tirano (de todas formas, el týrannos griego podía llegar a ser apreciado por la gente, pues promovía las obras públicas y, por tanto, el trabajo y el bienestar del pueblo... aunque no le diese al pueblo el poder político).

L.: Estamos en una ‘monarquía’. ¿Sería el monarca algo parecido a un ‘déspota’ o a un ‘tirano’? ¿Qué es la ‘monarquía’, etimológicamente?

A.: Esa pregunta es fácil: viene del griego monos, ‘uno’, ‘solo’, y arkhé, ‘gobierno’, ‘mando’. Por tanto, monarquía es el ‘gobierno de uno’ solo. Cuando en Roma se instaure la tetrarquía, será el ‘gobierno de cuatro’.

L.: ¿Y ‘oligarquía’ y ‘anarquía’? Hace un tiempo, en “La Contra” de un periódico importante leí que te definías como anarquista. ¿De dónde nos vienen esas dos palabras: ‘oligarquía’ y ‘anarquía’?

A.: ¡También son griegas! Las dos. En griego, oligos significa ‘poco’, y ya hemos visto arkhé, ‘mando’, ‘poder’ (como en arcángel, ‘el jefe de los ángeles’, o en arquitecto, ‘el jefe de los obreros’). Así que oligarquía (oligos + arkhé) es el ‘mando de unos pocos’. En resumen, cuando se lo mangonean todo entre cuatro.

L.: ¿Y ‘anarquía’?

A.: Pues ‘anarquía’ lo mismo: viene de ese mismo arkhé, ‘mando’, ‘poder’, más la “alfa privativa” delante. En muchas palabras de origen griego, si ves una ‘a-’ delante de un sustantivo, eso indica la ausencia de lo designado por ese sustantivo. Por ejemplo: apátrida, ‘sin patria’; ateo, ‘sin dios’; anemia, ‘sin hema, sin sangre; anestesia, ‘sin sensibilidad’... Pues anarquía es eso: ‘sin mando’, ‘sin poder público’.

Si monarquía es el ‘gobierno de uno solo’ y oligarquía es el ‘gobierno de unos pocos’, anarquía es el gobierno de ninguno, ‘sin gobierno’. Ni dios, ni patria, ni rey. La “triple a”: ateo, apátrida, anarquista. ¡Y eso tiene su encanto... al menos utópicamente!

L.: Y la palabra ‘democracia’, la inventaron los griegos, ¿no? El ‘gobierno del pueblo’.

A.: Perfecto, también la palabra —‌no sólo el sistema— la inventaron los griegos. Demo-cracia: del griego demos, ‘pueblo’, y kratos, ‘poder’. Y además inventaron la palabra dem-agogia, que también es griega. Según Aristóteles, la ‘demagogia’ es una corrupción —‌una degeneración— de la ‘democracia’. Porque, si en griego demos significa ‘pueblo’, el verbo ágein era ‘arrastrar’, llevar con malas artes. Que es lo que hacía el demagogós, el demagogo. Como el politicastro ‘demagógico’ que seduce al pueblo con su palabrería. Y lo ‘arrastra’ con malas artes.

L.: Perdona la pregunta: ¿eres demócrata?

A.: ¡Claro, profundamente! Soy ‘político’, en el sentido griego de la palabra. Y, entre los distintos tipos de políticos, soy ‘demócrata’. Ya te lo expliqué en el capítulo sobre ‘Platón’ y los ‘plátanos’.

Pero insisto: ¡siempre hay que ser crítico! Como Sócrates con la democracia ateniense. Yo tengo mucha más información que una persona inculta que aparece de figurón en un programa de telebasura. Pero más importante aún: tengo mayor sentido ético que un terrorista múltiple o que un pederasta confeso. Si todos tuviéramos el mismo voto, aquí fallaría algo.

L.: ¿Seguro? ¡Me asombras!

A.: ¡Claro! Piensa un poco: los alemanes eligieron a Hitler... “democráticamente”. Y mis queridos griegos ¡condenaron a muerte a Sócrates “democráticamente”! Más grave aún: ¿crees realmente que la democracia puede tolerar que ejerzan sus derechos democráticos los anti-demócratas? ¿Cómo puede la democracia protegerse contra los enemigos de la democracia? ¡Es una pregunta clave!

L.: A ver si, con esas ideas, te pasa lo que a Sócrates, que te condenan a beber la cicuta (el nombre científico de la cicuta es Conium, procedente del griego kóneion, ‘cicuta’). (Véase Figura 10.3). O al menos al ostracismo (en la colina Pnyx, frente a la Acrópolis, podían expulsarte de la polis votando contra ti con un óstracon o ‘pedazo de cerámica’). ¡Al destierro! (Véase Figura 10.2).

A.: Mejor, así seré aún más apátrida, más cosmo-polita (‘ciudadano del mundo’).

L.: ¿Entonces? ¿Qué hacemos?

A.: Como sólo estamos en un juego de etimologías, te voy a dar dos respuestas, no una. Ya te avancé la primera, que es la respuesta de Platón: deberíamos ser aristócratas, en el sentido etimológico de la palabra: en griego, aristós era ‘el mejor’, y kratos, ‘poder’, ‘gobierno’. O sea, aristocracia: el ‘gobierno de los mejores’.

L.: ¿Y la segunda respuesta?

A.: Pues que el problema está precisamente en... cómo saber quiénes son los mejores. ¿Cómo elegir a los mejor preparados, a los más honrados? ¡Y no lo sabemos! Por eso decía Churchill que «la democracia es el menos malo de los sistemas políticos». Así que nos vamos a tener que contentar con ser “sólo” demócratas. ¡Que ya es bastante!

¡Eso sí! Hay que votar, precisamente para intentar elegir a los mejores, a los más preparados y a los menos corruptos. A los aristói.

L.: ¿Una conclusión?

A.: Sí, una, y muy clara. En las próximas elecciones que haya, por favor sé ‘político’ (en el sentido griego de la palabra): ¡vota! Si no votas tú, ganarán los que piensan distinto de ti.

L.: A pesar de que muchos políticos no nos gustan, les seguimos dando nuestro voto. ¿También nos viene de los griegos esa palabra: ‘voto’?

A.: No, en este caso no nos viene del griego, sino del latín. Bueno, los romanos hablaban, más bien, de suffragium, o sea, de sufragio. (¿Ves cómo todavía hablamos latín?) Suffragium era el ‘voto’, el ‘sufragio’, la ‘aprobación’ de algo. Por eso aún decimos “sufragar” una obra (o una campaña): es aprobar una obra (o una campaña) por medio del voto.

L.: ¿Y el ‘voto’? ¿De dónde procede esa palabra?

A.: El voto tenía, más bien, un sentido religioso: el votum era una ‘promesa’ que se hacía a los dioses. Por ejemplo, si estabas en medio de una tempestad, le prometías a los dioses hacer un sacrificio, les hacías un ‘voto’.

Todavía en muchas ermitas encontramos numerosos ex-votos colgados en las paredes: son promesas. Y en las bodas, los esposos hacen votos de fidelidad: se la prometen uno al otro. Y los frailes y monjas aún hacen votos (promesas) de castidad.

L.: Nuestro voto se lo damos a un ‘candidato’. Y hay candidatos de todos los colores. ¿Qué es un candidato, etimológicamente?

A.: Pues la palabra ‘candidato’ tiene que ver con los colores, precisamente.

El vestido habitual de los ciudadanos romanos no eran los pantalones, como ocurre entre nosotros, sino la toga, palabra que nosotros hemos heredado de ellos sin cambiar ni una sola letra: toga (un catedrático o un abogado lleva una ‘toga’). Por ejemplo, la toga virilis (la ‘toga viril’) era la toga que se empezaban a poner los jóvenes al pasar de la infancia a la edad adulta: a los diecisiete años; por eso se llamaba ‘toga viril’, varonil).

Pues bien, cuando había elecciones (durante la República), los candidatos se ponían la toga candida, la ‘toga blanca’. Por eso se les llamaba candidatus, ‘candidato’.

Candidus significaba ‘blanco’, ‘puro’, ‘inocente’. De ahí nos vienen las palabras cándido, candor, candoroso, candidatura... ¡y hasta el trigo candeal, que es muy blanco, claro!


Figura 10.4: Redada policial en Christiania, un barrio lumpen creado en los años setenta en Copenhague como ‘ciudad libre’ (Fri-staden). Los polis vestían su típico uniforme negro con esta palabra danesa en la espalda: Politi (‘Policía’)...

L.: ¡Me temo que nuestros ‘candidatos’ de hoy no son tan ‘candorosos’ ni tan ‘cándidos’ como entonces! Por cierto, ¿cómo terminó la anécdota aquella del periodista que te preguntó a qué candidato apoyabas?


Figura 10.5: ...Y los anarquistas del barrio, que eran ‘idiotas’ pero no tontos, les recibieron con trajes parecidos, aunque con esta palabra: Idioti. Se ocupaban de sus ‘propios’ asuntos (eran ‘idiotas’ etimológicamente), a la vez que les insultaban. 

A.: ¡Ah, es verdad! Se me olvidaba terminar la anécdota. Y, sin ese final, no podremos resolver el juego del “¿Qué tiene que ver?”.

L.: ¿Se ofendió el periodista?

A.: ¡No! Porque enseguida le expliqué qué significaba idiota para los griegos. Si politikós en griego era quien se preocupaba por los asuntos de la polis, lo contrario era un idiotes (‘idiota’): el hombre ‘rudo’, ‘vulgar’, ‘ignorante’... que sólo se preocupaba de lo idion, o sea, de lo ‘particular’, de lo ‘privado’. El “pasota” que se despreocupaba de los asuntos del Estado y sólo se ocupaba de lo suyo, como si los asuntos del gobierno no le concerniesen. Frente a la persona responsable que era el ‘político’, el particular que sólo se preocupaba de lo suyo era un ‘idiota’.

L.: O sea, que el ‘idiota’ es el rey de los apolíticos. Sólo le preocupa lo suyo.

A.: Fíjate en una cosa: si vas hoy de viaje a la pobre y querida Grecia, verás escrito en muchos sitios: IDIOTIKÓS PARKING. ¡Y el parking no es ‘idiota’! Sólo es ‘privado’, ‘particular’. Pues eso es un ‘idiota’ apolítico: quien cree que lo público no le afecta en lo privado.

L.: El político es, pues, el civilizado, del latín civis: el ciudadano romano, miembro de la civitas o ‘ciudad’, como paralelo romano de la polis griega. Ser un civis que se ocupa de la civitas te hace ‘civilizado’, igual que ocuparte de los asuntos de la polis te hace ser un ‘político’ responsable. O sea, ‘político’ y ‘civilizado’ vienen a ser lo mismo.

A.: Y ser un idiota en latín sólo significaba ya ser un ‘indocto’, un ‘ignorante’. Hace unos años, la policía hizo una dura redada en el barrio marginal de Christiania, en Copenhague. Los polis vestían su uniforme negro con esta palabra en la espalda: Politi(‘Policía’). Y los anarquistas lumpen del barrio, que eran marginales pero no tontos, les recibieron con unos uniformes idénticos con esta palabra en la espalda: Idioti”. (Véase Figura 10.4 y Figura 10.5).

L.: Lo grave es que, con tanta corrupción, hay muchos “políticos idiotas”. Se preocupan más de lo ‘privado’ que de los asuntos de la ‘polis’. Y ya se sabe: «Corruptio optimi pessima», o sea, «La corrupción de los mejores es la peor».

A.: ¡Exacto! En el sentido etimológico es precisamente eso: hay ‘políticos’ (‘hombres de Estado’) que son ‘idiotas’ (que sólo se ocupan ‘de lo privado’, ‘de lo propio’).

Lo que pasa es que, en sentido etimológico, esos políticos ya no son politikós, sólo son idiotes. Porque, etimológicamente, decir “político idiota” es un oxímoron, una contradicción: como decir una “silenciosa ovación”: si son ‘políticos’ no pueden ser ‘idiotas’... y si son ‘idiotas’ no son verdaderos ‘políticos’.

L.: Así que ya podemos elegir la solución del juego.


SOLUCIÓN:

Si te parece, descartamos ya la opción 1, pues hemos visto que, etimológicamente, los políticos pueden ser unos auténticos ‘idiotas’. Y la 3 también: es correcta, pero no tiene mucha gracia. ¡Y alguna relación sí tienen!

¡Y además descartamos la opción 4! Pues no todos los políticos son ‘idiotas’ (los hay honrados), ni todos los ‘idiotas’ son políticos (muchos corruptos medran fuera de la política); o sea, ni sólo los políticos son ‘idiotas’ (¿cuántos de nosotros lo somos?), ni sólo los ‘idiotas’ son políticos (muchos políticos son honrados... y ganarían más fuera de la política).

En resumen, que elegimos la opción 2. Dado el actual nivel de corrupción, muchos políticos son verdaderos ‘idiotas’.

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