La Catedral de Quibdó desde el río Atrato. Fotos: Alex Guerrero

Quibdó: mucha cultura, pocos escenarios

La capital del Chocó es una ciudad en crecimiento. Más allá de la violencia, el desplazamiento forzado o la pobreza, este territorio es cuna de una cultura muy rica que, paradójicamente, tiene pocos lugares de exposición.

2015/11/30

Por César Rojas Ángel, Quibdó

Quibdó solo tiene una librería. Al menos solo hay una que tenga más de un estante dedicado a los libros. Debe ser la única que en su fachada usa ese nombre en vez de “papelería”, más común en la ciudad. Es la única a la que apuntan las personas que saben dónde se puede comprar un libro en la capital del Chocó. La Librería La Odisea está ubicada en la carrera tercera con calle 24, es un local grande en el que se venden juguetes, cuadernos, útiles escolares, afiches, calendarios, periódicos y, de vez en cuando, libros.


Además de textos escolares, en La Odisea se encuentran libros de historia nacional, derecho y literatura chocoana.

“Aquí llegan los estudiantes de los colegios, pero obligados”, me cuenta Guillermo Mena, que atiende este negocio fundado por su padre hace 14 años. Guillermo a veces no se halla en esta ciudad en la que cualquier día, sin importar la hora, se puede escuchar música a todo volumen en algún local o en alguna casa de puertas abiertas. Por eso a veces se va unas semanas a Medellín, a Pereira o a Cali, “para despejarme”, dice, y para traer nuevos libros.

Llegué a la Librería La Odisea por recomendación de tres personas distintas. Una gestora cultural, una actriz y dramaturga y una docente universitaria. Otros me dijeron que sí, que conocían el lugar, pero no lo recordaron apenas pregunté por una librería. Y hablando con estas personas me enteré que en esta capital de departamento tampoco hay un teatro ni una sala de cine. Pero lo más paradójico de todo esto es que, a pesar de la falta de escenarios, la cultura está en todas partes.

Quibdó será la sede del Festival Detonante, un evento que quiere reunir esfuerzos para promover la innovación social y visibilizar el potencial del Chocó.

Algunas cifras

En Quibdó el Sistema General de Regalías (SGR) ha aprobado 27 proyectos desde 2012. Entre readecuación de vías, compra de predios, construcción de líneas de alcantarillado y estudios de diseño, se han invertido cerca de 106 mil millones de pesos.

En esa lista hay dos proyectos en el área de “Cultura, deporte y recreación”: la remodelación del parque Manuel Mosquera Garcés y un conjunto de estudios y diseños para la construcción de instalaciones deportivas para los XX Juegos Nacionales. Entre ambos suman cerca de 14 mil millones de pesos de inversión. Según el Mapa de Regalías, una aplicación web del SGR que permite visualizar los proyectos por región y filtrarlos según el área de inversión, la remodelación del parque no ha empezado y el proyecto de instalaciones deportivas (que además de la capital del departamento está pensado para los municipios de Bahía Solano, Acandí e Istmina) ha avanzado en un 69,7 por ciento, pero los Juegos Nacionales terminaron hace más de ocho días. Pero esa es otra historia.

¿Se podrían destinar recursos de regalías para espacios y proyectos culturales? Sí. Por ejemplo, al sur de Quibdó, en Atrato, se aprobó hace poco un plan de “fortalecimiento a siete casas comunales para eventos socioculturales” por 119 millones de pesos. Y aunque no hay muchos ejemplos, en otras regiones del país se han presentado proyectos para construir o remodelar casas culturales, teatros o museos.

En Quibdó, en una esquina a pocas cuadras de la Librería La Odisea, está la Casa Cultural Jorge Isaacs. En el primer piso hay un Servientrega, en el segundo funcionan las oficinas de la emisora Ecos del Atrato (1400 AM) y de la Fundación Fiestas Franciscanas (encargadas de organizar las Fiestas de San Pacho) y en el tercer piso se dictan cursos de danza, música y teatro, entre otras actividades.

¿Quiénes piden más?

“El escenario de ese tercer piso puede servir como sala de teatro”, dice Danny Suley Castro, una quibdoseña que hace diez años viajó a Bogotá para estudiar Artes Escénicas en la Academia Superior de Artes –ASAB– de la Universidad Distrital. Castro vivió seis años en Bogotá y se regresó al Chocó por la convicción de que hay mucho por hacer.

“Cuando yo estaba más pequeña veía que las personas que hacían teatro, que obviamente eran jóvenes, dedicaron su vida a eso y no había una valoración porque no tenían un título. Entonces yo dije ‘bueno, si a ellos no los contratan porque no tienen un título, yo me voy a profesionalizar, voy a traer un título, y voy a seguir haciendo esto, pero a través de lo que aprendo’”, cuenta Castro. Y añade que ahora se ha encontrado con la cruda realidad: “ya tengo título, pero me doy cuenta que pasa lo mismo que le pasaba a las personas que hacían teatro cuando yo estaba pequeña”. 

Para Ana Gilma Ayala, cultora –como dicen allá– del Chocó, el problema va más allá de los espacios. Dice Ayala que últimamente, cuando se hacen presentaciones artísticas, hay danza contemporánea, teatro o grupos de música urbana, pero se están perdiendo las representaciones artísticas ancestrales. “La cultura es una plataforma para la resocialización, si se focaliza y se toman los valores comunitarios. Pero se está tomando la parte externa de la cultura como las danzas y esto, y no se está tomando la parte espiritual que es la que va a formar a las personas”.

El próximo año Ayala publicará su décimo libro. Todos los ha dedicado al patrimonio cultural, enfocado en temas como los mitos de la región, las fiestas patronales, la espiritualidad y los ritos funerarios del Chocó, entre otros. Ella misma los ha financiado y regalado a las instituciones, porque dice que no hay apoyo y lo mismo pasa con los proyectos que proponen nuevos escenarios: “esos proyectos quedan empolvados y solo cuando hay un evento, que viene un personaje, o que van a comerse una plata, entonces de su proyecto toman lo externo y lo llevan a un escenario común”.

Danny Castro, que además es consejera municipal y departamental en el área de artes escénicas y teatro, también lo ha notado. Consejerías como en la que ella participa reciben poca atención hasta que las autoridades deben complementar un evento público con una actividad cultural.

Pero Castro no se desanima. Andamio Teatro es su colectivo, tiene cinco miembros, de los cuales ella es la única que estudió esta materia a nivel profesional. A sus compañeros los ha formado a punta de talleres y experimentos en escena. Tienen cinco obras montadas, una de ellas se llama Mi virtud en colores, inspirada en los Cuentos Cantados de Zully Murillo y en el poema Me gritaron negra de la limeña Victoria Santa Cruz; tienen otra, Color esperanza, escrita por Castro al final de su carrera, que cuenta la historia de una niña que quiere ser artista y se enfrenta a su madre, que la quiere convertir en reina.

Con otros colectivos como Jóvenes Creadores, Mojiganga, Chocó Teatro o Afrohuellas, entre otros, Danny Castro busca espacios para crear apego a un arte que no tiene visibilidad en la ciudad. La antropóloga Ana María Arango, docente de la Universidad Tecnológica del Chocó, también ha acompañado este proceso.

Arango dice que no existe una agenda cultural continua en el municipio y eso obedece, en parte, a la falta de espacios y financiación. La labor de ella en la Universidad inició cuando le encargaron una colección de música antillana e hispanoamericana con cerca de 2600 vinilos que le pertenecieron a Ramón Garcés Erazo. Pero pronto ella sintió que debía hacer algo más que cuidar un archivo.

Había escuchado de la Oraloteca de la Universidad del Magdalena, un grupo de investigación de la cultura oral en el caribe colombiano, pero para Arango esta idea no era suficiente para entender el Pacífico y el Chocó. “Aquí el cuerpo es un elemento fundamental de la identidad”, explica la docente e investigadora, y por eso creó la Corporaloteca.

Desde este grupo interdisciplinar, Arango y su equipo, entre quienes se encuentra el músico Leonidas Valencia, su esposo, han investigado las prácticas orales, sonoras y corporales del Pacífico colombiano. Hacen documentales, investigaciones, programas de radio, tardes de cine y hasta jornadas de danza. Y a través de estas actividades propone un mensaje. “Yo estoy de acuerdo en que el arte no debe ser instrumentalizado, pero sí creo que el arte es político”. Y ese factor, añade la investigadora, se refleja de muchas formas en la cultura negra.

Arango cuenta que los músicos, los bailarines y los contadores de historias, llevan siglos en este territorio y, según ella, esa puede ser la razón del abandono. “Como eso siempre ha estado ahí, como eso existe con o sin plata”, dice con ironía.

La ciudad del Atrato

Quibdó se está construyendo con el fondo del Atrato. Así lo explica Franklin, el lanchero que nos muestra a los jóvenes que, con el agua arriba de la cintura, llenan las canoas con la arena que logran sacar con baldes o con palas. Y es que la capital del Chocó está creciendo, lleva creciendo desenfrenadamente durante al menos quince años, cuando empezaron a llegar las poblaciones que huían de la violencia desde Bojayá, el Urabá antioqueño o el bajo Atrato, entre otros territorios.


A unas cuadras al sur de la Catedral, sobre el Atrato, las volquetas recogen la arena que los jóvenes cargan en canoas.

Se están construyendo vías, pronto empezarán a funcionar más semáforos, hay varios edificios en construcción y a un mega colegio que albergará más de 3 mil estudiantes le falta un 50 por ciento para estar terminado. Quizá la arena del río sirvió para algunas de esas obras y, salvo que alguien organice el proceso, de ahí seguirán tomando la materia prima.

Hay quienes piden que con esa arena se construyan también teatros, museos, librerías o salas de cine. A otros eso no les hace falta, pero para Arango es claro: “cuando se entra en una lógica de ciudad, estos espacios son necesarios”.

 

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