Jatin nació en Cartagena de Indias el 31 de mayo de 1945.

Recordando a Raúl Gómez Jattin

El poeta del Sinú murió el 22 de mayo de 1997, en un accidente que quizás fue un suicidio. En su libro 'Como marcas en la brecha: Una historia de vida' el sociólogo Hernán Darío Correa recuerda a su amigo, un hombre talentoso pero atormentado.

2017/05/22

Por Hernán Darío Correa*

Dentro de la universidad, el teatro bajo la dirección de Carlos José Reyes tenía un importante lugar en el quehacer de extensión: en el 70, durante la semana universitaria, el grupo presentó La Gran imprecación frente a los muros de la ciudad, en la cual actuaban Raúl Gómez, Tania Mendoza y Lucho Sánchez, a quienes veríamos también en Las Monjas, Tania luego sustituida por Margarita Bermúdez, hermana del pianista Karol Bermúdez, quien fue tal vez la única mujer que conocí que le gustaba a Raúl, y luego por otra compañera de nombre Marcela, junto con actividades de extensión universitaria, como el Centro Literario, donde ya Isaías Peña desarrollaba su tarea pedagógica sobre la literatura y la escritura que ha mantenido toda la vida, en los últimos años en la Universidad Central, y al cual llegaban mes a mes unos diez ejemplares de la respectiva revista Eco que algunos recogíamos; y mis propias actividades en ese primer año prolongaron una condición escolar intensa en muchos sentidos, incluso el del deporte, incluido otra vez el basquetbol que retomé esta vez con el legendario jugador de selección nacional Oswaldo Cabas como entrenador del equipo de la universidad en la cual jugué como armador; o el judo que entrenábamos en la estación de policía de la avenida 39 con carrera 13, la cual, junto con la Escuela General Santander de la misma institución, era el escenario de los partidos de fútbol de esa selección donde jugaban profesores como Aldana y Gaona, también inmolados en el Palacio de Justicia en el año 85, y que por entonces me generaban interrogantes ingenuos sobre el sentido de la profesión del derecho en contubernio con una policía que enfrentábamos día a día en las calles, así en el Externado no tuviera la virulencia de la de Antioquia o la Nacional, aunque en esa época sí con masivas manifestaciones que se sumaban al torrente nacional desde las universidades privadas… 

Con Raúl Gómez, con quien muy pronto nos hermanamos alrededor del teatro, en el cual sucedió a Carlos José como director del grupo del Externado, así como en la movilización y la rumba, y quien muy rápido se cambió de residencia desde el Centro Nariño donde funcionaban las residencias estudiantiles, hasta la “Calle del Embudo” en La Candelaria, en una especie de falansterio como los que describe Cabrera Infante de La Habana, y donde también vivía José Luis Calume, amigo de infancia de Raúl en Cereté, pasábamos noches enteras de rumba con el grupo de teatro, y encontramos afinidades caribeñas de nuestras historias hasta que decidimos incursionar por las veredas campesinas del Sinú a fines del año 71 y 72 por la costa, esta vez del golfo de Morrosquillo y de pueblos míticos, como San Bernardo del Viento, Moñitos y Tolú. 

En alguno de esos viajes, una mañana el calor me sacó de la cama. Eran como las diez, y me metí a la ducha medio dormido y con un guayabo monumental; cuando abrí la llave, al unísono con el agua unos sonidos como estiletes empezaron a cortar el silencio y la densidad del aire, y me acabaron de despertar: después supe que de coincidencia Raúl había puesto en la radiolita de pilas que llevábamos, la Corrente Terza de Frescobaldi tocada por Rafael Puyana, en el disco que había agregado de su propia cuenta a la cuidadosa selección de acetatos que llevábamos en una mochila especial, y que habíamos hecho en Bogotá antes de salir para Cereté donde convertimos la casa de sus padres en estación de nuestra cacería diaria de los fandangos por las veredas de Córdoba. Fue la primera vez en mi vida que oí un clavicordio.

Allí conocí por supuesto a la Niña Lola Jattin, su madre, quien adoraba a Raúl y por extensión a sus amigos, y nos regalaba deliciosos banquetes cada vez que veníamos de nuestras giras: nos recibía con kibbes con rodajas de limón y salsa de ajonjolí con mucho ajo, e “indios”, pasteles de arroz con carne envueltos en hojas de parra, así como yuca frita que adobábamos con suero costeño, o suculentos sancochos de pescado antes de pasar a los mejores dulces cartageneros de higos, almendras con miel y frutos secos, y un café caribeño negro y espeso endulzado ligeramente con panela, rebajado a media tacita de porcelana fina, como toda la vajilla en que nos servía.

Y a Joaquín Gómez Reynero, su padre, abogado y buen conversador, quien me regaló algunos libros, empezando por la muy recomendada por él autobiografía de Benvenuto Cellini. El viejo Joaco echaba sus gracejos y se burlaba con cariño del ímpetu de sus jóvenes contertulios. En una ocasión en que salíamos hacia Cartagena con la intención de entrevistar a su amigo Domingo López Escauriaza, hermano del Tuerto López, después de dar lora de mi parte durante varios días por haber perdido las gafas en alguna noche de extravío, y andar medio a tientas por su casa, se sentó en su vieja Olivetti a escribir la carta de recomendación mientras Raúl y yo mirábamos sobre su hombro las frases que iban apareciendo en la página en blanco: “Ahí te mando a mi hijo Raúl, a quien le ha picado el tábano del teatro y la poesía, y a su amigo Hernán Darío, quien padece de miopía…”, y entonces interrumpió el tecleado, y después de un suspenso deliberado y con una cáustica sonrisa agregó: ¡“visual”! Bajito, entrañable siempre, “vaiviniéndose en su mecedora” se gozaba cada paso y cada regalo de la Niña Lola en esa casona cuyos cuartos, a la usanza de la tierra caliente, se abrían hacia una inmensa bóveda trenzada de palma, pues sus paredes se alzaban apenas unos dos metros para dejar circular el aire por un recinto donde la intimidad se vivía a partir del respeto de quienes allí habitaban, y cuyas puertas eran cortinas que el viento movía a su amaño: la casa era una verdadera maloca, en todos los sentidos de la palabra; allí vivía la familia extensa, y allí se compartían los secretos con alegría y discreción, y todo era una fiesta.

Una noche, cuando en gira por la costa llegó a la casa el grupo de teatro aún dirigido por Carlos José Reyes, quien además estaba de viaje de bodas, y la Niña Lola le cedió a la pareja bogotana su cama doble, justamente ese día le dio a Gabriel, el hermano medio de Raúl, quien a intervalos a veces de años visitaba a su madre, por llegar del modo como lo hacía siempre: a medianoche, y metiéndose en la cama de aquella. Al palpar las barbas del dormido Carlos José, el grito de “Ay mi madre” se oyó en todo el vecindario, y al escándalo siguió la risa hasta el amanecer, según me contó el viejo Joaco un año después del suceso.

En la gira que hicimos por algunos pueblos de la costa, dormíamos en hamacas y nos dábamos el lujo de hacer sonar a Serrat, Adamo, los Beatles o las Cuatro estaciones de Vivaldi cualquier mañana en esas playas desiertas llenas de conchas y de enormes árboles derribados en lo profundo del Chocó y arrastrados por el Atrato hasta las costas de Moñitos o San Bernardo del Viento, según nos explicaron los vecinos que nos aprovisionaban de pescado y patacones a media tarde, y arepas de huevo o caldo con costilla y café en las madrugadas, cuando el hambre nos halaba hacia la realidad desde las cumbres de nuestras ensoñaciones. “Mi vaso lleno –el vino del Anáhuac–,/ mi esfuerzo vano –estéril mi pasión–,/ soy un perdido –soy un marihuano–,/ a beber, a danzar al son de mi canción”, recitábamos, y cantábamos de viva voz boleros y baladas, cuando no discutíamos sobre la vida, la creación, el arte y la polí- tica, la realidad colombiana o la revolución cubana y las consignas alrededor de la “revolución socialista o caricatura de revolución” derivadas del carácter de una sociedad subdesarrollada precisamente como efecto del desarrollo, y no por el supuesto atraso como demora en llegar a una modernidad que llevábamos en nuestras mismas mochilas, como argumentos testimoniales de diletantes urbanos frente a quienes solo veían el feudalismo rural.

Hoy pienso que en esos debates cada a uno a su manera tenía razón, si se mira el origen regional e incluso veredal de los núcleos dirigentes de cada fracción política, afincados en el campo o en la ciudad, pero mirando cada uno el asunto por donde le tocaba más intensamente, según los distintos aspectos e intensidades de la violencia, el despojo de tierras, la explotación campesina y la pobreza rural, o las luchas propiamente urbanas; como no deja de mostrarlo una negociación de paz que acaba de celebrar anticipadamente un acuerdo entre las Farc y el gobierno de Santos sobre el “desarrollo rural” sin incluir en su agenda el problema urbano, cuarenta o cincuenta años después de esos debates que junto con los de las vías de la revolución, generaron esas profundas divisiones entre tendencias del partido comunista, el maoísmo y el socialismo con sus vertientes socialdemócrata, “foquista”, trotskista e insurreccionalista, y, dentro de cada una de estas otras subdivisiones que alentaron a su manera formas de lucha armada dentro de la tradición muy colombiana de combinar las formas de lucha que se había gestado desde el siglo XIX por parte de los partidos tradicionales, y que heredó la izquierda de los sesenta y setenta, ahora relanzada durante más de diez años de forma grotesca hacia el siglo XXI por parte de la derecha desde el propio gobierno nacional en su contubernio con el paramilitarismo, el narcotráfico y las llamadas bandas criminales o Bacrim. 

Alguna vez, quizás el año siguiente, nos aventuramos más allá de las veredas vecinas, y remontamos a pie los cerros que rodean a Toluviejo hasta un pueblito que llamaban La Piche, donde en efecto el tiempo centenario de la más profunda sociedad agraria estaba detenido. Salió a recibirnos al camino un grupo de niños exaltados, y detrás de ellos pronto se reveló, desnudo, un hombrón de sombrero de paja, un enorme cayado y abarcas gigantescas, con un racimo batiente que le colgaba de su entrepierna, que pronto me explicaron era una potra o hernia junto con sus genitales. Se trataba del propio Gabriel, por entonces ermitaño que vivía en un rancho en las afueras del pueblito al borde de una ciénaga en la cual pescamos la segunda noche con ayuda de los vecinos y de unas linternas, una babilla para hacer la primera comida después de interminables rondas de vareta, conversación exaltada y mucha risa que nos hicieron olvidar el paso de las horas y del mismo sol. Una carne magra y dura me produjo una soltura total, y a pesar del malestar agravado por la incertidumbre del monte donde tuve que internarme varias veces, y de lo áspero de las tablas medio inclinadas en que dormíamos, caí después en un profundo y largo sueño. Otra vez la algarabía me despertó, al final de la tarde: Raúl, Gabriel y los niños se bañaban en “la poza”, un remanso del diáfano arroyo cercano que discurría sobre un lecho quieto de hojas de todos los colores que le regalaba diariamente la selva al río. Fue la fiesta en medio de un baño de luz y frescor después del calor y la tiniebla ya pasados… En la madrugada, ya descansados, La Campanella, de Vivaldi, abrió el día.

Así fueron siempre las cosas con Raúl, estrenando de forma permanente sensaciones, conocimientos y milagros, en medio de la risa que generaba la absoluta libertad de una fiesta por definición colectiva, y en el caso de la Costa siempre exorbitante o alucinante, como las danzas del fandango campesino nocturno que giraban alrededor de la ceiba más grande de la vereda, verdadero mantra donde el delirio se hacía inagotable bajo los rutilantes gajos de las velas sostenidas en lo alto de los círculos de danzantes, por las manos y los brazos de las mujeres, magníficos y brillantes, envueltos en la cera derretida que salpicaba hasta el siguiente círculo, moviéndose en sentido contrario a los más próximos.

En su clímax, un buen fandango se componía de alrededor de una docena de inmensos círculos que giraban contrariamente, como un mecanismo inexorable puesto en marcha por la interminable música de la papayera. De cuando en cuando había escapatoria hasta otros círculos externos al enorme tejido de fuego donde las parejas merodeaban al ritmo del porro: esta vez eran círculos estáticos de hombres bebiendo y riendo alrededor de las botellas de ron que cada uno agregaba a las que ya había en el piso, y así hasta reventar… En mi caso, más de una vez terminé sobre la hierba viendo pasar estrellas fugaces bajo el manto infinito de las estrellas. Alguna vez el sol me levantó, en esa ocasión alentado por el llamado de José Luis Calume, el amigo de infancia de Raúl, quien desde la casa vecina coordinaba el reparto del suculento sancocho que nos regalaron los anfitriones campesinos de El Tapón, vereda donde habíamos amanecido.

A comienzos de la década del 2010 tuve que volver a esa región. En el ejercicio de una consultoría debía coordinar la asamblea regional de los miembros de Ecofondo en la costa, y viajé por tierra de Sincelejo a Tolú, obviamente pasando por Toluviejo, no sin dudarlo después de haber conocido las atrocidades de las masacres y la violencia sostenida durante años por los paramilitares en los Montes de María, cuyo sector occidental precisamente son las colinas de La Piche. La desolación y al abandono de la carretera antes poblada por puestos de venta de comida y corrillos de niños, era absoluta; y las cercas eléctricas de las grandes haciendas y el ganado habían reemplazado las casas campesinas y al campesinado mismo… El viaje, que se hizo interminable por ese territorio devastado, cuyo vacío acrecentaba la nostalgia y el duelo que aún no cesaba por el trágico final de Raúl unos diez años antes, no dejó de darnos la sorpresa a los cuatro pasajeros que íbamos en el busecito: en medio de la nada un músico acordeonista se subió a medio cantar vallenatos de la última generación, y de pronto improvisó unas trovas sobre los paras ya incorporados al paisaje y al folclor, antes de retornar a la carretera y desaparecer en la canícula…

Manes de ese realismo mágico que pude probar en muchas ocasiones con Raúl. En 1971 o 72 fue nombrado director del grupo de teatro del Externado, en el cual había actuado estelarmente en obras de resonancia nacional bajo la dirección de Carlos José Reyes, en compañía de Tania Mendoza, caleña que se nos fue de pronto a las montañas de Angola a unirse al Frente de Liberación de ese país, después de haberse encontrado con un dirigente del mismo en un Congreso mundial de artistas revolucionarios realizado en Yugoeslavia. En el retrato que Raúl le hizo mucho después, le cantó: 

“Mujer de una belleza de otra parte/ tuviste que cruzar el océano/ para encontrar el amor./ Te nos fuiste Petulia casi para siempre/ y casi ninguno de nosotros se dio cuenta/ de lo ensimismados que estábamos/ con nuestras anémicas vidas/ para entender tu aventura de amor./(…). Tania Mendoza Robledo/ precoz trágica de los escenarios colombianos/ Bruja/ Moría en cada noche como la flor de la coraguala/ y perfumaba de tristezas/ a todo el que tuviera la dicha terrible/ de contemplarla/. Donde esté la imagino animando/ algo casi modesto en apariencia/ algo que casi no le importe a nadie”.

Pronto inauguramos un período de la amistad donde nos paseábamos por los restaurantes de la ciudad o armábamos la rumba con los mejores vinos y tragos, y la mejor vareta del mundo, gastándonos el dinero que Raúl ganaba como director del grupo de teatro de la universidad; ahora recuerdo las discretas fiestas en casa de Juan Manuel Ponce, cuya colección de armas lucía en la pared hasta que el temprano M-19 se las llevó, como bien lo ha contado en su Escrito para no morir, María Eugenia Vásquez, La Negra, nuestra amiga y compañera suya de antropología en la Nacional, a donde se pasó Juan justo cuando entré al Externado. O El Greco, un mentidero de la 23 arriba de la Caracas que tenía rocola y toda la colección de discos de Adamo, Chavela Vargas, Aznavour o Ledesma, cuyo dueño empapelaba el centro con frases ingeniosas convocando a oír la nueva música que le había llegado; y las fiestas en casa de Carlos José Reyes, verdaderos carnavales del teatro, donde este hacía brillantes improvisaciones como “El profesor alemán”, y se turnaba con Santiago García y la gente de la Casa de la Cultura, por entonces escenario de la fundación de la Corporación Colombiana de Teatro, cuyas asambleas nos ocuparon en intensos debates sobre el teatro pancarta, Grotowski o Stanislavski, el teatro experimental o la naciente creación colectiva del TEC, bajo agudas ironías y categóricas posturas políticas. Me parece ver ahora a Enrique Buenaventura en un debate dentro de la oscura sala de casa de la calle 12 donde aún funciona la sede de dicho teatro, respondiendo con picardía cuando un contradictor le reparó por el uso de la expresión “¡por Dios!” en un giro verbal de un comunista. Al rato, en otro momento de su exposición, miró a quien le había molestado, y dijo: “Por el diablo que tengo razón, porque ese sí existe, compañero”.

Era una época en que combinábamos la política y el arte a través de la lúdica más absoluta, y en eso Raúl era también un maestro: ante la dificultad de convocar a los estudiantes a la asamblea general previa a la marcha programada en toda la ciudad por el comité distrital del movimiento estudiantil, al cual yo pertenecía, Raúl sacaba el grupo de teatro en pleno y envolvía en la cafetería a los indiferentes comensales con una larga tela, y los iba conduciendo hasta el sitio de la reunión, en ocasiones cantando de viva voz melodías que estaba preparando para su obra del momento: “Quien no trabaja no vivirá, y en el mercado no podrá estar, nosotros trabajamos y construimos, la historia camina bajo nuestros pies. Trabajo y gloria son lo mismo, quien no lo asuma bajará al abismo…”.

Otro de sus sketches fue el poema de Vallejo recitado sobre el “cadáver” de un actor derrumbado súbitamente en el piso en la mitad de la cafetería: “Al fin de la batalla, y muerto el combatiente,/ vino hacia él un hombre y le dijo: ´No mueras, te amo tanto!’/ Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo./ Se le acercaron dos y repitié- ronle: ‘No nos dejes! Valor! Vuelve a la vida’./ Pero el cadáver ¡ay! Siguió muriendo./ Acudieron a él veinte, cien, mil, quinientos mil, clamando: / ‘Tanto amor y no poder hacer nada contra la muerte!’./ Pero el cadáver ¡ay! Siguió muriendo./ Le rodearon millones de individuos, con un ruego común: ¡Quédate, hermano!’/ Pero el cadáver ¡ay! Siguió muriendo./ Entonces, todos los hombres de la tierra le rodearon;/ les vio el cadáver triste, emocionado; /incorporóse lentamente, abrazó al primer hombre;/ echóse a andar…” (Masa, de los Poemas Humanos). 

Por supuesto en la noche, después de la exitosa asamblea donde no faltaba el debate con los escasos pero beligerantes exponentes del conservatismo o del liberalismo dentro del estudiantado del Externado, y de la marcha hacia la séptima y la plaza de Bolívar que se unía a las gigantescas manifestaciones estudiantiles de esos años, nos divertíamos por partida doble cuando recordábamos el estupor y luego la risa de quienes habían sido sorprendidos por aquellos intensos juegos, que muy pronto se proyectaron sobre el escenario internacional cuando el grupo de teatro del Externado fue seleccionado para representar al país en el festival de Manizales, al cual fuimos dos veces.

La primera con una obra fallida, Las Nupcias de su excelencia, cuya presentación inaugural en el teatro Los Fundadores fue antecedida por un comunicado sobre arte y política de mi redacción, que causó sensación y enorme expectativa por la representación colombiana entre los visitantes internacionales. Calcado de los manifiestos del surrealismo y de los criterios de Trotski sobre la imposibilidad y el sinsentido de un “arte proletario” en una transición de la humanidad hacia una sociedad comunista en la cual los mejores contenidos o “conquistas” de todas las épocas se sintetizaban para todos, dicho comunicado había sido previamente repartido profusamente en los mentideros del festival.

La obra, la primera de Raúl como autor, y como director, y la primera de la mayoría de actores estudiantes de la universidad, pretendió condensar en el escenario al mismo tiempo una sátira feroz al régimen político y a la clase dominante, y las propuestas pictó- ricas de Botero con un remedo de misa lefebvriana en un ritual de matrimonio que se resolvía de forma solemne en el momento de la elevación, cuando aparecía un enorme pastel sobre una mesa que caminaba sola por el escenario bajo los golpes de tambor y del profundo coro del Sanctus de la Misa Luba, mientras el grupo de comensales-feligreses se quedaba estático dentro de una especie de foto fija; para lo cual Raúl envolvió a los actores en miriñaques y aditamentos de icopor que les convirtió en una galería de gigantescos gordos y gordas alrededor de una enorme mesa donde finalmente no pudieron cenar, porque por supuesto se desbarató en pleno escenario, derrumbándose con estrépito, como hubiéramos querido que pasara con el propio régimen. Así, lo que logramos fue una tragicomedia, después de la cual incluso tuvimos el arresto los actores y quienes ayudábamos en la tras-escena, de salir a enfrentar la risa del público y la algarabía de los partidarios del arte proletario, sin duda más sólido que el nuestro. Raúl no llegó: se había desmayado tras bambalinas, y ya no lo vimos más hasta unos meses después, cuando regresó de un retiro en su tierra.

Con Los Acarnienses, dos años después, fue la vencida: esta vez la crítica al poder se logró con esa espléndida puesta en escena de la obra de Aristófanes adaptada y dirigida por Raúl, con episodios sacados de las escenas de las bacantes de El origen de la tragedia, en el espíritu de la música, de Nietzsche, que leímos juntos durante varias noches. En la obra, el tiempo siniestro del poder y de sus escenas en penumbras es subvertido por la irrupción de la recitación de Amén, el poema de Álvaro Mutis, que parten el tiempo y desgarran el espacio escénico, y destapan una luz plena sobre la fiesta de innumerables faunos y danzantes con sus falos erectos al aire correteando al tenor de la flauta de Silvia Mejía, quien con cabeza de ciervo y torso descubierto despejó el camino del desquite de los trabajadores cansados de la guerra, y dejó en el aire el sentido de la sentencia del poeta: “Que te acoja la muerte con todos tus sueños intactos./ Al retorno de una furiosa adolescencia,/ al comienzo de las vacaciones que nunca te dieron,/ la muerte te distinguirá con su primer aviso,/ te iniciará en su constante brisa de otro mundo./ La muerte se confundirá con tus sueños,/ y en ellos reconocerá los signos que antaño fue dejando,/ como el cazador que a su regreso,/ reconoce sus marcas en la brecha”.

Esta vez la obra, un éxito total en sus presentaciones en varias salas alternas del festival, fue precedida de una comparsa por las calles de Manizales que generó protestas del arzobispo y de La Patria, el periódico conservador del viejo Caldas, pero al mismo tiempo la más entusiasta acogida por la multitud. Raúl, en esta ocasión, como siempre supo hacerlo, dirigía en el escenario y fuera de él, e improvisaba todo el tiempo: al llegar a la ciudad no teníamos albergue, y después de un par de horas de permanecer en la plaza con todos los corotos de la obra y las maletas de la troupe, desconcertados recibimos señales de aquel sobre su acuerdo con la dama que dirigía un burdel ubicado a tres cuadras de la catedral, donde pasamos todo el festival alojados en sus diferentes cuartos, en mi caso acompañado de María del Rosario Lleras, con quien compartimos y disfrutamos cada día los deliciosos desayunos servidos al unísono con las trabajadoras sexuales en el enorme mesón del patio central de la casona. De ese modo, la obra no paró nunca: recuerdo a medianoche a Santiago Mutis pintando con un aerosol un corazón rojo encendido en cuanta estatua se encontraba en la ciudad, o a José Víctor Guerra cantando la canción de quienes caerían al abismo, con que terminaba la obra.

Más tarde Raúl montó de forma espléndida El gran teatro integral de Oklahoma, sobre la obra América, de Kafka, en cuyo telón de fondo cobraba vida el pez grande comiéndose al chico, síntesis de dos cuadros de Paul Klee, Conquistador (1930), y El pez dorado (1925). Al final de la obra, el maoísta de turno increpó a Raúl porque aquella solo evidenciaba los infortunios y la decadencia de la pequeña burguesía, y en ese sentido se trataba de una obra decadente; y después de la aparente contundencia de la diatriba, tras un breve y estudiado silencio, Raúl volcó al auditorio a la risa y el aplauso unánime cuando le agradeció a su oponente, en tanto eso precisamente se había propuesto como autor y director: mostrar las tribulaciones del inmigrante.

Ya para entonces nuestros caminos se habían bifurcado, aunque no dejamos de vernos de cuando en vez, en las buenas y en las malas, siempre Raúl con un duelo que me demoré años en percibir en sus reales dimensiones, y menos en su calidad de duelo como tal; y tal vez por ello solo con los años comprendí el esfuerzo que le significó primero aceptar mi presencia habiendo tenido que cancelar interiormente y en silencio su expectativa amorosa, y luego el encono y la rabia evidenciados en algunos de sus momentos más críticos, en todo caso contenidos bajo un respeto personal que nunca depuso, más allá de puntuales y pasajeras agresividades, la mayor de las cuales consignada en el poema que me dedicó en su libro Retratos, en el cual se propuso romper sus vínculos afectivos con la mayoría de sus amigos, dedicado incluso con crueldad a subrayar lo que en su opinión eran nuestras debilidades. Dio así rienda suelta a una faceta de moralista que siempre lo acompañó, desde la cual se permitía juzgar a tirios y troyanos, y hacerlos objeto de sus chistes y sátiras cotidianas.

Habíamos caminado juntos casi tres años con una intensidad que para mí no era desconocida en la dimensión de la amistad adolescente, habituado a unos pocos amigos durante todo el bachillerato. En las noches, cuando caminábamos hablando de todo, recomendándonos lecturas, contándonos anécdotas y textos en jornadas en que la despedida se aplazaba cuando el uno decidía acompañar al otro hasta su casa, y viceversa, y así hasta al amanecer, en verdaderas singladuras en las cuales conocí los cuentos completos de Cortázar de su boca, a veces mejorados por su mímica y sus adaptaciones al lenguaje de nuestro país; o en el día, en los tiempos muertos de sus ensayos de teatro, o de los mítines y asambleas que de mi parte no cesaban; o durante los muchos viajes que compartimos a veces decididos de modo intempestivo, a Villa de Leyva, por ejemplo, a media noche, a ver el amanecer tomando vino desde las laderas de Iguaque; o a la Costa… 

Hasta el desencuentro en una caminata por el playón de Bocagrande aún no disminuido por la avenida que lo circunda. Al fondo se divisaba la cúpula de la catedral, y en la penumbra de esa playa de pronto Raúl me echó el brazo por encima de los hombros, en un gesto que ya no era el del amigo en medio de la embriaguez y la exaltación, o el de la amistad, y que congeló nuestro tiempo juntos para siempre, ante mi desconcierto y mi certeza de que ese no era mi camino. Esa noche pasamos juntos una de las noches más amargas de mi vida, en el cuarto de la residencia del centro de Cartagena donde nos habíamos alojado, cada uno en un camastro al extremo de la habitación separados por varios camastros vacíos; era la negación de todo lo que habíamos sido hasta ese momento: la ausencia de palabras, una enorme distancia y un estupor imposibles de digerir, por esa dimensión del amor que pocos años después se abriría en la vida de Raúl como algo conocido por todos, y en la propia sociedad como un camino posible y civilizado.

Dos años después intenté de forma ingenua retomar la amistad, y en el garaje de la calle carrera 19 con calle 45 donde vivía Raúl me dio una lección final, radical y tan altiva como soberbia. Al tenor de una buena vareta, se desnudó sorpresivamente sobre su cama, y me dictó una verdadera cátedra sobre el amor homosexual, los atajos y la brevedad de la seducción en la vía pública, el drama de la elección de los roles eróticos, la dificultad de estabilizar una relación contra una moral dominante, implacable y discriminadora; pero también las virtudes de un mundo tan intenso como entrelineado en la cotidianidad de una sociedad patriarcal y machista: la fluida comunicación y las amistades profundas con las mujeres, la comprensión del dolor ajeno… Y por supuesto, ya no volví más; aunque con el tiempo Raúl me incluyó en sus itinerarios cuando se volaba de los sitios de reclusión donde lo confinaba José Luis Calume, su amigo convertido en siquiatra, e irrumpía a medianoche en mi casa, como en las de otros amigos, y se tomaba la música y la licorera, liaba sus baretos, ponía la música de siempre y armaba la fiesta hasta el amanecer cuando preparaba desayuno para todos, siempre solícito respecto de cada uno, preguntándole a cada cual lo pertinente sobre su vida, cuando ya él mismo “no usaba de eso”. 

Y después desaparecía como había venido, no sin llevarse algún ejemplar de un libro o un cuadro antiguamente regalado, leído o conseguido juntos. Años después vine a entender el sentido de un regalo que me hizo en uno de mis cumpleaños: tres pequeños cuadros sobriamente enmarcados que tuve mucho tiempo en la pared de mi estudio, hasta que en una de sus apariciones Raúl dejó solamente dos: el primero, el rostro del David, de Miguel Ángel; el otro, El esclavo moribundo, y el tercero, que se llevó sin decirlo, completaba dentro del conjunto un bello y sensual movimiento de aproximación al cuerpo masculino: se trataba de Antínoo, al cual le dedicó el poema del mismo nombre, que leí más tarde en su libro Hijos del tiempo.

Una de las últimas veces que pudimos hablar fue la visita que le hicimos con Socorro Vásquez cuando regresábamos de una estancia en Coveñas recién nos habíamos conocido. Había sabido por Milcíades Arévalo sobre su extravío pero también sobre sus tiempos de lucidez. Pasamos por Cereté y en la espléndida casona ya no había sino desolación: Raúl se había devorado todo, los había expulsado uno a uno incluyendo a la Niña Lola, sin poder reponerse de la muerte del viejo Joaco, unos años antes; y había empezado a desatar la animadversión de sus vecinos a punta de provocaciones que se han hecho legendarias, y que han sido tan bien narradas por Heriberto Fiorillo en su excelente obra Arde Raúl, o escogidas una y otra vez por el morbo de ciertos periodistas e incluso por algunos “intelectuales” que especulan con la locura y el dolor ajeno, como si fuera parte del folclor o de algo chic dentro del arte. Pero en esa ocasión Raúl estaba sobrio y lúcido, aunque algo ansioso. Se mecía en su hamaca colgada de lado a lado del cuarto, por encima de los restos de botellas, latas y periódicos que poblaban el amplio piso del antiguo cuarto de la Niña Lola, y a pesar de todo hilvanó con nosotros una conversación como en los viejos tiempos, hasta el punto de que nos sorprendió con la lectura de sus primeros poemas. El actor y director de teatro había empezado a escribir poesía, y ya tenía un libro completo, que nos entregó con el encargo de llevárselo a Juan Manuel Ponce, quien después lo editó como un eslabón más de una amistad que supo sobreponerse a todo y no declinó jamás. Unos quince años después Juan Manuel se ocupó, dentro de su discreción de toda la vida, de los arreglos funerarios de Raúl… Aquella devastación, pienso ahora, fue tal vez una triste y dolorosa premonición de la que aconteció unos años después en la región entera, y de algún modo del trágico destino del propio Raúl en Cartagena.

Pasó un lustro, y en algún encuentro casual que tuvimos Socorro y yo con Raúl cerca de Colsubsidio, en Bogotá, cuando deambulaba por las calles de la capital como un mendigo, me permitió atender su pedido de comprarle en la librería de ese almacén varios ejemplares de Retratos. Amanecer en el valle del Zinú. Del Amor. Tríptico cereteano, en la edición de la Fundación Simón y Lola Gubereck, de 1988, por cierto dedicado a su padre; uno de los cuales, que aún conservo, nos regaló y dedicó con su letra grande y desbordada: Para Hernán Darío y Socorro con cariño de hermano. Raúl.

Hace poco, en un recital en la Casa de poesía Silva ofrecido por Beatriz Castaño cantando los poemas de Raúl, me sorprendí haciendo coro con todos los asistentes el poema Si las nubes, ahora en el imaginario colectivo como uno de los más bellos de la poesía colombiana: “Si las nubes no anticipan en sus formas, / la historia de los hombres…/ Si los colores del río no figuran / los designios del dios de las aguas, / Si no remiendas con tus manos de astromelias / las comisuras de mi alma, / Si mis amigos no son / una legión de ángeles clandestinos, / ¿Qué será de mí?”.

En julio de 1999, en una de las primeras tareas que hice como asesor de la Dirección de la Unidad de Parques Nacionales, viajé por las Islas del Rosario con una comisión de la Fiscalía y de la Procuraduría que estaba reconociendo las invasiones de predios privados sobre dichas islas, islotes y playas. Después de diez días con sus noches de intensas experiencias donde pudimos constatar y establecer pruebas hacia procesos judiciales respecto de ese desborde de apropiación privada de las élites sobre los bienes comunes sin importarles nada más que una irracional distinción y un fugaz uso anual de dichos espacios, volví a Cartagena, de donde habíamos partido, y me alojé en esa bella casa que Peter Tomkins había habilitado en la calle de la Factoría como residencia de paso. Llegué al mediodía y después de una buena siesta y baño, salí al atardecer a caminar por la ciudad vieja con la intención de llegar hasta el zaguán de la escuela de bellas artes, en la Plaza de San Diego en frente del hotel Santa Clara, donde había vivido Raúl Gómez según el relato de Vladimir Marinovich Posso, y luego hasta la plaza de Santo Domingo, donde pasó con su abuela unos años de su bachillerato, según me había contado en alguno de nuestros viajes por la costa y por nuestras infancias. Me debía una ida a Cartagena desde la trágica muerte de Raúl, el 22 de mayo de 1997, dos años antes, y en varias ocasiones la había aplazado en parte por la aprehensión que me ocasionaba el pensar que iría a retornar a unos lugares entrañables, ahora cargados de una historia personal que según aquel relato no excluyó patetismos ni melodramas, pero siempre llenos de intensidad afectiva en mi propia historia. Y ahora estaba allí. Al salir del hotel y voltear dos veces a la derecha, primero hacia la muralla y luego hacia el teatro Heredia, me encontré de frente con un grafiti enorme escrito con gruesos brochazos sobre la muralla en todo el frente de la especie de plazoleta que se abre alrededor del teatro: “Creo en el pasado como un punto de llegada. Raúl”.

Al estremecimiento que sufrí le sucedió la sensación de que Raúl estaba en cualquier parte, a la vuelta de la esquina, observándome, saltando con esa alegría contenida, burlona y alevosa que le conocí en tiempos del teatro del Externado cuando develaba los secretos íntimos de algún actor, y los divulgaba con sus intensos e implacables juegos de palabras. Y en efecto, esa noche no pude dejar de sentir que de algún modo ya Raúl era parte de esas callejuelas oscuras por donde ahora y de algún modo aun se sentían los ecos de sus risotadas, pero también por las cuales flotaba el extravío de sentirlo viviendo en ese zaguán, destilando ese éter de imprevisibilidad y miedo, pero también de amor y de gratitud que recuerda Marinovich en su relato:

“Estos escenarios de la ciudad amurallada (…) que el poeta disfrutó de una manera particular que pareció romper el ‘tedioso orden normal’ de las cosas con sus imprevisibles manifestaciones de agresividad. El Parque de San Diego fue uno de ellos, donde pasó parte importante de su último año de vida. Donde esperó el Amor, el Nuevo Amor. (…) Donde debió escuchar todas las mañanas los quiebres estridentes de los loros silvestres entre las copa de los dos higuerones, del único roble, de las tres palmeras reales altas y solitarias, de los techos de las casas vecinas de dos plantas. (…) Donde persiguió a sus enemigos reales o imaginarios, mientras fumaba, bebía y hablaba con su vozarrón y su acostumbrada teatralidad. (…) Donde cazó a sus amigos que entraban a la tienda para mendigarles cualquier chuchería por las buenas o por las malas, según su estado emocional. (…) Donde compartió el pequeño espacio de quinientos metros cuadrados con los estudiantes y los profesores en los ratos de esparcimiento. Donde dividió ratos de amistad y de peleas con la señora que vendía fritos por la noche, con el muchacho de los perros calientes, de los confites y los cigarrillos; con los carretilleros que se rebuscaban con la venta de mango biche con pimienta y sal, de raspado de hielo con almíbar de tamarindo, cola, limón, crema de arroz con vainilla y nuez moscada; con los tinteros que pasaban por ahí con sus termos de café y tisana aromática, y les pedía un tinto caliente, el más grande, en vasito de plástico, a cien pesos. (Donde…) alcanzó a dedicarle a la directora (de la escuela) una poesía…: ‘Estar entre artistas / no es fácil / pero tú Sofía Camacho / con tu alma de mañana / (con luna) / haces posible que el mar / y el cielo / entren a esta Escuela / y la iluminen / de naturaleza. // Has venido / y has triunfado / y has hablado / y todos te escuchamos. // Quédate / No te vayas / que eres necesaria / como esa luna de hoy / que como un farol pálido / ha iluminado / esta mañana.’ (…) Estos sentimientos de gratitud que muchas veces brotaban del poeta, también los presencié en Bocagrande a mediados de enero de 1997. Se acercó a los Sanandresitos Maiquito, donde lo conocían todos los comerciantes. Estos empezaron a llamarlo para que les comprara en su puesto de venta. Raúl estaba andrajoso, pero de puesto en puesto compraba una hamaca, un morral, una grabadora, una machetilla en una cubierta de cuero, medias, pintalabios, un par de zapatos americanos con una tela especial para andar en playa talla 44, toallas, pañuelos, pañoletas, frascos de perfumes y colonias de diversas fragancias, cremas humectantes para la piel, champú y bálsamo, crema de afeitar, baratijas como collares, pulseras, anillos, una pantaloneta lycra que cambió por un pantalón sucio y hediondo que llevaba puesto y que dejó abandonado en el baño, un suéter blanco con la leyenda en letra anaranjada Cartagena de Indias; y toda esta mercancía la pagaba con billetes que sacaba de varias cajetillas de cigarrillos, los últimos saldos de los seis millones cuatrocientos mil pesos de la beca de Colcultura, que entre noviembre 12 del año anterior y enero 21 de 1997 se los estaba administrando Ligia Ochoa, coordinadora del Museo de Arte Moderno, como una pesadilla. Así, transformado con su nueva vestimenta: Los zapatos de agua, la pantaloneta de lycra morada, el suéter de Cartagena, además de una buena dosis de perfume y colonia por todo el cuerpo y una pañoleta roja en la cabeza, paró un taxi en la avenida San Martín y dijo que lo llevara a Cereté, distante trescientos veinte kilómetros, con su familia y sus amigos. ¿Acaso era premonitoria esta última visita a las planicies del Sinú? ´Voy a donde mi gente’, se despedía de todo el mundo con el taxi lleno de regalos, y desde el vehículo en marcha decía adioses con la mano”. (Vladimir Marinovich Posso, Los últimos días del poeta Raúl Gómez Jattin, Bogotá, Ministerio de Cultura, abril de 1998, pp. 67 y 68, 73 a 76).

Aún siento esa despedida cada vez que la vida me depara caminar por esas calles, o por estas donde vivo, “las mismas calles” en las cuales como en aquel poema de Kavafis que leímos juntos, siempre “la ciudad te seguirá”. Me cuentan que su tumba en el cementerio de Cereté está cobijada por una enorme ceiba, el árbol de la memoria en el Caribe, desde y sobre el cual Roberto Burgos escribió su monumental novela sobre ese mundo de los palenqueros, también al otro lado del espejo.

*Fragmento de Como marcas en la brecha: Una historia de vida.  El Peregrino Ediciones, 2015.

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