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Recogiendo la tinta derramada

La literatura peruana vive un momento brillante. El New York Times le dedicó un especial, sus escritores ganan premios. El lanzamiento de una antología de cuentos, en medio del retorno de Alan García al poder, pone a la violencia política en el centro de la reflexión.

2010/03/15

Por Fernando Lozano

El senderista Hildebrando Pérez Huarancca fue el autor de la matanza de sesenta y nueve campesinos en el poblado de Lucanamarca, en el departamento de Ayacucho. Éste fue uno de los episodios más dolorosos de la guerra interna que vivió el Perú entre 1980 y 1992. Pérez también escribió un relato bello y conmovedor sobre la injusticia y el abandono en que vive la gente del ande; en él esgrime una metáfora sobre el levantamiento que desde la sierra protagonizó el grupo terrorista Sendero Luminoso (SL). Más que una premonición, su cuento se convirtió en una advertencia.

La inclusión de su relato “Oración de la tarde”, escrito en 1974, como apertura de Toda la sangre. Antología de cuentos peruanos sobre la violencia política (Editorial Matalamanga, 2006) demuestra que ya se escribía sobre el tema antes de que estallara la “lucha armada” entre los senderistas dirigidos por Abimael Guzmán y el Estado; una verdad soslayada por los últimos premios internacionales obtenidos por escritores peruanos con novelas que tienen como escenario los años de la violencia política, como La hora azul de Alonso Cueto (Herralde, 2005) y Abril rojo de Santiago Roncagliolo (Alfaguara, 2006).

No obstante ése no es su único mérito. Tal como refiere el crítico literario Gustavo Faverón Patriau, compilador de la antología, la presencia de Pérez Huarancca “en el nuevo indigenismo literario peruano, con su libro Los ilegítimos, de 1975, es importante, más allá de su actuación posterior”. De acuerdo con su revisión, se han escrito aproximadamente trescientas narraciones sobre el tema de la violencia política entre cien escritores peruanos, por lo que defiende que la selección “quiere observar precisamente las respuestas estéticas y creativas, las reacciones del lenguaje literario ante una experiencia límite como fue la de la violencia político-social”.

Entre los antologados están el mencionado Cueto, con su novela corta Pálido cielo que revive el atentado de la calle Tarata en Miraflores en 1992, que fue el clímax de la violencia a la que llegó Sendero Luminoso en Lima; Fernando Ampuero, en “El departamento”, explora el castigo de la injusticia que podía padecer cualquier persona por estar en el lugar y en el momento equivocado; “El mural”, de Osvaldo Reynoso, narra la visión de un pintor que, sin saberlo, retrata la preparación de un atentado y su consecución.

Destaca la nouvelle Adiós Ayacucho, de Julio Ortega, que dibuja una fallida reconciliación, basada en la mentira y la falsificación, matizada con humor negro. Es la historia de Alfonso Canepa, un dirigente campesino ayacuchano que ha sido torturado y asesinado por los militares, y cuyo cuerpo –mutilado por una explosión de granada– fue enterrado en una fosa común. Canepa, o lo que queda de él, emprende una larga travesía hacia la capital para hacer un reclamo. “Vine a Lima a recuperar mi cadáver”, dice hilando las palabras con que iniciará su discurso cuando llegue a la ciudad de los reyes. Finalmente une sus huesos con los falsos restos del conquistador Francisco Pizarro.

Toda la sangre llega en una coyuntura política y literaria en la que el tema de la violencia política está más vivo que nunca: el presidente Alan García ha planteado la aplicación de la pena de muerte para los terroristas en respuesta al reinicio de las actividades de Sendero en los conos de Lima. El gobierno y la Iglesia atacaron a la Comisión de la Verdad y Reconciliación (CVR), que en el 2003 determinó que 69.000 personas murieron entre 1980 y 2000 por la violencia política y sindicó al Estado como el segundo mayor violador de los derechos humanos; Abimael Guzmán fue sentenciado en un segundo juicio a cadena perpetua. Todo en sólo unos meses.

En el ámbito literario, se está comenzando a reconocer en el extranjero una literatura peruana de la violencia política. El diario The New York Times le dedicó a fines de octubre un artículo a esta efervescencia llamado “Past War and Cruelty, Peru’s Writers Bloom” (“Tras la guerra y la crueldad, los escritores peruanos florecen”), en el que señala que “Lima es otra vez uno de los escenarios literarios más brillantes de América Latina” y destaca a Cueto y Roncagliolo.

Precisamente este último, escribió que la publicación del informe de la CVR, “marca ese giro” en el que “se ha clausurado la confrontación y se ha inaugurado el momento de reflexionar, la necesidad de los peruanos de leer al respecto, de saber qué ocurrió y de hacerlo con la tranquilidad y la distancia que no era posible mientras la guerra estaba en curso”.

Hay que mencionar que al igual que miles de peruanos, Pérez Huarancca nunca apareció. Algunas versiones dicen que está muerto, que terminó sus días con otra identidad en alguna prisión, o que vive en Estados Unidos. Su brevísima obra era un reclamo. No hay que olvidarse de Pérez Huarancca ni de su drama, no hay que olvidar su advertencia, no hay que enterrar en la memoria a esos miles de muertos que dejó la violencia política.

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