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Remontar el río del tiempo

Andrés Burgos recorré la ciudad protagonista de la obra Mi hermano el alcalde de Fernando Vallejo

2010/03/15

Por Andrés Burgos

Para llegar a Támesis, un pueblito perdido en las montañas del suroeste antioqueño, son necesarias tres horas y media de viaje desde Medellín siguiendo una carretera que haría que cualquiera canjeara su reino por una pastilla de Mareol. Mi objetivo es confrontar lugares y personajes reales con aquellos que transitan la novela Mi hermano el alcalde, de Fernando Vallejo, donde se narran las peripecias de Carlos, su hermano, quien fue elegido alcalde del pueblo entre 1998 y 2000. Me respalda una invitación literaria e indirecta con la que el propio Vallejo abre su relato: “Vaya a ver y verá. Lo invito. Con todo y suegra y sus amigos y los amigos de sus amigos y todo el barrio y la parentela a beber aguardiente gratis de cuenta mía y a constatar...”. Nadie me sirve aguardiente gratis cuando llego, pero da igual. La embriaguez a la que me ha llevado el camino me acompañará los días que pase acá haciendo preguntas y buscando referentes geográficos del libro, una tarea que parece fácil porque en un inicio Támesis se entrega sin prevenciones.

Pronto estoy cenando con la familia de la doctora Luz Elena Velásquez, personaje de la historia y uno de los pocos habitantes del pueblo que ha leído Mi hermano el alcalde. La novela la nombra como Rosa Luz Alegría y pasa a describirla como una infectóloga que le quitaba a Carlos Vallejo noviecitos y enfermedades por igual.

“Lo de los muchachitos es mentiras”, se ríe, “pero lo de las enfermedades sí es cierto”.

Un día el futuro alcalde, a quien por entonces aún no se le había pasado por la cabeza ni siquiera lanzarse como candidato, se sintió morir y mandó llamar a la doctora convencido de tener sida. El diagnóstico de Luz Elena –y de Rosa Luz– fue que se trataba de un dengue, algo a lo que el Vallejo narrador le asignó secuelas en el libro: “Pues bien, ese dengue que encendía a Carlos la cabeza y lo ponía a delirar fue el causante de su desvarío: no bien salió la doctora se le metió en la cabeza que quería ser alcalde de Támesis y todos lo teníamos que apoyar”.

Detalles más, detalles menos, la secuencia de hechos se dio así en la vida real y meses después Carlos Vallejo se vería a la cabeza de una administración que, por particular, no olvidan ni sus seguidores ni sus detractores. Su alcaldía hizo gala de hechos y personajes tan coloridos que la realidad estuvo a la altura de la prosa hiperbólica de su hermano, el escritor. Fernando Vallejo simplemente tuvo que acomodar la temporalidad de algunos sucesos a su antojo, licencia que nos anuncia entre líneas: “Mi problema con los libros es que son sucesivos y yo soy simultáneo: todo lo veo y lo siento y lo quiero a la vez”.

El tiempo es el principal abismo que separa a Támesis de su álter ego literario. En otros aspectos resultan prácticamente idénticos: ambos ostentan una vista privilegiada sobre valles y cordilleras, administran un clima caritativo que se columpia entre el calor moderado y la bruma fresca y albergan individuos que no deciden cuál lado del espejo quieren habitar.

Las personas que pueblan Mi hermano el alcalde son reales. Aunque en algunos casos el novelista alteró sus nombres, bastan un par de pesquisas superficiales con la doctora Velásquez para saber de quiénes se trata. Memo, el novio de Carlos, se llama Memo; Cagaíto, el niño mimado que terminó convirtiéndose en un pequeño sátrapa, es Carlitos; Eufrasio, reconocido semental que en el libro reparte amor carnal sin mirar a quién, responde si uno le dice Libardo, y así sucede con todos. Si no me creen, vayan y compruébenlo. Y pidan aguardiente, que Vallejo invita.

Un cruce de horarios me impide conocer a Carlos Vallejo. Esto no me preocupa porque su figura atractiva, su tozudez y sus excentricidades se dibujan claramente en las palabras de cada una de las personas con las que converso. Termino viéndolo a la vuelta de las esquinas, como si se tratara de un fantasma más de aquellos que comparten las páginas de Mi hermano el alcalde y la imaginación de los tamesinos. Es un espectro a la altura del padre Orozco, quien se les aparece en el monte a los caminantes para hacerles un reclamo: “Hijueputas, me enterraron vivo”.

Pasadas veinticuatro horas debo reconsiderar mi impresión inicial. No estoy frente a un pueblo que se acople con su hermano literario sin chistar. Cada vez que le viene en gana, se niega a ser coordenada de guía de viajeros y se aleja agitando un plumaje desmesurado. Más tarde, cuando uno menos lo espera, regresa como una cometa fiel. Reina entonces la confusión y parece que todo hubiera sido cubierto por la niebla que vagabundea por la plaza en ciertas mañanas.

Támesis es un personaje único de muchas cabezas y un sólo rostro, con linderos que se esfuman entre sus calles empedradas y una novela. Es el recipiente de un homenaje pasional, muy al estilo de Vallejo, mezcla de alabanzas y escupitajos, que no se halla inerme frente a maledicencia del escritor y contraataca cuando quiere. Está en capacidad de responder y lo hace a su modo.

Las malas lenguas de Támesis dan por hecho que los primeros ejemplares de Mi hermano el alcalde que llegaron al pueblo fueron piratas y, como si esto fuera poco, aseguran que el propio Carlos compró uno de ellos. Otra afrenta consiste en que la biblioteca municipal no cuenta con la novela en la que el escritor lo convirtió en protagonista. Allí apenas asoman su lomo Barba Jacob el mensajero, Logoi, Los caminos a Roma y El fuego secreto, los dos últimos en sus ediciones de los ochenta y con el precio aún escrito a lápiz: mil quinientos pesos. Lo dicho, Támesis responde a su modo.

Cuando leí Mi hermano el alcalde, de los lugares que allí se mencionan el que se me antojó más próximo a la exageración y la fantasía vallejianas, es decir, menos verosímil, fue la Plaza de la Tutela. Sin embargo, ahí está, es el sitio adonde fueron a parar los verduleros. Carlos –ficticio y real– lo bautizó así con sorna después de ganarles una tutela que le interpusieron cuando los sacó de la plaza principal porque hacían mucho caos y mugre.

También, preguntando un poquito aquí y otro allá, es fácil dar con la cantina donde una pareja cayó desnuda, a la vista de todos, engarzada en un acto amatorio y con las nalgas al aire luego de que se desplomara el suelo de madera y bahareque de las residencias que funcionaban en el segundo piso. El garito no se llama Indira, como asegura el libro, sino La Cueva, y los amantes, en lugar de ir a dar con su colchón respectivo encima de “el piano, como le dicen las putas” –según la novela–, aterrizaron sobre una mesa de billar.

Con las misma herramientas se puede constatar la existencia de la Avenida Laureano Gómez, que de avenida no tiene nada: “…Es una escalera empinada de dos cuadras que baja de lo alto de Támesis hasta la base del pueblo. Digo ‘baja’, porque no la sube nadie. Para subir la Avenida Laureano Gómez los tamesinos tienen que tomar globo aerostático”.

Emprendo el ascenso de sus noventa escalones y pronto me obliga a pedirle perdón por haberme burlado de lo ampuloso que suena ese Avenida. Eso sí, llego al tope. Medio muerto, pero llego. De modo que no soy el forastero más mariquita y flojo que ha pasado por allí, si hemos de creerle al libro: “A Pastrana hijo, o Pastranita, cuando fue a Támesis a lanzar su campaña para la Presidencia de la República, que coincidió con la de Carlos, como le dio miedo subirse al globo lo tuvimos que montar en un canasto habilitado de silla e izarlo con poleas y sogas”.

Este premio de montaña se torna en tontería al lado de la subida al Cristo Rey, el cerro tutelar de Támesis. La cima elevadísima es el único lugar que brinda una perspectiva adecuada si se quiere ver el pueblo como lo hacen los loros que sobrevuelan la novela y le gritan “hijueputica” a Tirofijo. Estos “poemas verdes”, como los llama Vallejo, páginas y horas más adelante serán mis guías hasta la finca La Cascada, propiedad de la familia del escritor y objeto de algunas de las remembranzas más entrañables en el libro.

La Cascada, que queda a escasos kilómetros, además de brindar nuevas pinceladas al retrato de la aldea, me devela secretos nuevos y personales del narrador. Allí entiendo el cauce por el que El río del tiempo, nombre que reúne cinco novelas de Vallejo y es su invocación recurrente, salta de un libro a otro. El caserón, con sus corredores cargados de nostalgias, pasa sin dolor al olvido una vez que enfrento la imagen sobrecogedora de la caída de agua que le presta su nombre. Así la describe él: “Imponente, hermosa. El agua se deshace en espuma y la espuma, en copos de ilusión. Musgos crecen en sus orillas y matorrales, y bandadas de loros vienen de excursión cada tanto a conocerla”.

El paisaje no puede ser más indiferente a la mesura ni menos temeroso de los excesos estéticos. Vallejo, exagerado por naturaleza, se queda corto en la descripción. La altura y el ruido de los tres saltos de agua fría me obligan a guardar un silencio reverencial. Al cabo de un tiempo tengo una visión. Al pie de la cascada, Fernando Vallejo se aferra a una horqueta que se ha atascado entre dos rocas. Lucha con el caudal para que no lo arrastre. Inconforme con el llamado del presente y el futuro, lanza gritos furiosos y da brazadas infructuosas. No pretende alcanzar la orilla. Quiere remontar la corriente, retar el tiempo en busca de una infancia muy parecida a la felicidad.

Cuando desaparece, creo entender una buena parte de su ira y frustración. Bañado por minúsculas gotas que rebotan de las piedras, siento que se aloja en mi garganta una furia que presumo similar a la suya y que crecerá a medida que me aleje de Támesis. Es amarga. Tiene el sabor del suplicio de quien se sabe condenado a perseguir, sin remedio y sin descanso, lo que ya ha dejado atrás.

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