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El indio Lorenzo, un olvidado de la Guerra de los Mil Días

El libro 'La guerra perdida del indio Lorenzo' de Rafael Baena retrata con amargura uno de los periodos cruciales de la vida nacional: las batallas de la Guerra de los Mil Días. Quedan en la retina las montañas de cadáveres, el humo amargo que asciende de las ciudades arrasadas y las familias deshechas por el plomo o la espada.

2015/11/20

Por Ángel Castaño Guzmán

La guerra perdida del indio Lorenzo

Rafael Baena

Alfaguara | 235 páginas | $42.000

Echando mano de uno de los recursos típicos de la novela histórica –el documento descubierto: en este caso una extensa misiva, redactada con un decenio de distancia de los hechos, oculta en el secreter de un pariente muerto–, Rafael Baena relata en La guerra perdida del indio Lorenzo uno de los periodos cruciales de la vida nacional: las batallas de la Guerra de los Mil Días. El escenario de las confrontaciones le permite al novelista sincelejano dirigir los reflectores al general cholo Victoriano Lorenzo, personaje casi por completo borrado de la memoria colectiva y de los manuales escolares. Luego de una breve nota introductoria –escrita por Saúl Cantor–, el lector sigue de cerca la narración en primera persona de las tragicómicas peripecias del mayor Vicente Orduz. El veterano de la campaña de independencia cubana y experto en la táctica guerrillera, después del descalabro liberal en Palonegro, viaja con la moral en los tobillos a Panamá, provincia en pie de lucha contra los gobiernos conservadores, hijos de la regeneración orquestada por Núñez y Caro.

Allá vive en carne propia los rigores del clima, conoce en detalle la miseria de los mandos militares y las conjuras por alzarse con un poder ilusorio. La escogencia de quien habla es una virtud del libro: si bien Orduz es juez y parte en el conflicto y, en consecuencia, su mirada está viciada por la ideología partidista, no pasa desapercibido el desencanto del combatiente frente a la dirigencia de las huestes insurgentes: pinta a los generales Herrera, Vargas Santos y Uribe Uribe como chafarotes incapaces de actos de grandeza, arrogantes pavos reales poco dados a intimar con la tropa. Al asumir la voz de un hombre que se juega el pellejo en el pestilente barro de las trincheras y en el lomo del potro Jericó, el autor le confiere al volumen un ritmo trepidante, rara vez posible de otra manera. La verdad, Baena es diestro en lograr ese efecto: Tanta sangre vista, ¡Vuelvan caras, carajo!, La bala vendida –sus anteriores ficciones históricas– se leen con deleite, a pesar de estar arraigadas en atrocidades.

Hay tanto en disputa: el destino de la patria, nada más, nada menos. En el horizonte los bandos perciben la presencia de los buques de la todopoderosa marina estadounidense –inevitable recordar la famosa escena del filme Garras de oro (1927): el Tío Sam, con el rostro a un paso de la monstruosidad, arranca el istmo de Panamá del mapa de Colombia–. Eficaz prosista, Baena deja en la novela migas de pan a modo de indicios que le recuerdan al lector los lamentables sucesos posteriores, de los cuales no se ocupa La guerra perdida del indio Lorenzo. Con el armisticio en el Wisconsin y el fusilamiento del general indígena se cierra el volumen. Quedan en la retina las montañas de cadáveres, el humo amargo que asciende de las ciudades arrasadas, las familias deshechas por el plomo o la espada. Y todo ¿para qué? Para aumentar el brillo de las charreteras de los caudillos. Difícil no compartir al final la amargura de Vicente Orduz: con rabia se les mienta la madre a los señores de la guerra, a los de ayer y a los de hoy.  

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