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Retraído señor de sus silencios

Su voz ha sido siempre crítica desde que se inició en el periodismo. Fundador de la revista Alternativa, autor de una gran novela, experto en arte y en toreo, es la conciencia de los poderosos a los que no perdona.

2010/03/15

Por M. A. Bastenier

Antonio Caballero, a una edad que ya devora los sesenta, es en estos tiempos de despilfarro en los que España aspira a convertirse en Noruega, la viva imagen del último español sobre la tierra; de la variedad colombiana, por supuesto, pero no por ello menos español, tanto cuanto España es el único país del mundo que aúna la condición de metrópoli y provincia de sí misma; español de México, español de Venezuela, español, por supuesto, de Cuba, y muy a la bogotana, español de Colombia. No significa eso que todos los colombianos, venezolanos, mexicanos, aunque cubanos casi sí, sean españoles, ni que eso constituya necesariamente un elogio; españoles sólo lo son los que quieren serlo más algunos a los que no hay que preguntárselo, y que, en caso de hacerlo, es irrelevante lo que respondan. A estos últimos pertenece el escritor y probablemente también periodista, Antonio Caballero. Y da igual lo que opine sobre su nacionalidad troncal porque la evidencia de su españolidad colombiana, como la rama que al tronco sale, es aquella que exuda don Quijote pintado por el Greco o el ‘Caballero’ de la Mano en el Pecho soñado por Alonso Quijano. Los arcanos peninsulares e ibéricos fabricaron a Antonio como hidalgo castellano del siglo xvii, al comienzo de la entrada en barrena de la decadencia española, de ahí la doliente expresión que apenas un escepticismo contemporáneo maquilla de racionalismo.

He dicho que el caballero Antonio era escritor y ‘también’ periodista, porque en la tierra de un mar y dos océanos es donde mejor medra una forma particular de estar en el mundo, que es la del escritor de periódico. En Europa, los escritores pueden llenar páginas de diario y los periodistas suelen obstinarse en escribir libros, pero es en Colombia donde se produce una especial coyunda que hace que los periodistas más apreciados sean los escritores de periódico; no los que lo piensan, los que arman el mecano del diario, sino los que decoran suntuosamente sus salones, o destellan sus páginas con runas de crítica mordaz. Ese es el Antonio Caballero de Semana, tan demoledor, tan entrañable, tan culto fierabrás, tan retraído señor de sus silencios.

Es un hombre que adora la belleza, en la mujer sin duda, en las cosas terrenas, en el gesto de la épica, inútil como todo lo que aspira verdaderamente a la nobleza, que escribe de aquello que abomina, de lo que la escarnece. A Antonio le gustaría cantar y contar un mundo de belleza interior y exterior, porque dice que si el rostro es el espejo del alma: “Solo los políticos más grandes, los que se entregan a las tareas de la grandeza, conservan su belleza física, y ese es el caso de ese gran hombre que fue presidente de Sudáfrica: Nelson Mandela”. Pero su tiempo y su lugar, piensa, que han dado apenas para un animalario colombiano, con el que ha querido ensañarse de manera cruel y etiquetada. Así es como define su trabajo: “Yo no trato de la belleza, sino de la fealdad. No me ocupo de los grandes hombres, sino de los pequeños y mezquinos”.

Esa pasión, canalizada por el estoicismo, que brota hacia adentro supurando en todos los alvéolos del alma, tenía que reflejarse en un arte de aplomo y sombra, recorte y filigrana. Para los que somos españoles abstractos, es decir, de ninguna parte o de Bogotá acaso, no es fácil comprender el apoderamiento psíquico que el toreo produce en algunos seres, con su telúrica conexión entre literatura y paseíllo; para el escritor periodista, en cambio, eso no es sino regia encarnación de la belleza; o en palabras de Rilke, cuando dice como si le estuviera hablando directamente al personaje: “Lo bello es el comienzo de lo terrible. Es aquella parte de lo terrible que todavía podemos soportar”.

Semejante necesidad de la belleza, junto a la deliberada zozobra en su contrario, es lo que ha vuelto a Antonio ácido hasta consigo mismo. La imposibilidad de restituir en una perfección primigenia el orden natural del universo le resulta de un dolor tan insufrible, que la cólera filtrada por una exquisita educación iniciada en Colombia, marinada en España y pulida en Francia, desemboca en los fascinantes exabruptos de su autobiografía dialogada, Patadas de ahorcado, que compuso en escriba admirado y admirable Juan Carlos Iragorri. Un día, hace ya muchos años, el caballero Antonio dio en mirarse al espejo y, como les ocurre a todos los hombres inteligentes, al no poder sentirse plenamente complacido con el reflejo del lustroso azogue, tuvo que fabricarse un personaje; y el tipo así creado tenía que acabar por sustituir al original. Como dijo Goya y Lucientes, cuando le pidieron que restaurara un cuadro envejecido: “El tiempo también pinta”. Y así es como el español bogotano se ha pintado a sí mismo sobre una antigua tela de Las Meninas, un caballete austero y funcional, y una ágil muñeca que dibujaba el aire. Es él mismo quien lo dice: “No es que seamos lo que parecemos, es que parecemos lo que somos”.

Sin remedio, un hombre así tenía que enfrentarse a la novela y escribir una que tituló inevitablemente, Sin remedio, circunvalar enmienda en la que vivió empeñado nada menos que doce años, porque la materia de la que están hechos los sueños es por definición inacabable. Y así, hoy, el autor es como un daguerrotipo, una imagen de sucinta gravedad en color sepia. Hace un par de años, tras pasar más de media vida en España, regresó a su Bogotá natal, a una tierra cachaca que, cautelosa, había dejado vacante el espacio del regreso. Pero lo hizo como suma y compendio de todo lo que es y ha sido. No en vano un Eduardo Caballero, padre, cuando cruzaba por primera vez la raya que separa Portugal de España, decía: “No tuve la sensación de llegar sino la de volver”. Antonio, en cambio, nació cuando ya había vuelto. Y por ello, desde esta ínsula Barataria de un pueblo provincia de sí mismo, sólo digo: loor a mi señor don Quijote. El de un sueño imposible.

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