Roberto Burgos Cantor es uno de los más lúcidos escritores del país, su novela La ceiba de la memoria ganó el Premio de Narrativa José María Arguedas de Casa de las Ámericas.

Roberto Burgos no está en Wikipedia

A él poco le importa: Roberto Burgos Cantor, uno de los más lúcidos escritores del país, no pertenece a la generación que se vio impulsada por los medios masivos gracias a las estrategias de marketing editorial que han definido la última década. Ajeno a las figuraciones, simplemente escribe magníficas ficciones.

2010/01/24

Por Francisco Barrios

Sobre el escritorio de Roberto Burgos hay un Mac de última generación. Le pregunto por su opinión sobre las nuevas tecnologías y cómo cree él que los blogs y las wikis pueden estar cambiando la escritura, pero parece no entender la pregunta porque me responde que lo que más le gusta de la tecnología es que el computador le resulta muy útil para corregir sus textos. Gabriela, su nieta de siete años, fue quien me mostró el Mac y el estudio de Burgos. Me señaló también un voladizo pintado de negro a la derecha del escritorio: “Esa es la muerte”, me advirtió. Así le había explicado alguien de la familia por qué no podía pararse ahí: “Porque me puedo caer y me muero. Por eso es la muerte”. Y esa explicación del voladizo que me dio la niña me pareció más ajustada al mundo de su abuelo que la opinión de éste sobre las nuevas tecnologías.

 

Roberto Burgos Cantor nació en Cartagena de Indias en 1948 y, en un país más serio que Colombia y menos dado a aplaudir sólo las novedades­, su nombre sería una referencia permanente en los medios culturales como uno de los escritores más representativos de la literatura poscolonial. Ahora bien, a lo largo de su vida Burgos ha recibido reconocimientos importantes de universidades, de entidades estatales y de sus lectores, pero sus editores y las secciones culturales de la prensa parecen limitarse a anunciar con languidez el último libro que publicó o el siguiente evento al que asistirá. Su padre, un librepensador, fue profesor del Departamento de Humanidades de la Universidad de Cartagena, y cuando su hijo se vino a estudiar Derecho a Bogotá, en 1967, le regaló dos libros: París era una fiesta, de Hemingway, y Rock Wagram, de William Saroyan. Tal vez esos regalos fueron una señal para que la vida de su hijo en la capital, donde reside desde entonces, fuera más allá de la experiencia universitaria. Dos años antes, Roberto Burgos padre había descubierto un cuento de su hijo, La lechuza dijo el réquiem y, sin preguntarle al autor, se lo dio a Manuel Zapata Olivella, quien lo publicó en la revista Letras Nacionales.

 

Burgos se graduó de abogado en 1971 y empezó a trabajar como profesor universitario, pero pronto se dio cuenta de que la docencia le resultaba demasiado absorbente, así que la dejó y entró a trabajar como abogado de tiempo completo en la Superintendencia de Notariado: “Salía a las cinco de la tarde y escribía hasta las diez, todos los días”, me contó sin el menor dramatismo y como lo hace alguien que desde muy joven entendió que vivir de la escritura en Colombia resulta casi imposible.

 

Su primer cuento fue reproducido en una antología de cuentistas colombianos. A éste siguieron otros dos con los que ganó sendos concursos nacionales, pe-ro Burgos no se encontraba a gusto: “Me sentía mal conmigo mismo por el trato ‘de escritor’ que me daban. Yo era un escritor de fines de semana”. Entonces, a los 32 años, renunció a su trabajo y se mudó al apartamento de su hermana en Barranquilla. Allí escribió Lo Amador, su primer libro de relatos. En él, da cuenta de la vida de los habitantes de un barrio miserable de Cartagena. Lo que resulta más conmovedor del libro es cómo la desgracia de cada uno de los personajes está enmarcada por el amor (a sí mismo, a los otros, a unas ilusiones que a veces parecen las alucinaciones de un niño). Los cuentos están escritos en un estilo que alterna descripciones realistas con el monólogo interior, y es inquietante cómo los personajes están tan habituados a la tragedia que ésta resulta apenas una anécdota en su cotidianidad: “Te decía cómo compró su galón de gasolina y lo ?llevó hasta esas ruinas a las cuales hemos ido mil y mil veces y se roció con ella y se acercó un fósforo hasta que los gritos fueron ceniza”, le cuenta un personaje a otro sin inmutarse.

 

Lo Amador ha sido reeditado en dos ocasiones, en 1985 y en 2001, y aunque es uno de los libros de cuentos más interesantes de la literatura colombiana del siglo XX, resulta imposible conseguirlo en las librerías. Sin embargo, este hecho parece no sorprenderle a Burgos, y tal vez se deba a que él, junto con Óscar Collazos, Germán Espinosa, Luis Fayad y Rodrigo Parra Sandoval, pertenece a esa generación de narradores que se vio opacada por la presencia apabullante de García Márquez en los años 70 y 80, y por las menos distinguidas estrategias de mercadeo de los grandes grupos editoriales en los últimos años, las cuales se concentran más en promocionar las novedades que en apoyar con decisión las obras de largo aliento.

 

A Lo Amador siguieron las novelas El patio de los vientos perdidos (1984), El vuelo de la paloma (1992) y Pavana del ángel (1995); los libros de cuentos De gozos y desvelos (1987),  Quiero es cantar (1998), Juegos de niños (1999) y Una siempre es la misma (2010), y el libro autobiográfico Señas particulares: testimonio de una vocación literaria (2001). Todos estos libros, a excepción del último, se caracterizan por narrar la vida de personajes marginales que rumian su soledad y bordean la locura­. Burgos vierte el habla de sus protagonistas a un lenguaje literario a través de la introspección. Le pregunto por su interés en este tipo de personajes y me cuenta que un día estaba debajo de la Torre del Reloj en Cartagena, cuando uno de los asistentes de producción de Gillo Pontecorvo, quien dirigía en ese momento la película Quemada, se acercó a una palenquera para proponerle que se presentara al casting para la película. “Yo mantengo mi dignidad y sostengo mi criterio”, le contestó la mujer y siguió su camino. “¿De dónde sacó eso?”, se pregunta Burgos. Son esa dignidad y esa articulación lo que el escritor y sus personajes mantienen en todo momento.

 

En 2001 Burgos emprendió el que es quizás su proyecto más ambicioso: La ceiba de la memoria (Seix Barral, 2007). En este libro se alternan los relatos en primera persona de los jesuitas antiesclavistas Pedro Claver y Alonso de Sandoval, los esclavos rebeldes Benkos Biohó y Analia Tu-Bari, la española Dominica de Orellana y el de Thomas Bledsoe, biógrafo de Claver. Aparece también un personaje que parece ser un alter ego del escritor, que compara la esclavitud en la Nueva Granada en el siglo XVII con los campos de concentración nazis. Le pregunto a Burgos por esa comparación, que me parece arriesgada. “Es que el sufrimiento no es local”, responde, y su opinión parece confirmada por uno de los personajes de la novela: “¿De dónde surgirá esta relación íntima y cifrada con un dolor que lastima como propio?”. En otro autor, una extrapolación así podría leerse como una manifestación de esa forma de la irresponsabilidad que algunos llaman “licencia poética”, pero Burgos es un lector tan juicioso de psicoanálisis, historia, sociología y antropología que es evidente que no compara a la ligera.

 

Estudioso también de la cultura afrocolombiana, Roberto Burgos fue el editor general del extraordinario libro Rutas de libertad. 500 años de travesía que publicaron conjuntamente en 2010 el Ministerio de Cultura, la Comisión del Bicentenario y la Universidad Javeriana. El día en que lo entrevisté, Burgos estaba leyendo un libro de ensayos de Graham Greene y me recitó una frase del novelista inglés que para él tal vez condensa el propósito de su novela: “En todo arte hay una aspiración de justicia”.

 

En 2009 La ceiba de la memoria ganó el Premio de Narrativa José María Arguedas de Casa de las Américas y fue finalista del Premio Rómulo Gallegos, que ese mismo año obtuvo William Ospina con El país de la canela. El dictamen del jurado resultó de lo más predecible desde un punto de vista comercial: La ceiba de la memoria es una novela densa y exigente con el lector, y aborda en profundidad el tema incómodo de la modernidad al narrar la lucha heroica de los esclavos africanos que se rebelaron contra el poder colonial. Por cierto, para celebrar el bicentenario, habría sido una propuesta mucho más interesante que En busca de Bolívar, también de Ospina. Sin embargo, la edición de La ceiba de la memoria tiene, a mi parecer, un problema: la imagen de su portada. Para representar una historia tan compleja y delicada como la de la esclavitud, los editores imprimieron una fotografía de los brazos de dos modelos de uñas arregladas, una blanca y una negra, de los que cuelga, inofensiva, una cadena de esas con las que se aseguran las bicicletas.

 

Hace apenas un par de meses Roberto Burgos publicó Ese silencio, una novela corta y menos ambiciosa que la anterior. Narra la historia de María de los Ángeles, una niña de trece años que vive en Puerto Escondido, “una calle amplia de tierra apisonada”, y queda embarazada del médico del pueblo. La suerte de los habitantes del pueblo parece ser la de la mayoría de los colombianos, que acepta como lo más normal una vida de atropellos. “Es que lo nuestro es terrible”, me dijo Burgos cuando ya finalizábamos nuestra entrevista y su nieta daba vueltas alrededor de la mesa del comedor.

 

Le pregunté por la totalidad de su obra y cómo la resumiría en una frase. “Mi obra tal vez es el libro de los que empiezan a aparecer”, dijo. Y aunque a Burgos lo invitaron al Hay Festival, no para hablar de su narrativa sino para comentar su labor como editor y como jurado en un concurso de cuento, tal vez su presencia en este evento confirme su sentencia sobre su obra literaria. Cuando le insinué que tal vez él no había recibido el reconocimiento que se merece, no pareció estar de acuerdo y agregó, casi con severidad: “Es que figurar no es importante”. Y es tal vez por eso que Burgos no está en Wikipedia: porque a diferencia de muchos escritores colombianos nacidos después de 1950, que sí aparecen en esta enciclopedia virtual, él no ha redactado su propia entrada.

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