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Salto al vacío

Después de su trilogía bogotana, la acción de la más reciente obra del escritor bogotano se traslada a Cali. ¿Qué se perdió en los años sesenta que nunca más volvimos a recuperar los colombianos?

2010/07/30

Por Juan Claudio Lechín

Un héroe es aquel que lucha sin temor para salvar lo que considera noble. Debido a esta decisión moral, y a la vez física, existe una confusión general: se cree que el héroe es un personaje exclusivo de la épica o de la epopeya, que enfrenta a enemigos feroces y multidentados, pero no es así. También hay héroes en las disciplinas de paz y en las del talento.

Hace más o menos diez años, Gonzalo Mallarino era un exitoso financista de Leasing Fénix, la sucursal colombiana de Royal and Sun Alliance, una de las más grandes aseguradoras de Londres. Un día, sentado en un engranaje prometedor, un contrato laboral que lo iba a catapultar a ganar más dígitos, a tener oficinas más amplias, más empleados y, por supuesto, más poder, empacó su vida y decidió dar un salto mortal, peligrosísimo, sin duda; y en lugar de continuar subiendo a saltos en las altas finanzas, se desplazó con decisión hacia sus afectos medulares. Había degustado el paroxismo de las fluctuaciones bursátiles, había armado plantes pavorreales en las cumbres del dinero y podía hacer propio cualquier adorno de moda, pero sintió el llamado de su verdadera historia: la familia, la literatura, los amigos y el Gimnasio Moderno.

Carmen, su esposa, le dio la complicidad necesaria (y un salón nuevo, entre árboles, para que escriba a gusto) y el ‘Ovejo’ Bayona, su amigo de infancia y rector del Gimnasio, le dio la oportunidad. De la noche a la mañana se encontró orgulloso de andar a pie sobre la tierra y no le importó estirar los pocos pesos como elásticos para llenar el refrigerador. El coraje lo había devuelto a su propio eje.

Una vez libre, escribió Según la costumbre, la primera novela de su trilogía bogotana, la primera de su nueva vida. Ahí también saltó al vacío y en lugar de ofrecer a los lectores temas de impacto, violencia, violaciones, lágrimas o flotar en la moda académica de los urbanos de MacOndo, se dio a la tarea de rescatar lo importante: la melancolía del tiempo ido; y recaló en los hospitales públicos de Bogotá de fines del siglo XIX, durante la sórdida época de la sífilis y la prostitución, de la trata de indias y de niñas.

Las dos siguientes novelas de la saga continuaron mostrando el apostolado médico (en épocas posteriores) de la estirpe Piñedo. Cuando terminó de escribir Los otros y Adelaida, la última novela de la trilogía bogotana, Gonzalo Mallarino se quedó colgado de la brocha, como suele quedarse uno después de vivir tanto tiempo en las realidades imaginadas de la novela. “(…) me estuve casi dos años sin poder escribir, y eso me asustó mucho. Tal vez quedé muy mamado con esas novelas tan tristes y tan melancólicas, quién sabe, la cosa es que me deprimí bastante y, después, mamá se murió y quedé muy entristecido. Y verás, fue la voz de ella, esa mujer paisa, que es un poco la mamá del niño Antonio, esa voz me fue trayendo la luz…, otra vez, poco a poco, en forma sensitiva, musical casi, de búsqueda de la infancia perdida… ¿de la mamá perdida?”.

Así empezó a gestarse Santa Rita (Alfaguara, 2009), su última novela; pero no brotó como aguas termales, como un feliz acuerdo entre la pluma y Dios. “Fue muy difícil, tomó tres años. Primero escribí la novela como un niño de siete, buscando un tono cándido, inocente. Lo que pasó es que ese niño no tenía las herramientas lingüísticas y psicológicas para narrar una novela. Entonces volví a escribir el libro en la voz de un hombre de mi edad que evocara el último año en Santa Rita, pero si bien ganó narrativamente, se perdió lo infantil, que era indispensable”.

Hace un pausa en el chat y no sé si está meditando, si está ocupado con sus funciones en el Gimnasio Moderno, corrigiendo lo que acaba de escribir o es que no está familiarizado con este telégrafo moderno, al cual llamó un “sistema constreñido por naturaleza”. Al mucho rato continúa como si no hubiera pasado el tiempo:

“Fue necesario entonces (todo de la mano de Pilar Reyes) escribir la novela una tercera vez en la voz de un muchacho de 14 años y que recuerda lo que pasó tres años atrás, cuando tenía once. Eso sí funcionó y se logró lo mejor de los dos mundos: una intersección de lenguajes”.

Acabo de leer Santa Rita y, efectivamente, el lenguaje mantiene la sencillez de la edad del narrador, y aunque muchas veces habla del mundo con profundidad, nunca falsifica su joven voz. “Los sucesos del exterior, vistos a través de los ojos del niño, se vuelven más livianos e inofensivos —escribe Gonzalo y prosigue—: ¡pero son terribles! Son el comienzo del desmadre en Colombia. Fíjate que en la novela hay un vecino que se sale de su casa y Antonio, el niño, dice que ‘fue a unas montañas a dispararle a la gente que pasa’, y es la guerrilla; o cuando percibe que hay un vecino ‘que puso aire acondicionado y tapete’, y es el narcotráfico. Y también dice que hay un hombre que ‘les hace cosas malas a los niños y se llama el Monstruo de los Mangones’. Ese —me explica— fue un terror en Cali y asesinó a decenas de niños prefigurando al hideputa ese del Garavito que hoy está preso, aquí en Bogotá, y que violó y asesinó a más de doscientos niños. En fin…, fíjate lo que perdimos los colombianos cuando perdimos la infancia”.

Apasionado, de tecla vibrante, involucrado. En Santa Rita ese niño, Antonio, cuenta su inolvidable año en esa ciudad del valle siendo él una persona del frío. Posiblemente sea Cali donde Gonzalo vivió de niño. Un homenaje. Pero no es autobiográfica. Su propia infancia fue solo un detonante. “Sí, al principio de la escritura volví a mi infancia, pero después tuve que salir. La dificultad estuvo en alejarme y convertir lo que había conseguido en un material de novela, con muchas infancias mezcladas y con personajes que empiezan a moverse con autonomía”.

Si bien contestatario ante las modas literarias actuales, atraca en un sitio maravilloso y bien recorrido por lo más emocionante de la literatura universal. Posiblemente quiso fabricar nuevamente las alegrías y emociones que están todavía frescas en su memoria de lector. “Lo de Santa Rita, la infancia y los niños, tú lo sabes bien, es viejo como el agua: Saroyan, Twain, Dickens, Platero y yo, Steinbeck, etcétera”.

Pero… (le digo), hay una rebeldía tuya frente a las modas urbanas, como las del grupo MacOndo o ciertos modernistas desestructuradores del arte. “Estos modernistas o urbanistas se olvidan de que los asuntos del arte son los mismos hace milenios y quieren ocultar su falta de sensibilidad con erudición y falsa vanguardia. Lo que pasa es que les da miedo la ternura, el amor, la melancolía”.

¡Vas a contrapelo, Gonzalo!, insisto.

“Exactamente, vamos a contrapelo, pero no se puede hacer concesiones en ciertas cosas. Escribir es cosa que queremos mucho, que respetamos mucho, que nunca encanalleceríamos por plata. En Santa Rita, sin embargo, cedí para buscar claridad en la comunicación con el lector: en lo gramatical, en lo sintáctico. La novela está escrita de forma convencional, no como la Trilogía que no tiene casi puntuación y viene más de la poesía, que es la manera verdadera como uno piensa. Nadie piensa en punto y aparte, o punto y coma, o comillas, o capítulos. Uno piensa siempre en frases seguidas, respirando, a cierto ritmo, y la escritura debería ser así. Sin embargo, llevamos cuatrocientos años escribiendo de una manera puntuada y eso resulta más cómodo para los lectores. En eso sí se puede hacer concesiones, siempre que no se dañe el material narrativo y no se falsee la voz de quien cuenta…”.

Y continúa: “Yo sufrí las voces en las distintas versiones de la novela, fue muy angustioso porque sabía que el material narrativo era muy bello, muy inconsciente, muy libre, y temí que no pudiera hallar la manera de organizarlo como una novela”.

Pero lo consiguió. Atrás, y regados, quedan los fantasmas y las modas tan difíciles de enfrentar y derrotar. “Se la he leído a niños de 10 o 12 años en adelante y hay que ver cómo se ríen y se interesan en Antonio y en los demás…”.

Es que Santa Rita tiene una potente ternura que comienza cuando Antonio, el niño-personaje de Tierra Fría, acaba de llegar a este pueblo del Valle. Con recelo recibe la insólita oferta de Eduardo, un muchacho de allí, de ir a trepar árboles. No conoce ese mundo, ni esos juegos. No sabe cuáles serán las consecuencias. En la suspensión de la duda, todo depende del arrojo y, a pesar de sus once años, Antonio salta al vacío como un héroe cualquiera. Apenas acepta, se abre la puerta de la novela, un año de aventuras, lecciones y sorpresas, una memoria que terminará justo después de Navidad.

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