Manrique es poeta, novelista, ensayista, y educador.

"Aunque había jurado nunca hacerlo de nuevo, fui a vender mi sangre"

Publicamos la segunda parte de 'Amar en Madrid', un cuento de Jaime Manrique que describe el desarrollo personal y sexual de un joven homosexual colombiano en España durante la década de los setenta.

2016/12/13

Por Jaime Manrique

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Abril terminaba, la gloria de la primavera en Castilla llegaba al máximo y el verano se sentía próximo. Por días permanecí acostado en la cama, recuperándome del agonizante esfuerzo mental que me había dado durante la escritura de El cadáver de papá. Melodramático, escuchaba los discos de María Callas, leía a poetas extremistas, y en una explosión de energía, revisé el manuscrito, que ya empezaba a memorizar. Sabía que tenía una crisis nerviosa y no hacía nada para detenerla. Aunque José trató de ocultar su preocupación por mi bienestar, se empezó a alarmar más y más. Sin embargo, fielmente, aparecía cada tarde con comida, vino y a veces, un poco de dinero. Su determinación era mantenerme vivo. Había tal dulzura y desesperación en nuestros encuentros sexuales, en la manera como nos entregábamos el uno al otro, que luego, acostados en la cama, me sentía triste, pensando que este sería el más puro y generoso amor que jamás experimentaría.

Una noche en mayo estábamos en la cama, acariciándonos. La habitación estaba impregnada de la tostada brisa africana que había viajado sobre el Mediterráneo, a través de Andalucía y recorrido las colinas áridas de Castilla. Por la ventana, el cielo madrileño brillaba con estrellas de filigrana. Rompiendo el silencio, José me dijo: “Santiago, ¿tú me amas?”.

Aunque llevábamos siendo amantes pocos meses, aquellas palabras no se habían pronunciado. “Sí”, le respondí sin vacilaciones, besándolo en los labios. “Te amo más que a nadie en el mundo”.

“Si tú me amas”, dijo, “tienes que prometerme que vivirás. Si tú mueres, yo también moriré”.

Nos agarramos fuerte, sollozamos y nos mimamos hasta que caí dormido.

Decidí vivir. Después de todo, Plath había muerto a los treintaitrés años y Berryman y Sexton, mucho después. Todavía tenía por delante cinco de mis años veinte. La mañana siguiente entregué el manuscrito de El cadáver de papá a un conocido editor en Madrid. Después empecé a recorrer la ciudad buscando trabajo. Como no tenía documentos, nadie estaba dispuesto a contratarme, ni siquiera para el oficio más bajo. Me orientaron al mercado de frutas y verduras donde según ellos podría ganar algunas pesetas descargando camiones. Trabajando toda la noche, conseguí suficiente dinero para pagar un desayuno abundante. Comí vorazmente y fui a casa donde dormí hasta el final de la tarde. Cuando desperté, apenas me podía mover. Me había lastimado la espalda.

Transcurrieron los días y mi suerte no mejoraba. Sobreviví por los sándwiches y las frutas que José sacaba de la cocina de sus padres. Desesperado, decidí vender medio litro de mi sangre. Después de que me pagaron en efectivo, fui directo al mercado de Moratalaz donde gasté la mitad del dinero al comprar comida y una botella grande de vino tinto barato. Rumbo al pent-house perdí el conocimiento. Cuando desperté, dos amas de casa me rodeaban. La botella de vino se había roto en la caída. Las mujeres estaban alarmadas, pero yo les dije que estaba bien, solo un poco débil. No obstante, ellas insistieron en acompañarme al edificio y cargaron las bolsas con provisiones. Les agradecí mucho cuando me guiaron hasta el elevador. Me sentí terrible: estaba convencido de que las mujeres sabían que trataba de sobrevivir al vender mi sangre. Subí y descansé durante un rato, luego cociné un banquete. José llegó al final de la tarde con su sándwich y bananos, y yo lo sorprendí con cocido de cerdo, habas, zanahorias y papas. No preguntó de dónde había salido el dinero y yo tenía vergüenza de decirle la verdad.

Esa noche celebramos yendo al cine y a un café. Por primera vez, hablamos de nuestros planes futuros. En mayo, al finalizar el año escolar, José, su madre y su hermana dejarían el apartamento en Madrid para ir a la finca familiar en las montañas de Jaén, en Andalucía. Allí, planeaban quedarse hasta comienzos de septiembre. Yo no podía soportar la idea de permanecer en Madrid sin él.

-No iré, si no quieres que vaya, dijo mientras sus ojos brillaban.

- ¿Te mudarías conmigo?  

-No. No querrás estar acá durante el verano. Madrid es invivible, insoportablemente caliente y muerto. -Hizo una pausa, antes de decirme- Podemos huir, y terminó la frase con un brillo travieso en sus ojos.

La idea era romántica y cinematográfica. Pensé en Bonnie and Clyde y Dios sabe en qué más. Luego, recordé que José era menor de edad y su padre un coronel del ejército fascista español. Pude oír a Lulú gritando: “¿Estás demente? Esto es España. ¿Sabes lo que Franco les hizo a los homosexuales?”.

Obviamente, José había meditado el plan: “Iremos a Cataluña. Podemos encontrar trabajo en la Costa Brava, en los hoteles. Ellos están urgidos de trabajadores en esta época del año. Iremos a Cadaqués, donde Dalí tiene una casa. Nunca nos encontrarán allí. Es muy bello y cerca de Francia. Cuando hayamos ahorrado suficiente dinero iremos a París o a América. Estoy harto de España. No soporto a mis padres. Te amo Santiago. Quiero estar siempre contigo”.         

Se hizo evidente para mí la locura de nuestro amor. Aunque José era brillante, me di cuenta de que razonaba como un niño.

Después de esa conversación, supe que estaban contados mis días en Madrid. No podía imaginarme yendo con José a París, a Colombia o a Nueva York. Yo mismo no sabía qué hacer con mi vida. Pero era joven, un poeta y me seducía la inmensidad del mundo.

Regresé al banco de sangre para vender más. Ellos se negaron, arguyendo que yo estaba demasiado delgado y en peligro de volverme anémico. Me consolé pensando que por primera vez en mi vida estaba realmente flaco.

Mi suerte quedó echada la mañana siguiente cuando una carta escueta llegó de la prestigiosa editorial de Madrid en la que rechazaban mi novela.

No había tocado fondo, entonces mantuve mi terquedad. Decidí que sin importar qué pasara, no pediría dinero a mi familia. Ahora estaba determinado a vivir, a transformarme como George Orwell en el periodo en el que escribió sus memorias Sin blanca en París y Londres. Estaba convencido de que si no resultaba nada más, eso sería bueno para mi autobiografía y decidí ir a Barcelona solo a buscar trabajo.

Viajaría haciendo auto-stop, pero necesitaba suficiente dinero para alquilar un cuarto en una pensión cuando llegara. Exaltado, le escribí una carta a Lulú en la que le expliqué que regresaría en el otoño por el resto de mis pertenencias, y que tan pronto reuniera algún dinero, le pagaría el alquiler atrasado. Después, escribí a José una carta más difícil de redactar, pidiéndole perdón por marcharme sin despedirme y sin decir adiós en persona; insistiendo en que lo adoraba y que me rompía el corazón separarme de él, pero que regresaría.

Aquella tarde hice el recorrido desde el centro hasta la oficina de correos y con el resto de mi dinero envié las cartas. Luego caminé a un bar gay en Chueca, el barrio que recibía a turistas ganosos de prostitutos. Alrededor de las seis el bar se empezó a llenar e ingresó un hombre de aspecto extranjero. La calentura fue instantánea: nos miramos, se acercó y me invitó a un trago. Rasmus era belga, un conde (lo cual no significaba nada, me explicó) y estaba en Madrid de viaje de negocios. Estaba casado y me mostró fotos de su esposa y sus dos hijas rubias. Rasmus parecía tener entre cuarenta y cincuenta años, con cabello entrecano, pecho y brazos velludos, muy atractivo y agradable. En otras circunstancias ¡le habría pagado con gusto para llevarlo a mi cama!  También era práctico. No se anduvo con rodeos diciéndome que me pagaría para culear; y que le encantaría ser azotado en sus nalgas con una correa. ¿Estaba interesado? El sexo sadomasoquista era un misterio para mí, pero un poco de azote no parecía tan grave.

-¿Cuánto?, pregunté, al recordar mis razones para hacerlo.

-Cincuenta dólares, ofreció para mi sorpresa.

-Setenta y cinco, repliqué. Después de todo, ¡se suponía que yo iba a ser el sádico!

Nos fuimos al pent-house. Rasmus era un amante consumado: lamió mi cuerpo, chupó mis tetillas, saboreó mis huevos, me la mamó y finalmente se sentó en mi verga y cabalgó hasta que me vine. Después se acostó boca abajo en la cama y pidió que lo azotara con su correa y que lo llamara chico malo. Al comienzo, yo lo hacía como tanteando el terreno, pero Rasmus exigía un castigo más duro e insultos. “Eres horrible, un chico malo”, grité, saboreando mi repentina naturaleza de dominador. “Malo, malo, malo. Muy malo”.

Entre más duro lo fustigaba, más se retorcía en la cama gimiendo de placer y suplicando por más. Un momento después, con su trasero muy magullado, pidió que parara y lo penetrara de nuevo. “Quiero leche en mi culo”, suplicó. “Dame leche. Inyéctala toda”.

Me sentía increíblemente excitado. Me sentía cercano a este hombre, unido por un desconcertante vínculo íntimo. Luego, nos besamos acostados, confundidos nuestros sudores y cuerpos magullados. “Mi bello chico moro. Tengo un apartamento secreto en Bruselas”, dijo. “¿Por qué no vienes? Podemos ser amantes. Te gusta tu chico malo, ¿no es así, papá?”.

La propuesta era atractiva. Le conté de mis planes de verano y que quizás luego lo buscaría. Rasmus se fue alrededor de la medianoche. Me dio dos billetes nuevos de $50, dijo que lo había hecho muy feliz y que tenía ganas de verme en Bruselas. Me entregó su tarjeta de presentación. Nos besamos apasionadamente, como si fuéramos amantes. Me hizo prometer que le escribiría.

Estaba demasiado emocionado para acostarme a dormir. Empaqué una bolsa de viaje con un poco de ropa, Ariel de Plath y el manuscrito de El Cadáver de papá. Cerca de las 4 a.m. cargando mi maleta y la máquina de escribir, salí del edificio donde había escrito mi primera novela. Caminé hacia el sur alejándome de Moratalaz. La ciudad vacía nunca había lucido más acogedora que a esa hora cuando era solo mía. Amaneció cuando estaba a las afueras de Madrid y caminaba al lado de la autopista que salía de Castilla. Automóviles, buses y camiones zumbaban más y más. Estaba aterrado por lo que me enfrentaba, pero tenía prisa de conocerlo. Cuando me cansé de cargar mi equipaje, levanté el brazo y el dedo. Casi de inmediato un Volkswagen disminuyó la velocidad y se orilló en la carretera a treinta metros de donde estaba. Levanté mis posesiones, y antes de correr hacia el vehículo, giré, besé las puntas de mis dedos y extendí mi mano en dirección a Madrid. José estaba probablemente soñando en su cama. Le mandé un beso con la esperanza de que navegara por la autopista, por encima de los edificios altos, los monumentos, los parques, y hasta su habitación; como una caricia final, para agradecerle su amor y por ser mi primer amor.

Fue durante mi estadía en Barcelona cuando me interesé en Cristóbal Colón. Había alquilado una habitación con un lavabo en el hostal Alfonso X, un antro maloliente en el Barrio Gótico. Al caer las tardes, antes de empezar a recorrer Las Ramblas y luego los bares, me sentaba en una banca ubicada en el muelle, frente a la Santa María, una de las réplicas de las calaveras de Colón, y me maravillaba de la audacia del almirante por viajar hacia lo desconocido en una nave tan frágil.

Sentado por horas en esa banca caliente, sin dinero y sin un lugar al cual ir, recogiéndo colillas de cigarrillos en el paseo marítimo, soñando con tomar un largo baño y comer un buen plato acompañado por una botella de vino, pensaba en José y me entristecía porque quizás nunca lo volvería a ver. Ni siquiera tenía su dirección en Andalucía y él no tenía manera de contactarme en Barcelona. Fantaseaba con él, hipnotizado por el agua estancada de la bahía: José en las montañas de Jaén, leyendo poesía en un olivar, José cultivando el huerto familiar, sudando, descalzo, vistiendo pantalones cortos y un sombrero.

Junio había terminado y yo tenía verrugas en las plantas de los pies de tanto caminar entre restaurantes, fondas y hoteles buscando trabajo como mesero o lavaplatos. Pero sin permiso de trabajo nadie me iba a contratar. Estaba atrasado en el arriendo. Habían pasado varias semanas desde mi última ducha, y aunque me limpiara cada día en el lavamanos antes de salir y después de regresar tarde en la noche y enjabonara mi cabello con frecuencia, estaba convencido de que olía a pescado podrido. Estaba cansado de salir a escondidas de la pensión en las mañanas, y regresar tarde en las noches, cuando el recepcionista anciano estaba tan adormecido que automáticamente me entregaba la llave de la habitación.

Aunque había jurado nunca hacerlo de nuevo, fui a vender mi sangre. Por razones que solo puedo atribuir al aire marino, las muchas horas de inactividad y el agua potable que bebía de las fuentes de piedra, había subido de peso, y no fui rechazado. Después de haberme puesto al día con la renta, pagado por un baño, y devorado una paella de lujo en un restaurante barato, estaba de nuevo en la quiebra.

Para agravar la situación, me resultaba imposible escribir en mi cuarto. Debido a que el hostal quedaba en la Calle del Barro, en el corazón del Barrio Gótico, a lo largo del día repicaban las campanas de las iglesias antiguas, desvelándome en la noche e impidiéndome escribir durante el día. Además, estaba tan hambriento a toda hora que solo podía pensar en los suculentos platos de comida de mar que devoraban los turistas en los restaurantes al aire libre. Apestoso y en ese estado de inanición, se me ocurrió lo impensable: empeñaría mi máquina de escribir que mi madre me había dado como regalo de cumpleaños. Supuse que obtendría varios miles de pesetas. No estaba listo para prostituirme de nuevo. Lo que había ocurrido con Rasmus, pensé, había sido anormal, y estaba determinado a conseguir dinero de una manera más convencional.

Cargué mi máquina de mecanografiar y me dirigí hacia El Monte de Piedad más cercano—la prendería del estado español. Me ubiqué en la fila de los indigentes que trataban de obtener dinero con sus porcelanas, sus cubiertos de plata y sus manteles finos. Me consolé pensando que empeñar mi máquina de escribir era solo una medida temporal. Tarde o temprano encontraría un trabajo por fuera de los libros. Cuando le entregué la máquina a la persona en la ventanilla, le puso una hoja y empezó a teclear para comprobar que funcionara. Satisfecha, dijo que necesitaba ver “una prueba de propiedad”.

Toda la fuerza parecía irse de mi cuerpo.

-La factura de venta servirá, dijo la mujer.

-Por Dios, fue un regalo de mi madre, protesté.

La mujer encogió los hombros, para hacerme ver que no podía ayudarme, y empezó a mirar por encima de mi hombro a la siguiente persona en la fila.

-Espera, -dije-. Debe haber otra manera. Necesito comer.

Esto llamó su atención.

-¿De dónde eres?, preguntó. Mi acento suramericano me descubrió.

-De México, le mentí, debido a que todos los suramericanos, por alguna razón, tenían en España reputación de ladrones y estafadores.

-Ve a tu consulado, -dijo- y pide que te entreguen una carta que certifique que la máquina te pertenece. Aceptaremos eso. Hizo una pausa y luego levantando su voz llamó al siguiente en la fila.

No tenía entusiasmo de acudir a las autoridades colombianas y anunciarles mi pobreza. Pero la verdad era que en los últimos dos días todo lo que había comido era un sándwich que había hurtado de uno de los cafés en Las Ramblas. En esa época, el cónsul colombiano era un intelectual conocido, mecenas de las artes y amigo íntimo de Gabriel García Márquez. Yo había publicado unos pocos poemas, cuentos y reseñas en Colombia, así que pensé que el cónsul comprendería mi apuro. Pensé que de seguro estaría familiarizado con la historia de los autores que tenían que aguantar hambre a fin de escribir su primera gran obra. El mismo García Márquez había aguantado hambre en París mientras redactaba El coronel no tiene quien le escriba.

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