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¿Será que mentía?

Arthur Domoslawski, alumno dilecto de Kapuscinski, acaba de escribir la biografía del gran periodista polaco. El libro revela unos cuantos mitos y una que otra mentira del maestro del periodismo narrativo. No deja de ser un asunto incómodo. ¿Verdades literarias o mentiras periodísticas?

2010/03/15

Por Rodrigo Restrepo

Artur Domoslawski fue amigo cercano de Ryszard Kapuscinski durante los últimos nueve años de su vida. No hacía parte de sus amigos íntimos. Fue más bien una especie de discípulo, aunque a ninguno de los dos le gustara esa manera de describir su relación. Fueron cercanos, ante todo, en el aspecto intelectual. Compartían la manera crítica de entender el capitalismo neoliberal y su modo de ver el mundo desde la perspectiva de los países del sur. No es casualidad que sea una de las poquísimas personas con acceso al estudio y a las notas personales de Kapuscinski. Y no es azar que de su círculo intelectual haya sido quien emprendiera la tarea de escribir su biografía, que se llamará Kapuscinski Non-Fiction. El hombre, el reportero y su época y que será publicada en los primeros meses del 2010.

Domoslawski es periodista y corresponsal para Latinoamérica de la Gazeta Wyborcza, en la que el mismo Kapuscinski publicó por entregas sus grandes obras de madurez: El Imperio, Ébano y Viajes con Heródoto. Durante dos años y medio entrevistó a más de cien personas y viajó por medio mundo –desde Uganda y Etiopía hasta México y Bolivia–, siguiendo los pasos del incansable autor de El Emperador.

Tras desmenuzar la leyenda del “mejor reportero del siglo” descubrió muchos matices en el personaje y en su obra. Kapu, al fin y al cabo, era de carne y hueso. Domoslawski quiso desmitificarlo y mostrarlo como un periodista que no siempre salvó la frontera entre la realidad y la ficción.

¿Es verdad lo que Kapuscinski contaba sobre su vida?

Aparte de la gran obra que Kapu escribió, él también creó una leyenda de sí mismo que era a su vez una gran obra. Hay que pensar que era un tipo que venía de un país lejano, pequeño, donde se habla una lengua que nadie entiende. Para que su mensaje fuera escuchado había que crear una leyenda.

La leyenda dice: “He aquí un gran testigo del siglo XX. Su niñez transcurrió durante los terribles años de la ocupación nazi. Fue observador y militante del comunismo en Polonia. Más tarde narró el proceso de descolonización en África y las revoluciones y los golpes de Estado en Latinoamérica y presenció de primera mano la caía del comunismo en la Unión Soviética. Era un hombre de gran coraje que viajaba a lugares remotos y peligrosos, que estuvo frente al pelotón de fusilamiento y que conoció grandes personajes como Idi Amín, Allende y el Ché Guevara”...

¿Entonces conoció Kapuscinski al Ché Guevara?

No, nunca se encontrará ningún texto o entrevista donde él diga que conoció al Ché. Pero él tenía una manera de no desmentir ese mito. La portada de la edición inglesa de La guerra del fútbol decía que Kapuscinski era incluso amigo del Ché. Kapu permitía, por omisión, que se creyera en esta leyenda. Uno puede pensar que era una cosa escandalosa, pero el mundo de los escritores está lleno de este tipo de leyendas. Si uno quiere verlo de una manera vengativa, puede hacerlo y decir que Kapuscinski mentía. A mí me resulta divertido y me demuestra su inseguridad innata frente a la fama.

Sin embargo, hay críticas fuertes a su obra, críticas que cuestionan que Kapuscinski dijera la verdad en sus libros...

Este asunto es un poco más complicado. Es verdad que hay dudas sobre algunos de sus reportajes, sobre todo sobre El Emperador. Kapu usó un estilo muy barroco para mostrar el anacronismo de la figura del emperador de Etiopía Haile Selassie, un líder feudal en pleno siglo XX. Creo que para el lector consciente resulta claro que ese lenguaje es una creación literaria, una ficción. Las personas no hablan así. Tampoco se sabe con cuántos de sus personajes habló realmente, ni si todos ellos existieron. En aquella época existía la tendencia en el periodismo polaco a cambiar ciertos detalles o incluso a crear un personaje ficticio compuesto de varias personas reales para no comprometer a las fuentes o para expresar “una verdad más alta”.

Es fácil dar pruebas de que El Emperador no cumple con los estándares de una obra periodística. Pero creo que entre sus libros es el mejor. Es un gran tratado sobre los mecanismos del poder, al nivel de El Príncipe de Maquiavelo, y creo que es una tontería condenar a Kapu por él. Sin embargo, yo no lo pondría en la sección de ‘periodismo’ de mi biblioteca, sino en la de ‘literatura’.

Hay otros ejemplos de fabulaciones o de descripciones no del todo adecuadas. Algunas veces mostró rumores como si fueran verdades. Una vez hablé con él sobre la masacre en Tlatelolco en Ciudad de México. Él me dijo que había estado allí. Pero cuando me encontraba preparando la biografía descubrí que había llegado a México en noviembre y la masacre había sucedido el 2 de octubre. Yo creo que en estos casos sucede un fenómeno de identificación sicológica. Es muy fácil, como ser humano, identificarse con el ambiente de un país en un momento de tensión o de tragedia. Después de un tiempo uno puede creer en la fabulación de uno mismo.

La pregunta aquí es: ¿Hasta dónde puede llegar un reportero en la creación de un reportaje literario y en el cruce de fronteras entre los géneros? Estas licencias tienen para el periodismo un precio alto: la credibilidad. Con el talento de Kapu se puede llegar a hacer estas cosas. Él llevó el periodismo al nivel de la gran literatura. Pero si se pone en manos de periodistas mediocres, me inquieta un poco lo que pueda resultar.

Entiendo que la biografía revela algunos aspectos incómodos sobre su vida, por ejemplo que trabajó como espía.

Cuando era muy joven Kapu era un true believer del sistema, un joven militante estalinista, poeta del estilo socialista-realista y reportero propagandista. La mayor parte de su vida Kapuscinski fue miembro del Partido: era un periodista oficial. Yo describo cómo funcionaba él dentro del establishment, quién lo protegía y cuáles fueron sus vínculos políticos en esa época. Para mí no hay nada escandaloso en ello: es una descripción, una reconstrucción histórica. Es cierto que cuando era corresponsal en América Latina colaboró con la Inteligencia polaca, pero nunca fue una colaboración significativa. Le pidieron información sobre la actividad de la CIA en la región y él entregó unos pocos informes superficiales. Era un ‘pez pequeño’.

Hay mucha gente obsesionada con saldar las cuentas con el pasado comunista de Polonia. Creen que haber estado inmerso en el sistema anterior es motivo de vergüenza y usan la historia como un instrumento político. También está quien cree en Kapuscinski como un mito, y a veces no nos gusta hablar de los mitos como si fuesen seres humanos. Yo me siento libre de estos prejuicios y por eso me resulta más fácil aceptar estas verdades y contarlas manteniendo mi admiración y mi amor por Kapu.

¿Cómo era Kapuscinski como persona?

Hay un capítulo en el libro que se llama “Nuestro amigo Rysiek”. Es una conversación con sus amigos más cercanos. Ante todo, era un hombre muy independiente en su manera de pensar. Escuchaba siempre a los otros, pero no era alguien fácil de convencer. Era un hombre apasionado en el sentido político y personal, aunque inseguro y tímido en la confrontación con el mundo. En el fondo tenía una absoluta confianza en sus sentidos y en sus observaciones y detectaba con facilidad la falsedad en las personas y en los escritos. Tenía la convicción interna de que tenía cosas importantes para decir y que no era un reportero mediocre. De hecho, era un erudito, pero a la vez era muy simple en su manera de explicar asuntos complicados. En general, daba la impresión de ser un hombre sencillo y modesto. Su fama no lo cambió en la relación con sus amigos. Era él quien llamaba a preguntar: “¿Cómo van las cosas, necesitas ayuda?”.

Al leer sus obras uno se da cuenta de que Kapuscinski era un ser profundamente ético. En Los cínicos no sirven para este oficio dice que “para ejercer el periodismo, ante todo, hay que ser un buen hombre, o una buena mujer... intentar comprender a los demás...” Uno siente en él a un hombre humilde, nunca a un arrogante o mentiroso...

Yo creo que era humilde, pero no modesto. Él le dio la voz a los que nadie escucha, a los oprimidos. Era un cronista de los conflictos que nadie describía. Sin embargo, su modestia era hasta cierto punto una máscara necesaria. La biografía empieza con una descripción de la sonrisa de Kapuscinski. Creo que era algo muy importante de su personaje. Era una sonrisa amable, pero a veces un poco defensiva. Me pregunto si Kapu tenía la misma sonrisa para todas las personas, si era una sonrisa de cortesía o una sonrisa que le permitía acceder a alguna información. Creo que con el paso del tiempo, esa sonrisa se convirtió en su propia cara, en su segunda naturaleza. Las máscaras sirven para ocultar, pero también para revelar. Creo que Kapuscinski la usaba para ambas cosas. Su personalidad era mágica. Él hablaba y todos los críticos corrían detrás. ¿Cómo criticar a alguien tan amable como Kapuscinski?

Sin embargo, él nunca fue arrogante o antiético. Nunca trató de mostrar su superioridad, nunca intentó pasar por encima de nadie. Él conocía perfectamente su valor.

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