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Servidumbres y demonios

Collazos, Burgos, García y Silva acaban de lanzar o lanzarán pronto sus novelas. Arcadia los reunió para que conversaran sobre el oficio y la literatura en Colombia. Crónica de un encuentro.

2010/02/09

Por Redacción Arcadia

Cuando Ricardo Silva (Bogotá, 1975) y Antonio García Ángel (Cali, 1972) nacían, a mediados de los años setenta, Roberto Burgos (Cartagena, 1948) y Óscar Collazos (Bahía Solano, 1942) ya habían publicado al menos un par de libros. Y pertenecían a una generación apabullada por la sombra de García Márquez, que en 1967 había hecho ponerse de pie al Teatro Colón de Buenos Aires para aplaudirlo tras la publicación de Cien años de soledad. La promoción años cincuenta dice que ha tenido que sortear pesadas servidumbres: la ideología, la novela experimental con Rayuela a la cabeza y luego la “vuelta a la fábula” que supuso la narrativa de García Márquez. Los dos más jóvenes odian la servidumbre, precisamente, de que los llamen “jóvenes escritores” como si aún fueran sólo promesas: “Nadie quiere leer promesas”, dice Silva. Pero también aceptan que hay un efecto parecido al “efecto Cortázar”. Dice García que proliferan “los nuevos Bolaño, todos con historias de pequeñas sociedades de poetas malditos. Hay vilamaticas que quieren hacer experimentos irrepetibles”.

Frente a frente, cada uno de ellos ha publicado o está por hacerlo, novelas que exploran temas diversos: García, Recursos humanos, una trama empresarial en clave de clase media bogotana; Silva, El hombre de los mil nombres, una metaficción biográfica de un director de cine; Collazos, Rencor, novela de rabiosa inspiración con un personaje descarnado que lleva por nombre Kelia y que habita en los suburbios cartageneros; y Burgos, La ceiba de la memoria, que aparecerá en enero y que busca en la historia de un escritor contemporáneo la imposibilidad de escribir sobre el siglo XVII, el menos documentado de la historia de Cartagena.

Si Ibsen atacaba a sus críticos con la frase: “Nos vemos en la próxima obra”, los cuatro escritores, sentados en un quinto piso que da sobre una terraza en el norte de Bogotá, dicen que toda novela tiene ánimos vindicativos. “La mala leche”, dice Collazos, “siempre existe, el asunto es cómo saca uno esa sabia”. Recuerda uno de sus enfrentamientos con el difunto Moreno-Durán, en el cual Collazos lo llamó “germanófilo de Bogotá” y la andanada de R. H. no se hizo esperar: “bastardo de Bahía Solano”, le contestó. La envidia y los grupos parecen ser moneda corriente entre cualquier grupo humano. No es una virtud de la literatura que unos y otros empuñen banderas, hablen por debajo de los demás y al final, todos tan felices, se abracen en cocteles y lanzamientos. Cuando eso no ocurre, no hay sino que recordar que Vargas Llosa y García Márquez se quitaron el saludo desde hace treinta años y hasta hoy, por un presunto lío de faldas: el primero, en consecuencia, hizo sacar del mercado su tesis Historia de un deicidio, que había dedicado a la obra del premio Nobel.

Los cuatro, no obstante, no tuvieron mala leche entre ellos. Más bien al contrario, parecía un encuentro cauteloso de viejos conocidos. Al parecer, García y Silva leyeron en la universidad, cuando estudiaban literatura, a Collazos y a Burgos. Sin embargo, de eso no se habló mucho. Parece que es mejor encontrar una tercería para afilar los dardos. Por ello, quizá, el papel de los editores comenzó por ser un tema más interesante que el de su propia literatura. Burgos dice: “Los leo aunque es difícil seguirlos a todos por el ritmo de publicación. Eso habla muy bien del desarrollo de la industria editorial, porque cuando nosotros comenzábamos, la publicación era esporádica. Ahora resulta que encuentras simultáneamente lanzamientos de varios escritores de la misma generación”.

En ese sentido, Colombia parece experimentar un auge de publicaciones nacionales. Si en los años setenta, Collazos y Burgos, entre muchos otros, debían buscar el camino en editoriales de México o Argentina, hoy los narradores colombianos encuentran un mercado más accesible y natural. Parecería que como ocurrió hace unos treinta años, los editores de hoy, como entonces, están buscando escritores debajo de las piedras. Escritores que a veces llegan crudos a las imprentas. Collazos dice que es inevitable, que en toda cresta de la ola siempre habrá cosas buenas y cosas malas. Por su parte, Burgos apunta que “publicar lo que haya tiene efectos sociales interesantes, pues en la literatura hay una selección natural”.

Una selección que apunta, por lo menos entre ellos, a que un asunto es la literatura hecha con moldes y otra, la que asume riesgos formales y termina por permanecer en el tiempo. Los cuatro dicen que han tenido la intención de escribir su última novela como si fuera la primera, con todos los riesgos y toda la aventura necesaria para navegar en aguas turbias. Del resultado poco pueden opinar, pues de él se ocupan los lectores. Collazos, por ejemplo, se sumergió en el dolor de un monólogo de una adolescente desplazada por la violencia en una Cartagena indolente, una ciudad acorralada por la miseria y le costó sangre y fuego salir de esa voz; Burgos, en cambio, se enfrentó a la novela histórica con todas sus implicaciones peyorativas y como el período que había escogido no estaba muy documentado, decidió jugársela por el personaje del escritor como investigador del pasado que tiende puentes con el presente: el palenque del siglo XVII, corral de esclavos, le permite al personaje de La ceiba de la memoria comprender que la historia se repite y lo demuestran los campos de exterminio como el de Auschwitz. En el caso de García, becario de la Fundación Rolex, su novela fue compleja en un sentido formal, es decir, en la construcción de un personaje y un universo ajenos a sí mismo, aunque pronto comprendió que todo cuanto iba configurando su historia era una especie de ajuste de cuentas con un pasado que creía olvidado. Silva concluye: “Ésta ha sido la novela más difícil de escribir, pues es la única sobre la que me he preguntado para qué y por qué la estaba escribiendo. Tenía que encontrarle sentido a una historia que me perseguía desde el colegio. Además, tenía que saber cosas sobre el personaje, el director de cine, Hollywood, en fin, así que tras los dos años de trabajo comprendí que la estaba escribiendo porque me la debía, porque era tan necesaria como las otras”.

Servidumbres aparte, los cuatro se levantan, se dan la mano y siguen su camino.

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