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“Cuando se quitó la vida, me obsesioné con reinventarlo”

Cartagena, la soledad, la amistad, el blues y el cine son algunos de los elementos centrales de ‘Sin freno por la senda equivocada’ (2015), la primera novela del cartagenero Orlando Echeverri Benedetti.

2016/06/08

Por Ángel Castaño Guzmán

El suicidio de Leonard Garner desencadena un tornado de acontecimientos que cambiará las vidas de Lino Rodríguez, un periodista sin rumbo fijo, de Reinaldo Polo, un fotorreportero de vientre adiposo y adicto al ron Tres Esquinas, de Mara y de Lin Wei. Sin freno por la senda equivocada, la ópera prima del cartagenero Orlando Echeverri Benedetti (1980), ganó en 2014 el Premio Nacional de Novela Ciudad de Bogotá y fue publicada a finales de 2015 por El Peregrino ediciones.

Leonard Garner es el fantasmal personaje con cuya muerte empieza su primera novela. Garner irradia un magnetismo que arrastra a los personajes que lo rodean. ¿De dónde le vino la idea de construir una narración centrada en un personaje ausente? ¿Qué lo fascinó de Garner?

El estadounidense, el de carne y hueso, vivía en un viejo edificio del centro de Cartagena, tenía un balcón estrecho abarrotado de plantas que regaba sin excepción en las mañanas e iba todas las tardes a tomar cerveza en una barbería diagonal a la catedral. Lo conocí allí, haciendo tiempo para no llegar demasiado temprano a una escuela de ballet sobre la cual debía escribir un artículo comercial para El Universal. Un barbero que blandía una cuchilla me aclaró desde el espejo que era gringo, que había sido guionista, que hizo películas importantes.

Cuando le pregunté directamente y con sorna de qué trataban esas supuestas películas, me contó en un español salpicado de inglés una serie de  argumentos inconcebibles, y pronto decidí olvidarme de la escuela de ballet.  Fue ese el inicio de una breve amistad con un hombre de historias troceadas y descoyuntadas, en las que a toda costa evitaba los detalles de su pasado más íntimo.

Meses después, cuando se quitó la vida en las Islas del Rosario, descubrí que nunca tuve la menor idea de quién había sido en realidad ese guionista. La falta de respuestas devino en una obsesión por reinventarlo, redefinirlo, no solo mediante lo que yo consideraba era la voz que le correspondía, sino a través de otras que pudieran confirmarlo o desmentirlo en su ausencia. El conjunto de esas fuerzas en conflicto constituyeron a Leonard Garner.

La novela emplea diversos registros de escritura: el diario, los mails, los apuntes, en fin. ¿Cree que esta pluralidad de registros aumenta la densidad de la narración? ¿Cómo hizo para construir las voces del periodista, de la ex-novia de Garner, del fotógrafo y de Garner mismo?

Cuando comencé a escribir la novela ya había decidido que cada personaje empleara un formato particular, un tipo de documento a partir del cual desarrollar su historia. Este aspecto tenía una ventaja: que en el proceso de adaptación las voces hallaban su propio estilo de manera más natural, con su carácter, su tono, su ritmo y sus pausas. Existe, desde luego, una relación íntima entre cada personaje y el registro de escritura elegido: el periodista vuelca en su diario personal todo lo que no puede escribir en el periódico donde trabaja; la exnovia de Garner, en la correspondencia, se da licencia para hablar con una franqueza feroz y descarnada; el fotógrafo, en su prontuario, describe con una nostalgia patética y onanista un acontecimiento que, sabe de antemano, nunca más vivirá otra vez; Garner, por su parte, logra darle una estructura al ritmo caótico de su vida y la atrapa en la forma de un disco de blues. Creo que esa pluralidad de registros ofrece diversidad  más que densidad. Cada personaje promete un ángulo distinto, un lente especial a través del cual continuar la historia. 

Los personajes están muy arraigados a sus ciudades: Cartagena de Indias es un elemento clave de la acción. ¿Cuál ha sido su relación con su ciudad natal? En su opinión, ¿ha sido bien retratada en la narrativa actual?

Hace más o menos once años me fui de Cartagena y eventualmente he vuelto, nunca con la intención de quedarme. Creo que en la distancia hay un reencuentro más franco con la ciudad o la idea de esa ciudad, que por añadidura permite aprehenderla como escenario sin los contratiempos del cambio cotidiano.  

La ciudad es un elemento clave de la acción en el libro, como dices, porque inyecta a los personajes un estado de ánimo, a veces de mansedumbre, que bascula entre el tedio y la desesperación. Es quizá ese mismo estado anímico el que durante décadas ha impedido acabar con la inequidad obscena en que vive Cartagena, su corrupción y frivolidad, que son capaces de triunfar incluso rodeada por una miseria rampante. Por supuesto, no estoy diciendo nada nuevo, y al parecer la situación seguirá igual.

Hace poco menos de un siglo Jorge Artel daba cuenta visceralmente de esa resignación: “Aprende a comer mierda, buen hermano, si es que tu suerte deleznable y poca sólo te lleva, en su revés insano, un puñado de mierda hasta la boca”; o el Tuerto López, que en poemas como Mi Burgo o Hay que comer carne de gato, se lamentaba: “¡Qué ingente tristeza y qué infinito deseo de emigrar! /Y diariamente comiendo gato frito”.

La parte final de la novela, en la que por fin escuchamos la voz de Garner, da una idea de la importancia que jugaron el cine y la música en la formación del personaje. En su caso, ¿cuáles han sido sus relaciones con estas artes? ¿Le han servido en su oficio novelístico?

Cuando tenía veinte años mi familia vivía una situación excepcionalmente dura y yo procuraba pasar fuera de casa el mayor tiempo posible. Casi todo ese tiempo transcurrió en un gimnasio singular: el de un tío por parte paterna que vivía con su madre, mi abuela, en una casa inmensa cerca de la bahía. Tenía una habitación con las paredes colmadas de una colección de música compuesta de casetes y discos compactos. Todas las tardes mi tío levantaba pesas en un patio con amigos de su generación y hablaba de música y chismes de barrio. Yo traducía ramplonamente, con un diccionario de inglés, los libritos que traían los discos compactos, y quedaba perplejo con las vidas de algunos músicos de blues: el pacto satánico que se le atribuía a Robert Johnson a cambio de destreza con la guitarra; Howlin‘ Wolf, cuya madre lo echó de la casa por negarse a trabajar en una granja y que terminó con un tío que luego lo maltrataba.  Una noche se escapó y caminó casi ciento cincuenta kilómetros, sin zapatos, para reunirse con su padre; o Billie Holiday, que fue violada sistemáticamente por unos parientes que debían cuidarla mientras su madre, abandonada por el marido, trabajaba horarios inauditos. Era gente que, de verdad, tocaba el blues más puro y duro posible.

En cuanto al cine, por alguna razón siempre me fascinaron las películas de ciencia ficción o que planteaban un futuro distópico. Es algo que, por el contrario, no me sucede con la literatura. A menudo busco cosas distintas en cada una de esas disciplinas. En todo caso, y para responder la última pregunta, desde luego todo esto ha influido de manera determinante en lo que escribo, en mayor o menor medida y de acuerdo con la intensidad que me afecta.

¿De qué manera vivir tanto tiempo fuera del país le ha servido a su escritura? ¿Cómo es la cotidianidad de un fotógrafo de una agencia de investigación privada en Tailandia?

He tenido la fortuna de vivir en diferentes partes del mundo y la desgracia de no haber podido construir un hogar, una base. Tuve que dejar mi biblioteca dos veces, una en Cartagena y otra en Buenos Aires. Después no me quedó más alternativa que conseguir un Kindle. Esta situación nómada con frecuencia ha estado plagada de momentos de soledad abisal, de trabajos inauditos y personajes azarosos, pero han aportado material significativo para la construcción de mis historias.

Cuando llegué a Tailandia trabajé para el dueño de un colegio bilingüe, el jefe de mi mujer, que es inglesa. El hombre hacía préstamos y tenía problemas con ciertos clientes que no le pagaban a tiempo o que sencillamente no lo hacían. Me ofreció un trabajo siguiendo a algunos de ellos para entender qué era lo que sucedía, en qué se gastaban la plata, sus actividades, etcétera. Yo aprovechaba para tomarles fotografías y anotaba lo que me correspondía, porque más no podía hacer. Sólo soy capaz de decir un puñado de frases en un tailandés que causa grima. Tenía tiempo libre para escribir y algo de plata para sobrevivir. De esa manera, cuando me preguntaban qué hacía en Tailandia, simplemente respondía que era un detective privado.

 

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