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“Soy una vagabunda y lo seré siempre”

Tres intentos de suicidio. Dos matrimonios. Dos divorcios. Un alcoholismo que la hacía la chica más divertida del Hotel Algonquin. Y una soledad que ocultó tras un humor cáustico. Eso y más en este perfil de una gran escritora.

2010/03/15

Por María Alejandra Pautassi

Dorothy Parker nunca se la llevó bien con la autoridad. Cuando la Metro Goldwyn Meyer la contrató en 1937 para terminar el guión de You Can Be Beautiful, la historia de una empresaria basada en la vida Elizabeth Arden, ella escribió un final en que la heroína era bella e infeliz (no bella y feliz como debía ser en cine). Sam Goldwyn, como era de esperarse, perdió la paciencia. “¡Maldita sea, Dottie! Tú y tus malditas bromas sofisticadas. Eres una gran escritora… Tienes un gran talento y eres una gran mujer, pero no tienes una gran audiencia ¿y sabes por qué? Porque no quieres darle a la gente lo que desea”. Ella, con la impasible dulzura de toda una dama, le respondió que la gente no sabía lo que quería hasta cuando se lo daban, y continuó: “Sé que lo que voy a decirle le sonará extraño, señor Goldwyn, pero entre todos los miles y miles y millones de seres humanos que abarca la historia de la humanidad, ni uno solo ha tenido un final feliz”. Hablaba desde el pesimismo –la única posición ideológica que defendió toda su vida– y lo decía, claro, por el destino que se había labrado.

Para entonces Dorothy Parker era una leyenda. Había publicado cuatro libros de poesía (Enough Rope [Suficiente cuerda], Sunset Guns [Pistolas del atardecer], Sonetos en torno al suicido o la vida de John Knox, y Death and Taxes [Muerte e impuestos]), y cientos de cuentos en The New Yorker, Vanity Fair, Harper’s Bazaar y Esquire. Se había hecho un nombre como la crítica de teatro que hacía temblar a los directores de Broadway cuando la veían entrar a una obra, se la conocía como la reina madre de la legendaria Mesa Redonda del Hotel Algonquin, la voz más ácida que había producido la Nueva York de los movidos años veinte, e incluso se decía que era la mujer más inteligente en Estados Unidos. Tal era su fama, que para los años cuarenta se habían estrenado tres obras de teatro que se basaban en su vida: Here Today. A comedy of Bad Manners [Aquí y ahora, una comedia de malos modales], que desató la furia crítica de Dorothy (el título habla por sí mismo); Merrily we Roll Along [Felizmente rodamos juntos], “cuya protagonista era una alcohólica a la que se podía hablar como un hombre”, según George Kauffman, el director; y Over Twety-one [Después de los 21] sobre su relación con Alan Campbell, el guapo guionista con el que estuvo casada más de diez años y cuyo único defecto era ser 11 años menor que ella.

El interés por su vida personal no era de extrañar. Por la misma época, Dorothy llevaba a cuestas dos matrimonios y más de doce amantes conocidos (y otros tantos por conocerse), tres intentos de suicidio (lo que más le dolía, según dijo, era que no hubieran sido exitosos), tres abortos (el tercero causado por unos tumores en el ovario que atinó a comparar con “un jardín de rocas donde había plantadas cuantas flores se mencionan en las obras de Shakespeare”) y una afición a la bebida que le añadía un toque de glamour a la leyenda. El suyo era un destino que no sorprendía a nadie. Ni a ella misma, que hacia 1930 había escrito en tono profético: “Dicen de mi, y así debe ser / que difícilmente terminaré bien”. Una consigna personal a la que sería fiel hasta sus últimos años. “Soy una vagabunda y pienso seguir siéndolo siempre”, se disculpó ante sus amigos y conocidos cuando ya casi una anciana, a los 65 años, regresó por tercera vez a la casa de Campbell.

El nombre de Dorothy empezó a sonar en los círculos literarios de Nueva York a finales años 20 por sus ocurrencias que hacían desternillar de risa hasta a los más escépticos intelectuales del hotel Algonquin, y se mantuvo con la publicación de Enough Rope [Suficiente soga] en 1927, una serie de poemas satíricos sobre la muerte y el suicido. El crítico de The Nation escribió que “la cuerda ha sido trenzada con un humor cortante, endurecida con visos de desilusión y oscurecida con un espléndido y auténtico humor negro”. El crítico literario de The Bookman, John Farrar, fue más enfático: para él, Dorothy era “una gigante de las letras norteamericanas posada en la cima de su disciplina”. Con las buenas críticas, por supuesto, vinieron las malas y no faltaron reseñistas que dijeran que sus versos eran frívolos, escandalosos y efectistas, de miras cortas y de un humor fácil. Una impresión que acompañaría su obra hasta bien entrados los años 60. Al final de su vida se oía decir que Dorothy “no era más que una simple niñita judía que trataba de ser lista”. Por suerte, la aceptación crítica nunca se reflejó en las ventas de sus libros, aunque Goldwyn opinara lo contrario.

Dorothy, sin embargo, nunca fue buena para las críticas y a partir de entonces siempre dudo de ser “una escritora seria”. De inmediato empezó a escribir su primera novela, La soledad de las parejas, y a publicar cuentos que la hicieron pasar a la historia como la mujer que mejor retrató su tiempo. Cuentos cuyo realismo revela, por medio de la sátira, la crueldad, el racismo, el clasismo y el desprecio de los seres humanos, la angustia y la soledad en sus personajes femeninos, la debilidad y mezquindad de los poderosos. Nadie se salva de su ironía: hombres y mujeres llevan por igual. Los intelectuales, los críticos, los escritores con su característica arrogancia no se escapan de su sarcasmo. Su blanco solía ser quienes se tomaban demasiado en serio. El suyo era un ingenio que revelaba las más sutiles contradicciones. Las propias, incluso, con las que fue más despiadada.

En “Mrs. Carrington y Mrs. Crane”, un cuento de 1933, Parker lleva la soberbia de las neoyorquinas cultas al extremo. “El vacío –tuvo que decirle la señora Carrington–. Y la tontería. Y el eterno chismoseo, chismoseo y más chismoseo. Y las conversaciones de la ropa que tienen y la que van a tener. Pues ya estoy harta, eso es todo. No gracias, querida, no puedo comerme otro sánduche; empezaré a rodar mañana con los que llevo”. Ella misma, por supuesto, era neoyorquina, ni qué decir culta, se conocía su debilidad por la ropa cara, y por la época se la veía en las fiestas sentada en un rincón con una copa de martini en la mano rajando de la frivolidad de quienes la rodeaban. Tal como el anónimo escritor de “He’s charming”: “Dios estoy cansado –dijo el escritor–. Estoy muerto. Una fiesta terrible en la que estamos. La gente es terrible. Todo el mundo aquí es terrible. Hay mucho piojo”.

Tras la leyenda que construyó en torno suyo y el implacable humor que la hizo famosa, Dorothy escondía un miedo al abandono y necesidad de aprobación. La soledad, la angustia y la dependencia emocional son tema de cuentos como “El último té”, “Nueva York-Detroit”, “The Garter”, “La llamada”, “Sentimiento” y “La gran rubia”, el más conocido de todos de sus cuentos, donde narra cómo Hazel Morse, “la gran rubia”, planea su suicidio con veronal y fracasa (el mismo método que Dorothy había utilizado en 1926, después de que Eddie Parker, su primer marido, la dejara). Sus personajes solían ser mujeres atormentadas, emocionales, que terminan solas, olvidadas y que no pueden levantarse de la cama por las más diversas razones: principalmente el guayabo. Aunque también había crisis nerviosas, sedantes, abortos e intentos de suicidio –una imagen de la enfermedad y la muerte bien distinta a la de sus antecesoras románticas–. Mujeres todas, cuya soledad y debilidad era blanco de las pullas de Dorothy, pero que sumadas hacen un buen retrato de lo que fue su vida en la entreguerra.

A pesar de su precoz interés por la muerte, de haberla imaginado, de jugar con su idea durante más de cincuenta años y ensayarla en más de una ocasión, Dorothy Parker murió de un ataque de corazón en junio de 1967. La última gran ironía de su vida quizá fue esa: no morir por su propia mano, ni de la forma que quería, sino como una dama de sociedad a cuyo funeral asistieron 150 personas. La profunda soledad que la atormentó toda su vida, sin embargo, la acompañó hasta la añorada tumba y más allá: sus cenizas permanecieron en un archivador de la oficina de los abogados que se encargaron de su testamento hasta 1988.

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