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Tan lejos y tan cerca de la nación soñada

¿Por qué Colombia es más que violencia? Éste es el debate que servirá de lanzamiento para el último libro de Eduardo Posada Carbó, que hablará con Malcolm Deas y Francisco Gutiérrez.

2010/03/15

Por José Alejandro Cepeda

Hay gente a la que se le va buena parte de la vida entre aeropuertos. El viaje como exploración, inmigración o punto de regreso. No sólo pilotos, deportistas, artistas, papas y políticos conviven entre pistas de aterrizaje, también algunos académicos. Los que por sus conferencias, residencias como profesores visitantes y horas de biblioteca y bicicleta tienen que enfrentar el pasillo del aeropuerto para leer, reflexionar o escribir correos de última hora.

Eduardo Posada Carbó es uno de ellos. “Abordé el avión que me llevó por primera vez a Inglaterra un día de septiembre de 1981. Horas antes me había graduado como abogado en la Universidad Javeriana con una tesis titulada El derecho a la diversidad”, cuenta la página 265 de su controvertido libro La nación soñada. Violencia, liberalismo y democracia en Colombia. Barranquillero, doctor en Historia moderna, columnista y habitante de una vida intelectual en el tranquilo suburbio de Summertown en Oxford (Inglaterra), desde allí le hace una pregunta a su país por medio de la revisión de los términos en que muchos colombianos suelen definirse a sí mismos, en plural. Luego de más o menos trescientos años de historia colonial española, y doscientos de una azarosa aventura autónoma republicana, plantea: ¿qué tan cerca estamos de la nación soñada? Para indagar qué tanto hay de violentos o criminales; pero también de convivencia y de nación. Un ejercicio crítico de las líneas argumentativas que privada y públicamente –desde las conversaciones de café, el arte, la prensa, la academia y la política– definen cotidianamente el contenido de esa entelequia llamada “Colombia”, evaluando qué tanto se corresponden la teoría y la práctica de la democracia. En consecuencia, una mirada a la lógica que usa un país para autodefinirse. Y es en ese punto, más que en decir qué tanta democracia existe en Colombia, donde puede residir el aporte de Posada Carbó.

El prólogo está firmado –consecuente casualidad– desde Summertown el 20 de julio de 2006. Sí, 20 de julio es la fecha que Colombia celebra como declaración genérica de independencia gracias a los eventos de 1810 que dieron paso a la Patria Boba y luego a la impronta de Simón Bolívar a partir de 1819. Aunque ni Bolívar ni Santander –personaje revalorado por Posada– visitaron aeropuerto alguno, sí eran viajeros como él. Así que sobrevuela desde allí una revisión bibliográfica y pública colombiana e, incluso, extranjera. Siete partes proponen “reivindicar valores distintos de la violencia” y “reencauzar la nación”, teniendo como eje el reconocimiento de una tradición democrática y liberal. Analizando si los discursos inclinan hacia la generalización negativa de la nación o, por el contrario, a su reconocimiento republicano, reflexiona –entre muchos– sobre la obra de académicos como Gonzalo Sánchez, Myriam Jimeno, Malcolm Deas y Daniel Pécaut; intelectuales como Arturo Torres y William Ospina; columnistas como Salud Hernández-Mora y Antonio Caballero; novelistas como García Márquez y R.H. Moreno-Durán; ex presidentes como Caro, Lleras Camargo y el propio Álvaro Uribe.

Algunos, dentro del debate esperado por el autor, han polemizado advirtiendo que, efectivamente, teoría y práctica de la democracia en Colombia no se corresponden. Que basta salir Constitución en mano a la primera esquina disponible. Pero parece también faltar señalarse (en concordancia con las posturas neoinstitucionales más sensatas de las Ciencias Sociales), que tanto los planos formales de la democracia, es decir las instituciones políticas, son tan importantes como sus actores. Como lo aclara Simón Sinclair, anotando una relación de mutua causalidad: “Las instituciones son variables que señalan el camino del comportamiento social, pero también el resultado de lo que sus protagonistas hagan de ellas”.

Mientras se discute si comprendemos la democracia como metodología de convivencia (Robert Dahl puntualizaría dos fundamentos: participación y pluralismo), y si las afirmaciones que hacen los colombianos en muchos casos son de corto, mediano o largo alcance, Eduardo Posada Carbó pasa por otro aeropuerto que lo acercará a una presentación de su libro en Colombia, este 22 de enero en la Universidad de los Andes. Un debate en el que uno se pregunta si no persiste en algunos la idea de que mientras existan hechos de violencia fáctica, pareciera imposible no hacer una ponderación negativa generalizada, aun luego de la lectura de su libro. ¿Es tan difícil reconocer los aspectos positivos de Colombia y más fácil “criminalizar la nación”?

“Todo autor debe recibir como estímulo cualquier comentario crítico de su trabajo. Por supuesto que no siento que lo que he escrito sea definitivo en ninguno de sus puntos. De lo que se trata es de motivar una discusión con argumentos razonables sobre un problema de tanta gravedad y causante de tanto dolor. Tiene que existir un espacio para ese debate, ya que no creo que con limitarnos simplemente a lamentar las tragedias de los numerosos y horrorosos episodios violentos vayamos a encontrar las soluciones. Tratar de identificar aspectos positivos de la nacionalidad no es invitar a la complacencia; por el contrario, es tratar de buscar salidas”, dice Posada Carbó.

Aunque en sus escritos es clara la defensa de un marco institucional democrático, en concordancia con una tradición liberal occidental a la que mal que bien se suscribe Colombia, y que, como él mismo escribe “reconocer una tradición no significa glorificarla”, Posada no está de acuerdo con que lo califiquen de defensor del statu quo, en un sentido “negativo”, relacionándolo más con el poder que con la institucionalidad. “Cada lector siempre tiene interpretaciones distintas de lo que otro puede tener de un mismo texto. La nación soñada no es un libro sobre los protagonistas de la historia política colombiana, sino una exploración de los valores que creo que han inspirado la nacionalidad. Estoy más interesado en la institucionalidad que en lo que podría llamarse coyuntura. Claro que me parece una lástima que algunos no lo entiendan de esta manera. Quizá la raíz de tales interpretaciones esté en la misma mala fama intelectual que tiene hablar de la ‘institucionalidad’, o de la misma ‘democracia liberal’ o del ‘reformismo’ entre nosotros. Por eso la defensa de la institucionalidad y del reformismo se malinterpreta como una defensa del statu quo. Y eso es un grave y profundo error. Pero, bueno, de eso se trata: de motivar el debate. Quizá logremos que tal diferencia pueda por fin ser apreciada en el discurso dominante.”

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