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Tango agotado

Alberto Aguirre recorré la Medellín el espacio dónde se mueven los personajes de Aire de Tango.

2010/03/15

Por Alberto Aguirre

Este libro no es sobre Medellín; ni siquiera es sobre el tango. Para sintetizar, hace referencia a gentes del campo trasladadas a la ciudad, y que en la ciudad conservan los hábitos que tenían en el campo. O sea, la ciudad, con su construcción y su historia, no ha penetrado aún en el espíritu de esos aldeanos. Su vida urbana se desarrolla como un injerto. Y tampoco es sobre el tango, en el sentido de mostrar cómo se engendró y cómo evoluciona ese ritmo, dentro del espacio urbano de Medellín, y en relación con las gentes que lo habitan.

En este punto cabe reiterar que el mote de ciudad tanguera que se le adjudica a Medellín es un embuste. Hay un núcleo (numeroso) de fanáticos del tango, como hay devotos de san Martín de Porres y de la Sonora Matancera. Tales devotos, que llegan a la beatería, coleccionan todos los discos de Gardel, saben a qué horas se desayunó el día del accidente, saben cuántos sombreros tenía el Zorzal y coleccionan trozos de la guitarra del Morocho que se quemó en el accidente del Olaya. Y los venden como reliquias. Son tantos los trozos, y todos debidamente autenticados, que con ellos se podría tapizar el campo de aviación. Los beatos dicen que Medellín era tanguera en el parto, antes del parto y después del parto. O sea, que cuando llegó al Valle Jerónimo Luis Tejelo ya se bailaba el firulete. Ese estigma tanguero se lo ganó Medellín a raíz del accidente aquel. Recuérdese que el fanatismo tiene una propensión funeraria y aquí encuentra su alimento. Si Gardel hubiese muerto de un infarto en su lecho del Abasto, Medellín no sería tanguera.

Cuando vino a Medellín no tuvo ningún éxito. Llegó el lunes 10 de junio de 1935. El Colombiano trae la noticia en escueta columna de la primera página, sin foto, y se limita a decir que “tuvo un recibimiento entusiasta”. Sus actuaciones estaban previstas para el martes 11 y el miércoles 12, “faltando un cuarto para las nueve de la noche”, en el Circo España, que no era un teatro sino una carpa en la que se desarrollaban funciones de toros, de circo y de farándula. No da noticia el periódico de la primera presentación. Dice que en la segunda “se presentó fuerte lluvia, lo que obligó a los habitantes a recogerse muy temprano”. No fue casi nadie. El empresario, Alberto Mejía, anunció que harían una tercera presentación “el jueves 13, a precios populares”, esto es, a sesenta centavos luneta y a veinte centavos general. Para tener una medida, la entrada a cine en ese mismo Circo España valía cuarenta centavos. Cuando un espectáculo fracasa, hay alargue a precios reducidos. Pero se mató a los diez días, nadie se acuerda del fracaso y sucede la adoración funeraria, que alcanza la eternidad.

En la novela de Mejía Vallejo aquellos montañeros cargan todavía con su ancestro campesino y con las lacras que los distinguen: les gusta pelear a cuchillo, que es el típico duelo de los matones montañeros, en esa forma feroz que refiere el libro: los duelistas se agarran de las puntas de un pañuelo rabo’e gallo, empiezan a mandarse lances y el que suelte su punta es un cobarde. O un muerto. Como el gaucho es cuchillero, es ésta la afinidad principal con el mundo del tango. Jairo, el personaje, tiene sesenta cuchillos y durante todo el libro se ocupa en clavar cuchillo en pecho ajeno, a tal punto que es lo único que aquí pasa: las puñaladas de Jairo. Y como todo matón, es indestructible: “Ochenta lances le vi; de ochenta salió enterito”. Claro que un personaje de esta ralea, según los cánones del drama trágico, tienen que morir por acción de su misma medicina. Sí, su íntimo amigo lo mata a cuchillo, pero ni siquiera se da cuenta del chuzón. Es la teoría del guapo, propia de la literatura antioqueña. Dice Jairo: “Que vaca ladrona no olvida el portillo; ni el cuchillo olvida la sangre si un día probó sangre”. Por consiguiente, los personajes de la novela son los cuchillos de Jairo, con nombres de días de la semana. Domingo es matrero. Pero Martes también mata. Y la trama se concentra en el guapo. Este texto de Aire de tango dice bien su clima: “Y sigue el baile y siguen las hembras y sigue el machete y el puñal y el revólver. Cuando a Jairo se le rebotaba un guapetón, apenas decía: ‘Éste como que se aburrió viviendo’, y lo dejaba en las últimas boquiadas”. Tanto asesinato, y tan fácil, que el asunto toma visos de comedia. Es lo que sucede con todo exceso. Una de sus potenciales víctimas aparece con camisa blanca, impoluta; Jairo lo clava con Jueves y dice con su voz más fina de matón, al ver sangre a borbotones: “Lástima de camisa nueva, de todos modos le luce el color”.

Pero Jairo, fuera de dar puñaladas, no hace nada: no tiene ninguna presencia como personaje de una novela, ninguna acción, ninguna relación con otro. No hay una trama novelística en la cual quepan las puñaladas. Mata a troche y moche, porque sí, para darle oficio a sus puñales.

Ese trazo de ridiculez que tiene el tango lo dice Jorge Luis Borges (en El hacedor, “Dialogo sobre un diálogo”): “Yo jugaba con la navaja de Macedonio; la abría y la cerraba. Un acordeón vecino despachaba infinitamente ‘La cumparsita’, esa pamplina consternada que les gusta a muchas personas poque les mintieron que es vieja”.

El tango es un valor turbio. Dijo Astor Piazolla (reportaje en el International Herald Tribune, agosto 11 de 1986): “Usted puede cambiar cualquier cosa en la Argentina: religión, leyes, sistemas políticos, veinte mil presidentes, pero no cambie el tango. Es como una secta religiosa. Están embutidos en algo de lo que no podrán salir. Nacieron, viven y morirán para el tango. Trago, drogas, prostitutas, policía, gigoló, rateros; póngalo todo junto y eso es el tango. Estoy por fuera de ese negocio. Lo detesto. Yo encontré otro camino”.

Aire de tango se completa con una serie de estampas sobre las costumbres de un grupo de muchachos (literatos casi todos) de Medellín, en una cierta época: entre 1940 y 1950. Ahí estamos todos referidos por alguna menuda anécdota. El libro es un tapiz de nostalgias. La dedicatoria del libro es a Balmoré Álvarez, “que otra noche murió de puñal”. Hace referencia a José Alvear Restrepo, abogado y filósofo que se metió a las guerrillas del Llano, un verdadero héroe de nuestro tiempo y que murió ahogado en el Meta: se volcó la canoa en la que venían los guerrilleros a dejar sus armas y él no sabía nadar. Aquí aparece el caso de nuestro profesor de literatura, Edgar Poe Restrepo, joven poeta de fina estampa y aun mas fino corazón. Pero, como cuenta el libro, se desdoblaba con los tragos y se volvía pendenciero: “Tenés cinco minutos pa’irte de aquí”, le decía a cualquier desconocido. En La curva del bosque lo mató Muriel, un menudo empleado judicial, con una navajita de limpiarse las uñas. Hospitalizado el poeta, se voló del San Vicente, saltando de un segundo piso: formó una septicemia. Nos habíamos encargado de seguir dictando la clase, para que a Edgar Poe le siguieran pagando el sueldito. A mí me tocó hablar de “La luna”, de Diego Fallon. El 11 de noviembre de 1942, cuando presentábamos el examen final de Historia de Colombia, nos avisaron su muerte. Algunos no pudieron seguir escribiendo sus respuestas. Aire de tango es un anecdotario de nostalgias.

Mejía Vallejo emplea un listado de la jerga popular, como si quisiera elaborar un lunfardo antioqueño, y es éste otro parentesco (forzado) con el tango: “que le tiren raya ... nos llevó el ensanche ... salú ... asomaíta ... tuvieron que sacarme con espejitos ... el que no ha comido carne, el ñervo le sabe a gloria ... éste cree en pájaros preñaos”. Todavía se oye aquél de:“Se lo llevó el ensanche”, para decir el fenómeno del arrasamiento urbano por la ampliación de calles. Se convirtió en frase proverbial. Al Medellín del tango se lo llevó el ensanche; desaparecieron las calles y los cafés de Guayaquil y de la Plaza de Cisneros, donde bebían los guapos mientras oían a Carlitos. Inclusive, los cafés de tango que se mencionan en el libro (Melodía de arrabal, La Gayola, Café de los angelitos, Rodríguez Peña, Bettinoti, La última copa, Cuesta abajo) nunca exisitieron en Medellín: esos nombres corresponden a títulos de tangos o a cafés de Buenos Aires. No hay dónde buscar la huella tanguera. Y los tangueros que quedan se reúnen a rumiar nostalgias en sitios que son como catacumbas: para devotos de un culto. Todavía existe El patio del tango, del renombrado Gordo Aníbal, pero tuvo que cerrar La casa gardeliana, situada en La 45 legendaria. Existe el Salón Versalles, una cafetería en el centro, de relación indirecta con el tango, pues su propietario es un argentino de carácter discreto, Leonardo Nieto, radicado en Medellín hace años, y allí venden yerba mate y la ensaimada, esa empanada que se menciona en tangos. Hoy, en Medellín, el tango no es popular. En los almacenes de discos hay un mínimo número de casillas con CD de tango, en tanto que hay centenares de otros ritmos, y en la programación general de las emisoras populares, suena de tarde en tarde un tango, en tanto que resuenan a mañana y tarde boleros, rancheras, vallenatos y la guasca de tan hondo arraigo en la ciudad.

En el libro de Mejía Vallejo se hacen referencias biográficas a Gardel y se transcriben supuestas cartas suyas. Pero esto no es materia novelística..

El libro se completa con evocaciones de la vida aldeana que han sido estampas propias de la novelística de Mejía Vallejo. Aparece Balandú, su pueblo mítico, y es como un eco de otros libros; y aparecen los duelos entre machos. Reluce el machismo, tan propio de Antioquia. Había una rivalidad entre Don Cuyo, el mayordomo, y su caballo, Tirano: “Yegua que montaba el animal, muchacha que tumbaba el hombre”. Tal vez en este menosprecio de la mujer haya otro parentesco con el tango.

En el mundo real la nostalgia es un asco; pero en la literatura adquiere un cierto halo de melancolía. Ése es el mérito de Aire de tango.

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