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Tendido en la oscuridad

El ganador del Premio Pulitzer, en 1968, con Las confesiones de Nat Turner, falleció el pasado 1 de noviembre de una neumonía en Martha’s Vineyard, Massachusetts. Una vida entre la oscuridad y la desesperación, entre el dolor y la literatura.

2010/03/15

Por Conrado Zuluaga

El último de ese linaje de escritores que encabezó William Faulkner, y del cual también hicieron parte, entre otros, John Steinbeck y Ernest Hemingway, murió el pasado 1 de noviembre en su casa en Martha’s Vineyard, Massachusetts, a la edad de 81 años, muchos años después de haber ganado la batalla que libró contra el alcoholismo y la locura.

Había nacido en Newport News, Virginia, y se crió en el sur. El tratamiento dado a los temas sureños en varios de sus escritos, pero de manera muy especial en Las confesiones de Nat Turner (1967), la crónica de una revuelta de esclavos ocurrida en 1831, condujo a que siempre fuera emparentado con William Faulkner. Su primera novela, Tendidos en la oscuridad (1951), que aborda la ruina moral y económica de una familia sureña de clase media, llamó la atención de los lectores y puso a Styron en el gran filón literario del Sur. Ese mismo filón del cual extrajeron la materia de sus libros Erskine Caldwell, Carson MacCullers, Eudora Welty y, por supuesto, William Faulkner.

El reconocimiento lo alcanzó con Las confesiones de Nat Turner, al recibir el Premio Pulitzer de 1968. Después vendrían La decisión de Sophie (1979), con unas grandes ventas y un éxito cinematográfico internacional, y Una mañana en la costa (1993), entre otros.

Su notoriedad en el ámbito colombiano obedece más que a una lectura juiciosa de sus libros, desaparecidos del mercado hace años, al hecho de que fue quien hizo las veces de dueño de casa en una célebre reunión de doce personas que tuvo lugar en su residencia en Martha’s Vineyard, en 1994. Entre los invitados se encontraban el escritor mexicano Carlos Fuentes, el presidente Bill Clinton y el Nobel colombiano Gabriel García Márquez.

El diario El País de Madrid registró la reunión anunciando que se había hablado de todo: de política, de Cuba, de narcotráfico y violencia, de América Latina, pero sobre todo de literatura. Un pequeño aparte de esa conversación que duró cinco horas es recordada así:

“‘¿Qué libro le hubiera gustado… escribir a Styron’, preguntó Clinton. ‘Huckleberry Finn, de Mark Twain’, contestó el anfitrión. ‘¿Y a García Márquez?’ ‘El conde de Montecristo, de Alejandro Dumas’. ‘¿Y a Fuentes?’ ‘Absalón, Absalón, de William Faulkner’. ‘Ah, Faulkner?’, dijo el ex gobernador de Arkansas. Ahí terció García Márquez: ‘Yo prefiero Luz de agosto’. ‘Me gusta más Absalón, Absalón’, señaló Clinton, ‘pero sobre todo admiro la segunda parte de El ruido y la furia’. Los contertulios se sorprendieron, porque ésa es, como dijo García Márquez, ‘la parte más compleja y la más meritoria y difícil del trabajo de Faulkner’. (…) Clinton les recordó que creció cerca de Oxford, Mississippi, la tierra de los libros de Faulkner… El presidente estaba leyendo un libro sobre la economía del futuro.

”‘Usted lo que tiene que hacer es leer El Quijote, ahí están las soluciones a todo’, le dijo García Márquez.

”‘Pero El Quijote ya lo he leído’”.

Ése fue el ambiente que Styron como anfitrión fue capaz de crear para que Clinton le reiterara a García Márquez que su referencia a Cien años de soledad como su libro preferido, durante su última campaña, era una declaración sincera y no una carnada para ganarse el voto latino, como lo pensó y manifestó públicamente el Nobel colombiano.

Con la muerte de Styron, las letras norteamericanas y los lectores de todo el mundo pierden a un gran escritor. Hay que confiar en que esta pérdida renueve el interés editorial por publicar algunos de sus libros. Cinco títulos suyos figuran actualmente en la agencia española de isbn, de modo que es muy posible que en los próximos meses vuelvan a verse varios de ellos en el mercado colombiano. Ojalá

 

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