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“Tengo que ver qué voy a hacer con mi muerte... No tengo ganas de celebrar mi centenario”

Álvaro Pombo se declara viejo. El escritor español, nacido justo al final de la Guerra Civil y exiliado en Londres la última década del franquismo, publica La previa muerte del lugarteniente Aloof. Aquí, medita sobre la vejez, sin mucha autoconmiseración. Más bien, con una sana dosis de ironía.

2010/03/16

Por Lina María Aguirre

Diciembre de 2009: Álvaro Pombo está a punto de embarcarse. El próximo puente lo va a pasar en la isla de Cabrera, en el archipiélago balear. Mar, descanso lejos del trajín de ciudad durante la combinación del calendario de este país que empata el día de la Constitución y de la Inmaculada Concepción. Estado y religión unidos en un solo festivo. No suena mal, el paseo, pero es problemático. El autor, que habitualmente va de traje, corbata y pañuelo a juego, tiene que ponerse una pinta semideportiva: debe hacer un transbordo en algún tipo de lancha, saltar aguas, posible desequilibrio, seguro vaivén. Y además, está el problema del reuma. Las rodillas ya no son lo que eran. De eso ya se ha dado en sus ahora abreviados recorridos en bicicleta en Madrid, donde vive. En suma: Pombo se declara viejo, y eso es “muy difícil de llevar”.

Por suerte él tiene el solaz de escribir. Acaba de publicar La previa muerte del lugarteniente Aloof (Anagrama), coincidiendo con su septuagésimo cumpleaños. Una novela en la cual se aparta de sus temas y tonos anteriores para abordar la cuestión de la longevidad desde el punto de vista de un capitán que encuentra un texto escrito por un “narratólogo”, Aloof, cuya identidad no se descubre del todo, pero deja bastantes pistas. Es una novela interesante de aventuras, que atrapa y además es portátil: “En el autobús, en el lavabo, prácticamente de bolsillo”, asegura el autor.

Pero La previa muerte... no es una ligereza, aquí se plantean varias preguntas pesadas. ¿Qué le ocurre a un hombre de acción al volver a la vida quieta? ¿Cuál es el destino de los héroes? sentarse en una oficina, con la chaqueta ‘guerrera’ puesta pero pasando las horas sellando documentos y formularios? ¿Y luego montarse al bus esperando que le cedan el asiento reservado a las ‘personas mayores’, es decir, el asiento de los eufemismos? Porque algo con lo que no conviene Pombo es con la política correcta de embolatar la edad con fórmulas de extraordinaria delicadeza. A lo sumo, se tratará de “previejo, viejo o transviejo” pero sin que ello alivie la irreversible senectud.

Sucede que los años le están afectando la capacidad creadora, justamente cuando le ha tocado una época en la cual la vida creativa se prolonga por la longevidad actual. Y además está la yuxtaposición de olvidos-recuerdos: aquel nombre de un famoso editor italiano que no consigue citar y, al mismo tiempo, el permanente estado memorioso de anécdotas. “Somos memoria viviente”, dice, hablando de él y sus coetáneos. Un par de días antes de la presentación del libro en Barcelona había estado en el Festival Ñ en Madrid rememorando hechos y personajes del pasado, con toda la precisión necesaria como para retratar socarronamente al escritor Vicente Molina Foix, décadas atrás, “andando por Londres con un abrigo de piel de conejo… Un conejazo”.

Olvido-memoria, una paradoja continua, que le hace pensar en sus poetas favoritos, como T.S. Eliot, uno de cuyos versos dice que los hombres viejos deberían ser exploradores. ¿Pero es esto posible cuando median achaques y, sobre todo, equipajes pesados acumulados en el tiempo? Esto es lo que indaga Pombo en su novela. Eliot añade: Este es el uso de la memoria/Liberación del futuro/Liberación del pasado. No es tan fácil, constata Pombo, contraponiendo a otro de sus favoritos, Philip Larkin, diciendo “el futuro gravita sobre nosotros”. Ese mañana siempre está ahí acechando, mientras que al mismo tiempo cuesta tanto librarse del ayer.

“Yo no me libero bien del pasado. No puedo despojarme despampanantemente. Por ejemplo: de la malvada presencia del amor no me he liberado del todo... Soy obsesivo-compulsivo”. Intenta perdones, pero no logra completarlos: “No se puede amar del todo pero tampoco seguir aborreciendo”. No, no es fácil seguir a Eliot al pie de la letra, a no ser que se amplíe el significado de la exploración, asumiendo las debilidades tanto emocionales como físicas, que es el asunto encarado por su personaje de La previa muerte... y por el lugarteniente cuyo nombre en español significa ‘distante’.

En el lanzamiento de su novela, Pombo ya anuncia su próxima, que tratará de viejos y de cocodrilos, entre quienes encuentra relación. Y de la manera como las generaciones enfrentan el paso del tiempo. “Los chicos tienen la pasión de las lejanías y llevan mal la pérdida de la gracia”. Por chicos se refiere sobre todo a los de su edad, aquellos que, a diferencia de los chicos jóvenes y las chicas de siempre, no le parece que estén bien preparados para los años que empiezan a transcurrir más domésticamente, en la cotidianidad y rutina de las cosas simples, en “la pequeña muerte y el potaje de lentejas”. Un problema derivado, dice él, del “carácter mortal de la masculinidad. Solo tenían que fecundar y no madurar”.

Pombo tiene un diagnóstico claro del envejecimiento aunque no está todo resuelto. “Tengo que ver qué voy a hacer con mi muerte... No tengo ganas de celebrar mi centenario... Supongo”. Al menos no como el escritor Francisco Ayala, quien murió recientemente casi a punto de alcanzar los 100, pero con problemas de circulación que hacían que su voz “estuviese desarticulada”. Pombo, quien dicta sus novelas, le tiene pavor a la afonía: “La voz es la esencia de mi arte. Tengo un mundo muy oral, contar y hablar cosas, sería una gran desgracia. He dejado de fumar expresamente por ese motivo”.

Así que Álvaro Pombo anda explorando otras facetas de su literatura, cuidando la voz, moderando la bicicleta, negociando paces con pasado y futuro. Sin embargo, no niega que tiene todavía algunos temitas pendientes en el presente, como el sado-maso y las transgresiones eróticas. Porque, una cosa es reconocer las limitaciones de la edad y otra muy distinta abandonarse a la sosería. Del creador del lugarteniente Aloof –aún y con lo ricas que dice que le quedan las lentejas– nadie podrá decir lo que Sartre dijo de Georges Bataille, que transgredía sólo “a horas”.

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