En 1972 Manrique obtuvo su B.A en Literatura Inglesa de la Universidad del Sur de Florida.

"Nunca había tenido un amigo íntimo homosexual"

Jaime Manrique ha esperado décadas para publicar en Colombia este cuento debido a su explícito contenido sexual. Aquí, compartimos la tercera parte de 'Amar en Madrid', la historia de un joven homosexual colombiano que viaja a España para encontrarse a sí mismo.

2016/12/14

Por Jaime Manrique

La mañana siguiente, llegué al Consulado Colombiano tan pronto abrió sus puertas. Mientras esperé toda la mañana que el cónsul me atendiera, me ofrecieron café varias veces, el cual bebí con mucha azúcar para conseguir energía. Mi estómago vacío empezó a hacer sonidos que la gente en la sala de espera pudo oír; el café y el azúcar me hicieron sentir exaltado, lúcido y muy inquieto. Finalmente, alrededor de la una, la secretaria del cónsul, una mujer amigable, de Bogotá, me dijo que el funcionario no iba a recibir a nadie más y me recomendó regresar en la tarde. No había comido en 24 horas, pero no había nada que pudiera hacer excepto ir a un parque y esperar hasta que el consulado reabriera en la tarde. Si todo salía acorde con mis planes, podría comer esa noche en uno de los restaurantes baratos en el Barrio Gótico.

Había bajado al primer piso, sintiéndome débil y desanimado, y mientras cruzaba la entrada del edificio, choqué con un joven que entraba de prisa. Estaba a punto de insultarlo cuando me di cuenta de que me parecía conocido.

“Martínez”, dijo, con un acento barranquillero que reconocí de inmediato. “Rivadeneira”, dijo luego, tocándose el pecho con sus dedos. “Carlos Alberto Rivadeneira, de Barranquilla”.

Estaba sorprendido de que me reconociera. No había visto a Carlos Alberto desde los días de mi adolescencia en Barranquilla, cuando los dos participamos en concursos de declamación. En ese entonces, éramos leales competidores, aunque mantenía mi distancia porque él entonces tenía reputación de homosexual, algo que era de verdad escandaloso e inaceptable en la Barranquilla de esos días. Por más que quisiera ser su amigo, temía las murmuraciones que nuestra amistad podría crear. Después de mudarme a los Estados Unidos con mi familia, nunca lo había vuelto a ver.

-¿A dónde vas?, preguntó.

Le expliqué mi situación y que el consulado estaría cerrado durante las horas de almuerzo y que regresaría cuando reabrieran en la tarde.

“¡Maldita sea!”, soltó Carlos. “Yo recibo mi correo acá. Venía a recogerlo; malditos burócratas. Chupasangres, por eso están acá. Cada semana cierran más y más temprano. Me extraña cómo cumplen las funciones. Tan Macondiano”. Cuando terminó de criticar a los funcionarios colombianos, preguntó: “¿Qué estás haciendo ahora?, ¿quieres que almorcemos?”.

Oír la palabra almuerzo me recordó el hambre. Estaba a punto de excusarme, cuando Carlos Alberto dijo: “Yo te invito. Vamos, será chévere ponernos al día sobre nuestras vidas, después de todo este tiempo”.

Acepté la invitación creyendo en mi buena suerte. Nos dirigimos a Las Ramblas y entramos en uno de esos restaurantes que tantas veces había pasado de largo y que pensé que nunca podría costear. Frente a una inmensa paella que acompañamos con mucho vino, charlamos animados como si fuéramos íntimos que no se han visto en años. Carlos Alberto me dijo que había llegado a España el año anterior a estudiar lenguas romances y árabes en una universidad de Barcelona. Sin embargo, después de su llegada se dio cuenta de que lo que realmente quería hacer era convertirse en dramaturgo. Para un escritor latinoamericano no había mejor lugar que Barcelona en aquellos años. García Márquez y Vargas Llosa habían vivido allí varios años antes de nuestra llegada. Fue allí donde habían tenido su escandalosa pelea (se había reportado en la prensa que el peruano le había dejado un ojo negro al colombiano). El chileno José Donoso, al igual que otros escritores famosos del llamado Boom latinoamericano, residían en la ciudad. Las editoriales y agentes más importantes estaban localizados en la capital de Cataluña.

Carlos Alberto, cuyos ancestros eran catalanes, era larguirucho, de cabello rubio, facciones finas y bien parecido. Era además bullicioso, vehemente y de un intelecto apasionado. Comer con él no era una experiencia del todo agradable porque escupía pedazos de comida en tanto que se entusiasmaba expresando sus opiniones. Como estudiante, había podido conseguir un permiso de trabajo y ganarse la vida como traductor. Me contó que durante el verano no había trabajo, pero que tendría mucho de nuevo en septiembre. Debido a que yo sabía inglés, me aseguró que me ocuparía como traductor en el otoño. Ya que le esperaban pagos por trabajos que había hecho durante la primavera, pensó que podría sobrevivir en el verano. Su plan era dedicarse los meses de julio y agosto a su obra, una especie de Largo viaje hacia la noche de Eugene O‘Neill, que transcurría en el jardín de la casa de sus padres en Barranquilla.

Carlos Alberto era un hombre del renacimiento, sabía varios lenguajes y tenía un conocimiento enciclopédico de la historia y la literatura de Europa y de la arquitectura de Barcelona. Me entretuvo con muchas historias sobre sus conquistas en Barranquilla y en España. Nunca había tenido un amigo íntimo homosexual, y al encontrarlo de esta manera me pareció como si me hubiera reconectado con un primo que no veía hacía muchos años. Después del almuerzo, Carlos Alberto sugirió que fuéramos a tomar un coñac a un bar en el Barrio Gótico. En ese momento, a causa del licor, y debido a la calidez de las dos horas que habíamos compartido, me sentía lo suficientemente relajado para serle franco. “Mira”, dije, “me encantaría irme contigo, pero debo regresar al consulado. Necesito empeñar mi máquina de escribir”. Le expliqué sobre la carta que necesitaba del cónsul.

-Santiago, no hipoteques tu máquina de mecanografiar, -explotó Carlos-. Tú eres un escritor. ¡Vende primero a tu madre!

-Pero tú no entiendes-, insistí-. No tengo un centavo. Si no la empeño, mañana no como.

-Hombre, no te preocupes tanto por dinero. El mundo está lleno de plata. ¿Cuánto crees que me sobre después de pagar esta cuenta?

-Yo no sé. ¿Cuánto?

-Suficiente para comprar un paquete de cigarrillos. Santiago, el dinero no es una mercancía valiosa como tú lo piensas. Mientras que yo esté acá en Barcelona, tú comerás. De modo que no te preocupes por eso. Yo pago los tragos. Tengo crédito en este lugar al que voy a llevarte.

Fuimos al bar El Peruano en el Barrio Gótico. Carlos Alberto conocía al dueño, que lo saludó con efusividad. El bar era un espacio cavernoso, lleno de humo y ubicado en un edificio medieval, una catacumba con licencia para vender licor. Las paredes lucían como si hubieran sido pintadas antes de que Colón zarpara hacia América. Aunque era temprano en la tarde, el sórdido lugar estaba abarrotado de prostitutas y marineros borrachos y de sudamericanos que lucían desaliñados y amenazantes. De la vitrola se oían boleros románticos de los años cincuenta, de Roberto Ledesma, Olga Guillot y Lucho Gatica.

Bebimos coñacs sin pausa, mirando a los marineros que nos gustaban, hablando sobre escritores, literatura, películas, política y sexo. Nunca había conocido a alguien que me atrajera tanto intelectualmente como Carlos Alberto. No soportaba hacerme a la idea de que pronto el día terminaría y nos separaríamos.

Ya era de noche cuando Carlos Alberto dijo, “Mira Santiago, ¿cuándo fue la última vez que te diste una buena ducha? Una cosa es ser un bohemio y otra oler como un buitre muerto. ¿Por qué no te mudas conmigo? Será mucho más barato. Tengo un espacio grande con dos camas y una ducha, y podremos escribir en las mañanas y luego pasar el tiempo juntos y divertirnos. ¿Qué dices?

Sonaba como una gran idea, pero debía unos pocos días de alquiler en el Alfonso X, por lo que no me podía mudar hasta que pagara.

- ¿En cuál piso estás?, preguntó Carlos Alberto.

- El segundo, respondí.

- Hombre, no hay problema. Te diré qué hacer. Manolo, -llamó al cantinero- anota las bebidas en mi cuenta. Regresaremos mañana.

Manolo no pareció para nada preocupado; entregó un recibo que Carlos Alberto firmó. Estaba tan extasiado por la energía de Carlos Alberto, la libertad y la facilidad con que se movía en el mundo, que lo seguí sin cuestionar nada.

Mientras caminamos hacia mi hostal. Carlos Alberto me describió el plan de acción: iría a mí habitación, dejaría caer mi equipaje amarrado de una sábana y luego descendería de la misma manera. Animado por el coñac que habíamos tomado, no lo dudé. Logré la maniobra con una tranquilidad que me sorprendió. Cargando mi maleta y la máquina, nos dirigimos a través de las sombrías calles que llevaban al Hostal de la Alondra, en el corazón del Barrio Gótico. Mi carrera como delincuente de poca monta había comenzado.

En ese entonces, Barcelona no era la ciudad parque de atracciones que es ahora. Pocos turistas la visitaban en el verano para admirar la arquitectura de Gaudí. La mayoría de los europeos pasaban de largo en su camino hacia Ibiza y otras islas de moda o a las playas de la Costa Brava. Los veranos en Barcelona eran calientes y húmedos, y muchos de sus residentes dejaban la ciudad a principios de julio para buscar la frescura del campo, las montañas u otras costas.

En particular, la parte antigua de la ciudad tenía un aspecto decadente que me atraía. Barcelona era para mí, una Venecia en ruinas, sin los canales ni las góndolas, pero más surrealista por las estructuras coloridas y desarraigadas de Gaudí. Es más, los edificios construidos a principios del siglo 20 tenían una capa grisácea, como si estuvieran totalmente cubiertos por el estiércol de las palomas. Las grandes estructuras me hacían sentir como si viviera en un gran set diseñado por De Chirico. Y el Barrio Gótico, con sus calles estrechas y sombreadas, era un laberinto que imaginaba de todo el gusto de Borges. Un barrio lumpen de gente decrépita, artistas hambrientos y ladrones suramericanos, que cobijaba museos, impresionantes iglesias centenarias, comederos baratos y los bares más sórdidos que alguien pudiera imaginar. Una vez que me instalé en el Hostal de la Alondra, Carlos Alberto y yo nos aventurábamos a salir del Barrio Gótico solo para recoger el correo en el Consulado Colombiano, visitar el muelle al final de la tarde, donde nos sentábamos a contarnos historias sobre Cristóbal Colón y para recorrer Las Ramblas, que a cualquier hora parecía un bazar de Las mil y una noches. Otro lugar que solíamos frecuentar, y que nunca nos cansábamos de admirar era la Catedral de la Sagrada Familia, de Gaudí, todavía en proceso de construcción. Durante horas y horas discutíamos sobre cómo terminaríamos nosotros esta obra maestra de Gaudí si tuviésemos la posibilidad de hacerlo. En la noche nos sentábamos en la plaza del frente a fumar cigarrillos y a hablar hasta que llegaba el momento de irnos de copas a un bar gay.

Los pequeños cheques de Carlos Alberto por sus traducciones seguían llegando, lo que nos daba dinero de bolsillo. Él insistía en compartir todo conmigo. “Si tuvieras dinero, harías lo mismo por mí, ¿verdad?”. Yo asentía. Él tenía crédito en los lugares importantes. Manolo, el dueño de El Peruano, siempre estaba feliz de vernos llegar, y nos dejaba beber tanto como quisiéramos, aunque transcurrieran los días y nuestra calamitosa situación financiera siguiera igual. Más importante para nuestros apuros era que Carlos Alberto podía fiar en la fonda Reina Isabel, un restaurante en el Barrio Gótico que funcionaba solo durante la hora del almuerzo. El Reina Isabel ocupaba un espacio oscuro, en ruinas, situado en un edificio medieval. Era el lugar más barato que alguien pudiera imaginar, frecuentado por todo tipo de vagabundos con pocas pesetas. Un restaurante familiar: el padre y la madre cocinaban, y Concha la hija era la mesera. Concha era una robusta veinteañera, con un hermoso cabello negro, recogido en una cola de caballo, y ojos castaños, brillantes y amables. Una de sus piernas era más corta que la otra, por lo que renqueaba. A ella le gustaba Carlos Alberto. En julio, cuando sus padres se iban de vacaciones a una casa familiar en el campo, ella sola administraba el lugar; y durante ese periodo un joven le ayudaba lavando los platos y sirviendo. En agosto, sus planes eran unirse a sus padres por lo que el restaurante cerraría ese mes. Concha se ponía tan ensimismada con Carlos Alberto que siempre entraba en éxtasis cuando nos veía entrar. Ella era una gran cocinera: su conejo al ajillo, su pollo estofado en salsa de oliva y su jamón con garbanzos con hojas de laurel eran maravillas de la cocina catalana. Y había, además, unas garrafas de delicioso vino rojo que provenían de un viñedo familiar. Ya que Reina Isabel servía solo almuerzos, nosotros aparecíamos a las tres en punto, cuando ya se había ido la mayoría de los clientes y almorzábamos entonces, hasta quedar repletos. Luego, ella se sentaba con nosotros a preguntarnos cómo iba la escritura diaria. Cada dos días, Carlos Alberto le escribía de prisa un poema, que leía en voz alta a una embelesada Concha.

Nuestro almuerzo en la Reina Isabel era la única comida del día. Yo estaba encantado de comer de nuevo con regularidad, y en especial, esta deliciosa comida, pero me sentía culpable; sentía que estábamos explotando a Concha. Era obvio que ella estaba enamorada de Carlos Alberto y haría lo que fuera por hacerlo feliz. Un día lo confronté sobre eso. Carlos Alberto estalló. “No estamos haciendo nada antiético”, gritó cuando bajábamos una callejuela que apestaba a orines. “Yo le traigo a esa chica la única felicidad de su vida. Deberías ver los monstruos que son sus padres y cómo la maltratan. Además, el lugar cerrará en agosto y sus padres regresarán en septiembre. Cuando ellos vuelvan no nos fiarán más. De modo que disfrutemos de nuestra buena suerte mientras la tenemos. Santiago, recuerda esto, las cosas buenas no duran”.

-Pero ella está enamorada de ti, -refuté-. No sabe que eres homosexual.

-Nunca se lo he ocultado. Solo que no le cuento de los hombres con los que me acuesto-. Se tornó pensativo por un momento hasta bajar su voz al hablar, pero antes puso su mano en uno de mis hombros. “Santiago esto es un consejo que te voy a dar: a las mujeres no les importa si el hombre que las ama es o no homosexual. Lo que las mujeres quieren es un hombre que las atienda. Las mujeres necesitan el constante elogio, igual que una planta necesita agua. Quizás sea el primer hombre que haya tratado bien a Concha y ¿por qué no? Me gusta la muchacha. No estoy fingiendo nada. Pienso que es la más suave del mundo y una gran cocinera. Si yo no fuera gay me casaría con ella. Además, ¿no le escribo bellos versos de amor? ¿Alguna vez algún hombre te ha escrito un hermoso poema?”.

Recordé a José, en quien pensaba cada vez menos, porque me había empezado a enamorar de Carlos Alberto. Por la noche, cuando yacía en su cama con sus calzoncillos, era duro para mí no intentar conquistarlo. Un día le dije cómo me sentía. “Somos hermanas”, dijo con un bufido. “Olvídate de eso. No eres mi tipo de todas maneras”.

Para mi sorpresa, Carlos Alberto era un escritor disciplinado. A las 9 a.m. se sentaba en su cama y escribía toda la mañana con un lápiz en su cuaderno. Sus hábitos de trabajo eran irritantes y me distraían, pues representaba a sus diferentes personajes para probar los diálogos. El principal personaje en la obra que estaba trabajando se basaba en su madre, a la que se refería como Eleonor, inspirado en Leonor de Aquitania. Cuando la personificaba, se envolvía en una sábana y caminaba con dificultad alrededor de la habitación, recitando de manera afectada unos sombríos parlamentos. Al principio, me resultaba difícil adelantar mi trabajo en medio de tales situaciones en un espacio pequeño; pero después de un tiempo establecimos una buena relación de trabajo y le leía las estrofas iniciales de lo que yo veía como un poema épico sobre Cristóbal Colón.

Después de almorzar en la Reina Isabel, hacíamos una breve parada en El Peruano, visitamos nuestra banca frente de la carabela de Colón. Y si teníamos algo de dinero, íbamos al cine. Cuando llegaba uno de sus pequeños cheques entrábamos a algún bar gay, comprábamos un trago y lo hacíamos rendir durante largo rato.

Llegó agosto y Concha puso el temido aviso  en la puerta del restaurante “Cerrado por vacaciones”. Carlos Alberto había recibido el último cheque por sus traducciones dos semanas atrás y ambos estábamos en la quiebra y sin prospectos de entradas. Llamé a mi madre, a cobro revertido y Carlos Alberto les escribió a sus distantes padres.

Mi madre me envió un cheque de $50 dólares y me informó que ese sería el último dinero que me enviaría a España. Me escribió que, si no podía conseguir un permiso de trabajo, lo mejor era que regresara a los Estados Unidos y me reincorporara a la universidad.

Todos los días íbamos al Consulado Colombiano a la espera de un cheque que nunca llegó. Era claro que teníamos que hacer algo acerca del dinero. Desde que había vendido mi sangre dos veces durante el verano, Carlos Alberto se ofreció a hacerlo también. Sin embargo, estaba muy delgado y lo rechazaron. La situación se estaba agravando cada vez más y no habíamos comido en dos días, cuando llegó un paquete al consulado enviado por Lucía, una tía millonaria y excéntrica de Carlos Alberto. Cuando se dio cuenta quién era el remitente, rompió la caja de inmediato con la esperanza de que ella le hubiera enviado dinero. Adentro solo encontramos seis sobres de sopa de pollo marca Knorr y una nota que recomendaba la sopa por nutritiva. Estallamos de risa.

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