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A ti, solo palabras podría darte

Pessoa, Ungaretti, Ajmátova y Neruda son algunos de los grandes poetas del siglo XX cuya obra ha sido reunida por la prestigiosa editorial española Galaxia Gutenberg. Ahora, se publica en esa misma colección la obra del poeta colombiano Giovanni Quessep, lo que representa su más grande reconocimiento editorial en el mundo hispano. Arcadia lo entrevistó en Popayán.

2010/03/15

Por Sergio Zapata León

Las claves de la poesía de Giovanni Quessep, cifradas en un simbolismo muy propio que el poeta ha sabido alimentar y recrear a lo largo de medio siglo, se levantan sobre el aljibe que había en el patio de su casa en San Onofre, pueblo en el que nació el 31 de diciembre de 1939. Se levantan también sobre los almendros de Sincelejo, sobre los pájaros que llegaban a picotear el arroz puesto a secar que su padre, comerciante agrícola, esparcía en el patio de la casa. Están también en el mar, que vio de niño en su recorrido hacia Cartagena. Están en la luna, Ishtar: fecunda y guerrera. En el desarraigo, del que habla Nicanor Vélez en el prólogo a la obra reunida del poeta que acaba de editarse y que se remonta al viaje hasta Cartagena que debieron hacer sus abuelos, Jacob Quessed y Venut Chadid, expatriados del Líbano a finales del siglo XIX por el dominio de los turcos en esa nación. Esas también son, entre otras, las claves del hombre que no he conocido en persona. Y son algunas de las señas que llevo antes de encontrarlo.

“Quessep es un hombre fino” según me han comentado y parece que ya se ha dicho todo sobre él.

De esta manera me acerco a Loma linda, el conjunto de casas blancas en el que debo encontrar el número 9-12, donde vive en Popayán, cuando un hombre joven, de camisa recortada hasta los hombros, me corta el paso. Le pregunto por el 9-12. Y como si se tratara de un barrio muy grande me señala con su brazo extendido un punto indefinido en la cresta de la loma. La casa está ahí, a no más de quince metros de la caseta del portero.

Son las cuatro de la tarde de un lunes. Popayán navega en un bochorno que comienza a deshacerse por algunas ráfagas de aire frío que anticipan la caída de la tarde.

Después de timbrar abre el poeta en persona. A ojo, debe medir un metro setenta y cinco. Quessep es flaco. Su rostro está pintado de un tono cobrizo que aunque es tenue contrasta con su pelo blanco. Abre la reja que nos separa y me invita a seguir a través de un garaje. Al entrar en la casa, lo primero que oigo es la transmisión de un partido de béisbol en la televisión, que el poeta se encarga de apagar con una sonrisa:

—Me gusta el béisbol, te esperaba viendo el partido entre los Yankees y Tampa bay. Ya se terminó, ganaron los Yankees 9 a 5.

Más tarde, en medio de la conversación que iniciamos, me enteraré de que su padre quería que fuera lanzador. La ‘leyenda’, como él la llama, dice que Luis Enrique Quessep Chadid, comerciante de productos agrícolas y administrador del cine Sevilla, entró en su casa de Sincelejo con una noticia:

—Giovanni, por ahí están vendiendo una bicicleta marca Humbert Sport, ¿la quieres?

—Bueno, sí, papá, claro —respondió su hijo mayor, que tenía catorce años en ese momento.

—Pero mira que tiene una estrella fija, entonces si la quieres no podrás dejar de pedalear —replicó el padre.

—¡Dámela!

Costó doscientos pesos. Sin embargo, Luis Enrique, liberal confeso y tornero de trompos, quería que su hijo fuera beisbolista. Ya el muchacho se había fogueado, a los cuatro años de edad, cuando la curiosidad lo llevó a pararse detrás del receptor durante un partido y un batazo impactado a medias hizo que la pelota se estrellara contra su pecho. Giovanni perdió el conocimiento pero el padre mantuvo la afición y continuó llevándolo al diamante cada vez que podía.

Días después, cuando Giovanni rodaba frente al hotel de los Yunis, Emilio, de su misma edad, le diría al verlo pasar:

—¡Ajá! ¿Adónde conseguiste esa bicicleta?

—¡Me la regalaron! Y es la primera de cachos torcidos que hay aquí en el pueblo, ¡así que me respetas!

El muchacho, flaco y largo, destinado a poeta, recorrería las calles polvorientas y en escalerilla de Sincelejo, daría la vuelta a Sahagún y la vuelta al Sinú, sin llegar nunca de último.

*

Quessep se ríe. Ha dicho, por decirlo, que lo que le falta es escribirle un poema a la bicicleta para pegarlo en el pedestal de ese monumento que no ha visto. Ha dicho también que nunca se ha sentado a una mesa con el propósito de escribir un poema, que todos los escribe en su cabeza y que los saca al papel una vez están listos, y que eso no lo abstrae de la vida cotidiana.

—Yo estoy allí, no me voy para el país de no se qué, ¡no! Estoy en medio de las cosas que suceden todos los días, pero por dentro algo está funcionando. A veces, los sueños también me ayudan.

Después de decir esto, el poeta ha dejado caer la palma de sus manos sobre el vidrio de la mesa del comedor en el que hablamos. La piel que las cubre es tersa, y el cobre, uniforme, también las tiñe. 

Llegó a Bogotá con diecisiete años cumplidos y entró a estudiar Derecho en la Universidad Javeriana. Atrás habían quedado San Onofre, Sincelejo y Cartagena. En el bachillerato probó su memoria. Por la misma época en que se calentaba pedaleando bajo el sol de Sincelejo, Giovanni Quessep memorizaba poemas para el profesor Ernesto Panesso Robledo, en el colegio Simón Araújo. “¡Para mañana tal égloga de Garcilaso! Ordenaba Panesso. Y había que írsela a decir de memoria. ¡Tales sonetos de Quevedo y Góngora! Y había que saberlos sin equivocación. Desde ese momento, sin darse cuenta, se preocupó por ‘dominar’ las formas del español. —Algo parecido, aunque guardando una distancia que va desde aquí hasta la galaxia de Andrómeda, a lo que hizo Rubén Darío, quien fue aprendiendo las estrofas, los versos, de distintos poetas. Pero esa palabra ‘dominar’ no me gusta, porque ¿qué domina uno? ¡Uno no domina nada! Lo cierto es que a esa edad aprendí muchísimos versos del Siglo de Oro español. Esa fue mi formación.”

No ha terminado de decirlo cuando suena el timbre de la casa. Quessep me pide que lo excuse y va hacia la puerta. Lleva puesto un vestido entero azul turquí sin una arruga y solo hasta ahora me fijo en sus zapatos, de un negro lustroso. Después de cerrar la puerta algo dice sobre que no le tenga miedo, que no hace nada. Se refiere a Lulú, una perra diminuta, lanuda y recién llegada de la peluquería, que entra en la casa. Lulú no parece tener ningún interés en nosotros y después de husmear un instante se va hacia una de las habitaciones interiores.

Debieron pasar diez años más para que volviera a viajar, esta vez rumbo a Italia. Después de abandonar el Derecho para dedicarse de lleno a estudiar Literatura, y de haber terminado Filosofía y Letras, Quessep cursó un postgrado en Literatura Hispanoamericana en el instituto Caro y Cuervo. En 1966 se embarcó en Cartagena de donde salió con destino a Tenerife. En el barco escribió el primero de los poemas que componen su libro El ser no es una fábula (1968), que aunque fue el segundo que publicó, se ha convertido hoy en el primero, debido a que decidió suprimir Después del paraíso (1961) de su obra reunida.

Pasó por Cádiz, Alicante y Barcelona y finalmente llegó a Perugia, a la residencia estudiantil. Al comienzo Quessep no sabía dónde estaba. Cuando había fiesta, se sorprendía al ver a las estudiantes hindúes bailar ritmos que estaban de moda y que describían con las caderas un movimiento que no había imaginado antes. Inició los estudios con tres horas de italiano que no le bastaban, así que compraba libros, se sentaba a traducirlos y aprendía por su cuenta cien palabras diarias. Allí estudió durante dos años, uno a uno, los cien cantos de la Divina comedia.

Su plan de visitar Francia e Inglaterra y de pasar seis años en Europa se vio interrumpido por una grave enfermedad. En Italia no lograron decirle qué tenía, así que viajó a Barcelona, en busca de un primo suyo que estudiaba Medicina. No encontraron la causa del mal. Tomó un avión de vuelta a América y en Cartagena lo operaron de inmediato.

—¡Pero no vas a poner de qué en tu entrevista! —rompe Quessep por quinta vez desde que comenzó la conversación. No tengo otra salida que protestar. Ya me ha advertido que no mencione algunos nombres (Quessep, por su origen, está emparentado con algunas figuras públicas que sin duda colorearían esta nota, pero debido a su enorme discreción prefiere no divulgarlo) así como la fuente de inspiración de muchos de sus poemas, que se encuentra en varias estudiantes que pasaron por su clase. Ríe nuevamente.

—¡Es que todo se ha dicho ya!

*

En su poesía, que no parece haber cambiado en cuarenta años, Quessep vuelve una y otra vez sobre los mismos símbolos, cargándolos cada vez de un sentido diferente, como si jugara a cambiar de lugar las mismas fichas dentro de un tablero fijo. Brasa lunar (2004) es un libro intenso, surcado por el azul y un relámpago de desobediencia ante el deseo, en el que todo está cubierto por un velo y un dejo melancólico que no se arredra ante el presente. Allí, “la palabra”, que en 1968 llenaba de inquietud el verso “La nostalgia es vivir sin recordar / de qué palabra fuimos inventados”, se convierte en un desafío en el poema Juego de dados: “Ah jugador, no quieras despojarme / de lo que soy; el canto, / cuando yo no sea más que una hoja seca / arderá en polvo o cielo. A ti, solo palabras / podría darte: en tu altar ni llamas puras, / ni dolor mío, ni incienso, solo esta pobre música / de mis dados que ruedan en tu juego”.

—Puedo decirte que el jugador en ese poema es el que está allá arriba, ¿entiendes? Podría ser dios pero, ¿sabes lo que hizo Vicente Aleixandre cuando alguien le preguntó por el significado de un poema suyo que acababa de leer en un recital? ¿No? ¡Se lo volvió a leer! Porque es que si tratas de explicar ciertas cosas de un poema, el poema se va poniendo cada vez más vivo, más vivo. ¡Así que no me pongan a interpretar mi poesía!

Quessep mantiene un mapa de Oriente Medio enmarcado en un lugar privilegiado de su estudio. Allí sigue de cerca los movimientos del conflicto milenario que alejó a sus abuelos del Líbano y que hasta hoy le han impedido conocer esa tierra presente en su obra. Justo debajo del mapa, sobre una mesa, guarda una botella de vino tinto y muy cerca exhibe una fotografía suya que le regaló a su madre, y que trasladó de Sincelejo a Popayán hace dos años, luego de que ella muriera. Mientras señala algunos de sus libros me ofrece algo de beber y para cerrar el encuentro tomamos un jugo de guayaba dulce, sin hielo, que aunque el poeta echa de menos acabaría por diluir el sabor de la fruta.

—¿Sabes otra cosa? —dice, negándose a terminar la conversación—. Transfigurar la realidad, para mí, es iluminarla por dentro. Sacar, hasta donde es posible, aquel aspecto desconocido que hay en ella, pero manteniendo siempre la presencia de lo real objetivo directo.

—¿Como la luna?
—Como la luna.

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