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Tronera en el corazón del imperio

No sólo las telenovelas y las canciones de moda son la muestra de la colonización del español en Estados Unidos. Sin concesiones, Junot Díaz, con un solo libro de cuentos, ha sido capaz de dar cuenta de la diáspora dominicana.

2010/03/15

Por Margarita Valencia

En 2004, Samuel P. Huntington, sin duda el más brillante ideólogo de la derecha en Estados Unidos, publicó Quiénes somos, una llamada al establecimiento angloprotestante y blanco para que detuviera las perturbadoras influencias de la insidiosa colonización hispana, evidente, entre otras cosas, en el avance del bilingüismo: “A pesar de la oposición de una gran mayoría de los estadounidenses, el español se está uniendo a la lengua de Washington, Jefferson, Lincoln, los Roosevelt y los Kennedy como idioma de Estados Unidos. Si tal tendencia continúa […] el Estados Unidos bifurcado entre dos idiomas y dos culturas será fundamentalmente diferente […]”.

Tenía razón Huntington al expresar tan vivamente su temor, pero sus palabras resultaron ser profecías a posteriori: Bush podrá construir su muro de Adriano, pero no podrá detener la invasión de los bárbaros, que ya se encuentran cómodamente instalados en Nueva Jersey. Y si alguien muy desinformado (como Bush, por ejemplo) aún tuviese dudas, habría que presentarle la brevísima y contundente obra de Junot Díaz, un dominicano que emigró a Nueva Jersey a los seis años y que en la década de 1990 –mientras terminaba la maestría en Bellas Artes en Cornell University– empezó a publicar. Díaz escribe cuentos que resuenan con voz cadenciosa, bailona, una voz que había asomado tímidamente en las obras de Cisneros, de Hijuelos, de Álvarez, pero que aquí ya ha madurando plenamente y se ha vuelto desvergonzada, se exhibe, se burla, se menea, y uno no puede dejar de oír: “La cosa iba a buen ritmo. Y entonces detona la Carta como una granada de ‘Viaje a las estrellas’ y todo explota, el pasado, el presente, el futuro. De pronto sus papás me quieren matar. Se les olvida que yo los ayudé con los impuestos dos años seguidos y que les podo el pasto. Su papá, que me trataba de hijo, ahora me llama cabrón por el teléfono con una voz como si se estuviera estrangulando con el cable. ‘You no deserve I speak to you in Spanish’, me dice” (“The Sun, the Moon, the Stars)”.

Díaz escribe en inglés; un inglés que suena a otra cosa, a lengua colonizada por puertorriqueños, por mexicanos, por cubanos, por dominicanos, domeñada para decir cosas como: “Era dominicana de aquí y tenía el pelo super largo y un pecho de no creerlo, categoría mundial” (“Nilda”), o “Si la muchacha es de por aquí, llévala al Cibao a comer. Pide la comida en tu español reventado. Sorpréndela si es negra, déjala que te corrija si es latina” (“Cómo invitar a salir a una muchacha morena”). Pero es inglés, definitivamente, el inglés del gueto que ya es el inglés de la calle, de los almacenes, de las cafeterías. Y un inglés que habla de la vida en Estados Unidos, aunque no de la vida de clase media de los personajes de John Updike o de Richard Ford. Los personajes de Junot Díaz no comen carne sino arroz con frijolitos y se cuadran el mes vendiendo droga en la calle; van de los cómics a las telenovelas de Univisión sin perturbación alguna; visitan las bibliotecas construidas “con el dinero culposo de Carnegie” y van al cine aunque “no entendemos el inglés, pero a ambas nos gusta el tapete limpio del teatro nuevo”.

En el mundo descarnado de la periferia hispanizada de Norteamérica, el amor no existe sino como preludio para el sexo: “Podía parecer enamorao de Nilda, pero tenía a otras locas en órbita”. Y el sexo no tiene nada que ver con la intimidad –“Rafa la metía a nuestro cuarto del sótano… y se la tiraba con la radio de música de fondo. Tenían que dejar que me quedara…”–, ni forma parte de la vida privada: “En cualquier otra parte, su promedio de bateo triple cero con las muchachas habría pasado inadvertido, pero éste era un muchacho dominicano en una familia dominicana. Todo el mundo se daba cuenta, todo el mundo le daba consejos” (“La breve y maravillosa vida de Oscar Wao”). De hecho la vida privada, ámbito privilegiado de la literatura angloparlante, no existe en los cuentos de Díaz: los ojos del narrador que lo ven todo y lo cuentan todo son los ojos de la comunidad, y la comunidad produce opiniones y juicios de valor a mil por hora (“Ni siquiera Dios ama a las putas”) sólo para olvidarlos a la misma velocidad ante los apremios de la supervivencia; una supervivencia que no está garantizada para nadie y que por ende hay que tomarse a la ligera: Oscar Wao se hace matar por un polvo, Rafa muere de cáncer a los veinte años (“El doctor cree que estoy anémico”), y de la belleza de Nilda, “basura morena”, se sabe que no quedará nada cuando llegue a los veinte. “No estamos aquí para divertirnos”, le explica Ana Iris a la narradora de “Otravida, otravez”. Pero unos cuantos sí logran comprar casa (en Nueva Jersey, no en República Dominicana), e ir a la universidad y conseguir trabajo (como maestros, por ejemplo), y en el proceso van convirtiendo el mundo a su alrededor en su mundo, mientras el otro se desdibuja lentamente en el pasado.

Junot Díaz nació en República Dominicana en 1968 y en 1996 publicó su único libro de cuentos, Drown (en español ha sido editado con los titulos Negocios y Los boys). Desde entonces ha publicado algunos cuentos, entre ellos cuatro en The New Yorker (uno, el más largo, en el volumen dedicado en 2000 a los veinte mejores escritores menores de cuarenta años en Estados Unidos) y una breve crónica personal. “Trabajo con extrema lentitud y puedo reescribir un cuento cincuenta veces”, le dijo a Marina Lewis en una entrevista en 2002. En la misma entrevista ofreció, sin embargo, una explicación más interesante: “Las convenciones de lo que conocemos canónicamente como Literatura no podrían incluir la experiencia radical de vivir en una diáspora como la dominicana”, sostuvo, y más adelante complementó: “Con demasiada frecuencia los escritores de color no son más que actores de su ‘otredad’”. Adivino en estas palabras a un escritor que se resiste a quedar atrapado en un estilo, a un escritor poco convencional empeñado en experimentar con formas más clásicas. Si ello es así, más tarde o más temprano tendremos en las manos un libro que nos sorprenderá de nuevo. De cualquier manera, Díaz ya le abrió una tronera al inglés (y quizás al imperio) que nadie podrá cerrar.

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