Estatua de James Joyce en Dublin.

Ulises

El 16 de junio se celebra el Bloomsday, día en el que se recuerda el recorrido de Leopoldo Bloom, el protagonista del Ulises de James Joyce, a lo largo de Dublin. Para celebrar este día, nuestra columnista Marta Ruíz, comparte su experiencia como lectora del Ulises, sus intentos fallidos de lectura y sus apartados favoritos.

2010/06/16

Por Marta Ruiz

Este 16 de junio, en mi primer Bloomsday, posiblemente desayunaré con riñoncitos, me vestiré de negro y tal vez hasta compre jabón de limoncillo en una farmacia de barrio para llevarlo en el bolsillo durante el día, como lo hacía Leopoldo Bloom. Por supuesto también beberemos cerveza en la tarde. No tanto como para emborracharse, pero lo suficiente para celebrar en grupo la odisea que nos ha significado haber terminado de leer Ulises, este libro tan difícil y apasionante. Obviamente el verdadero Bloomsday lo celebran en Dublín para recordar el día en que transcurre la historia de los personajes de James Joyce. Lo nuestro será más modesto y privado, pero significativo para un puñado de iniciados. 

La historia comenzó cuando en enero Joe Broderick me llamó a preguntarme: “¿has leído el Ulises?”. Joe es uno de los hombres más eruditos que conozco. Hace poco el dramaturgo Sandro Romero Rey lo describió así en su blog  “Walter J. Broderick es un ciudadano del mundo (malcriado en Australia, levantado en Irlanda y consolidado en Colombia) que vive entre nosotros desde tiempos más que remotos... es el autor de la gran biografía sobre Camilo Torres y de un libro estupendo sobre el Cura Pérez…” Dijo además que “Sabe de Ulises más que Penélope”. Yo sabía todo esto y tenía vergüenza de responder.

Había intentado hacerlo siendo muy joven. Cargué un tocho de libro, de hojas amarillentas y lomo a punto de desprenderse por tierra y mar hasta una isla del Caribe, donde esperaba pasarme las tardes leyendo en una hamaca. No pude. Primero porque este paraíso de arenas blancas y aguas transparentes, donde las estrellas de mar tapizaban la playa, era invadida todas las tardes por una nube de jejenes que traspasaba todo. Y apenas abrí las primeras páginas ya estaba perdida. No entendí nada. No pasé del primer capítulo con el estridente de Buck Mulligan parodiando a los curas. Me venció rápido. Lo cerré sin volver a intentarlo. Claro que cuando Arcadia publicó hace un par de años en su portada aquella foto de Marilyn Monroe leyendo a Joyce me sentí un poco abochornada. 

En todo caso le dije a Joe que no, que sinceramente no había sido capaz de leer el Ulises. Me corrió un aire fresco cuando me dijo que a mucha gente le pasa lo mismo y que por eso él estaba creando un grupo de lectura. No sería un seminario académico sino una placentera tertulia para descubrir el libro.

Así se creó un grupo de nueve lectores que durante quince noches, cada lunes, nos sumergimos en las míticas páginas de una de las obras más significativas del siglo XX. Joe los leía en voz alta, corrigiendo traducciones y poniendo un tono teatral que nos encantaba. De vez en cuando paraba su lectura para explicar las múltiples referencias Shakespeare, a Homero o a sencillas fábulas y canciones Irlandesas que hay en el libro Aprendimos que en voz alta, Ulises suena mejor. Nos reímos a carcajadas leyendo el capítulo conocido como Circe. Hubo partes que difíciles y lúgubres como la larga escena del entierro de Paddy Digman. Y nos conmovieron los pensamientos de Stephen Dedalus sobre su madre y de Bloom sobre su hijo muerto. Bloom nos gustaba mucho. Su batalla con los celos y el deseo. Y por supuesto Molly, que cierra el libro con su inteligente monólogo.

Dicen que Joyce dedicó toda su vida a escribir este libro, con la intención expresa de que otros dedicaran media de la suya a tratar de descifrarlo. Señor Joyce: ¡Puede darse por bien servido!

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