Manrique es barranquillero, pero vive en Estados Unidos desde los 17 años.

"La vida es una sucesión de cambios milagrosos y transformaciones"

Compartimos la quinta y última parte de 'Amar en Madrid' de Jaime Manrique, la historia del desarrollo personal y literario de un joven homosexual colombiano en España, un cuento con matices autobiográficos y contenido sexual explícito.

2016/12/14

Por Jaime Manrique

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Carlos Alberto estaba escribiendo cuando desperté.

-Buenas tardes, Bella Durmiente, dijo-. Llevo horas trabajando. Es casi la hora del almuerzo.

-Déjame ducharme rápido y nos vamos-, le dije mientras me levantaba.

Caminábamos en silencio por Las Ramblas buscando un restaurante barato que no hubiéramos probado cuando oí que alguien gritaba mi nombre. Levanté la mirada y vi a José corriendo hacia mí. No tuve tiempo de reaccionar antes de que me abrazara. Nos enlazamos y besamos.

-¿Qué haces acá?-, pregunté, sorprendido de verlo en Barcelona.

-Huí, Santiago. -dijo con excitación-. Sabía que te encontraría. Llevo en Barcelona dos días por las calles buscandote. Dejó de hablar, al darse cuenta de la presencia de Carlos Alberto.

Los presenté. Carlos Alberto había oído todo sobre José, pero José no tenía la menor idea sobre el muchacho que estaba a mi lado. “Carlos Alberto es un amigo de Barranquilla. Somos compañeros de apartamento. Íbamos a almorzar, ¿ya almorzaste?”, le pregunté, incómodo, pues, aunque estaba feliz de verlo, también estaba nervioso.

-No. Santiago, no lo puedo creer. Esto es increíble, sabía que te encontraría-, dijo José, con júbilo, sosteniendo mi mano.

-Ustedes dos pichoncitos vayan a almorzar-, dijo Carlos Alberto-. Te encuentro luego en el hostal. Quizás podríamos cenar juntos-. Luego dirigiéndose a José, “Mucho gusto en conocerte”, dio la vuelta y desapareció entre la multitud, antes de que yo pudiera decir algo.

-¿Qué ocurre con él?, -preguntó José,-. ¿Es tu nuevo amante?

-No-, respondí con firmeza

-Me pareció celoso.

-No es nada. Estaba siendo considerado. Él es muy educado. Quería que nos quedáramos solos. Vamos a almorzar, le dije cambiando de tema.

Nos sentamos en una mesa debajo de un parasol. Durante los dos meses en los que no lo había visto, José parecía haber crecido y lucía más guapo. Estaba bronceado y su cabello llegaba a los hombros. Después de que el mesero tomó nuestras órdenes, le dije: “José ¿qué estás haciendo acá?”

-Pensé que estarías feliz de verme, Santiago. ¿Estás enojado conmigo?

- No, no. Solo sorprendido. Todavía estoy sacudido.

-Dios mio. Por qué te sigo amando tanto. Yo debería ser el enojado contigo por haberte ido de Madrid sin decir adiós.

- Te envié una carta. ¿La recibiste?-, pregunté con culpa.

-Sí, la recibí. Y no estoy enojado contigo.

El mesero llegó con una jarra de horchata de chufa. Serví las bebidas. Tenía temor de hacerle preguntas a José. Me gustaba como siempre, pero mi corazón voluble estaba ahora obsesionado con Carlos Alberto. Sin embargo, me di cuenta de que no podía decírselo a él.

-Bueno, -dijo-, huí para estar contigo. Podemos ir a Francia: tengo 200,000 pesetas.

-Respiré con dificultad-. ¿Dónde conseguiste tanto dinero?

-Por un tiempo he sabido la combinación de la caja de seguridad de mis padres en Jaén. Mi padre apareció la semana pasada para quedarse con nosotros un mes. De inmediato, él empezó a regañarme por no hacer cosas masculinas, por mi cabello largo, por leer poesía todo el tiempo. Amenazó con enviarme a la escuela militar en el otoño. Entonces, hace unos días se marcharon a visitar a unos parientes en Cádiz. Yo fingí tener un virus. Dije que llegaría después. Y cuando se fueron, abrí la caja fuerte y saqué todo el dinero. Sabía que estabas en Barcelona y estaba listo para recorrer minuciosamente todos los puertos de la Costa Brava buscándote. -Una luz afiebrada brilló en sus ojos, como si pensara que ser un ladrón en fuga era algo romántico- Santiago, lo hice para que pudiéramos ir a París. Podemos vivir juntos y ser felices.

Sonreí sin saber qué decir. Después de que ya llevábamos un rato almorzando, dije: “José, tienes que devolver ese dinero antes de que tus padres regresen. Si regresas ya, nunca sabrán que lo hiciste”.

-Lo dices porque ya no me amas-, murmuró cabizbajo.

-No, no. No es eso, José. Es solo que… cuando se enteren, enviarán la policía a perseguirte. En tanto decía esas palabras, recordé las de Lulú Mercurio: “¿Estás loco? ¡El padre del chico es un militar! ¿Sabes lo que Franco les hizo a los homosexuales?”.

-Francia está solo a dos horas en tren, insistió .Ellos nunca nos encontrarán en París. O podemos ir a Alemania, a Suecia o a Nueva York.

Entendí que no sería capaz de hacerlo cambiar de parecer de inmediato, pero lo que me interesaba era convencerlo de regresar y devolver el dinero a la caja. Si nos capturaban juntos, yo podía ir a la cárcel por un periodo largo.

Después del almuerzo fuimos al hostal donde se había alojado José. Hicimos el amor tan apasionadamente como siempre y luego tomamos una siesta. Oscurecía cuando nos despertamos.

Estábamos en la cama acariciándonos cuando José dijo: “Vamos a Cadaqués, quiero mostrártelo antes de que nos vayamos de España. Tomaremos el tren a Figueras esta noche y mañana estaremos en Cadaqués”.

Pensé en que quizás debería ir con él a Cadaqués. Después de un par de días juntos, a lo mejor José se calmaría y sería razonable.

-Está bien, vamos.

José me besó, embelesado.

-Tengo que ir al hostal a decirle adiós a Carlos Alberto y recoger mis cosas. Alístate que regreso en una hora.

Carlos Alberto estaba leyendo acostado. Le conté los planes de José, pero quería primero visitar Cadaqués. Volvería en pocos días, le aseguré, después de convencer a José de regresar con sus padres.

- ¿Estás seguro de que no quieres ir a París con él? Ojalá no te sientas culpable por dejarme. José es lindo. Lo seguiría hasta una estepa si me lo pidiera, dijo Carlos Alberto.

-Sé que es adorable, pero no quiero pasar los próximos veinte años de mi vida encarcelado, si su padre fascista no me mata primero. No, yo estoy aquí porque quería regresar, pero no me atreví a decirle: para estar contigo.

Carlos Alberto caminó conmigo hasta el hostal donde José me esperaba. Luego nos acompañó hasta la estación del tren y se quedó con nosotros hasta que el tren se alejó en la oscuridad, en dirección a Francia.

Era tarde cuando llegamos a Figueras. Después de encontrar una habitación para pasar la noche, buscamos un lugar para cenar. José y yo pasamos nuestra primera noche juntos. En Madrid, siempre nos habíamos encontrado en las tardes y luego José siempre regresaba a la casa de sus padres. Este era el periodo más largo que habíamos compartido. Era nuestra luna de miel. Cuando desperté en la mañana, abrazado a José, era difícil aceptar que iba a renunciar al gran placer que él representaba. Sin embargo, dentro de mí sabía que sin importar lo feliz que me hiciera, cuánto me llenara de deseo, tenía que alejarme de él.

Visitamos el Museo de Dalí en la mañana y al mediodía ya viajábamos en el autobús hacia Cadaqués. Mientras cruzábamos las montañas recorriendo algunas carreteras sin pavimentar, José parloteó sobre Lorca y Dalí juntos en Cadaqués en los Años Veinte. Para él, este viaje era mitad peregrinaje, mitad fantasía literaria. Me emocioné mientras comenzamos a vislumbrar el Mediterráneo desde las montañas, pero además sentía una gran aprensión por nuestro destino; sabía que nos separaríamos después de Cadaqués.

Llegamos a la pequeña y pintoresca villa, que parecía despoblada, excepto por una veintena de turistas alemanes. En un pequeño hotel en las colinas, tomamos una habitación con vista a la playa. Esa tarde salimos a navegar y luego nadamos hasta que oscureció. La mañana siguiente, después del desayuno, salimos a caminar por las colinas que llevan a la casa de Dalí en Port Lligat. Llegamos a la mansión escondida detrás de un muro blanco. Tenía una bahía privada, y al lado, en una pequeña elevación, había una estructura dilapidada y desocupada. Nadamos y esperamos una señal de vida en la casa de Dalí. Cuando pasaron las horas y nadie salió, caminamos alrededor de los muros para ver si podíamos obtener una visión del pintor. Regresamos a las puertas principales y empezamos a gritar, “Dalí, Dalí, estamos acá. Sal que vinimos a verte”. Hicimos esto por mucho rato y no hubo ninguna señal de vida en la silenciosa mansión. Finalmente, en tanto se hacía tarde y necesitábamos descansar de tanto sol, regresamos a Cadaqués, decepcionados por no haber visto al artista, pero felices de haber visitado su casa.

La somnolencia de Cadaqués había empezado a embrujarnos. Nos sentíamos relajados, cansados de nadar y trepar los cerros, en un estado de intensa sensualidad por el constante contacto. Esa noche, después de cenar nos sentamos en la playa oscura y busqué el chance de hablar con cuidado sobre nuestros planes futuros. José seguía diciendo que en pocos días estaríamos en París; la ciudad de los amantes nos esperaba.

Estábamos sobre la arena y yo lo abrazaba cuando le dije: “José, sabes que te quiero mucho, pero no podemos seguir así”.

Una mirada adolorida apareció en su rostro.

-¿Qué dices?, ¿qué no vamos a París?

-No, José. No es prudente seguir así. No podemos arriesgarnos a las consecuencias. -Hice una pausa y lo besé en su frente, acaricié su cabello; su mueca no desaparecía-. Tengo un mejor plan, -dije- Regresa a la casa de tus padres y devuelve el resto del dinero a la caja de seguridad. Gastamos poco y quizás no se den cuenta en mucho tiempo. Si lo hacen, niégalo o admite que tomaste algo para visitar un amigo o algo parecido. De todas maneras, yo regresaré pronto a los Estados Unidos. –Continué-. Consigo un apartamento en Nueva York y luego tú puedes venir y vivir conmigo-. En tanto pronuncié las palabras, empecé a creer en esa posibilidad.

-Pero podemos hacer eso, ahora mismo, -dijo-. Tengo mi pasaporte. Mañana podemos estar en Nueva York. Tenemos suficiente dinero para eso.

-No es lo mismo, José. No quiero vivir contigo sintiéndome como un fugitivo. Si tus padres nos encuentran, yo terminaría en prisión. Tienes que entender eso.

José se separó de mí y empezó a llorar ruidosamente. Luego se paró y desapareció en medio de la oscuridad. No corrí a perseguirlo, mi papel era mantenerme firme.

La siguiente tarde, cuando el tren llegó a Barcelona, me bajé en la estación y José continuó hacia Andalucía. Esperé hasta que el tren desapareció. Me rompió el corazón verlo llorar en la ventana. Esa no era la última imagen que quería conservar de él.

Me dirigí directo al hostal. Cuando pedí la llave me dijeron que Carlos Alberto estaba en la habitación. Toqué la puerta.

-¿Quién es?-, preguntó Carlos Alberto.

-Soy yo, Santiago. Regresé- respondí.

Hubo una pausa. Luego Carlos Alberto abrió la puerta. Estaba sudando y con una toalla envuelta en la cintura. Entendí que estaba en la cama con otro hombre.

-Perdona que aparecí de repente, -dije disculpándome-. Regreso después.

-Espera, -dijo Carlos Alberto-. Entrégame tu mochila. Te encontraré en media hora frente a la calavera.

-Está bien, -dije, tratando de no lucir perturbado, aunque me sentía profundamente herido por su traición-. No hay prisa.

-Estaré allí en media hora-, dijo-, al tomar mi bolsa y cerrar la puerta.

Mientras me senté en la banca, abatido y confundido, dije adiós a la Santa María. Como los viajes de Colón, el viaje a España me había causado dolor y sufrimiento, y me había roto el corazón. No pude anticipar entonces que pasarían años antes de que esa experiencia me mostrara sus tesoros reales. Mi poema al gran Almirante lo terminaría tres años después en el campo, cerca de Medellín, donde compartía con el hombre con quien viví muchos años.

Cuando Carlos Alberto llegó, caminamos por Las Ramblas hasta la pequeña plaza ubicada frente a la catedral de Gaudí. Sentados allí, fumando cigarrillos, reuní el coraje suficiente para decirle que me iba tan pronto como pudiera comprar el tiquete. Dijo que estaba lastimado, que pensaba que nos asociaríamos en Barcelona, que su sueño era que abriríamos una agencia de traducción para establecernos y escribir nuestros grandes libros. No pude decirle que regresaba a casa porque se me había vuelto insoportable vivir con el hombre que amaba sabiendo que no me deseaba. Nos quedamos ahí por horas, hablando sobre todo lo que no habíamos tenido tiempo de discutir durante los dos meses que habíamos compartido.

Regresamos a nuestra habitación pasada la medianoche. Después de desvestimos y acostarnos para dormir, cuando las luces estaban apagadas, Carlos Alberto vino a mi cama, se acostó a mi lado, se dio la vuelta sobre su estómago y dijo, “Cógeme, ¿no es eso lo que quieres?

Me volteé hacia la pared. Eso no era lo que yo quería; yo quería su amor; quería ser amado por él. Cuando empecé a llorar suavemente, él me abrazó y nos quedamos en esa posición hasta dormirnos. Cuando desperté a la mañana siguiente, todavía estaba entre sus brazos.

Nunca hablamos de nuevo sobre aquella noche. Unos pocos años después, nos reencontramos en Nueva York. La amistad se había reavivado, aunque habíamos cambiado para entonces, y nunca estaríamos de nuevo juntos de la manera como aquel verano en Barcelona. Finalmente, pudimos ser ‘hermanas’.

A José lo vi cuatro años después, cuando fue publicada mi primera novela en Colombia y viajé a España para participar en un congreso de escritores. Para entonces, José estaba enamorado de otro hombre. Difícilmente reconocí el dandy sofisticado que me encontró en un café de Madrid una resplandeciente tarde de otoño. José era el niño prodigio de la poesía española. Había publicado su primer volumen de poemas y vivía con un marqués adinerado que, además, era novelista. Su metamorfosis no me sorprendió. Después de todo, hasta la aburrida Madrid era ahora una ciudad diferente, había ingresado al siglo XX. La gente gay deambulaba por sus bulevares tomada de la mano y besándose. ¿Y por qué no?, pensé ¿Por qué no? Para entonces ya había aceptado que la vida es una sucesión de cambios milagrosos y transformaciones. Y me recordé a mí mismo, que todavía éramos jóvenes, que el futuro estaba por escribirse.

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