Harper Lee con Gregory Peck en 1962, en el set de grabación de Matar un ruiseñor.

Un ave rara

Escribió una novela capital en la literatura norteamericana del siglo XX. Se recluyó lejos del ruido y de los medios. No concede entrevistas y se niega a formar parte de los círculos del glamour intelectual. Esta es Harper Lee.

2010/10/13

Por Andrés Felipe Solano

En 1954 la Corte Suprema ordenó que todos los colegios de Estados Unidos le echaran tierra a su política segregacionista. No había razón para que negros y blancos estuvieran divididos durante las clases. Charleston, un pueblo del estado de Mississippi de cuarenta cuadras y que apenas llega a los dos mil habitantes, ubicado en uno de los condados más pobres del país, solo cumplió el mandato a cabalidad en 1970. A pesar de acatar la orden, los alumnos permanecían separados en uno de los eventos que hacen parte de la mitología de cualquier adolescente gringo: el prom. Tanto blancos como negros tenían su propia fiesta de graduación. El actor Morgan Freeman, que vive en Charleston desde hace unos años, se ofreció a pagar un evento compartido en 1997 para abandonar de una vez por todas tan infame tradición. La junta escolar de ese entonces se negó. En 2008 Freeman hizo un nuevo ofrecimiento y esta vez fue aceptado. La fiesta dio pie para que se filmara el documental Prom Night in Mississippi, una historia sobre la segregación que hizo parte de la selección oficial del festival de Sundance 65 años después de que la corte se pronunciara.

 

Harper Lee (1926) nació en Monroeville, Alabama, una población con cuatro mil habitantes más que Charleston pero con una herencia común. Los estados donde se ubican los dos pueblos comparten frontera y un pasado de grandes plantaciones de algodón, esclavos, la sombra del primer Ku Klux Klan y la pobreza que dejó la crisis de 1929. En 1964 fue publicada una de las contadas entrevistas que Lee concedió después de escribir Matar un ruiseñor. En ella aceptó que la falta de dinero la acercó a los libros y amplió su mundo: “No teníamos juguetes. Vivíamos de nuestra imaginación la mayoría del tiempo. Como éramos lectores trasladábamos todo lo que veíamos en la página impresa al patio de nuestras casas en forma de teatro”. Uno de esos amigos lectores era Truman Streckfus Persons, un niño que llegó a vivir con unos familiares a Monroeville después del rencoroso divorcio de sus padres y que más tarde adoptaría el nombre de Truman Capote. Ambos escritores fueron muy cercanos, al punto de aparecer con muy pocas veladuras en sus ficciones, como lo recuerda el mismo Capote en la entrevista-libro que le hizo Lawrence Grobbel (Conversaciones íntimas con Truman Capote, 1985): “Harper Lee era mi mejor amiga. ¿Ha leído su libro Matar un ruiseñor? Yo soy un personaje de esa novela, que tiene lugar en una pequeña ciudad de Alabama donde vivíamos. Su padre era abogado, y cuando éramos niños ella y yo solíamos ir a los juicios. Íbamos a los juicios en vez de ir al cine”. Precisamente uno de esos juicios es la columna vertebral del libro con el que Lee se hizo famosa, rica y que de paso la empujó al ostracismo (muerto J.D. Salinger y sin la identidad clara de Thomas Pynchon, Lee es la autora-ermitaña más famosa de Estados Unidos). A pesar de haberlo negado en varias oportunidades, Matar un ruiseñor hunde sus raíces en la vida de Lee. Jean Louise “Scout” Finch, la narradora del libro, es una niña de seis años que vive con su hermano Jeremy y su padre, Atticus Finch, en un pequeño pueblo de Alabama. Scout es lo que se conoce en Estados Unidos como tomboy, una niña que se viste con prendas de niño y tiene actitudes asociadas al género masculino. Además de recrear con maestría el mundo de la infancia durante la época de la Gran Depresión en el cinturón bíblico, otro nombre para el profundo Sur, el libro se ancla en la figura del padre. Atticus es un respetado abogado que desafía a sus vecinos y se encarga de la defensa de Tom Robinson, un negro de 25 años acusado de violar a una mujer blanca llamada Mayella Ewell. A pesar de sus esfuerzos, el recto Atticus no logra vencer los prejuicios de un jurado compuesto por hombres blancos que sentencian a Robinson sin pruebas contundentes. El telón de fondo de la historia es el complejo entramado racial y social de los antiguos estados esclavistas.

 

El ruiseñor, como se refiere Lee a su novela, es una rara avis. A la vez le dio y le arrebató la vida a su autora. Para reunir dinero y escribirla se fue a Nueva York en 1949 a trabajar como secretaria en una aerolínea. La terminó luego de cuatro años con la ayuda de unos amigos que le compraron tiempo para que le pusiera punto final. Desde que la publicó en 1960 ha vendido 30 millones de copias y un año después de estar en las librerías le significó el premio Pulitzer. Basada en ella se hizo una película que figura en el puesto 22 de los mejores filmes hechos en Estados Unidos según el American Film Institute. Además su pueblo Monroeville con los años se convirtió en un pequeño parque temático alrededor de la novela y su autora. Pero la voz de Lee, que en la misma entrevista del 64 admitió soñar con llegar a ser la Jane Austen del Sur, se consumió en la escritura de ese único libro. Como Emily Bronte y Cumbres Borrascosas las obras completas de Lee se componen de una sola novela, suficiente para conseguir la gloria literaria o por lo menos ser parte del canon.

 

Después de Matar un ruiseñor Lee nunca publicó otro libro y todos los meses responde una pila de cartas en las que se rehusa a explicar el porqué de su silencio literario. El Sur la llenó de razones para escribir y al mismo tiempo la momificó. Lee, que a sus 84 años vive en Monroeville con su hermana mayor Alice y es una buena fiel de su iglesia, de alguna manera terminó por convertirse en su madre: Era “una persona muy extraña. El señor Lee era maravilloso pero ella —que era una mujer brillante, podía hacer el crucigrama del New York Times con la misma rapidez con que desplazaba el lápiz— no paraba de chismosear”, dijo Capote, que dedicó a su gran amiga A sangre fría. Después de publicar su primera y única novela Lee acompañó a Capote durante la investigación que dio vida al famoso libro. Lee era la encargada de romper el hielo antes de que el incisivo Capote atacara a sus entrevistados e incluso a veces era la encargada de las preguntas mientras él tomaba whisky en la cocina.

 

Aunque lejos de la calidad literaria de los libros de William Faulkner, Tennessee Williams o de su amigo de infancia, que conforman lo que se ha llamado el gótico sureño, Matar un ruiseñor es considerado un clásico moderno y tiene una importancia capital con relación a su época, en la que nació el movimiento de los derechos civiles que culminaría con la elección del primer presidente negro de Estados Unidos. Con medio siglo a cuestas le sigue hablando a mucha gente, sin ser una obra maestra. La escritora Flannery O’Connor, también del sur como Lee, lo calificó de infantil. Comparados con los grotescos e inquietantes personajes de sus cuentos —profetas fraudulentos, niños asesinos, santos delirantes— es cierto que los de Lee parecen protagonistas de un cuento de hadas. Pero tienen un valor que rescata la joven escritora Chimamanda Ngozi Adichie, de origen nigeriano: “Pocas novelas contemporáneas de Estados Unidos tienen semejante alcance y aún muchas menos la confianza para abordar temas sociales en la forma en que Harper Lee lo hace. Muchas de las obras literarias que lidian con el racismo están empapadas de ironía o de tanto lirismo que se tornan nebulosas. Lee se rehusa a esconderse detrás de la estética”.

 

Los padres de los alumnos blancos de Charleston, a pocas horas del pueblo donde nació y todavía vive Lee, ofrecieron una fiesta exclusivamente para sus hijos un día antes del prom interracial financiado por Morgan. Esta fue la declaración de una madre a la que se le pidió su opinión sobre la fiesta blanca: “Mi abuela siempre nos dijo que nos hicieron diferentes y si empezábamos a integrarnos ya no iba a haber más individualidad. Si Dios lo hubiera querido así nos habría hecho iguales desde un principio”. En ciertos lugares la lectura de Matar un ruiseñor aún resulta incendiaria, casi que subversiva.

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