Bolívar en Junín. José María Espinosa Prieto Ca. 1830 Pintura (acuarella/marfil) 7.5 x 6.5c.m. Colección Casa Museo Quinta de Bolívar, Ministerio de Cultura.

Un Bolívar muy antipático

Juan Carlos Vela, un joven bogotano, dedicó dos años de su vida a traducir al español, por primera vez, el despiadado retrato de Bolívar que hiciera uno de sus generales, el franco-alemán Ducoudray-Holstein.

2010/12/15

Por Javier Murillo

Sólo hasta 1935 pudo leerse en español la entrada que Marx escribiera sobre Simón Bolívar para el tercer tomo de la Nueva Enciclopedia Americana. Aníbal Ponce, un filósofo marxista, la tradujo y publicó en la revista Dialéctica, de Buenos Aires, que él mismo dirigía. El texto original, publicado en inglés en 1858, había sido un encargo de Charles Dana, director del Daly Tribune de Nueva York y editor de la enciclopedia.

 

El 14 de febrero del mismo año en el que lo escribiera y presentara a la enciclopedia, Marx le refería en una carta personal a Friedrich Engels que Dana ponía serios reparos a su trabajo; que lo encontraba tendencioso e infundado. Marx aceptaba a su amigo que el texto se alejaba del estilo clásico de una enciclopedia, pero que tenía claras sus fuentes y que, además, no podía haber hecho otra cosa: para Marx, “ver a ese hombre ruin y miserable, el peor de los canallas, comparado con Napoleón I, había sido demasiado” (“Bolívar y Ponte” Nueva Enciclopedia Americana, 1958). El artículo fue publicado a pesar de lo polémico de su contenido, y ha dado pie desde entonces a innumerables discusiones acerca no solamente de la manera en la que un personaje de la dimensión de Simón Bolívar era visto por Marx, sino de la forma en la que algunos intelectuales europeos percibían a los americanos.

 

Memorias de Bolívar

Tampoco fue publicado sino casi dos siglos después uno de los libros que el filósofo alemán revisó para escribir la entrada de la enciclopedia. Se trata de Memorias de Simón Bolívar, escrito entre 1823 y 1828 por Henri Louis Villaume Ducoudray-Holstein, un oficial franco-alemán que después de servir bajo las órdenes de Napoleón, precisamente, pasara a ser miembro del ejército libertador, compañero de armas y amigo personal de Bolívar. Sin embargo, al poco tiempo de haberlo conocido, el carácter del caraqueño y algunas de sus decisiones hicieron que Ducoudray no solamente se alejara de su lado y que le expresara sus desacuerdos, sino que dejara para siempre el país. Doce años después escribiría el libro que desprestigia, de manera directa e intencional, a un Bolívar que según él estaba muy lejos de ser lo que todos pensaban. Templado escritor, Ducoudray-Holstein no ahorra adjetivos ni motivos para escribir contra el que por entonces era probablemente uno de los más poderosos hombres del continente: “Bigotes grandes cubren parte de su cara […] Esto le da un aspecto salvaje y oscuro, particularmente cuando está enfurecido, sus ojos se vuelven animados y gesticula y habla como un loco, amenazando con dispararle a todo aquel con quien esté disgustado, caminando rápidamente a través de su habitación o lanzándose sobre su hamaca; luego se levanta saltando de ella, ordena a la gente salir de su presencia y frecuentemente los arresta. Cuando desea persuadir o convencer a alguien de su propósito, él emplea las promesas más persuasivas, tomando a un hombre del brazo y caminando y hablando con él como si fuera el más íntimo de sus amigos. Tan pronto como obtiene su propósito, se vuelve frío, arrogante y algunas veces sarcástico; pero nunca ridiculiza de frente a un hombre de alto carácter o a un hombre valiente, sino solamente en su ausencia. Esta práctica de abusar de la gente en su ausencia es característica de los caraqueños generalmente. (Memorias de Bolívar, p. 437).

 

Quienes descalifican el libro de Ducoudray aducen que es una obra parcial —tal como el texto de Marx—, un libro sin valor por ser amañado e injusto, resultado sólo de la envidia y del resentimiento que algunos tenían contra uno de los más grandes hombres de su tiempo. William Ospina, en un prescindible libro publicado a finales de este año con motivo del Bicentenario, lo menciona para entrar en el detalle de la disputa: “Y entre esos hombres […] figura uno de aquellos que más calumniarán después a Bolívar: uno que dedicará más tarde largas vigilias a escribir un libro para difamar al Libertador, por no haberlo nombrado en un cargo que reclamaba: el francés Decoudray [sic] Holstein. (En busca de Bolívar, p. 140)

 

Una rápida lectura del libro muestra que, efectivamente, se trata de un texto sesgado, en el que el autor no oculta su posición ante el proceso emancipador sudamericano, ni su antipatía por el carácter encendido, patriotero y déspota que tenía para él Simón Bolívar. Y tal vez sea esa precisamente la razón por la que el libro estuvo tanto tiempo fuera del alcance de lectores hispanoamericanos. Escrito originalmente en los Estados Unidos, fue publicado primero en Boston, en 1828; más tarde en Londres y en Alemania, en 1830, y en Francia un año más tarde. En español, irónicamente, sólo puede leerse en el 2010, 194 años después de los hechos referidos, y 182 de haber sido escrito. Fue traducido por Juan Carlos Vela Correa, un diseñador gráfico y estudiante de cine colombiano de 37 años.

Duncan, Arizona

Vela es bogotano y su relación con el libro de Ducoudray es prácticamente una casualidad.

 

Creció en Bogotá y en el 2000 se trasladó a Miami, pero cuando se declaró en quiebra la empresa donde trabajaba como diseñador, decidió irse a Los Ángeles a estudiar Cine en la Universidad de California. Nueve años vivió en esa ciudad, diseñando páginas electrónicas y, sobre todo, empeñado en realizar un documental sobre la historia de Colombia. Por eso se dio a la tarea de reunir todos los documentos que estuvieran a su alcance: películas, fotos, mapas, óleos y libros, recientes y antiguos. En uno de ellos tropezó con una referencia a Memorias de Bolívar y se dio cuenta de que la manera como el autor abordaba al personaje le era imprescindible para completar su trabajo.

 

Encontrar el libro fue lo menos complicado. Después de rastrearlo por la red, encontró que Barbara Blackburn —la directora de la Biblioteca Pública de Duncan, un pequeño poblado del sur de Arizona— vendía un ejemplar. Vela pagó ocho dólares por él: se trataba de la segunda edición, la inglesa de 1830, y aunque el libro se encontraba en buen estado, era solamente el primero de dos tomos. Se comunicó de nuevo con la vendedora, quien conservaba también el segundo volumen, y accedió a vendérselo por el mismo precio. Los libros formaban parte de la enorme biblioteca de un hombre muerto recientemente, y su viuda había decidido deshacerse de todos ellos. Había sido una donación significativa, pero al tratarse de una comunidad tan reducida (tiene 1.200 habitantes), la directora resolvió que lo mejor era vender algunos, y así lo hizo.

 

Tierra firme

Cada libro inventa su camino, y el de Ducoudray no era el cine. Cuando Vela comenzó a leerlo, se dio cuenta de que se trataba de un documento importante, así que decidió traducirlo y, al final, editarlo y publicarlo por su cuenta: “Apenas comencé a leerlo y al entender la importancia del contenido, sentí que ese libro debería existir en nuestro idioma, por lo que me tomé el trabajo de investigar la existencia de una versión en español, y después de consultar muchos catálogos de libros y encontrar que esa versión no existía, decidí posponer el desarrollo del documental y emprender el trabajo de traducir el libro —trabajo que me tomó cerca de 2 años— y de paso comenzar uno de mis grandes sueños: tener mi propia editorial, Terra Firma Editores”.

 

Terra Firma Editores es una editorial de un solo libro; el resultado de la volubilidad profesional de su creador, probablemente, pero sobre todo de su terquedad. Por su cuenta, Vela estuvo un año y dos meses traduciendo y editando el texto. Durante los diez meses siguientes consiguió y organizó los documentos originales que componen el anexo; diagramó, diseñó la página electrónica del libro (www.memoriasdebolivar.com). Ha invertido, aparte de su tiempo, cinco millones de pesos, y con ello publicó cuatrocientos libros —además de la edición electrónica—: cien en la primera edición y 300 en la segunda, que él distribuye y que se consigue en la librería Lerner de Bogotá y en la Nacional.

 

El libro

Fue escrito hace casi doscientos años; en la traducción de Vela abundan los lastres sintácticos y las imprecisiones en el manejo de la puntuación que hacen en ocasiones difícil la lectura: el libro no es un acontecimiento editorial. Pero sí es un documento significativo. Un documento que hay que tener en cuenta cuando otros autores que abordan el mismo tema prefieren mantenerse al margen, evitar el problema. Tal es el caso del de Ospina, mencionado unas líneas atrás; correctamente escrito, el libro parece, sin embargo, tener poco que decir. Es demasiado cómodo, demasiado retórico, demasiado cargado de palabras como “patria”, “leyenda”, “formidable” “destino” y “valentía” como para exponer algo susceptible de ser tenido en cuenta.

 

Memorias de Bolívar está compuesto por veinticuatro capítulos en los que se narran, a partir de la historia del Libertador, los hechos que determinaron la Independencia, es decir, la historia del país entre 1810 y 1824 y de la cual Ducoudray fue testigo presencial. Comienza con un informe estadístico del país a principios del siglo XIX, y con una muy precisa descripción de la sociedad local; y lo hace desde una situación privilegiada: con el conocimiento de quien lo ha visto de primera mano y con la distancia del extranjero. Además, sabe que su libro le causará críticas y enemistades, pero no por eso deja de ser contundente: “Todos los que han conocido estas ciudades [las colombianas] antes de la revolución, estarían de acuerdo conmigo en que bajo el gobierno del dictador-libertador, la miseria y los crímenes son mucho más frecuentes de lo que eran bajo la administración española. Yo presento estos hechos sin ninguna aprensión de que se me considere ser amigo del sistema español, o de ser un agente enviado por La Santa Alianza, un trabajo para el cual el general Bolívar está mucho mejor calificado de lo que lo está a la cabeza de una república, a menos que esté compuesta por déspotas y esclavos. (Memorias de Bolívar, p. 38)

 

El último capítulo del libro es precisamente el más crítico contra la persona del Libertador. Se titula “El general Bolívar tal como es y no como comúnmente se cree”, y es justamente del que Marx tomó algunos fragmentos para su texto de la enciclopedia. Puede leerse de manera gratuita en la página electrónica del libro. Termina con un “Apéndice” en el que Ducoudray tradujo, al inglés, los documentos pertinentes para ilustrar sus posiciones; Vela, para esta edición, consiguió los textos originales, escritos en español.

 

Dice Antonio Caballero que un texto solamente tiene valor cuando cuenta algo que nadie más ha contado, o cuando se cuenta con una nueva perspectiva, con un lenguaje que nadie antes haya planteado. El valor de este libro radica, precisamente, en que hace referencia a una época y a uno de los personajes más importantes de la historia colombiana con una perspectiva completamente diferente a la que nos tiene acostumbrada nuestra propia historia oficial.

 

Puede ser que lo referido por Ducoudray sea efectivamente difamatorio e injusto con Bolívar, y que el texto esté cargado de sobreinterpretaciones y de afirmaciones sesgadas. O no. Pero el libro está compuesto por más de 460 páginas que para nada suenan necias o apresuradas, y en las que además de ocuparse del Libertador, hace referencia concreta a la forma como se vivía, se luchaba y se intrigaba en Colombia a principios del siglo XIX, lo que lo hace, por sí solo, un inventario invaluable. Además, asume una perspectiva crítica de la historia y de los personajes que han sido vistos y estudiados apenas como figuras épicas, como ídolos intocables que de ninguna manera fomentan las preguntas ni las discusiones acerca de la manera en la que se han sucedido los hechos que le dieron forma al país.

 

Lo hace Ducoudray en su momento, y lo hace también Vela con la traducción puesto que, con ocasión del Bicentenario, ya hemos visto que el público no obtiene mucho más que libros fáciles, compuestos por reelaboraciones de lo que ya se ha dicho muchas veces o de frívolos lirismos, laudos inútiles si de entender el país se trata.

 

En un territorio tan propenso a los caudillos y a los héroes de momento, hay que celebrar que pueda leerse un libro en el que se pone en tela de juicio lo que ha sido innegable durante doscientos años, y que aún no consigue un país viable. En el camino de nuestros victoriosos es donde se han perdido las pistas de la coherencia. |

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