El escritor barranquillero John Better.

Un escritor al Sur

Bogotá fue cruel con el adolescente John Better, llegado de Barranquilla con un morral al hombro, una promesa falsa y nada más. Su libro Locas de felicidad, en el que narra su terrible experiencia de prostitución, descubrió su talento.

2010/06/22

Por Andrés Felipe Solano

John Better regresa con la libreta donde escribió sus primeros poemas. La mayoría están dedicados a un novio de su adolescencia, un joven carpintero que no sabía leer. A los comienzos de los noventa se sentaba como ahora, en el bordillo de la entrada de su casa en el barrio Ciudadela 20 de julio de Barranquilla, abría la libreta de cuero marrón y se los leía con voz exaltada. El muchacho miraba sus manos o la basura que traía el viento, cerraba los ojos y trataba de concentrarse a pesar del calor fulminante y aún así no los entendía. ¿De verdad son para mí?

Diamantes. Vísceras. Árboles. Son algunas palabras que se adivinan en la libreta de un escritor que encarna los versos de un antiguo tango: “Llevo el Sur, como un destino del corazón”.

John Better nació en 1978 en Barranquilla, vive en un barrio popular de la Puerta de oro, como dice con sorna, es gay y además se gana la vida escribiendo. A veces ve pasar por el barrio que tanto ama y tanto odia a ese muchacho que no entendía sus poemas pero que lo hizo feliz a su manera. Hoy el carpintero tiene mujer y cuatro hijos mientras que el camino de Better sigue siendo el Sur.

Cuando un escritor no tiene libros para leer busca su vida, que es la literatura, donde puede. Así el joven Better se alimentó de las canciones de Fito Paez que sonaban en la radio, de los vídeos de Madonna en los programas de televisión de domingo y del cine de horror que proyectaba en las noches una vecina en el patio de su casa. Better iba con sus monedas, pagaba la entrada y veía hombres con motosierras y novias con sus vestidos blancos teñidos de sangre. Así tomó forma su primer cuento, la historia de una monja asesina en un convento de tierra caliente del que hoy se ríe mientras su madre nos llama: “La comida está caliente”. La amorosa mujer que podría haberlo juzgado y condenado y no lo ha hecho está enyesada y eso la pone de mal humor. A Better le ha tocado cocinar. Lo hace con agrado. Uno de sus platos estrella es la guandulada pero no estamos en tiempo de cosecha del grano. Para hoy ha preparado arroz con coco, un puré de papa bien cremoso y pescado frito. El carnicero le quedó mal con el cerdo que pensaba hacer al horno. La charla y la tarde caliente lo han debilitado. Empezamos a comer en silencio. Un silencio que Better no soporta. Le pide a su hermano que prenda el televisor. “Mi idea del infierno es cuando se va la luz en la noche. No por el calor sino por el silencio. El sonido del ventilador me arrulla, sin él todos los fantasmas cobran vida”. Nos chupamos los dedos y salimos de nuevo a recibir el aire fresco y los pitos de los taxis. El sonido de los equipos en sábado antes de una noche de fiesta retumba en nuestros pechos. Better vuelve sobre su vida.

En el colegio algunas pocas lecturas se colaban, sobre todo poemas. José Asunción Silva y sus extraños versos románticos, incestuosos, casi góticos, sobre su hermana Elvira. También el raro, el tuberculoso Porfirio Barba Jacob. Casi al mismo tiempo Better empezó a frecuentar los bares gay de Barranquilla. “Fue una época increíble, no te imaginas lo que sentía al ver llegar a travestis famosas, ataviadas de lentejuelas, con pestañas de plata. A hombres bajar de carros último modelo con una máscara como del carnaval de Venecia. Era el tiempo en que el champán rebosaba las copas”. Sin saber qué hacer con todo eso John Better se graduó de bachiller y empezó a estudiar Comercio Exterior en el Sena. No es una sorpresa que al poco tiempo abandonara las hojas de contabilidad para dedicarse por entero a la noche. Así Better completó su educación sentimental, que en este caso estaba amenazada por el VIH y las peleas a cuchillo en callejones. El alcohol y las drogas le dieron el brillo y el temblor necesarios. En los días lentos iba a la peluquería de Xiomara Rosa, un hombre que conoció en la esquina de su barrio y que se convirtió en su aliado en cosa de un pestañeo. Los insultos callejeros eran más soportables en su compañía. Better le ayudaba a lavar cabelleras en su peluquería y mientras la espuma crecía y el astrigente olor de la laca Kleer Lac impregnaba las ropas, el escritor oía relatos floridos de venganzas, descalabros amorosos y romances prohibidos. Esas son las historias que Better tiene para contar a falta de los recuerdos de una abuela en mecedora.

La promesa de una publicación de un puñado de poemas robados al desespero y más tiempo para escribir lo sacaron de su barrio y lo llevaron en bus a Bogotá en el 2004. El mecenas nunca dio la cara y Better sin dinero y con una mochila militar al hombro hundió el acelerador. Un aviso clasificado lo llevó a prostituirse en una casa que sólo contrataba jóvenes de la cual salió una vez dejó de ser el sabor del mes. Entonces recorrió durante ocho meses las calles del barrio Santa Fe, los saunas del centro y los bares de Chapinero envuelto en una nube tóxica. Better tomó esos extraños días como su travesía por el desierto, de la que salió hecho el escritor que esperaba ser, aquel que concibe la literatura como un puño en el estómago. O para ponerlo en los términos de Pablo Ramos, otro escritor del Sur, no precisamente por su condición de argentino: “un escritor dinamita su vida y construye con los escombros de su biografía los ladrillos de su literatura”. Ramos invocó así a Sartre en una entrevista que dio a Arcadia para dar cuenta de su feroz escritura.

Livin’ la verdadera vida loca

El regreso a la casa de su madre coincidió con el descubrimiento de Pedro Lemebel, escritor marica chileno —la palabra gay le parece demasiado progresista y cool— al que terminó por regalarle unos tacones dorados y ofrecerle un muchachito moreno cuando pasó por Barranquilla como invitado al Carnaval de las artes en el año 2008. Lemebel fue quien lo impulsó a reunir las hojas de contabilidad donde había descrito con disciplina de forense algunas horas de su vida. En un computador prestado Better le dio forma a su primer libro Locas de felicidad, publicado el año pasado por la editorial La Iguana Ciega. En él se descubren uno a uno los ladrillos de la literatura en la que Better cree.

El libro sorprende por ser muchas cosas a la vez: un inventario de sus rincones oscuros, que incluyen aguardiente bebido a pico de botella a las 7 de la mañana antes de atender a un cliente en “La casa de los bellos durmientes” —así llamaba al prostíbulo—, un tarro de gas pimienta que le pasó una amiga en plena calle cuando descubrieron en un carro a un asesino de travestis, o un desolador encuentro clandestino con cigarrillo incluido en una habitación mal iluminada. Al mismo tiempo, el libro es un conteo con nombre propio de amigos muertos que merecen algo más que el olvido, en especial el de su querida Xiomara Rosa —en el libro Better graba sus iniciales como alguien lo haría con una navaja en un tronco o en una banca de parque— y la crónica descarnada de una época de Barranquilla en la cual se presentaban travestis con nombres como Invierno en Okinawa. Un tiempo de funerales, concursos de belleza, soldados apuestos, empaques de Jabón Dorado, matrimonios en peluquerías y muertos en los canales de la ciudad como lo cuenta en “Los días felices de Brandy”: “Una bella y cálida mañana de septiembre del 93, una nube negra de gallinazos se disolvió a causa de las piedras que lanzaron unos niños que pasaban por allí cerca. La leyenda de Brandy había empezado a ser escrita sobre las aguas putrefactas del Caño de la Ahuyama. Su cuerpo era un amasijo de piel y cuencas vacías. Parecía un cigarrillo desarmándose en el agua sucia. La metieron en una bolsa negra y la tiraron al río. La noticia de su muerte fue celebrada por varios meses”. Locas de Felicidad también es un libro en donde cabe el recuerdo luminoso de sus fantasías de adolescente, en las que oía a Madonna en una grabadora mientras su madre estaba ausente y que están descritas en “Una tarde en la Isla bonita”: “Un solo de congas aparece de pronto en medio del siseo de la cinta magnetofónica. Entonces, la austera sala de mi casa se convierte en un iluminado escenario decorado con frondosas palmas de utilería y un dibujado mar Caribe, como telón de fondo, rompe tempestuoso (...) El roto mantel de flores y frutas se ha transformado en un vertiginoso tocado con piñas de vivas coronas, sandías, cabezas de caimanes y sangrientas uvas. Un par de tetas como gigantescos cocos jamaiquinos me han brotado de la nada amenazando con romperme el escote. La sábana de pavos reales se ha encogido en un tutú de vivos encajes color turquesa. Y así, frente a un imaginado auditorio de turistas portugueses, italianos, y franceses, empiezo mi canción: Last night I dreamt of san Pedro”.

Locas de felicidad está escrito con una terrible urgencia y sin compasión alguna pero también con humor. Es por ello un libro singular e importante en la literatura colombiana, aunque es justo decir que decae cuando Better intenta la crítica social. Por fortuna lo hace pocas veces. Acusarlo de sórdido es fácil. Habría primero que oír las palabras de Rubem Fonseca. Alguna vez el escritor brasilero fue señalado de violento y amargo. Él respondió que era una acusación estúpida. “Es como si culparan a Richter por los terremotos. Yo solo mido la violencia”.

En la última parte de su libro John Better deja atrás el testimonio vital sin filtros, los guiños autobiográficos más epidérmicos y se adentra en la ficción con soltura. “Viaje en motocicleta al centro de la noche” anuncia lo que podría ser su futuro. El relato es una suerte de versión caribeña de la película Lost Boys de Joel Schumacher antes de que el espectador descubra que los personajes son vampiros californianos. Si Better, curado en parte de las noches vertiginosas y la aspereza —la cura total es imposible e incluso indeseable— decide transitar por esa autopista, sin duda su escritura se abrirá como una flor.

Vestido de novia

Vamos por una cerveza a una tienda a la vuelta de la cuadra. Dos hombres con cascos en la mano gritan y aporrean una máquina de póker. Al otro lado de la calle una discoteca armada en una mañana estrena bafles. En la acera varias Aguilas heladas pasan de mano en mano. En Barranquilla cuando una cerveza está recubierta de escarcha dicen que está vestida de novia. La noche anuncia desenfreno pero John Better se empeña en tener una mínima disciplina los domingos, el día en que lee y avanza a tientas en su primera novela. En la semana trabaja con la Fundación La Cueva, su hada madrina, y escribe crónicas para El Heraldo. El dinero poco a poco se demora más en sus bolsillos, por fortuna no se volatiliza tan rápido. Nos despedimos en la parada de taxis. Si estuviera vivo Roberto Goyeneche, un chofer de bus, mecánico y cantor de tangos al que apodaban el Polaco, le susurraría en su camino de regreso a casa: “Sueño el Sur, inmensa luna, cielo al revés, busco el Sur, el tiempo abierto y su después”.

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