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Un lente oscuro y terrorífico

Prolífica hasta la enfermedad, la escritora norteamericana es una de las voces más poderosas de la narrativa anglosajona contemporánea. Uno de sus libros más recientes por fin llega a Colombia ¿El tema? La dura existencia de la hija de un asesino.

2010/03/15

Por John Freeman

Ha sido una famosa estrella del cine norteamericano, un asesino y un senador. También ha sido un abogado, un fanático religioso y una niña de 16 años. De hecho, con cerca de 1.000 cuentos cortos y más de 100 libros, la novelista norteamericana Joyce Carol Oates debe haberse transformado en al menos 10.000 personajes—los suficientes para poblar una pequeña ciudad. Pero la fecundidad de su imaginación es casi irrelevante. Lo que convierte a Oates, nacida en una esquina rural del norte del estado de Nueva York en 1938, en una presencia tan asombrosa de la literatura mundial es su compromiso perpetuo y agudo con las raíces y las consecuencias de la violencia norteamericana.

Ya sea en el sarcófago acuático de Black Water, su novela sobre el accidente en Chappaquiddick que le costó la vida a Mary Jo Kopechne  y la presidencia a Ted Kennedy, o en Blonde, una popular novela sobre Marilyn Monroe, Oates ve a los Estados Unidos —particularmente la vida de las mujeres norteamericanas— a través de un lente oscuro y terrorífico.

Sin embargo, en La hija del sepulturero, que llega esta semana a las librerías colombianas, la escritora ha dado un giro. Ahora el material es personal. Hace más de una década empezó a escribir sobre la vida de alguien real, una persona muy cercana a sus afectos: su abuela.

Fui a visitar a Oates a su casa, una espaciosa vivienda modernista incrustada en un frondoso jardín a las afueras de Princeton, Nueva Jersey. Y de inmediato empezamos a hablar de La hija del sepulturero. “Mi abuela vivió episodios muy similares a los de Rebecca y su padre, —dijo refiriéndose a la heroína de la novela en la que se cuenta la historia de una mujer que escapa cuando su padre mata al resto de su familia—. De hecho, mi bisabuelo era sepulturero. Aunque no mató a su esposa —dice Oates sin pestañear—. La hirió y tuvo que ser hospitalizada. Pero sí amenazó a su hija, y sí se suicidó con una escopeta. Eso sí pasó”.

En el libro, Rebecca termina en los brazos de un esposo alcohólico, huye cuando él se torna abusivo, y se transforma en Hazel Jones. Así continua su vida con su hijo, improvisando en el camino. Aunque ficticia, la vida de Hazel no es inusual en los Estados Unidos. Más de 4.000 mujeres y niñas son asesinadas anualmente. Los cuerpos de algunas nunca son hallados. El compromiso de Oates con esta carnicería data desde 1966, año en el que publicó Where are You Going, Where Have You Been? [¿Adónde vas y adónde has estado?], un cuento corto clásico sobre una niña de 15 años que se topa con un famoso asesino en serie.

Desde entonces, la ficción de Oates se ha expandido a diferentes géneros, desde el romance hasta el terror. También ha explorado y colonizado una gran porción de la historia norteamericana. Muchos de sus trabajos apuntan al choque entre la decadencia económica y la furia y a la manera como esta intersección ocurre, sobre todo, en las vidas —y sobre los cuerpos— de las mujeres.

Las raíces de esta preocupación son a la vez reales e imaginarias. Hija de un empleado de una manufacturera en una zona rural y pobre del estado de Nueva York y educada en un colegio de un solo salón, Oates escapó por el portal de los libros. Alicia en el país de las maravillas y la obra de William Faulkner fueron influencias tempranas que le dieron forma a una mente poderosa e inconfundible.

Sus primeras obras de ficción, especialmente el cuarteto Wonderland, se desarrollan en medio de ciudades colapsadas, motines raciales, Vietnam y los amoríos románticos (y a veces letales) de norteamericanos del medio oeste, y son obras realistas de primer orden. Con estas parecía anunciarse la llegada de la gran cronista social de los Estados Unidos.

Pero Oates siguió evolucionando, adoptando una profunda sensibilidad gótica que mezcla la atmósfera febril de Edgar Allan Poe con el rigor estilístico de Cormac McCarthy. Esto último logrado gracias a una dedicación impresionante al oficio de escribir. Oates revisó La hija del sepulturero una docena de veces. “Solo el primer capítulo lo revisé quince veces —dice—. Cuando termino una novela, reescribo el final y el comienzo. Para mí, eso es escribir”.

Aunque terminó la novela hace varios años, su editorial norteamericana decidió aplazar el lanzamiento (en Estados Unidos hace un año) en varias ocasiones para publicar obras que consideraba más “controvertidas” como Missing Mom. Mientras tanto, la novela reposó en un armario donde Oates guarda una pila de cajones a prueba de incendios en los que se incuban obras ya terminadas y otros documentos. “En teoría, si la casa se quema, nuestros testamentos sobrevivirán”, dice amargamente, refiriéndose a su esposo ya fallecido, Raymond Smith.

En su obra hay otras historias de transformación, entre ellas Blonde, notable novela finalista al Premio Pulitzer de 2001 en la que relata la vida de Marilyn Monroe. “Norma Jean Baker se transforma en Marilyn Monroe —dice su voz aguda y silenciosa, casi como la voz de la entonces símbolo sexual—, un poco como Rebecca, quien se transforma en Hazel Jones. Y muchas mujeres, de alguna manera, se convierten en Hazel Jones, aunque no siempre se quedan así. Es un poco como un ideal americano”.

Le encanta que su abuela hubiese hecho algo así mucho antes de la era de los cambios radicales. Y como su transformación antecedió por mucho a la moda de la psicoterapia, su abuela nunca habló al respecto. “Guardo una imagen inquebrantable de ella —explica Oates—. Digo, nunca fue la niña cuyo padre casi la asesina y luego se voló la cabeza con una escopeta. Nunca fue esa niña. Tampoco fue la mujer abusada y abandonada por su marido. Nunca hubiera querido desempeñar ese papel”. En otras palabras, la abuela de Oates no jugó el rol de la víctima, un rol que, según Oates, los norteamericanos de hoy en día sobreactúan en detrimento propio. Al escribir sobre la época de su abuela, aprendió a valorar las dificultades y rigores que sus ancestros, hombres y mujeres, habrían sentido. “Las personas que llegaron a América en 1890 y se instalaron en el campo eran pioneras —dice—. Vivían en circunstancias muy primitivas, claro, no había acueducto ni electricidad. Entonces, puedes imaginar dónde vivían, en una cabaña de piedra en un cementerio”.

Como el padre y la madre de Rebecca, los bisabuelos de Oates inmigraron a los Estados Unidos —alrededor de 1890, no en 1936, como en la novela— y cambiaron su nombre (de Morgenstern a Morningstar). “Supongo que era muy común —dice—. Dejaron atrás por completo su pasado judío, a raíz de no sé qué trauma o qué desastre o terror o experiencia en Europa que apenas puedo imaginar. Nunca nos enteramos de esto, y yo no sabía que mi abuela y sus padres eran judíos. De eso nunca se habló”.

Sentados en su sala, rodeados de la obra de Edmund White?y Toni Morrison, sus colegas de Princeton, además de libros de William Faulkner, Herman Melville y Nathanael Hawthorne, esta historia se posa sobre nosotros silenciosamente, cargada de significado. Oates habla casi como un cuáquero, haciendo largas pausas, luego retomando la conversación.

Continua su historia diciendo que su abuela conoció a un tipo llamado Oates. “Los abandonó, a ella y a su pequeño hijo, que era mi papá”. Es un poco surrealista escucharla hablar sobre estos asuntos, no porque sean revelaciones personales, sino porque sus novelas más famosas —Them [Ellos] y Because It Is Bitter, and Because It Is My Heart [Porque es amargo y porque es mi corazón], así como sus ensayos más agudos— se han convertido en la abreviatura cultural de la conciencia femenina. En otras palabras, ella ha ayudado a crear un mundo que sería perfectamente irreconocible para su abuela, ni hablar de la heroína basada en su vida. “En la novela hay muchos juegos de naipes —dice—. Debes jugar con las cartas que te dan; tienes solo un número limitado de cartas con las cuales debes arreglártelas cuidadosamente, y la gente que decide hacer el papel de la víctima, creo que quizás está cometiendo un error”.

Oates da un ejemplo de La hija del sepulturero, cuando Rebecca conoce a un atractivo hombre: “¿Acaso ella siente lo mismo que sintió por Niles [su primer esposo]? No, nunca sentirá eso de nuevo. Pero es un hombre maravilloso. ¿Debe hablarle de su pasado?”. Por la mirada de sus ojos, parece que Oates cree que esa es una concesión que una mujer debe hacer.

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