RevistaArcadia.com

Un libro cerrado

Bogotá, un libro abierto, una de las principales apuestas de la designación de Bogotá como Capital Mundial del Libro 2007, terminó como un nuevo ejemplo del mal funcionamiento de algunas convocatorias de gestión cultural. ¿En qué terminaron las propuestas ganadoras?

2010/03/15

Por Carlos Vallejo

El pasado 23 de abril concluyó oficialmente el título de Capital Mundial del Libro que ostentó Bogotá durante 2007 como reconocimiento a sus esfuerzos por promover la lectura. Y en medio de lo que fue un gran año para la ciudad, con visitantes estelares como José Saramago y Gay Talese y actividades que como Bogotá 39 captaron la atención mediática, hay un tema del que se ha hablado muy poco: la convocatoria Bogotá, un libro abierto (Bula), una de las iniciativas más importantes de la Secretaría de Cultura para celebrar la designación.

Era el espacio para que los ciudadanos, organizaciones y colectivos desarrollaran sus actividades para fortalecer la lectura, la expresión literaria y la escritura en la ciudad. Es decir, la oportunidad para que la ciudad generara sus propios discursos, una apuesta tan importante que recibió el mayor estímulo de Capital Mundial del Libro y uno de los más altos destinados a la cultura por las últimas administraciones: $1.391.582.035.

La Secretaría Distrital de Cultura, Recreación y Deporte convocó entonces a “los artistas, creativos, organizaciones culturales y literarias, localidades, grupos étnicos y poblacionales y a la ciudadanía en general, a presentar sus proyectos artísticos y culturales”.

Finalmente fueron premiadas 30 de 338 propuestas (9 con estímulos hasta por 26 millones de pesos, 18 hasta por 50 y tres hasta por 100), que se desarrollaron entre el segundo semestre de 2007 y el primero de 2008 y se presentaron el mes pasado entre los resultados más valiosos de Bogotá, Capital Mundial del Libro. Entre ellos hubo de todo: talleres, encuentros, investigaciones, memorias de grupos étnicos, creación de colectivos u organizaciones, muestras artísticas, intervenciones de espacios públicos, expresiones urbanas y callejeras, presentaciones en vivo, recorridos, concursos, capacitaciones y charlas.

Para María Sung, su coordinadora, es difícil evaluarlos porque la idea era “que se desarrollaran autónomamente, y sus beneficios no son cuantificables sino cualificables. En lo que hay que pensar es en que ayudaron a muchísima gente, como una gota de agua que cae y genera ondas y ondas y más ondas”.

En efecto, Bogotá, un libro abierto es el tipo de proyecto que, concebido para beneficiar a comunidades marginales y sin opciones de expresión, tiene normalmente un final feliz. Por eso el pasado 25 de abril, cuando en el marco de la XXI Feria Internacional del Libro de Bogotá se presentaron oficialmente algunos de sus productos, el auditorio Tomás Carrasquilla estaba lleno de personas felices: las mujeres del Laboratorio Editorial Futuras Escritoras agradecidas por sus cuentos publicados, los wayuu de Bogotá entusiasmados con el libro sobre su cultura (Pütchi je mma, una experiencia en la ciudad), los teatreros satisfechos por su obra basada en Doce cuentos peregrinos, de Gabriel García Márquez (Capítulo 12), los jóvenes de Bosa y Ciudad Bolívar que pintaron grafitis basados en reconocidas obras literarias (Leer, severo viaje), los jóvenes engativeños que contaron sus historias en las cuatro revistas de Juvengativá, acciones y palabras y los invidentes del Instituto Nacional para Ciegos y su trabajo de fomento de la lecto-escritura a través del Braille.

Pero en medio de la felicidad generalizada –y justificada, pues sí fueron muchos los beneficiados por más de 300 actividades gratuitas y cerca de una veintena de publicaciones–, el desarrollo de Bula presenta problemas que no se pueden soslayar y que ya son comunes en este tipo de convocatorias de gestión cultural.

El principal es la evidente baja calidad de la mayoría de los productos. Algo que los afecta considerablemente pues los hace ver como marginales, impide que se tomen en cuenta seriamente y hasta minimiza los esfuerzos que enorgullecen a sus participantes y gestores. Hablando de los impresos, no se necesita ser un experto para notar que casi todos tienen serios problemas de diseño e impresión (como en Antología de autores negros colombianos, que parecen unas fotocopias con portada), fotografías mal tomadas (como en Fortalecimiento y recuperación de la tradición oral de la Kumpania de Bogotá, sobre el lenguaje Rom de los gitanos capitalinos) y ediciones tan descuidadas que hasta pasan por alto que un libro (Simbiosis virginal, que recoge los textos de los talleres de creación literaria guiados por el colectivo Las filigranas de perder en varias bibliotecas públicas) se defina en la portada como “libro de culto de la literatura colombiana”.

Y en los casos en que podrían esperarse mejores resultados, estos no llegaron. Ejemplo claro de ello es Los que cuentan, el libro del concurso de cuentos organizado por la revista Número, uno de los tres que tuvo el mayor presupuesto, 100 millones de pesos. Para el director de la revista, Guillermo González, “se trata de un libro que, con mínimos recursos, debía garantizar un tiraje de 54.000 ejemplares siendo lo mejor que pudiera ser, y, gracias a un grupo de profesionales idóneos, creo que lo logramos”. Pero en este caso también saltan a la vista los mismos problemas que caracterizaron a casi todos los productos (con excepciones como Bibliotecas de Bogotá y tal vez Rutas literarias y otras exploraciones históricas). El libro será entregado al Ministerio de Educación para ser repartido entre colegios y escuelas, de ahí su tiraje.

Y en cuanto otros como las exposiciones y talleres, aunque muchas de ellas como las ocho videoproyecciones simultáneas de The words have gone away en la Galería Santa Fe tuvieron una buena convocatoria y en general fueron bien comentadas, no pasaron de ser una más de las exposiciones que se programan durante todo el año en la ciudad.

Al respecto, la Facultad de Artes de la Universidad Pedagógica Nacional en su papel de veedora de los proyectos puede dar algunas luces. Su decano, José Domingo Garzón, explicó que su función fue “cotejar si se cumplían las condiciones. Un grupo de estudiantes de Arte hacía visitas de campo, llenaba los instrumentos de seguimiento y miraba que no hubiera un desmedro en materiales o propuestas”. Y, además, preparar un informe para la Secretaría que determinara “en qué punto esas convocatorias cumplen con lo planteado y en dónde se quedan cortas”.

Según Garzón, quien no cuestiona la calidad de los productos, los análisis preliminares que se están desarrollando evidencian “dificultades como que se convoca un concurso sin considerar que muchos de los gestores son inexpertos y no tienen claros muchos de los procesos a los que se comprometen. Es evidente que, aunque la mayoría creen haber alcanzado sus logros, entre muchos de ellos hay falta de rigurosidad y vaguedad en ideas tan mínimas como qué es la formación de públicos y cuál el público objetivo”.

Aunque esto demuestra en principio el problema de la falta de competencia de algunos proponentes, para Garzón esto de ningún modo puede ser un reproche en su contra: “Sí hay que formar mejor a los artistas, pero se trata más de un problema estructural que no es exclusivo de esta convocatoria sino de todas en general, y que es la forma en que los gestores se relacionan con ellas. Hay que cambiar estas dinámicas para que en la construcción de un proyecto se refleje lo deseado”.

En resumen, la convocatoria Bogotá, un libro abierto padeció de los mismos males que suelen afectar a las convocatorias públicas. Y lamentablemente, una vez más ocurrió lo que ya es costumbre con este tipo de procesos: su falta de claridad conceptual, a veces la inexperiencia de sus gestores y la escasa supervisión y asesoría que deriva en proyectos que solo vivirán en la agradecida memoria de sus beneficiados y se quedarán en registros olvidados.

Ese parece ser el destino de Bogotá, un libro abierto: terminar solo como un libro que se cierra.

Este contenido hace parte de la edición impresa. Para leerlo, debe iniciar sesión:

Revista Arcadia anuncia a sus lectores que nuestra versión impresa comenzará a pedirles que se registren en nuestra página web.

Queremos conocerlo un poco,
cuéntenos acerca de usted:

Maria,

Gracias por registrarse en ARCADIA Para finalizar el proceso, por favor valide su correo a través del enlace que enviamos a:

correo@123.com

Maria,

su cuenta aun no ha sido activada para poder leer el contenido de la edición impresa. Por favor valide su correo a través del enlace que enviamos a:

correo@123.com