RevistaArcadia.com

Un monstruo seductor

El autor era hasta hace un año un desconocido norteamericano de 39 años, nacido en una familia de origen judío emigrada desde Polonia hasta los Estados Unidos a finales del siglo XIX. La novela recibió el Premio Goncourt, y Littell, que pasó su niñez en Francia, sorprendió con un extenso libro que ahora llega a Colombia en el que se sumerge en la mente de un extravagante oficial de la SS.

2010/03/15

Por Hernán A. Melo Velásquez

Los críticos se convencieron de que estaban frente a una obra de excepción. El escritor Jorge Semprún –jurado del Goncourt– apuntaba en los diarios que la novela de Littell “no solo es el libro más importante del año sino del decenio y una de las grandes novelas de los últimos 50 años”. Hasta hoy se han vendido más de 700.000 ejemplares en Francia, un fenómeno sin par en la industria editorial reciente. Incluso, cuando se imprimió la primera edición, la célebre editorial Gallimard debió emplear una porción del papel destinado para el tiraje del último tomo de Harry Potter y suplir la exponencial demanda.

Hace mucho que una obra no despertaba tantas pasiones, cristalizado tantos odios y suscitado semejantes celos como Las benévolas. Por eso se escucharon subterráneas voces que endosaban a Richard Millet –editor del libro– la autoría de la novela. Otros francotiradores se encargaron de sugerir que la novela pertenecía a Robert Littell –padre de Jonathan y reconocido escritor de novelas de espionaje con la Guerra Fría como principal trasfondo–. Hay quienes observan dudosas similitudes estilísticas y metodológicas entre ambos. No obstante, basta escuchar a Littell o leer sus entrevistas para desterrar las sospechas.

A pesar de que su familia no sufrió en carne propia el destino de los judíos en Europa durante la guerra, Jonathan Littell creció con esta historia. Impresionado del mismo modo por los relatos de la Guerra de Vietnam, se trasladó a los Balcanes –en pleno conflicto étnico–, tras haber pasado tres años en la Universidad de Yale.

Una vez en Sarajevo se presentó a la ONG humanitaria Acción contra el Hambre y fue incorporado inmediatamente. “En aquella época reclutaban a cualquiera que fuera tan tonto como para llegar a Sarajevo durante la guerra”, anota Littell. A partir de entonces, trabajó durante siete años en misiones en Chechenia, Congo, China, Guinea o Ruanda, prestando atención a “cómo un ser humano puede convertirse en verdugo”. Debió pactar con criminales de guerra semejantes al protagonista de su novela, estrechándoles la mano con una gran sonrisa “porque allí era una cuestión profesional donde mi trabajo consistía en obtener favores suyos, sin juzgarlos”. Fue un oficio que le facilitó largas jornadas de lecturas, pues el tiempo se les iba escondiéndose en sus refugios.

Un ovni literario

¿Cómo un libro de mil páginas y que tiene como marco el funcionamiento de la maquinaria exterminadora nazi durante la Segunda Guerra Mundial, puede casi leerse de un solo envión? Littell aborda un tema editorialmente audaz en una sociedad francesa acostumbrada más bien a la discreción en la materia y a las sempiternas conmemoraciones.

¿Y cómo se convirtió, según la prensa, en uno de los libros más importantes del comienzo de siglo? Todos, académicos y profanos, teorizan sobre aquello que el propio autor, en varias entrevistas, confiesa desconocer por completo.

Lo que sí sabe fue que surgió en el fondo de su cabeza en 1989: “Había una foto con la que tropecé estando en el colegio. No sabía siquiera qué era. Lo supe un tiempo después: el cadáver de una partisana rusa, un ícono de la propaganda soviética de guerra asesinada por los nazis. Encontraron su cuerpo, semidesnudo, devorado por los perros. En el libro hago una breve descripción de este cadáver, sin detenerme mucho, en homenaje a la foto. La imagen me dio muchas vueltas: el contraste entre la belleza de la jovencita y el horror de la escena, de los restos abandonados en la nieve, engullidos en parte por los perros. Es una foto atroz, pero al mismo tiempo bella (…)”.

Más tarde, el descubrimiento de la película Shoa, de Claude Lanzmann, y la lectura de varios libros, como La destrucción de los judíos de Europa, de Raul Hilberg, y Los días de nuestra muerte, de David Rousset, terminaron por ayudarle a dar forma y orientación a su idea original. Littell maduró durante doce o trece años su proyecto antes de escribir el primer borrador de Las benévolas en 1998, y en apenas cuatro meses, bajo una estructura inspirada de la Orestíada de Esquilo.

Hasta ese momento tenía solamente unas cuantas notas: “En aquella época, hice una pausa de unos seis meses acompañado por mi novia. Hicimos un gran viaje en Asia central, Pakistán, Tadjikistán y nos quedamos bloqueados en Bishkek durante tres semanas, en condiciones un tanto precarias. Esperábamos el visado a Irán, pero no querían dárnoslo. No había absolutamente nada que hacer. (…) Fue allí donde finalmente concebí el libro”. En aquel momento, el proyecto dio un giro hacia los aspectos burocráticos de la exterminación.

La abundante cantidad de material que acumuló durante más de una década lo enfrentó al problema de guardar una unidad: “El uso de la primera persona se impuso entonces, como una nota fundamental. Intenté mantener a lo largo del libro la misma tonalidad”.

En la cabeza del mal

Las benévolas es un libro inquietante y amenazador. Detrás de este manso título se esconden las confesiones –tardías– de un tal Max Aue, doctor en Derecho y fino erudito, que narra su guerra 60 años después de participar como oficial de la Waffen SS en la campaña de la frontera Este contra los rusos.

El Hauptsturmfuhrer Aue –Littell no explica el abundante vocabulario y administrativo alemán– no oculta nada de su homosexualidad desordenada o su experiencia dolorosa en la batalla de Stalingrado. Admirable es el relato de la preguerra en Francia donde el oficial SS Aue conoce a Stendhal y Maurice Blanchot –además figura del escritor modelo para Littell–, y frecuenta a Brasillach y Rebatet, dos escritores acusados de haber sucumbido a la tentación del nazismo. Figura faustiana del mal, Aue es un inusual SS que habla griego a sus víctimas en las aldeas rusas y, de visita en París, recorre el Museo del Louvre para observar las obras de Philippe de Champaigne, pintor clásico francés del siglo XVII.

Las referencias a los griegos a lo largo del libro no son, ni mucho menos, fortuitas: “Me gusta la manera que tenían los griegos de pensar la moral. Es mucho más pertinente para comprender este fenómeno –del que trata el libro– que la perspectiva judeo-cristiana donde uno está en un juego entre pecado pensado y pecado cometido. La actitud de los griegos, por el contrario, es mucho más cuadrada. Y lo digo en el libro. Cuando Edipo asesina a Layo no sabe que es su padre, pero eso a los dioses no les importa. Eso no cambia nada, el resultado es que mató a su padre. Tampoco sabe que la mujer con la que se acuesta es su madre, pero para los dioses eres culpable ¡y basta! Fue así como se asumieron los procesos penales en la posguerra y es la única manera de hacerlo (…) tal o cual persona ha cometido tal acto. Poco importa la razón que lo llevó a hacerlo (…)”

Otra importante referencia a los griegos –y a La Orestíada de Esquilo– es el título mismo de la novela. En Las euménides –último tomo de La Orestíada– las Erinias, o innombrables, por eso se utiliza el eufemismo Euménides (benévolas), son las diosas de la venganza, persecutoras implacables, que van tras los pasos de Orestes por el asesinato de su madre Clitemnestra.

El oficial SS Max Aue es un monstruo seductor, blindado de una admirable lógica que emana –en apariencia– de la cultura: su adhesión a la Solución final no es repentina, sino más bien el fruto de una razonamiento nutrido de etnología y lingüística, voraz lector además de la obra de Georges Dumézil. Perverso, incestuoso e incluso parricida Max encarna la figura faustiana del mal: repugnante y seductor en el mismo movimiento. De allí que, a pesar de sus lóbregas revelaciones, el lector difícilmente podrá abandonar su historia hasta el final, y en un suspiro.

En esto consiste en gran medida el encanto de Las benévolas de la que el escritor francés Michel Tournier dijo que no se trataba de una “primera novela”, sino más bien una “última obra”, de una obra póstuma, del comienzo y el fin de una trayectoria literaria.

La mirada lúcida de Aue es inquietante, pues cuesta concebir la existencia de un personaje tan inteligente y cultivado a la vez que cruel e inhumano. A través de Max Aue, nos adentramos en la vida cotidiana de la Alemania en guerra, en el vientre mismo de la maquinaria exterminadora SS, donde ciertos oficiales tienen dudas y otros se muestran impasibles, un poco como en todos los ejércitos. Hay discusiones, querellas y debates. El Mal tiene matices.

Y este es unos de los principales efectos de la deflagración Littell: recordarnos que esta historia funesta del nazismo es una historia del Hombre. Por eso el tonante comienzo de la novela: “Hermanos hombres, déjenme que les cuente como ocurrió. No somos hermanos tuyos, me replicarán, y nos importa poco. Y es cierto que se trata de una tenebrosa historia, aunque también edificante, un auténtico cuento moral, se lo aseguro. (…) Y además no es algo ajeno a ustedes; ya verán como no es algo ajeno a ustedes (…)”.

Littell no duda de la parte de él que está dispersado en el libro: “Aue soy yo mismo”, dice. Así aborda Littell su crudo retrato de la guerra. En el libro están igualmente diseminados sus conocimientos en filosofía, historia, semiología o novela negra; poesía también, como cuando un soldado extenuado contempla el paisaje ucraniano extrañamente en calma, en un atardecer ulterior a una batalla.

Su éxito radica en que el lector escapa de los juicios históricos o consideraciones morales. Las escenas grotescas, los diálogos turbulentos del libro pertenecen al mundo novelesco, en esencia inasequible y que permite afrontar las ignominias, justificaciones científicas de unos y otros, o la visita técnica al campo de concentración de Auschwitz con el fin de “mejorar la productividad”.

Las benévolas es una extensa melodía que encandila y perturba al mismo tiempo. El compás del libro está compuesto por segmentos nombrados en alusión a ritmos –Tocata, Zarabanda, Minueto y Courante–, como si Littell significara a través de ellos que el libro nos introducirá a un baile íntimo con lo sensible y tenebroso de la Humanidad, y echarnos en cara que cada uno de nosotros –en potencia y por diversos azares–, podríamos bailotear con el Mal, como Max Aue. “Si yo matara y usted no, es solo porque usted tuvo suerte. Si yo hubiera nacido unos años antes habría sido enviado a Vietnam para asesinar niños vietnamitas”, asegura Littell.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.