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Un pensador liberal para Estados en conflicto

Controvertido por apoyar la guerra de Irak –aunque se arrepintió–, este intelectual y miembro del parlamento canadiense no cesa de pensar los conflictos y proponer salidas para fortalecer el Estado ante la paranoia y la guerra. ¿Quién es este hombre, autor de libros indispensables como una biografía de Isaiah Berlin?

2010/03/15

Por Eduardo Posada Carbó

Natasha Mestchersky, la abuela de Michael Ignatieff, solía reprochar ciertas palabrerías de su marido: “Los Ignatieff”, refunfuñaba frente al abuelo Paul, “convertirían al paraíso en un infierno”.

La obra de Michael Ignatieff tiene poco que ver con el paraíso. Por el contrario, muchos de sus libros y ensayos tratan de la dimensión infernal del mundo contemporáneo, plagado de calamitosas guerras civiles con su legado de barbarie y sufrimiento. Aunque su obra no quiere hacer paraísos de esos infiernos, sí busca correctivos que permitan la convivencia civilizada en sociedades amenazadas por tantos conflictos.

Ello no muestra que el juicio de Natasha sobre los Ignatieff estuviese errado. Y es que, según su padre, el joven Michael tenía más de los Mestchersky que de los Ignatieff, “se parecía más a su abuela que a su abuelo”.

Eso por el lado paterno, que Ignatieff explora con elegancia en El álbum ruso (1987), con fotografías de los condes Ignatieff y los príncipes Mestchersky, padres respectivos de sus abuelos Paul y Natasha quienes, exiliados tras de la revolución soviética en 1919, emigraron a Inglaterra y después al Canadá desde 1928. Por el lado materno, los Grant y los Parkins –de origen escocés–, habían echado raíces en Toronto desde el siglo XIX.

Allí, en 1947, nació Michael Ignatieff, historiador, periodista, profesor universitario, novelista, y, desde 2006, miembro por el partido liberal del parlamento canadiense.

La politica no era extraña a la familia. Su bisabuelo fue diplomático ruso, su abuelo ministro de Educación del Zar Nicolas II, y su padre se ocupó en la diplomacia canadiense –una carrera que marcó su itinerante niñez y juventud en Nueva York, Toronto, Ottawa, Belgrado, París y Londres–. La docencia y las letras son parte de las historias familiares del lado canadiense, que Ignatieff siguió con estudios de Historia en Toronto, Oxford y Harvard, donde se doctoró en 1976.

Aquellas experiencias familiares –sobre todo las del lado ruso–, con la emigración y el exilio –“hoy condiciones normales de la existencia” que hacen “casi imposible encontrar las palabras exactas para el arraigo y la pertenencia”– motivaron quizá su interés por la vida de Isaiah Berlin, uno de los pensadores más influyentes del siglo XX, y sobre quien Ignatieff escribiera una fascinante biografía, publicada en 1988 (Isaiah Berlin, Una vida). De origen ruso y judío, e inglés de adopción, Berlín no hizo lo de muchos exiliados: suprimir parte de lo que son. No. Convivió con todas sus identidades y, al hacerlo, “forjó un temperamento liberal que puede ser un legado tan importante como su trabajo”.

Casi al tiempo de aquella biografía, Ignatieff publicó una colección de ensayos aparecidos en distintas revistas desde 1985, y en buena parte basados en sus viajes periodísticos –por los Balcanes, Ruanda o Angola–. Bajo el título El honor del guerrero (1998), explora allí la naturaleza de las guerras civiles contemporáneas, y las razones por las cuales los habitantes de los países desarrollados en Occidente se interesan, o desinteresan, en el sufrimiento ajeno.

Hay en esas páginas profundas reflexiones sobre el papel de los medios de comunicación frente a tanta tragedia humanitaria, sobre su incapacidad para ofrecer “narrativas de explicación” que permitan un compromiso constructivo de la comunidad internacional en la solución de los problemas. Las imágenes televisivas de los sufrimientos de las víctimas solo sirven para generar una “misantropía generalizada”, cierto sentimiento de “resignación” hacia un mundo tan absurdo que no provoca “reflexiones serias”.

Pero Ignatieff no se resigna.

Importa entender cómo hemos ido descendiendo en este mundo “hobbesiano”. El descenso ocurre en un “orden causal” que es preciso identificar: primero, el “colapso del Estado”, entonces el “miedo hobbesiano”, y solo entonces la “paranoia” seguida de la guerra. Por ese “miedo hobbesiano” los “vecinos se convierten en criminales”.

La desintegración del sistema estatal tiene fatales repercusiones. Visible entre ellas es la aparición de los “barones de la guerra” retratados también en otro de sus libros (Blood and belonging, 1995) –ejércitos privados, bandas de insurgentes, paramilitares–, cuyas acciones se confunden con la barbarie. Frente a este mundo caótico, Ignatieff sugiere regresar a una función liberal del Estado, crucial en la historia: “Aunque suene paradójico”, sus instituciones –la Policía y el Ejército– siguen siendo únicas en su capacidad para controlar la violencia humana.

Este reconocimiento del valor primordial del Estado para asegurar la convivencia social significa reconocer así mismo las limitaciones de la comunidad internacional y de su intervencionismo por razones humanitarias. Es una noción central del informe “The Responsibility to Protect”, elaborado en 2001 por la International Commission on Intervention and State Sovereignty, de la cual Ignatieff formó parte. Los responsables de proteger a los ciudadanos siguen siendo los Estados. El papel de la comunidad internacional solo puede ser entonces supletorio.

Ignatieff advierte dilemas ineludibles. La influencia del pensamiento de Berlin –quien había enfatizado la inexorable “incompatibilidad de valores y por tanto la trágica cualidad de las decisiones liberales”– es aquí marcada. Con frecuencia debemos estar preparados para aceptar “compromisos dolorosos”, dijo en la serie de conferencias que dictó como Profesor de Harvard, publicadas en Los derechos humanos como política e idolatría (2001). La defensa de los derechos humanos, advirtió en esa ocasión, no puede sustraerse de conflictos morales entre fines y medios. Para ser efectiva, su defensa debe abandonar su entendimiento como verdades eternas, y aceptar un principio controvertible en las organizaciones no gubernamentales por largos años: que la mejor garantía para la defensa de los derechos humanos es en un orden estatal estable, que antes de debilitarlos hay que fortalecer a los Estados por medio del imperio de la ley.

El reconocimiento de conflictos con frecuencia irreconciliables entre diversos valores vuelve a ser explícito en su libro más reciente, El mal menor: ética política en una era de terror (2004), donde aborda el desafío planteado por el terrorismo.

Si “derrotar al terror requiere violencia”, se pregunta, “¿cómo pueden las democracias acudir a tales métodos sin destruir los valores que ellas mismas encarnan?”. Al enfrentar el terror, las sociedades enfrentan simultáneamente la defensa de dos valores en conflicto: la seguridad y la libertad. Cualquier medida será un compromiso entre ambos –la premisa esencial para el argumento de Ignatieff sobre “el mal menor” en el objetivo de defender la democracia–. Pero aceptar la necesidad del “mal menor” significa aceptar sus limitaciones: las políticas anti-terroristas de las democracia liberales deben “prevenir que sus propios agentes de seguridad desciendan en la trampa nihilista en la que se encuentran atrapados los terroristas”.

Antes de evitarla, sus proposiciones invitan a la controversia. Y pocas de sus posiciones han sido más controvertibles que su defensa inicial de la guerra liderada por la administración Bush en Irak.

“La gente nos invita a cenar con la condición de que no hablemos de la guerra”, le dijo en una entrevista a John Loyd, tras referirse al distanciamiento hasta de sus amigos por motivos de su posición original ante la invasión de Irak.

Hoy reconoce que se equivocó. Y ha reflexionado –no ya como intelectual sino como miembro del parlamento canadiense–, sobre las condiciones que deben rodear el buen juicio de los líderes políticos. Se requiere a ratos más entendimiento que conocimiento, observó en el Magazine de The New York Times. Hay que evitar el enceguecimiento de los dogmatismos. Su error en el juicio sobre Irak le dejó algunas lecciones: no dejarse llevar por las pasiones ni por las emociones. Los líderes políticos deben ser prudentes, pero con visión y sin esquivar riesgos.

Isaiah Berlin, quien conservó como exiliado su espíritu de extranjero, “podía observar, pero no jugar”. A diferencia de Berlin, Michael Ignatieff abandonó su posición de observador para jugar en la política canadiense. Pero le siguen acompañando sus calidades intelectuales y una visión liberal que ofrecen respuestas relevantes a un mundo plagado de conflictos.

(Las citas están tomadas de las ediciones en inglés y han sido traducidas libremente por el autor).

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