Rubén Darío con traje diplomático. Foto: Creative Commons.

100 años después, el valor de revivir a Rubén Darío

El 6 de febrero se cumplieron 100 años del fallecimiento del escritor nicaragüense Rubén Darío. En Arcadia lo recordamos con un repaso por algunas de sus obras más representativas.

2016/02/06

No hay mejor forma de recordar a un escritor que a través de las palabras que dejó plasmadas en el papel. Rubén Darío nació el 18 de enero de 1897 en Metapa, hoy Ciudad Darío, Nicaragua. Según cuenta en el libro La vida de Rubén Darío escrita por él mismo, este es el primer recuerdo que tiene de toda su vida:

Debo haber sido a la sazón muy niño, pues se me cargaba a horcajadas, en los cadriles, como se usa por aquellas tierras- es el de un país montañoso: un villorrio llamado San Marcos de Colón, en tierras de Honduras, por la frontera nicaragüense; una señora delgada de vivos y brillantes ojos negros- ¿negros?- …no lo puedo afirmar seguramente…, más así los veo ahora en mi vago y ensoñado recuerdo-, blanca, de tupidos cabellos oscuros, alerta, risueña, bella. Esa era mi madre.

Conocer el punto exacto en el que los versos comenzaron a aparecer es imposible, pero Rubén Darío guardó un momento muy particular y lo relató en su autobiografía: durante las procesiones de Semana Santa una calle cerca a su casa era adornada con arcos de ramas verdes y del centro de uno de los arcos colgaba una granada dorada que se abría y caía una lluvia de versos cuando pasaban las procesiones.

Después de su inspiración poética Rubén Darío se acercó a la literatura francesa, debiéndole su inclinación romántica a Víctor Hugo. Entre los primeros libros que leyó se encuentra el Quijote, algunas obras de Moratín, Las mil y una noches, Los Oficios de Cicerón y hasta la Biblia. El periódico El Termómetro de la ciudad de Rivas publicó algunos de sus primeros versos cuando aún no había cumplido 13 años:

Murió tu padre es verdad,

lo lloras, tienes razón,

pero ten resignación,

que existe una eternidad

do no hay penas….

Y en un trozo de azucena

Moran los justos cantando…

Este temprano reconocimiento hizo que en su país lo llamaran el “poeta-niño”, como escribió en 1953 el profesor Antonio M. de la Torre en un artículo publicado en la Revista Iberoamericana de la Universidad de Pittsburgh. Y fue ese genio natural el que le permitió colarse rápidamente entre las élites culturales y políticas del  continente.

Rubén Darío y la política

La orientación política de Rubén Darío no hacía parte de sus facetas más destacadas. Pero como cuenta de la Torre, el debate alrededor de este tema dividió a muchos analistas. Lo tildaron de conservador y reaccionario, así como de contestatario y antiyanqui. Se puede decir que su buena relación con los políticos de cualquier corriente le sirvió para viajar a libremente y trabajar en distintos periódicos y cargos diplomáticos. Aunque hay que mencionar que no son pocos los textos en los que se evidencia su progresismo y conciencia social.

Su Oda a Roosevelt, por ejemplo, quedó guardada como una de las primeras voces de resistencia frente al imperialismo estadounidense:

¡Es con voz de la Biblia, o verso de Walt Whitman,

que habría que llegar hasta ti, Cazador!

Primitivo y moderno, sencillo y complicado,

con un algo de Washington y cuatro de Nemrod.

Eres los Estados Unidos,

eres el futuro invasor

de la América ingenua que tiene sangre indígena,

que aún reza a Jesucristo y aún habla en español.

Entre el periodismo y la poesía

Casi al tiempo que empezaba a escribir versos, el nicaragüense comenó a publicar crónicas en los diarios de su región. Pero pronto empezaría a viajar y a trabajar para otros medios.

En 1886 escribió en el periódico La época de Chile, donde se hace amigo de varios poetas como Pedro Balmaceda Toro. Durante esa época publica Abrojos, un libro de poemas breves. Dos años después llegaría Azul…, el libro que cambiaría definitivamente su carrera convirtiéndolo en una de las primeras voces del modernismo latinoamericano.

El libro llegó a las manos del escritor español Juan Valera y sus elogios, expresados en una carta que se hizo pública poco tiempo después, le dieron a Rubén Darío el empujón que le hacía falta para ganar reconocimiento:

¿Si será éste, me dije, uno de tantos y tantos como por todas partes, y sobre todo en Portugal y en la América española, han sido inficionados por Víctor Hugo? La manía de imitarle ha hecho verdaderos estragos, porque la atrevida juventud exagera sus defectos, y porque eso que se llama genio, y que hace que los defectos se perdonen y tal vez se aplaudan, no se imita cuando no se tiene. En resolución, yo sospeché que era usted un Víctor Huguito y estuve más de una semana sin leer el libro de usted.

No bien le he leído, he formado muy diferente concepto. Usted es usted con gran fondo de originalidad y de originalidad muy extraña. Si el libro, impreso en Valparaíso este año de 1888, no estuviese en muy buen castellano, lo mismo podría ser de un autor francés, que de un italiano, que de un turco o de un griego. El libro está impregnado de espíritu cosmopolita. Hasta el nombre y apellido del autor, verdaderos o contrahechos y fingidos, hacen que el cosmopolitismo resalte más. Rubén es judaico, y persa es Darío; de suerte que por los nombres no parece sino que usted quiere ser o es de todos los países, castas y tribus.

Fue por esta época que Rubén Darío se hizo corresponsal del diario argentino La Nación, para el cual escribió hasta su muerte. De la relación con ese periódico quedó otro libro: España contemporánea (1901), una serie de crónicas encargadas al poeta-periodista con motivo de la situación española luego de la pérdida de Cuba, Filipinas, Puerto Rico y la isla de Guam.

Viajaría luego a Francia y volvería a España, pero esta vez como diplomático. Entretanto, el autor pulía su prosa y seguía escribiendo poesía. Cantos de vida y esperanza es considerado como uno de los libros en los que Rubén Darío alcanza madurez en la poesía, además se hace visible nuevamente su compromiso político (la Oda a Roosevelt hace parte de este libro) a la vez que también da muestras una nostalgia por la juventud:

Yo soy aquel que ayer no más decía

el verso azul y la canción profana,

en cuya noche un ruiseñor había

que era alondra de luz por la mañana

Pero aunque cumplía con cargos oficiales en Europa en representación de su país, el poeta-periodista-diplomático no dejaba de extrañar su tierra:

Si pequeña es la Patria, uno grande la sueña.

Mis ilusiones, y mis deseos, y mis

esperanzas, me dicen que no hay patria pequeña.

Y León es hoy a mí como Roma o París.

Retorno

León fue la ciudad donde pasó su infancia, a la que regresó a comienzos de 1916. La lengua española siempre deberá recurrir a Rubén Darío para hablar de los comienzos de la poesía moderna. Octavio Paz lo deja claro en El corazón de la poesía:  “La poesía moderna comienza con un nombre: Rubén Darío[...]”.

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