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Una empresa desmesurada

El pasado 27 de junio se cumplieron cien años del nacimiento del más grande escritor brasileño, autor de Grande Sertão: veredas. Una editorial argentina, con el apoyo de la Embajada de Brasil en Buenos Aires, prepara una nueva edición y traducción al español de la novela, quizás, la más grande obra de ficción que se produjo en las Américas en el siglo pasado.

2010/03/15

Por Harold Alvarado Tenorio

Modesto e inclinado a la introspección, João Guimarães Rosa nada publicó en libro hasta la aparición de Saragana (1946), una serie de cuentos que habían aparecido en la revista O Cruzeiro, desde 1929, sin causar repercusión alguna. Y aun cuando se inició como poeta y ganó un premio, decidió abandonar el metro y la rima, porque, según confesó a Günter Lorenz en 1965: “Descubrí que la poesía profesional puede ser la muerte de la poesía verdadera. Por eso volví hacia la saga, la leyenda, el cuento sencillo, pues estos son asuntos que escriben la vida y no la ley de las reglas llamadas poéticas”. Saragana incluye A hora e vez de Augusto Matraga. anuncio del vasto asunto de su gran novela: la conversación-redención de un jagunço (pistolero) arrepentido y vencido, que ilustra la parábola de la vida como el intento de cruzar a nado un río, y al llegar a la otra orilla, luego de incontables esfuerzos, nos damos cuenta de que la corriente nos ha arrojado lejos del lugar donde queríamos llegar.

La oralidad que ya aparece en estas sus historias es una fusión personalísima de artificios y espontaneidad, sometiendo la lengua, atomizándola mediante la invención de onomatopeyas, libres permutaciones de prefijos verbales, atribución de novedosos regímenes, inversión de las categorías gramaticales y multiplicación de desinencias afectivas, donde las palabras resucitan como Lázaros y las que viven, son sometidas a permutaciones, otras son paridas para, in totum, sugerir la existencia de nociones, sensaciones y fenómenos que hasta entonces no percibíamos.

João Guimarães Rosa nació en Cordisburgo, un pueblecito perdido en el centro de Minas Gerais, el 27 de junio de 1908, el primero de los seis hijos de Francisca (Chiquitinha) Guimarães Rosa y Florduardo Pinto Rosa, un comerciante de aves, juez de paz, cazador de pumas, peluquero y contador de historias, que llevaba al niño consigo hasta los mismos antros donde los gauchos y los vaqueros recordaban sus vidas, mientras comían recostados a las sillas de montar o descansaban entre el pienso de las bestias.

Miope desde niño, pero voraz lector, con sus gruesos lentes aprendió por sí mismo francés, holandés y alemán, brillantez lingüística que nunca abandonó, llegando a hablar, aparte de aquellas y la propia, español, italiano, esperanto, algo de ruso, leyendo en sueco, latín, griego, húngaro, árabe, sánscrito, lituano, polaco, tupi, hebreo, japonés, checo, finés, danés y algunas variantes del chino.

Luego, durante la pubertad, entró en fascinación con el mundo de los insectos y la vida natural, haciéndose coleccionista de mariposas, aves y serpientes vivas y muertas, lo que quizás le empujó a matricularse en la Facultad de Medicina de Minas Gerais, donde se recibió, y de inmediato se fue a ejercer la profesión en otro pueblecito, Itaguara, donde, acompañado por su mujer y sus dos hijitas, atendía una clientela variopinta de marginados, gobernantes, moribundos y terratenientes, cuyas historias conocería de sus propias bocas y almas cuando recorría las llanuras desérticas del sertón, hasta las fronteras con Mato Grosso, Bahía y el Amazonas.

A los 29 años fue nombrado cónsul en Hamburgo en el mismo momento en que estallaba la Segunda Guerra Mundial. En el Museo del Holocausto de Jerusalén hay un grueso volumen que recoge cientos de declaraciones de los perseguidos del nazismo que afirman deber su vida al escritor.

Al romperse las relaciones diplomáticas entre Brasil y Alemania, fue puesto, durante cuatro meses, en prisión, junto a otros funcionarios, en Baden-Baden, de donde saldría con destino a Bogotá, permaneciendo allí hasta 1944, ciudad a la que regresaría durante los terribles días de la ix Conferencia Panamericana de 1948, cuando luego del asesinato de Jorge Eliécer Gaitán la ciudad fue destruida por las llamas y la insurrección. Durante la estadía en la fría capital colombiana, Guimarães Rosa escribió Páramo, una historia de la muerte parcial del protagonista, causada por la soledad, la saudade de los suyos, el frío, la humedad y la asfixia que produce el soroche bogotano.

Aun cuando desde 1963 había sido elegido miembro de la Real Academia de Letras de Brasil, solo aceptó ingresar a ella en 1967, justo tres días antes de su muerte, acaecida en su departamento de Copacabana el 19 de noviembre. Tenía 59 años.

1956 fue el año de la publicación de dos de sus grandes libros: Cuerpo de baile, un volumen de más de 800 páginas de extensos poemas narrativos y su insuperada novela Grande Sertão: Veredas. Para preparar esta inmensa suma de estorias, Guimarães recorrió a caballo la escuálida Minas Gerais, hablando con vaqueiros, etnólogos, indagando sobre antropología, consultando archivos, haciendo anotaciones de tratados de entomología, geología, mitos, lengua, colores y textura de la tierra, a la manera como Da Cunha había obrado para redactar Os Sertões, arquetipo de su obra.

Grande Sertão: Veredas es un monólogo-diálogo de Riobaldo, un exbandido, convertido en honorable estanciero, que recuerda con nostalgia episodios de su rica vida aventurera y amorosa. La historia, de la lucha entre dos bandos de jagunços, termina por enaltecer un mundo violento, recorrido por políticos y un ejército implacable y venal, ahíto de traiciones, terrores religiosos, miseria y explotación. A través de esta memoria a saltos transmite la crueldad del paisaje y sus violencias, que para la imaginación de los viejos seguidores de Antônio Conselheiro —cuya alquimia de cultos cristianos, ritos africanos e indígenas dio origen a las macumbas y el candomblé—, era apenas una grotesca cruzada de dudosos caballeros andantes. La destreza narrativa de Guimarães Rosa permite que la historia se deslice, de la realidad a la fantasía, y de esta, al mito, como en muchos de sus cuentos, con un expresionismo e invención mitológica de primer orden.

El asunto de la novela es la posesión diabólica. Riobaldo está convencido de haber hecho un pacto que lo llevó a una vida de perversidad y crímenes, con un daimon que aparece en todas partes: es voz en el desierto, susurro en la conciencia, súbita mirada tentadora, irresistible maldad. Para conjurar el efecto del Patas aparece Diadorim, muchacha disfrazada de hombre, cuya identidad solo es revelada después de su partida de este mundo. Riobaldo cuenta sus esfuerzos por vengar la muerte y entender la relación con su extraordinario amigo y constante compañero, joven de inusual hermosura y pureza, hacia quien siente una atracción sexual que lo atormenta. Siendo un cuento contemporáneo de la lucha entre el bien y el mal, el ángel y el diablo son difíciles de identificar para un hombre fatigado con las vacilaciones, las dudas y la angustia. Como centro de la relación se encuentra la aventura de esa alma, que dividida entre el amor y el odio, la amistad y la enemistad, la superstición y la fe, pero inspirada por el honor, el amor ultramundano y la más transparente amistad, lucha —como un caballero medieval— contra la traición, la tentación de la carne y los oscuros poderes de las tinieblas.

Riobaldo sabe que la vida no es inteligible. Descifrando las cosas que le parece importa salvar del olvido, hace su confesión para sí mismo —frente al rostro taciturno del lector—, movido por el anhelo de reafirmar la unidad de su yo; tratando que su papel en los misteriosos caminos de la existencia tenga algo de positivo. Sabe que cada hombre tiene un lugar en el mundo y en el tiempo que le ha sido concedido; que su tarea, una vez cumplida, debe servir a la verdad de los hombres. Así, sus averiguaciones sobre la existencia del diablo y la naturaleza de sus poderes no solo nos van preparando, en las incesantes alusiones, para recibir un espantoso misterio, sino que desean, al vincularlo a una realidad concreta, aislarlo —mediante el Amor—, para que no vuelva a contaminar el mundo. Cuando al fin llega la revelación, así haya sido presentida, nos trastorna. Riobaldo, queriendo someter a Hermógenes, asesino del padre de Diadorim, pacta con el Maligno y puede hacerse jefe de su bandería. La ayuda del demonio le hace pensar en cómo tendrá que pagarla. Pero Diadorim muere en el mismo momento en que mata a Hermógenes, el Mal. “Por la magnitud de su empresa, por el nivel de creación verbal y mítica en que se sitúa Grande Sertão: Veredas, por la sabiduría de su enfoque humanístico y la ironía sazonada de su visión narrativa, esta obra de Guimarães Rosa —dijo en 1965 Emir Rodríguez Monegal— es una, si no la más grande, de las creaciones de la literatura latinoamericana. Es, también, una síntesis magistral de las esencias de esa enorme, desmesurada, escindida tierra de Dios y el Diablo que es su patria”.

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