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Una mujer insumisa

Tras intensas deliberaciones que tenían dividido al jurado, el 25 de junio se concedió a Margaret Atwood el Premio Príncipe de Asturias de las Letras. La escritora Gabriela Bustelo, traductora de su segunda novela, hace un repaso de su vida y obra.

2010/03/15

Por Gabriela Bustelo

En los países hispanohablantes Margaret Atwood es prácticamente desconocida. Por eso cuando al día siguiente de concedérsele el galardón, un lector preguntó por sus libros en una céntrica librería madrileña, el encargado le preguntó: “¿El apellido es con hache?”. Huelga decir que García Márquez, McEwan, Ford o Murakami —también candidatos este año— son más conocidos, pero la autora canadiense se ha alzado sobre ellos en la 27ª edición de un premio de creciente prestigio internacional, que algunos consideran incluso antecesor del Nobel.

Nacida en Ottawa en 1939, Margaret Atwood tenía solo 16 años cuando empezó a escribir poesía y pequeños ensayos. No siempre tuvo claro que quisiera dedicarse a la literatura. Antes se planteó ser pintora y diseñadora de ropa.

A los 23 escribió su primera novela, pero no logró publicarla, cosa que la deprimió en su momento, aunque ahora se alegra, pues no le parece buena. La mujer comestible fue su debut editorial, aunque se publicó a los cuatro años de entregársela a su editor, que perdió el manuscrito sin haberlo leído. La protagonista —preparadora de encuestas sobre alimentación en una empresa de estudios de mercado— es una mujer corriente que aspira a casarse con su novio, pero su personalidad rebelde la lleva a reconstruir su identidad a medida que sus costumbres alimenticias van cambiando. En 1969, cuando se publicó, el feminismo estaba en pleno auge en países como Inglaterra, Estados Unidos y Canadá, pero aún no había logrado implantarse de manera efectiva en la vida cotidiana. Al dar a su protagonista una profesión relacionada con un tema que conocía bien, puesto que su madre era nutricionista, Atwood se adelantó muchos años en tratar un asunto que hoy está a la orden del día: los trastornos alimenticios de las mujeres. La novela produjo un revuelo en el mundo anglosajón, que alabó además su técnica literaria.

Con su segunda novela, Resurgir, volvía a anticiparse a sus coetáneos en cuanto a la temática, que en esta ocasión es doble: el problema de la identidad femenina ante el mundo y la desnaturalización del individuo contemporáneo. En esta ocasión el argumento es el regreso de una mujer a la remota isla de Québec donde pasó su infancia para, en compañía de su amante y dos amigos, investigar la misteriosa desaparición de su padre. Cuando en 2003 la célebre editora y traductora Carmen Criado me pidió que tradujera para Alianza Editorial esta novela de Atwood —que ya existía en la versión española de Ana Poljak—, emprendí el reto de re escribir una obra que el célebre crítico Harold Bloom, entre otros, incluye entre las mejores novelas de Occidente. Compuesta en forma de monólogo interior, Atwood remeda el pensamiento de la protagonista con frases cortas, a menudo inconexas, separadas con comas en vez de puntos. El reto estaba en ser fiel al estilo del texto sin convertirlo en un galimatías incomprensible. Espero haberlo logrado.

Antes de su primer gran éxito, que le llegó en 1985 con El cuento de la criada, escribió tres novelas de las que solo una está traducida al español, Doña Oráculo, sobre una escritora de novela rosa que se ve abrumada ante una fama tan repentina como inesperada. Life Before Man (1979) es sobre un grupo de swingers aficionados al intercambio de parejas y fue escandalosa en su momento, pero hoy se ha quedado algo anticuada. Bodily Harm (1981) trata de una mujer que, para recuperarse de un cáncer y un desengaño amoroso, viaja a una isla caribeña donde se está preparando un golpe de Estado.

A mediados de los noventa publicó El cuento de la criada, por el que recibió el prestigioso premio británico de ciencia-ficción Arthur C. Clarke, inaugurado en 1987 precisamente con esta novela. Es una distopía que plantea una teocracia totalitaria para denunciar la sumisión de la mujer a lo largo de la historia. Ha recibido tantas críticas por su contenido antirreligioso y sexual como elogios por su sombrío retrato de una sociedad sobre la que el escritor irlandés Conor Cruise O’Brien dijo: “Solo espero que no sea profética”.

A partir de El cuento de la criada, Atwood se convirtió en el gran icono intelectual de Canadá. Su compatriota el escritor Stephen Marche analizaba recientemente las contradicciones de una escritora a quien define como valiente, agresiva, inflexible y poco humilde. En su opinión, la literatura de Atwood no tiene prácticamente nada en común con sus predecesores y coetáneos canadienses, pues siendo una antiestadounidense declarada, es la autora canadiense “más americana”. Como poeta debería estar en la generación de Anne Sexton y Sylvia Plath; y como novelista, en la de John Updike y Saul Bellow. En cuanto a su activismo político, Marche nos recuerda que Atwood siempre se ha quejado del provincianismo de su país, al que considera acomplejado y poco patriótico, pero siendo la gran escritora que es, tal vez despliegue su energía creativa en demasiadas direcciones. Le asombra que sea capaz de escribir novela, poesía, cuentos, crítica literaria, literatura infantil y que, increíblemente, siga haciendo informes de libros para editoriales. ¿Será por dinero o aún considera que tiene que demostrar su valía? La pregunta queda en el aire.

Tras Ojo de gato, La novia asesina y Alias Grace, en el año 2000 Atwood recibió el Premio Booker por su voluminosa novela El asesino ciego, un análisis del siglo XX a través de la intrahistoria de dos hermanas. Con la sinceridad que la caracteriza, Atwood comentó que obtener un premio como el Booker era “un alivio”. En todo caso, al fin le llegaba el reconocimiento internacional. Pese?a haber escrito poesía desde 1961, es conocida ante todo por su prosa. Reconoce la influencia de Edgar Allan Poe y de George Orwell, cuya frase “La prosa debe ser como el cristal de una ventana” cita a menudo para defender la claridad y precisión del lenguaje literario. Se confiesa sorprendida ante la ingenuidad de quienes dan por hecho que la literatura es siempre autobiográfica. “Es inquietante pensar en lo mucho que se me ha malinterpretado”, ha dicho en más de una ocasión. Cree que esto les sucede más a las escritoras, ya que a las mujeres se las considera subjetivas y poco dotadas de imaginación. Incansable en su defensa de la mujer, lleva años denunciando los apriorismos de la mentalidad masculina tradicional. “Lo que en un hombre se califica de ‘aplomo’, en una mujer se tacha de ‘maldad’”, decía recientemente a propósito de este asunto.

Sus dos últimas novelas son Oryx y Crake y Penélope y las doce criadas. En español se han publicado recientemente el libro de cuentos Desorden moral y el ensayo La maldición de Eva, títulos que no dejan dudas en cuanto al contenido. También en español se editó en La Habana Desde el invierno (1996), una antología de cuentos de autores canadienses anglófonos. Entonces Atwood se quejó del vacío cultural que existe entre Canadá y los países hispanoamericanos. “Estados Unidos separa a los canadienses de los países latinoamericanos y caribeños”, dijo entonces. “Cuando nosotros miramos al sur y ellos miran al norte, ambos nos topamos con Estados Unidos”.

Cuando se le pregunta por qué escribe, responde que no lo sabe muy bien, pero que lo que ella se plantea es: ¿por qué no escribe todo el mundo? Lo que sí tiene claro es que como autora tiene una responsabilidad ética, ya que la novela tiene una naturaleza moral. A menudo ha dicho que los escritores deben conservar un cierto infantilismo, cosa que explica aduciendo que “los niños son lúdicos, inventivos, flexibles y siempre están abiertos a vivir nuevas experiencias”. En su opinión, un escritor debe procurar parecerse lo menos posible a los personajes que salen en la revista Forbes, pero tampoco puede “estar en permanente actitud de El pensador de Rodin”. Al leer los últimos poemas de Tennyson, que no le parecen muy buenos, se dio cuenta de que todo escritor debe saber retirarse a tiempo. A juzgar por sus últimas obras, está claro que a Atwood aún no le ha llegado el momento. De hecho, está revisando las galeradas de su siguiente novela y es probable que, a sus 69 años, aún vuelva a sorprendernos.

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